LA GUERRA
VÁNDALA
La Guerra Vándala fue un conflicto librado en el norte de África (principalmente en el actual Túnez) entre las fuerzas del Imperio Romano de Oriente («Bizantino») y el reino vándalo de Cartago, del año 533 al 534. Fue la primera de las guerras de reconquista de los territorios perdidos por el Imperio Romano de Occidente emprendidas por Justiniano I.
El emperador
romano de Oriente Justiniano tomó esta situación como un pretexto para
interferir en los asuntos vándalos, y después de asegurar la frontera oriental
con la Persia sasánida en 532, comenzó a preparar una expedición al mando del
general Belisario.
La fuerza
expedicionaria romana zarpó de Constantinopla a finales de junio de 533, y
después de un viaje por mar en las costas de Grecia y el sur de Italia,
desembarcó en la costa africana en Caput Vada a principios de septiembre,
dejando completamente sorprendido a Gelimer. El rey vándalo reunió a sus
fuerzas y se encontró con el ejército romano en la batalla de Ad Decimum, cerca
de Cartago, el 13 de septiembre. Belisario fue capaz de obligar al ejército
vándalo a declarar retirada y consiguió ocupar Cartago. En diciembre, Gelimer
avanzó hacia Cartago y se enfrentó con los romanos en la batalla de Tricamerón.
La batalla resultó en una victoria romana y la muerte de Tzazon. Gelimer huyó a
una remota fortaleza de montaña, la cual fue bloqueada hasta su rendición en
marzo. Estas batallas marcan el fin de la guerra vándala y del reino vándalo; y
el inicio de la Recuperatio Imperii del Emperador Justiniano.
La Recuperatio Imperii o Renovatio imperii Romanorum es el nombre que recibe la campaña de reconquista ideada por el emperador romano de Oriente, Justiniano I, con el fin de recuperar los territorios que anteriormente formaban parte del Imperio romano y que a su llegada al poder se encontraban bajo el poder de los bárbaros.
LA GUERRA GOTICA
La guerra gótica entre el Imperio romano de Oriente (o Imperio bizantino) durante el reinado del emperador Justiniano I y el reino ostrogodo de Italia tuvo lugar desde el 535 hasta el 554 en la península itálica, Dalmacia, Cerdeña, Sicilia y Córcega. Fue una de las últimas de las numerosas guerras entre godos y el Imperio romano. La guerra tuvo sus raíces en la ambición del emperador oriental Justiniano I en recuperar las provincias perdidas del antiguo Imperio romano de Occidente, que los romanos habían perdido el siglo anterior a causa de las invasiones bárbaras.
La guerra
siguió a la reconquista oriental de la provincia de África de manos de los
vándalos. Los historiadores comúnmente dividen la guerra en dos fases: La
primera del 535 hasta 540, terminando con la caída de la capital ostrogoda
Ravena y con la aparente reconquista de Italia por parte de los bizantinos. La
segunda fase, desde 540 o 541 hasta 553, se centró un resurgimiento gótico bajo
Totila, suprimido solo después de una larga lucha por el general bizantino
Narsés, quien también repelió una invasión franca y alamana en 554.
La batalla
de Tagina, también conocida como de Taginae o Busta Gallorum, ocurrió el 1 de
julio de 552 en la localidad italiana de Taginae ubicada en Gualdo Tadino cerca
de Gubbio. En ella se enfrentaron las tropas del Imperio romano de Oriente bajo
el mando del general Narsés y las tropas del reino ostrogodo bajo el mando de
su rey Totila. La batalla finalizó con el triunfo de Narsés y terminó con el
reinado de los ostrogodos en Italia.
La batalla
de Casilino o batalla del Volturno tuvo lugar en el año 554 junto al río
Bolturno en Campania entre las tropas bizantinas al mando del general Narsés y
un ejército germano al mando de Bucçlin. La batalla terminó con la victoria de
las tropas bizantinas y la retirada de los germanos más allá de los Alpes.
En el 554, Justiniano promulgó la Pragmática sanción que prescribió el nuevo gobierno de Italia. Varias ciudades en el norte de Italia resistieron contra los bizantinos hasta el año 562. Para el final de la guerra, Italia había quedado devastada y despoblada. Es vista como una victoria pírrica para los bizantinos, quienes se vieron incapaces de resistir una invasión lombarda en el 568, que supuso que Constantinopla perdiera de manera definitiva el control de gran parte de la península itálica.
LA CONQUISTA
OMEYA DE HISPANIA
Se conoce
como conquista omeya de Hispania, conquista musulmana de Hispania o etapa
musulmana inicial de la península ibérica al complejo proceso político y
militar que a principios del siglo VIII explica la formación y consolidación de
al-Ándalus, así como la génesis de los principales reinos cristianos medievales
peninsulares. La conquista omeya de Hispania derrocó la mayor parte del dominio
visigodo en Iberia. Estableció al-Ándalus y creó una frontera que moldeó la
guerra ibérica durante siglos.
Tres décadas después de la muerte Mahoma, un clan árabe asentado en Siria logró hacerse con el mando supremo del islam. Con el Califato omeya alcanzó el Imperio su más veloz expansión. Los omeyas continuaron las conquistas musulmanas, incorporando la Transoxiana, el Sind, el Magreb y la península ibérica (Al-Ándalus) bajo el dominio islámico. El califato omeya gobernaba una vasta población multiétnica y multicultural. Los cristianos, que aún constituían la mayoría de la población del califato, y los judíos podían practicar su propia religión, pero debían pagar un impuesto por cabeza (la jizya) del que estaban exentos los musulmanes. La expansión del islam es uno de los fenómenos más asombrosos de la historia. En apenas diez años, tribus nómadas de Arabia seguidoras de la doctrina de Muhammad (Mahoma) arrebataron al Imperio bizantino sus posesiones en la franja sirio-palestina y en Egipto, mientras que su triunfo sobre el Imperio persa les reportó las tierras de Irán e Irak.
El Califato
omeya tenía planes de conquista para Hispania desde hacía tiempo, tras la
inicial conquista del actual Marruecos por Uqba ibn Nafi al final de 670. De
hecho, consta que en el año 687, bajo el reinado de Ervigio, los musulmanes
realizaron una primera incursión contra las costas levantinas. Musa ibn Nusayr,
gobernador de Ifriqiya, dependiente del walí de Egipto, ordenó a su
lugarteniente, Táriq ibn Ziyad, que iniciase la conquista. Táriq era bereber,
ligado por una relación de clientela con una tribu musulmana, y liberto de
Musa.
En 711, el ejército de bereberes procedentes del norte de África bajo el mando de Tariq ibn Ziyad cruzó el estrecho de Gibraltar y desembarcaron en la bahía de Gibraltar, tras lo que ordenó, según cuenta la leyenda, quemar todas las naves y realizó una proclama a la tropa.
Entre el 19
y el 26 de julio del año 711 se libró la batalla de Guadalete, en algún punto
del curso bajo del río Guadalete o sus inmediaciones, enfrentó al ejército del
rey visigodo Rodrigo con las fuerzas islámicas de Táriq ibn Ziyad y decidió, en
apenas una semana, el destino de toda la Península Ibérica durante los
siguientes ocho siglos. La derrota y probable muerte de Rodrigo provocó el
hundimiento del Reino Visigodo de Toledo y abrió la puerta a la conquista
islámica más rápida de la historia: en solo tres años (711-714), prácticamente
toda Hispania pasó a manos musulmanas, naciendo Al-Ándalus. Toledo, capital de
la Hispania Visigoda, es conquistada por los árabes, que la llamarán Tulaytula.
Musa ibn Nusair, gobernador del norte de África, conquista Mérida tras 16 meses
de asedio, en 713.
El 5 de
abril del año 713, Abd al-Aziz ibn Musa, hijo de Musa ibn Nusair, y el
potentado visigodo Teodomiro, firman el Pacto de Teodomiro, por el que a éste
se le permite el gobierno del sureste peninsular, a cambio de su sumisión.
Hacia el 718 la península ibérica, salvo las zonas montañosas del norte habitadas por vascones, galaicos, cántabros y astures, estaba en manos del Califato Omeya. Desde 716 la Península fue dirigida desde Qurtuba, Córdoba, por un gobernador (wali) nombrado por el califa de Damasco.
Don Pelayo,
noble visigodo, funda el Reino de Asturias, encabeza la resistencia cristiana y
derrota a los musulmanes en la Batalla de Covadonga hacia 722, esto se
considera el inicio de la Reconquista. Su valor simbólico y político es enorme:
la victoria permitió a Pelayo proclamarse rey de un pequeño territorio astur y
establecer el núcleo del que, generación tras generación, crecería el reino de
Asturias y luego León, Castilla y todos los reinos cristianos medievales.
La invasión omeya de la Galia fue el último episodio de la conquista de al-Ándalus, cuando el valí de Hispania, Al-Samh ibn Malik al-Khawlani, quiso anexarse a la remanente Septimania visigoda en el año 719. El ejército musulmán siguió su avance victorioso hacia el norte, hasta que Abd-ar-Rahman al-Ghafiqi fue derrotado y muerto en el camino entre Poitiers y Tours por el duque Odón y Carlos Martel, en 732, durante la batalla de Poitiers, y los supervivientes se retiraron en desorden hacia Narbona, que quedó, junto con toda la Septimania, como el único reducto musulmán al norte de los Pirineos. A esta batalla se le atribuye la parada del avance musulmán en Europa occidental.
LAS CAMPAÑAS
DE CARLOMAGNO
Carlomagno
(c. 742-814) fue un monarca fundador de la dinastía carolingia, rey de los
francos desde el 768, que luego obtuvo el título en las tierras lombardas en el
774 y, finalmente, consiguió coronarse como emperador de Occidente catorce años
antes de su muerte. La extensión geográfica del reino de Carlomagno
correspondía a la totalidad de lo que hoy son Francia, Suiza, Austria, Bélgica,
Holanda y Luxemburgo, y la mayor parte de Alemania, Italia, Hungría, la
República Checa, Eslovaquia y Croacia.
Bajo el reinado de Carlomagno, el Imperio Carolingio libró numerosas campañas militares que expandieron significativamente el territorio franco. Estas guerras incluyeron la conquista del Reino Lombardo en Italia, campañas contra los sajones en Germania, y la establecimiento de la Marca Hispánica frente a los musulmanes en la Península Ibérica.
Estos
conflictos medievales tempranos sentaron las bases del feudalismo europeo y
consolidaron el poder carolingio. La coronación de Carlomagno como emperador en
el año 800 revitalizó la noción de Imperio Romano en Occidente. Sus conquistas
facilitaron el Renacimiento Carolingio, un florecimiento cultural que preservó
el conocimiento clásico durante la Alta Edad Media.
Era hijo de
Pipino el Breve y fue coronado tras la muerte de su padre junto con su hermano
Carlomán I. La temprana muerte de Carlomán evitó una guerra intestina, pues
entre ambos existían desavenencias importantes. Carlomagno, que tenía entre 20
y 26 años, recibió autoridad sobre Neustria, el norte de Austrasia, y el oeste
de Aquitania, es decir, la parte externa del imperio. Mientras tanto, Carlomán,
de 17 años, obtuvo el sur de Austrasia, Septimania, el este de Aquitania,
Borgoña, Provenza y Suabia. Asumió el rol de protector de Roma, adquirido por
su padre, y su cercana amistad con la Iglesia y sus representantes fue parte
fundamental de su gobierno.
Entre 772 y 804, Carlomagno realizó una serie de campañas que transformaron el mapa político. Contra los sajones en el norte (guerras que duraron 32 años), sometió un pueblo germánico resistente. En Italia, incorporó el reino lombardo. Hacia el este, sus ejércitos conquistaron territorios bávaros y avaros que extendieron el imperio hasta el Danubio. En el suroeste, estableció la Marca Hispánica como zona defensiva contra los musulmanes de España.
Conquista
del reino lombardo. En el 772 recibió un pedido de ayuda del papa Adriano I,
quien era atacado por el rey lombardo Desiderio. A mediados del 773, Carlomagno
atravesó los Alpes y puso sitio a Pavía, en la que vivían el rey y su corte.
Como sus francos no lograban tomar la ciudad, reunió a un grupo de jinetes y
marchó hacia el sur, apoderándose de Verona y llegando hasta Roma, donde selló
una alianza con Adriano I. Luego regresó a Pavia, que se rindió al poco tiempo
batida por el hambre y las fiebres. Después de recluir a Desiderio en un
monasterio, se proclamó rey de los lombardos.
Sometimiento
de los sajones: en el 775 emprendió una campaña para someter a los sajones, un
pueblo pagano que vivía entre el Rin y el Elba. Las tropas francas, acompañadas
de sacerdotes, avanzaron sobre territorio enemigo quemando aldeas, levantando
iglesias y tomando prisioneros para convertirlos al cristianismo. La
resistencia fue tan dura, que Carlomagno debió dirigir personalmente las
operaciones. Los sajones finalmente aceptaron someterse en el 785, tras el
bautismo de su líder Widukindo, que abandonó el paganismo y adoptó la fe y los
sacramentos cristianos.
Invasión de
la península ibérica: en el 778 atacó el Emirato de Córdoba, que estaba
envuelto en una guerra civil entre los Abasidas y los Omeyas. Sus huestes
atravesaron los Pirineos y avanzaron hacia el suroeste hasta llegar a Zaragoza,
que se negó a rendirse. A pesar de que los francos sitiaron la ciudad durante
un largo tiempo, sus habitantes no capitularon. Ordenó entonces la retirada,
habiendo adelantado las fronteras hasta el río Ebro. Pero al regresar por los
Pirineos, la retaguardia de su ejército fue aniquilada por los vascones. Poco
después, los musulmanes cruzaron el Ebro y se dispusieron a atacar Aquitania.
Carlomagno, que necesitaba concentrar todas sus fuerzas en el frente sajón,
debió pactar una tregua por diez años.
Sometimiento
de los bávaros: Baviera era formalmente parte del reino de los francos pero
estaba gobernada por un primo de Carlomagno, Tasilón, que tenía un
comportamiento muy independiente. Para someter a los bávaros, en el 786 exigió
a Tasilón que se presentase ante la asamblea nacional para responder
acusaciones de traición y deslealtad. Ante esta requisitoria, Tasilón solicitó
la mediación del papa Adriano, que conminó al duque de Baviera a prestar
juramento de fidelidad al rey de los francos. Contando con esta bendición,
Carlomagno invadió Baviera con varios ejércitos, por lo que Tasilón decidió
someterse y le entregó su cetro de oro.
Conquista del reino de los ávaros: en el 788 los ávaros, provenientes de las llanuras de Panonia, en la actual Hungría, cruzaron los Alpes y atacaron las ciudades del norte de Italia. Luego de la sorpresa inicial, las tropas de los condes locales lograron rechazar a los invasores. Harto de este tipo de incursiones, en el 790 Carlomagno organizó una campaña para vencerlos definitivamente. Pero la victoria no fue inmediata. Recién en el 796 sus fuerzas lograron derrotar a los ávaros y llegar hasta su campamento fortificado, donde lograron capturar un inmenso tesoro.
En 799 el papa León III fue atacado por los romanos, situación que lo motivó a buscar refugio a la corte de Carlomagno, quien había demostrado previamente su compromiso con la Iglesia católica. El pontífice solicitó la protección y asistencia de Carlomagno y este decidió brindarla en noviembre del 800. Se dirigió con su ejército a Roma, donde León se declaró inocente de las acusaciones hechas en su contra por sus oponentes. El día de Navidad del año 800 el papa León III coronó a Carlomagno emperador de Occidente. La Iglesia católica se volvió sumamente poderosa, pues Carlomagno colocó en lugares privilegiados dentro de la política imperial a sus representantes. Al emperador se le conoció como el Pater Europeae, es decir, el padre de Europa, por ser quien logró unir nuevamente a sus naciones.
LA
RECONQUISTA ESPAÑOLA
La
Reconquista española fue un largo proceso que ocurrió en la Península Ibérica
durante la Edad Media, desde el siglo VIII hasta el siglo XV. Durante este
período, los reinos cristianos del norte de España lucharon para expulsar a los
musulmanes y recuperar el territorio que había sido conquistado por los árabes
en el año 711. Este proceso de reconquista tuvo un gran impacto en la historia
de España, ya que no solo contribuyó a la formación de la identidad nacional,
sino que también influyó en el desarrollo político, social y cultural del país.
Durante este periodo, los cristianos lucharon para recuperar sus tierras y su religión, lo que llevó a la formación de un reino cristiano unificado en España y al surgimiento de la cultura y la identidad españolas. Tradicionalmente, se considera que comenzó con la resistencia encabezada por Don Pelayo en Asturias y que terminó en 1492 con la conquista de Granada por los Reyes Católicos.
El proceso de la Reconquista comenzó en el siglo VIII, cuando los musulmanes invadieron y ocuparon gran parte del territorio ibérico. Los musulmanes gobernaron la península durante varios siglos, estableciendo un régimen de tolerancia religiosa y cultural que permitió la convivencia de musulmanes, judíos y cristianos en un mismo territorio. Sin embargo, a partir del siglo XI, los reinos cristianos del norte de España comenzaron a lanzar ataques para recuperar su territorio y difundir su religión. El avance de la Reconquista fue lento y difícil. Durante siglos, los reinos cristianos lucharon contra los musulmanes, ganando y perdiendo territorio en varias ocasiones. La Reconquista también estuvo marcada por enfrentamientos entre los reyes cristianos, que a menudo se peleaban por el poder y los territorios conquistados.
Primera
etapa: resistencia cristiana (siglos VIII–X)
Tras la
conquista musulmana, pequeños núcleos cristianos resistieron en las montañas
del norte. La tradición histórica suele situar el comienzo de la Reconquista en
la batalla de Covadonga, fechada habitualmente en el año 722. El caudillo cristiano
es Don Pelayo, un noble de origen visigodo que organizó la resistencia en las
montañas asturianas frente a una expedición musulmana. A partir de entonces
surgieron los primeros reinos cristianos como el Reino de Asturias, que
posteriormente daría origen a otros reinos importantes como León, Navarra y
Castilla. Durante esta etapa el avance fue lento y se centró en consolidar
territorios en el norte.
Segunda
etapa: expansión de los reinos cristianos (siglos XI–XII)
Con el debilitamiento de Al‑Ándalus, los reinos cristianos comenzaron a avanzar con mayor rapidez hacia el sur. Un momento clave fue la conquista de Toledo en 1085, lo que marcó un importante avance territorial y político. La conquista de Toledo a manos del reino de León fue un hecho que se produjo el 6 de mayo de 1085 bajo el gobierno de Alfonso VI, que desalojó de manera definitiva a las fuerzas musulmanas de Al-Qádir, emir de la Taifa de Toledo. Después de la conquista de esta Taifa, León pasó a ser más poderoso y dio pie a la inversión de fuerzas entre cristianos y musulmanes en la península ibérica. Durante estos siglos también se consolidaron otros reinos cristianos como Aragón y Portugal, que participaron activamente en la expansión hacia territorios musulmanes.
3. Tercera
etapa: grandes victorias cristianas (siglo XIII)
El siglo XIII representó uno de los momentos decisivos de la Reconquista. La batalla de las Navas de Tolosa, librada el 16 de julio de 1212 en los campos al norte de Despeñaperros (Jaén), fue la batalla más decisiva de toda la Reconquista y uno de los enfrentamientos más importantes de la historia militar medieval europea. Un ejército de coalición cristiana formado por los reinos de Castilla, Aragón y Navarra, reforzado por voluntarios cruzados de toda Europa, derrotó aplastantemente al ejército almohade del califa Muhammad al-Nasir (conocido por los cristianos como “Miramamolín”), poniendo fin a la hegemonía militar musulmana en la Península y abriendo el camino a las grandes conquistas del siglo XIII: Córdoba (1236), Valencia (1238), Sevilla (1248) y la reducción de Al-Ándalus al pequeño emirato nazarí de Granada. Después de la batalla, las fronteras musulmanas quedaron más expuestas. Castilla avanzó hacia el valle del Guadalquivir y Aragón amplió sus dominios hacia el Levante y el Mediterráneo. La capacidad defensiva de las ciudades musulmanas disminuyó, aunque muchas resistieron durante años y algunas alcanzaron acuerdos de capitulación.
A partir de
entonces, el Reino de Castilla se convirtió en la principal potencia cristiana,
conquistando importantes ciudades como Córdoba, Sevilla y Murcia. Esto redujo
el poder musulmán prácticamente al Reino nazarí de Granada.
4. Etapa
final: la conquista de Granada (siglo XV)
Durante los siglos XIV y XV, el único territorio musulmán que permanecía en la península era el Reino de Granada. La Conquista de Granada (1482-1492) fue la campaña militar en la que los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, pusieron fin al emirato nazarí de Granada, el último reino musulmán de la Península Ibérica, tras casi ocho siglos de presencia islámica en Al-Ándalus. En 1492, tras varios años de guerra, se produjo la Toma de Granada, poniendo fin a casi ocho siglos de presencia política musulmana en la península ibérica.
El 2 de enero de 1492, frente a las murallas blancas de la Alhambra, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón recibieron las llaves de Granada. Aquella entrega, fruto de diez años de campaña y de una política de Estado paciente y calculada, cerraba la Reconquista y abría una nueva era para España y para Europa. La rendición de Boabdil culminaba un proceso en el que los Reyes Católicos combinaron diplomacia, finanzas, artillería moderna y una visión unitaria que trascendía el campo de batalla. Granada fue una victoria militar, pero sobre todo fue un triunfo de gobierno.
LA CONQUISTA
NORMANDA DE INGLATERRA
La Conquista Normanda de Inglaterra, liderada por Guillermo el Conquistador se llevó a cabo entre 1066 y 1071. La conquista condujo a la muerte del rey Haroldo II en la Batalla de Hastings y a la sustitución de la nobleza anglosajona ya que Guillermo repartió las tierras a sus compatriotas normandos. La coronación de Guillermo I (reinado 1066-1087) ocurrió el día de Navidad. Le tomaría cinco años al nuevo régimen tener por completo el control, derrotando diversas invasiones y rebeliones, pero una vez que se estableció registró profundos cambios en todas las áreas de la sociedad.
La conquista
normanda de Inglaterra ha sido tradicionalmente vista como un punto de
inflexión radical en la historia de Inglaterra. La imagen predominante es la de
una transformación completa en el estado, la gobernanza, las estructuras
económicas y sociales, entre otros aspectos. Sin embargo, un análisis más
detenido revela que los cambios resultantes de esta conquista no fueron tan
revolucionarios como se podría suponer inicialmente.
Hijo natural
del duque Roberto I de Normandía, llamado el Diablo, Guillermo fue reconocido
como heredero por su padre antes de partir hacia Tierra Santa, donde encontró
la muerte (1035). En 1066, la muerte sin herederos del rey Eduardo I de
Inglaterra, llamado el Confesor, proporcionó a Guillermo la oportunidad de
optar al trono inglés, ya que el difunto monarca le había nombrado sucesor años
antes (1051). A pesar de esta designación, una rápida maniobra permitió al
conde Harold de Essex (cuñado de Eduardo el Confesor) coronarse rey con el
nombre de Harold II.
En defensa de sus derechos sucesorios, Guillermo se apresuró a reunir un gran ejército para conquistar Inglaterra, no sin antes conseguir la bendición papal y asegurarse la neutralidad del emperador germánico Enrique IV. Tras desembarcar en Pevensey, el entonces duque de Normandía se enfrentó en batalla a su rival Harold II el 14 de octubre de 1066, enmHastings. Guillermo tuvo bastante suerte con la invasión de Inglaterra porque su enemigo Haroldo II se vio obligado a enfrentarse a otra invasión tan solo unas pocas semanas antes de la llegada del Conquistador, liderada por Harald Hardrada, rey de Noruega (que reinó de 1046-1066). Haroldo expulsó a Harald en la batalla del puente de Stamford cerca de York el 25 de septiembre de 1066 y después se dirigió al sur a enfrentarse al ejército de Guillermo, que contaba con 5-8.000 hombres, incluidos 1-2.000 de caballería. Los dos ejércitos, probablemente de un tamaño similar, se enfrentaron en Hastings el 14 de octubre. Con arqueros y caballería frente a la infantería anglosajona, Guillermo salió victorioso y Haroldo murió. Cuando los refuerzos llegaron desde Normandía, Guillermo marchó hacia Londres, tomando primero tales fortalezas como Romney, Dover, Winchester y Canterbury. Muchos de los nobles anglosajones y el arzobispo de Canterbury le juraron lealtad al nuevo rey, que fue coronado el día de Navidad de 1066 en la Abadía de Westminster.
La
implantación de la nueva dinastía real inglesa integró al país en el Occidente
europeo, dado que su monarca era vasallo del rey de Francia; provocó además la
sustitución de los funcionarios sajones por normandos, e introdujo un sistema
feudal férreamente controlado por la autoridad real, lo que convirtió a
Inglaterra en el Estado mejor organizado de Europa. Aunque esto implicó un
cambio en la composición de los altos cargos, no se produjeron modificaciones
sustanciales en la forma de gobierno o en las leyes aplicables. Los normandos
optaron por mantener los esquemas políticos anglosajones existentes, que seguían
siendo válidos tras la conquista.
LAS CRUZADAS
Las Cruzadas
fueron una serie de campañas militares llevadas a cabo por cristianos de Europa
occidental, especialmente de Francia, el Sacro Imperio Romano Germánico e
Inglaterra, bajo el impulso de la máxima autoridad de la Iglesia católica con
sede en Roma, el Papa, para recuperar Tierra Santa, que había caído en poder de
los musulmanes. Durante dos siglos, reinos europeos se unieron en expediciones
religiosas para conquistar Jerusalén. Las cruzadas dejaron una huella duradera
en la historia política, cultural y religiosa de Europa y Medio Oriente.
Las cruzadas tuvieron por objetivo liberar Tierra Santa de la dominación musulmana. Estas campañas provenían de los reinos cristianos de Occidente y fueron el resultado de la cooperación entre la Iglesia católica y el poder armado de los señores y monarcas europeos.
Su nombre
proviene de la cruz roja que se cosía en la ropa de quienes participaban en las
cruzadas, a los que se llamaba cruzados. De este modo, se identificaban como
fieles a la misión de la Iglesia católica.
Fueron 9
expediciones y tuvieron lugar entre 1095 y 1291. Las más importantes fueron la
primera, la tercera y la sexta, ya que permitieron la recuperación temporal de
la ciudad de Jerusalén y el establecimiento de varios reinos cristianos en el
Cercano Oriente. Todas las demás terminaron en estrepitosos fracasos.
A cambio de sus esfuerzos, les era concedida la indulgencia plenaria, es decir, les eran perdonados todos los pecados que hubieran cometido en el pasado. Podían ser laicos, religiosos o miembros de órdenes religioso-militares, como la del Santo Sepulcro de Jerusalén, la del Temple y la de los Hospitalarios de San Juan, entre otras.
Los árabes no solo ocuparon territorios cristianos, sino que también se expandieron rápidamente tanto por Oriente como por la península occidental. Aunque transcurrieron siglos tras su invasión, el control que lograron sobre Jerusalén fue limitado. Pero otro pueblo musulmán tomó el lugar de los antiguos árabes: los turcos selyúcidas, quienes también provenían de Oriente y profesaban la fe del profeta Mahoma. Ellos se adueñaron de los territorios árabes y continuaron la “guerra santa” contra los infieles y paganos. Su amenaza se extendió por gran parte de Asia Menor, afectando también a Italia y Bizancio. Desde esas posiciones obstaculizaron el comercio, prohibieron las peregrinaciones y, finalmente, conquistaron Jerusalén en el año 1078, lugar que ya se encontraba en manos de los musulmanes árabes, quienes habían respetado los lugares sagrados (como el Santo Sepulcro de Cristo) y permitido las peregrinaciones de los cristianos. Los turcos fanáticos persiguieron a los peregrinos e incluso los torturaron. Por esta razón, Tierra Santa se convirtió en un lugar vedado para los cristianos, quienes no pudieron acercarse a la tumba de Cristo.
Desde 1071,
las tropas selyúcidas amenazaron repetidamente las posesiones del emperador
bizantino Romano IV Diógenes. Hasta ese
momento, Bizancio luchaba solo, mientras los diversos grupos musulmanes veían
ese sector del Imperio como un flanco fácil y debilitado. El nuevo emperador,
Alejo I Comneno, aunque gran y experimentado militar, no siguió el ejemplo de
sus predecesores. En el año 1095, al percibir la latente amenaza musulmana,
decidió pedir ayuda a Occidente.
El emperador envió una embajada a Urbano con su urgente petición de ayuda. La respuesta del obispo fue favorable, pues no solo sus aliados sufrían la amenaza, sino también sus hermanos en la fe. Así, el 26 de noviembre, Urbano celebró el famoso Concilio de Clermont para materializar su apoyo a la causa bizantina. Su intervención en el conflicto turco-bizantino fue decisiva: por un lado, supuso una tregua en los enfrentamientos entre los reinos occidentales y, por otro, significó la unificación del poder militar occidental bajo una sola causa: atacar al enemigo común. Tras un informe en el que Urbano relató las atrocidades sufridas por sus hermanos y aliados en Bizancio, todos asintieron a la llamada: se debía recuperar la Tierra Santa, la tierra de la leche y la miel; se debía matar a los musulmanes. El grito que confirmó la misión veía en la cruzada una causa divina: “¡Dios lo quiere! ¡Dios lo quiere!”.
La Cruzada
de los pobres
Mientras los nobles se organizaban para la primera cruzada, un predicador francés, Pedro el Ermitaño, comenzó a predicar su propia cruzada montando en un asno. Pedro logró convocar a más de diez mail campesinos franceses y alemanes, que se encaminaron a Jerusalén mucho antes que los pomposos ejércitos de los nobles. Casi todos eran pobres y provenían de poblaciones superpobladas en las que el destino de los pobres era siempre una calamidad. Estos hombres y mujeres vendieron sus escasos bienes para emprender el viaje. Esta expedición, sin embargo, careció de organización y preparación militar, los seguidores de Pedro el Ermitaño no llevaban ni armas, ni comida, ni agua. Por eso al principio, vivieron de la caridad. Luego, cuando llegaron a Grecia, los cruzados comenzaron a saquear aldeas para alimentarse. Como eran demasiado pobres para poder comprar espadas y lanzas, atacaban con cualquier objeto: palos, cuchillos, hachas o incluso, hondas. En Nicea fueron emboscados y aniquilados por los turcos. Pedro el Ermitaño y un reducido grupo de supervivientes regresaron a Constantinopla a la espera de los caballeros cruzados en la que sería conocida como la primera cruzada.
La Primera
Cruzada (1096-1099)
La Primera Cruzada fue liderada por nobles europeos y su principal objetivo era tomar Jerusalén de manos de los musulmanes. Se puede decir que fue una de las más efectivas, e incluso la única que logró plenamente su objetivo. Fue comandada por cuatro príncipes que lideraron a sus respectivos ejércitos, los cuales llegaron a Constantinopla tanto por tierra como por mar. Sus jefes son Godofredo de Bouillon, duque de Lorena; Roberto, de Flandes; Raimundo, de Tolosa, y Bohemundo, de Sicilia. Tras presentarse ante el emperador Alejo, las tropas salieron de Bizancio rumbo a Tierra Santa. En su recorrido lograron conquistar importantes territorios como Antioquía y Nicea. Después de una larga y sangrienta batalla, los cruzados lograron capturar la ciudad sagrada en el año 1099. La caída de Jerusalén fue seguida de una gran matanza, todos los musulmanes, hombres, mujeres y niños, fueron asesinados. Poco tiempo después, los cruzados avanzaron hasta el norte de África y organizaron, bajo el sistema feudal, los lugares que conquistaron, y establecieron tres estados cristianos o latinos en Oriente y una en África;
El
principado de Antioquía, en Siria, liderado por Bohemundo de Tarento.
El
principado de Edesa, también en Siria, confiado a Balduino I, hermano de
Godofredo de Bouillon.
El reino de
Jerusalén, en Palestina, que se transformo en la capital política y religiosa
de los latinos y cuyo gobernador fue Godofredo de Bouillon.
El condado
de Trípoli, al noreste de África, concedido a Raimundo de Tolosa y que en el
año 1187, después de una crisis interna, quedó anexado al principado de
Antioquía.
A Godofredo
de Bouillon le nombraron rey de Jerusalén una vez tomada la ciudad en 1099;
pero Godofredo no admitió el título, alegando humildad cristiana, y lo cambió
por el de «protector del Santo Sepulcro». Godofredo organizó como una teocracia
el nuevo Estado, que se extendía por el territorio actual de Israel, sur del
Líbano y partes de Siria y Jordania. Muerto al año siguiente, le sucedió su
hermano Balduino I, ya con el título de rey.
Para proteger los nuevos territorios cristianos nacieron las Órdenes Militares, caballeros dirigidos por monjes que tomaron las armas para defender la fe, y que se pusieron al servicio de los peregrinos, procurándoles alojamiento y seguridad. Las principales Órdenes Militares en Tierra Santa fueron la de los Templarios, los Hospitalarios, la Orden Teutónica y la de Malta.
La Segunda
Cruzada (1147-1149)
La Segunda Cruzada fue convocada para recuperar la ciudad de Edesa, que había sido tomada por los musulmanes. Tuvo lugar entre 1147 y 1149, a partir de la caída del condado de Edesa (el primer Estado latino) ante los turcos selyúcidas en 1144. Los ejércitos cristianos del rey Luis VII de Francia y del emperador Conrado III de Alemania marcharon por toda Europa alentados por la predicación del monje cisterciense Bernardo de Claraval. Cruzaron Anatolia, donde debieron afrontar ataques turcos. Intentaron tomar Damasco en Siria pero fracasaron y se retiraron con grandes pérdidas humanas.
La Tercera
Cruzada (1189-1192)
La Tercera Cruzada fue liderada por Ricardo Corazón de León, Felipe II de Francia y Federico I de Alemania. Tuvo el objetivo de recuperar Jerusalén, que había caído en manos del sultán de Egipto y Siria Salah al-Din Yusuf ibn Ayyub (conocido en occidente como Saladino) tras la batalla de Hattin en 1187. Aunque este era numéricamente grande, su desenlace fue trágico. Las tropas alemanas regresaron a Occidente tras la muerte de su rey: Federico sufrió un infarto y murió ahogado en un río. Los ejércitos franceses, menos numerosos, se vieron incapaces de tomar Jerusalén sin el apoyo de los alemanes, por lo que volvieron a Francia. Solo los ingleses, comandados por el rey Ricardo, se enfrentaron a las tropas turcas de Saladino. Si bien los cruzados no pudieron reconquistar Jerusalén, una serie de victorias costeras favorecieron la firma del Tratado de Ramla entre Ricardo I y Saladino por el que el primero reconocía el control musulmán de la ciudad y el segundo se comprometía a permitir la peregrinación cristiana. A pesar de que los cruzados no lograron capturar la ciudad sagrada, lograron asegurar el acceso de los cristianos a los lugares santos.
La Cuarta
Cruzada (1202-1204)
La Cuarta Cruzada (1202-1204) fue convocada por Inocencio III para recuperar Jerusalén, pero los cruzados terminaron saqueando Constantinopla, la capital del Imperio Bizantino. Esta cruzada fue liderada por el veneciano Enrico Dandolo y el francés Bonifacio de Montferrato. Comenzó en 1202 y culminó en 1204, pero no se dirigió contra musulmanes sino contra otros cristianos. La intención inicial de esta Cruzada era avanzar sobre Egipto para debilitar el control que ejercían desde allí los musulmanes sobre Tierra Santa. Sin embargo, los cruzados tuvieron dificultades para sufragar el viaje y fueron convencidos por las autoridades de la República de Venecia, que habían reunido una onerosa flota para la expedición, de conquistar la ciudad cristiana de Zara (en la actual Croacia) con la que rivalizaban por el control del Adriático. También movidos por el interés de asegurarse la predominancia comercial en el Mediterráneo oriental, los venecianos persuadieron a los cruzados de atacar Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, cuyo emperador Alejo IV no había cumplido, además, su compromiso de financiamiento de la expedición original. Los cruzados asediaron y conquistaron Constantinopla en 1204 y la saquearon durante varios días. Luego proclamaron en su lugar el Imperio latino de Constantinopla, que perduró hasta 1261.
La Quinta
Cruzada (1217-1221)
La Quinta
Cruzada fue liderada por el rey Andrés II de Hungría y el emperador alemán
Federico II, y promovida por el obispo de Roma Honorio III. Su objetivo era
capturar Egipto y cortar las líneas de suministro de los musulmanes, pero
terminó en un fracaso. Aunque las tropas cruzadas tomaron Damieta en 1219, dos
años después fueron derrotadas y perdieron el territorio a manos de los
sarracenos.
La Sexta
Cruzada (1228-1229)
La Sexta
Cruzada fue liderada por Federico II de Alemania. Su objetivo era recuperar
Jerusalén a través de la negociación, y logró capturar la ciudad sagrada sin
derramamiento de sangre.
La Séptima
Cruzada (1248-1254)
Fue liderada
por Luis IX de Francia. Su objetivo era tomar Egipto, pero terminó en un
fracaso debido a la enfermedad y la falta de suministros.
La Octava
Cruzada (1270)
Fue liderada por Luis IX de Francia. El objetivo de la cruzada era recuperar la ciudad de Jerusalén, que había sido perdida por los cruzados en el año 1244. La octava cruzada fue la última expedición al Oriente; con la caída de Acre el año 1291, terminó este importante episodio de la historia europea.
Doscientos años de duro combate produjeron una serie de cambios en Europa. En primer lugar, los señores feudales perdieron poder, pues para armar a los cruzados se endeudaron fuertemente. Como las cruzadas fracasaron, sus fortunas menguaron. Por otro lado, las cruzadas ocasionaron un intenso movimiento de personas en el Mediterráneo, que devolvió a este mar el papel relevante que había tenido en las comunicaciones. El comercio entre Oriente y Occidente adquirió un gran impulso, y los puertos italianos de Génova y Venecia, que se habían beneficiado con el embarque de los cruzados, incrementaron en forma extraordinaria sus negocios. En contrapartida, muchas tierras del norte de Europa se vieron despobladas por la partida de sus habitantes. El poder de la nobleza feudal, fuertemente diezmada en las guerras contra los turcos y debilitada por el auge del comercio, decayó notablemente. La nueva situación fortaleció el poder de los mercaderes y los reyes.
LAS
CONQUISTAS DE GENGIS KAN
Las
conquistas mongolas fueron la mayor explosión militar de la historia. En apenas
60 años (1206-1268), un pueblo nómada de las estepas de Mongolia construyó el
imperio contiguo más grande jamás conocido: desde Corea hasta Hungría, desde
Siberia hasta Vietnam. Los mongoles conquistaron más territorio en 25 años que
los romanos en 400. A su paso, imperios milenarios cayeron como fichas de
dominó.
Las campañas expansionistas del Imperio Mongol bajo Gengis Kan y sus sucesores constituyen uno de los episodios bélicos más impactantes de la historia medieval. Desde su inicio en 1206, los ejércitos mongoles conquistaron vastos territorios desde China hasta Europa Oriental, creando el imperio contiguo más extenso de la historia. Su avance fue detenido en Europa Central tras la Batalla de Liegnitz (1241).
Gengis Kan
(Temüjin, c. 1162-1227), un huérfano que unificó las tribus mongolas y creó la
máquina de guerra más eficiente de la era preindustrial. Caudillo y Fundador
del imperio mongol. Su ejército combinaba la movilidad de la caballería nómada
con técnicas de asedio chinas, inteligencia militar persa y una disciplina de
hierro basada en la meritocracia absoluta. Los mongoles no luchaban por
religión ni por civilización: luchaban por conquista, tributo y el dominio
total de las rutas comerciales de Eurasia.
Temüjin nació hacia 1162 en una familia noble menor. Tras una juventud de pobreza y cautiverio, unificó todas las tribus mongolas mediante una combinación de guerra, alianzas matrimoniales y pura brutalidad. En 1206, Temujin, dueño y señor de la estepa, fue proclamado Gengis Jan, o Kan, por una gran asamblea de príncipes mongoles reunida a orillas del río Onon. Tras haber unificado las tribus mongolas y turcomongolas del Gobi bajo su mando y reorganizado su ejército según la división decimal de unidades de combate, consideró llegado el momento de acometer su empresa más ambiciosa: la conquista del mundo. Su primera reforma fue reorganizar el ejército por decimales —unidades de 10, 100, 1.000 y 10.000 (tümen)— rompiendo las lealtades tribales y sustituyéndolas por una cadena de mando basada en el mérito. Gengis Khan, condujo personalmente tres invasiones.
En 1209, Genghis Khan inicio una campaña contra los tanguts, que habían establecido un convenio con la China de la dinastía Xia, permitiéndoles controlar el noroeste de China, a lo largo de las Rutas de la Seda. Los tanguts, se hallaban involucrados en una disputa comercial con los mongoles. Genghis Khan, venció fácilmente a los tanguts, imponiendo lo que deseaba: una reducción de las tarifas, que los tanguts imponían al comercio, y regresó a Mongoli. Fue una victoria rápida que no se capitalizo para ampliar la conquista de nuevos territorios.
La segunda campaña, fue contra de la dinastía Jin del norte de China, que controlaba la China bordeada por el río Yangtze. El Jin eran un pueblo de Manchuria y fueron realmente los antepasados de los manchúes. Los Jin se habían involucrado en una disputa comercial con los mongoles, y el resultado fue un ataque de los mongoles, que necesitaban desesperadamente los productos producidos por los Jin. En 1215, las tropas de Genghis Khan, tomaron el área ahora conocida como Beijing y derrotaron a los Jin, lo que obligó a trasladar su capital al sur. Genghis Khan, había conseguido lo que quería, en términos de comercio, y nuevamente regreso a Mongolia.
La tercera
campaña, se inició a causa de la muerte de los emisarios diplomáticos enviados
por Genghis Khan a Asia Central. El sha de Asia Central, sin saber nada de
Genghis Khan o de los mongoles, mató a los emisarios enviados, por considerar
insolente, la solicitud propuesta por Genghis Khan, de realizar cambios en las
condiciones de los intercambios comerciales entre los Mongoles y Asia Central. El
asesinato de los embajadores y el ultraje a los investigadores enviados
posteriormente a esclarecer los hechos, fue considerado el más atroz de los crímenes,
y Genghis Khan emprendió una campaña contra Asia Central como un acto de
venganza.
Genghis
Khan, dedico mucho tiempo en efectuar una esmerada planificación logística,
reclutamiento y entrenamiento de un gran ejercito, que le diese la seguridad de
alcanzar la victoria. En 1219, considero, que disponía del ejercito idóneo y
emprendió la campaña contra Asia Central.
Tras adentrarse más en las tierras occidentales de Asia, entre 1219 y 1221 se enfrentó a los chas Corasmia, a quienes arrebató las ciudades de Bujara, Samarkanda y Urguench, y saqueó Tiflis, en Georgia, y Sudak, en Crimea. Posteriormente, devastó Afganistán en una rápida campaña, al tiempo que el ejército de una coalición de príncipes ucranianos era derrotado por sus generales a orillas del Kalka y su hijo Tului invadía Jhorezm, la mayor potencia musulmana de Asia Central.
El ejercito
Mongol, tras 6 años de lucha, sufrió grandes perdidas y los terrenos
conquistados no estaban sometidos y apaciguados. Por ello 1225, Genghis Khan,
decidió dejar gran parte de su ejercito en Asia Central, al contrario de lo que
había hecho en anteriores incursiones.
Al regresar
a Mongolia, en 1227, se produce la muerte de Genghis Khan. A pesar de su fama
de conquistador cruel y despiadado, Gengis Kan fue un soberano hábil e
inteligente, que impuso la paz y el orden en sus dominios, acabó con las
seculares rivalidades tribales y el bandolerismo, creó nuevas vías de
comunicación, respetó las diferentes creencias de sus súbditos y, sin saber
leer, supo valorar la utilidad del lenguaje escrito.
Tras su desaparición, el imperio mongol por él forjado, que se extendía desde Corea hasta el mar Caspio, se dividió entre sus cuatro hijos, bajo la autoridad del tercero de ellos, Ogodei, quien fue elegido gran kan por la asamblea de príncipes mongoles (1229). Ogodei consolidó las conquistas de su padre, completó la sumisión del norte de China (1234) y Corea (1236), ensanchó el imperio, estableció el protectorado mongol sobre Georgia, Armenia y el Cáucaso y penetró en Rusia y en la llanura del Danubio (1237-1240).
LAS CONQUISTAS
DE TAMERLÁN
Timur Lang, llamado Tamerlán, quien habría de crear un imperio en Asia Central y Occidental y hacer temblar al Imperio romano de Oriente, de origen mongol turcomando, fue uno de los mas grandes y feroces conquistadores. Convencido de su descendencia del gran Gengis Khan, desde 1364 trató de imitarlo y someter a los kanatos de Transoxiana. Invadió la Mesopotamia oriental, Irán y Armenia. Famoso por su crueldad, violencia e impiedad con el enemigo. Realizó incursiones en Rusia, Lituania, India, Siria y el Imperio otomano. Como contraposición, se destacó por su amor y mecenazco en las artes y el saber.Uno de sus descendientes, Babur, fundó el gran Imperio mogol de la India. Su vida es un relato de ambición, estrategia, y brutalidad, entrelazada con un profundo deseo de legitimidad y reconocimiento.
En poco más
de dos décadas, conquistó ocho millones de kilómetros cuadrados de Eurasia. Entre
1382 y 1405, sus grandes ejércitos cruzaron el continente euroasiático desde
Delhi hasta Moscú, desde la cordillera Tian Shan del Asia Central hasta los
montes Tauro de Anatolia, conquistando, reconquistando, arrasando algunas
ciudades y perdonando a otras; las campañas de Tamerlán en Anatolia pusieron en
peligro la existencia de los otomanos.
Nacido en
1336 cerca de Samarcanda, en lo que hoy es Uzbekistán, Tamerlán emergió de las
turbulentas estepas de Asia Central. Aunque no era descendiente directo de
Gengis Kan, Tamerlán siempre se esforzó por emular y superar las conquistas de
su ilustre predecesor.
La juventud de Tamerlán estuvo marcada por la competencia tribal y la lucha por el poder en una región que formaba parte del vasto imperio mongol. llegó a ser el ministro principal del virrey de Transoxiana, que gobernaba aquella región occidental del imperio mongol. En 1363 se rebeló contra él y le arrebató el poder. Y en 1370 se proclamó rey independiente, alegando su condición de heredero de Gengis Kan, de quien probablemente descendía su padre por línea materna. De esta manera logró derrotar los debilitados ejércitos del kan y nombrarse rey de la Transoxiana en 1369, rechazando la autoridad mongola y estableciendo su capital en Samarcanda. Declaró la restauración del imperio de Gengis Kan.
Tamerlán es
conocido por sus campañas militares que extendieron su imperio desde el sudeste
de Turquía, a través de Persia y el Medio Oriente, hasta el norte de la India. Además,
Tamerlán fue un maestro en el uso de la psicología y el terror como armas de
guerra. La brutalidad de sus conquistas, incluyendo la masacre de la población
civil y la creación de torres hechas de cráneos humanos, sirvió para infundir
miedo y someter a las poblaciones antes incluso de que comenzaran las batallas.
Partiendo de
su capital en Samarkanda, inició entonces una sucesión de campañas militares
que le llevaron a conquistar toda el Asia central (1370-96). Demostró una gran
capacidad de conquista, pues una vez dominado el Turquestán, se anexionó
también Irán, Irak, Armenia y Georgia.
Luego
dirigió sus fuerzas hacia la India (que sometió en 1398, en una sola campaña en
la que arrasó Delhi), Siria (con la toma de Damasco, Alepo y Bagdad, saqueadas
y arrebatadas a los mamelucos en 1400) y Asia Menor (donde obtuvo un gran
triunfo en la batalla de Angora, que sometió a vasallaje a los otomanos en 1402
y permitió subsistir casi un siglo más al Imperio Bizantino, librándole del
acoso otomano).
Pero Tamerlán no fue capaz de organizar un sistema político y administrativo eficaz, de manera que no creó un imperio unificado. Murió cuando se disponía a llevar la «guerra santa» a China, y el conglomerado de países que había sometido se disgregó por sucesivas divisiones entre sus hijos y nietos (los timúridas).
LA GUERRA DE
LOS CIEN AÑOS
La guerra de los Cien Años enfrentó a Francia e Inglaterra entre 1337 y 1453, convirtiéndose en el conflicto bélico más largo que ha conocido Europa. Durante esos 116 años, las largas y agotadoras campañas, desarrolladas siempre en suelo francés, se alternaron con treguas y largos periodos de paz. La contienda acabaría forjando la identidad de las naciones francesa e inglesa. La contienda enfrentó principalmente a los reinos de Inglaterra y Francia, aunque también implicó a Escocia, Borgoña, Castilla y otros poderes europeos. No fue una guerra ininterrumpida. Hubo periodos de paz, treguas prolongadas y conflictos internos que cambiaron por completo el equilibrio entre ambos bandos. Una sucesión de conflictos, treguas, traiciones y campañas militares que, durante más de un siglo, enfrentaron a dos reinos destinados a redefinir Europa: Francia e Inglaterra.
La crisis de
sucesión francesa.
El problema central era dinástico. Cuando murió el rey francés Carlos IV en 1328 sin descendencia masculina, Eduardo III de Inglaterra reclamó el trono francés como suyo debido a su ascendencia real francesa. La reclamación de Eduardo III no era un simple capricho personal. Su madre, Isabel de Francia, era hija de Felipe IV. La nobleza francesa, apoyándose en la tradición sucesoria que excluía la transmisión de la corona por línea femenina, aceptar esa vía habría permitido que una mujer transmitiera derechos sucesorios a un monarca extranjero, algo que los nobles franceses rechazaron y eligió a Felipe VI de Valois, que había sucedido a su primo Carlos IV. Esta controversia sobre la legítima sucesión al trono se convirtió en la chispa que encendió el conflicto.
La disputa territorial
por Aquitania y el poder feudal.
Los reyes ingleses poseían Aquitania, especialmente la región de Gascuña, pero la tenían como feudo del monarca francés. Eduardo III quería gobernar esos territorios con mayor libertad y, al mismo tiempo, presentarse como legítimo rey de Francia. Esa combinación hizo que una crisis sucesoria se transformara en una guerra abierta. Inglaterra dependía mucho de los ingresos procedentes de sus posesiones francesas. Aquitania proporcionaba vino, comercio y prestigio político, pero el rey inglés debía rendir homenaje al monarca francés por esos territorios. En la práctica, Eduardo III era un rey poderoso obligado a comportarse como vasallo, una contradicción que alimentó la tensión.
Eduardo III
podía reclamar la Corona francesa a través de su madre Isabel. No se sabe si
este era un reclamo serio o simplemente una excusa para invadir Francia. El 24
de mayo de 1337, el rey Felipe VI de Francia declaró la confiscación del ducado
de Aquitania. Aquel acto administrativo no fue una simple disputa feudal; fue
el estallido de un incendio que devoraría Europa durante más de un siglo. Eduardo
tomó la iniciativa al autoproclamarse rey de Francia en una ceremonia en Gante
en enero de 1340. Los Países Bajos eran socios comerciales importantes de
Inglaterra, mientras que otros aliados incluían a rivales de Felipe VI, como
Carlos II, rey de Navarra (que reinó de 1349 a 1387), y los condes gascones de
Armagnac.
El
predominio inglés entre 1337 y 1360.
Uno de los primeros acontecimientos importantes de la guerra se produjo en junio de 1340, cuando una flota inglesa hundió una flota invasora francesa en Sluys, en el estuario de Scheldt (Países Bajos), aseguran el control del Canal de la Mancha. A esto le siguió la captura de Gascuña y la invasión de Normandía en 1345. Una de las primeras batallas notables de la Guerra de los Cien Años fue la Batalla de Crécy, que tuvo lugar en 1346. En esta confrontación, las fuerzas inglesas lideradas por Eduardo III se enfrentaron a las fuerzas francesas. Lo más destacado de esta batalla fue la efectividad del arco largo inglés, que permitió a los arqueros ingleses infligir graves bajas a las filas francesas y lograr una victoria clave para los ingleses. Esta batalla estableció la reputación de los arqueros ingleses como una fuerza formidable en la guerra medieval y señaló el inicio de un conflicto prolongado.
En 1347,
Calais fue capturada, pero la llegada de la peste negra a Europa interrumpió
las hostilidades. En 1356, se libró la Batalla de Poitiers, que fue otro
episodio importante en la Guerra de los Cien Años. Durante esta batalla, las
fuerzas inglesas, dirigidas por Eduardo de Woodstock, el Príncipe Negro, hijo
de Eduardo III, se enfrentaron a las fuerzas francesas. La victoria inglesa
resultó en la captura de Juan II de Francia, un importante golpe para los
franceses. La batalla de Poitiers consolidó aún más la reputación militar de
los ingleses y debilitó la posición de Francia en el conflicto.
En 1360, se firmó el Tratado de Brétigny-Calais, que puso fin a la primera fase de la Guerra de los Cien Años. Este tratado fue negociado después de años de conflicto y otorgó extensos territorios en Francia a Inglaterra, incluyendo el control de Calais. Además, se acordó un rescate masivo para la liberación de Juan II de Francia, quien había sido capturado en la Batalla de Poitiers. Sin embargo, este tratado resultó ser efímero, y el conflicto se reavivó posteriormente.
La
recuperación francesa entre 1369 y 1389
La guerra se
reanudó en 1369 y Francia cambió de estrategia. La paz de Brétigny terminó en
1369, cuando el nuevo rey de Francia, Carlos V, también conocido como Carlos el
Sabio (que reinó de 1364 a 1380), empezó a recuperar todos los territorios que
sus predecesores habían perdido. Hizo esto evitando la batalla abierta,
concentrándose en el acoso y confiando en la seguridad de sus castillos cuando
era necesario. Carlos V evitó arriesgarse en grandes batallas y confió en
campañas más pequeñas, asedios y ataques contra las líneas de suministro. El
condestable Bertrand du Guesclin desempeñó un papel destacado en esta
recuperación. Francia capturó la mayor parte de Aquitania en 1372, derrotó a
una flota inglesa en La Rochelle ese mismo año y, para 1375, las únicas tierras
que quedaban en Francia pertenecientes a la Corona inglesa eran Calais y una
parte de Gascuña. A finales del siglo XIV, Francia había recuperado buena parte
de las posesiones perdidas.
En 1389 se declaró una nueva tregua, y el 12 de marzo de 1396, la relación con Francia mejoró cuando Ricardo II de Inglaterra se casó con Isabel de Francia, la hija de Carlos VI de Francia. Esta unión consolidó una tregua de dos décadas entre ambos países. Bajo el siguiente rey, Enrique IV de Inglaterra (1399-1413), la Corona estaba más preocupada con las rebeliones en Inglaterra y Gales como para hacer mucho en Francia. Durante el reinado de Ricardo II de Inglaterra (r. del 1377 al 1399) hubo en gran medida paz entre las dos naciones, pero cuando Enrique V subió al trono en 1413, la guerra volvió a estallar.
La ofensiva
de Enrique V y la victoria francesa final (1415-1453)
Enrique V de
Inglaterra aprovechó la guerra civil entre los grupos de Armagnac y Borgoña
para invadir Francia. Enrique invadió Normandía, capturó el importante puerto
de Harfleur en 1415. En la batalla de Azincourt el 25 de octubre de 1415,
Enrique V derrotó a un ejército francés abrumadoramente mayor. Los ingleses
ganaron gracias a la superioridad del arco largo, la posición en el campo y la
disciplina. Los franceses sufrieron la dependencia de la caballería pesada en
terrenos difíciles y la mala disciplina de sus comandantes. En 1417, capturó
Caen y, para 1419, había logrado conquistar toda Normandía, incluida la capital
Ruan, y luego marchar hacia París. Su victoria en Azincourt, en 1415, fue tan
contundente que permitió a Inglaterra imponer el Tratado de Troyes en 1420.
Según ese acuerdo, Enrique V sería reconocido como heredero del rey francés
Carlos VI, desplazando al delfín Carlos. Enrique fue nombrado el regente y
heredero de Carlos VI y, para consolidar la nueva alianza, se casó con la hija
de Carlos, Catalina de Valois. Esta fue la cúspide del éxito inglés en la
guerra.
En marzo de 1421, los ingleses perdieron la batalla de Baugé, en la que murió el propio hermano del rey, Tomás, duque de Clarence. Enrique se dirigió a Francia para reanudar la guerra personalmente y, el 11 de mayo de 1422, capturó Meaux tras un asedio de ocho meses. Sin embargo, nunca tuvo la oportunidad de ser el rey de Francia, ya que murió de forma inesperada, probablemente de disentería, el 31 de agosto de 1422 en Bois de Vincennes, Francia.
Uno de los
nombres más icónicos asociados con la Guerra de los Cien Años es el de Juana de
Arco. Nacida en Domrémy, una pequeña aldea francesa, Juana de Arco afirmó haber
recibido visiones divinas que la instaron a liderar a las fuerzas francesas
contra los invasores ingleses. A la edad de diecisiete años, se presentó ante
el futuro rey Carlos VII y convenció a los líderes franceses de seguir su
liderazgo en la lucha contra los ingleses.
La Batalla
de Orleans, que tuvo lugar en 1429, fue un punto de inflexión crucial en la
Guerra de los Cien Años. La ciudad de Orleans estaba sitiada por las fuerzas
inglesas, y su liberación se consideraba vital para la supervivencia de la
causa francesa. Juana de Arco desempeñó un papel fundamental en esta batalla al
liderar las tropas francesas y elevar la moral de los defensores. Con su
valentía y liderazgo, las fuerzas francesas lograron levantar el asedio,
marcando una victoria crucial para Francia. La captura y ejecución de Juana de
Arco por los ingleses en 1431 fue un evento trágico que debilitó temporalmente
el espíritu de los franceses. Juana fue traicionada y entregada a los ingleses,
quienes la acusaron de herejía. Fue sometida a un juicio injusto y finalmente
quemada en la hoguera en Ruan.
Carlos VII
de Francia empezó a retomar partes de Normandía a partir de 1449; ganó la
batalla de Formigny en 1450, bloqueó Burdeos en 1451 y capturó Gascuña en 1452.
La Batalla de Castillon, que tuvo lugar en 1453, marcó el final de la Guerra de
los Cien Años. Durante esta batalla, las fuerzas francesas, bajo el mando de
Jean Bureau, se enfrentaron a las fuerzas inglesas. La victoria francesa fue
decisiva, y esta batalla puso fin a décadas de conflicto. Los ingleses
perdieron gran parte de sus posesiones en Francia, y la Guerra de los Cien Años
finalmente llegó a su conclusión. El conflicto terminó con una Francia
fortalecida como monarquía moderna y una Inglaterra que se retiró a sus islas
agotada.



































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