LAS
CONQUISTAS DE SOLIMÁN EL MAGNÍFICO
Solimán I,
conocido en Occidente como el Magnífico y entre los turcos como Kanuni,
personifica la apoteosis del poder otomano en el siglo XVI. Sultán otomano que
gobernó el Imperio Otomano desde 1520 hasta su
muerte en 1566. Conocido por su habilidad militar y sus grandes
conquistas, Solimán dejó una marca indeleble en la historia de la región y se le considera uno
de los líderes más destacados de la época. Durante su reinado, el Imperio
Otomano alcanzó su apogeo territorial y se convirtió en una potencia mundial.
Solimán ascendió al trono otomano después de la muerte de su padre en 1520. Durante su reinado, expandió el imperio a través de una serie de exitosas campañas militares, llegando a su máxima extensión territorial. Solimán el Magnífico fue el décimo sultán del Imperio Otomano, gobernando desde 1520 hasta su muerte en 1566. Nació el 6 de noviembre de 1494 en Trabzon, en la actual Turquía, hijo del sultán Selim I y de Ayşe Hafsa Sultan. Desde joven, Solimán mostró habilidades excepcionales tanto en el campo de batalla como en la administración.
Tras suceder
a su padre, Selim I, Solimán ascendió al trono otomano en el año 1520. Durante
su reinado, que se extendió hasta su
muerte en 1566, logró consolidar y expandir el imperio, convirtiéndolo
en una de las potencias más importantes de la época. Solimán fue conocido por
sus habilidades estratégicas y militares, lo que le permitió expandir el
imperio a través de numerosas conquistas. Durante su reinado, llevó a cabo
campañas militares exitosas en Europa, Asia y África.
Conquista de
Belgrado (1521)
Uno de los primeros logros militares de Solimán fue la conquista de Belgrado en 1521. Esta ciudad, que se encontraba en manos del Reino de Hungría, fue tomada por las fuerzas otomanas después de un asedio exitoso. El asedio de Belgrado en 1521 fue un evento que se dio como resultado del tercer gran ataque otomano a esta fortaleza húngara durante las guerras otomano-húngaras, en la época de la máxima expansión del Imperio Otomano hacia el oeste. El sultán otomano Suleimán el Magnífico lanzó su ejército a mediados de mayo de 1521. El estado húngaro estaba casi en desorden y no podía contraatacar de manera efectiva al ejército otomano.
Conquista de
Rodas (1522)
En 1522,
Solimán lideró un asedio a la isla de Rodas, que en ese momento estaba bajo el
control de los Caballeros Hospitalarios. Después de varios meses de lucha
intensa, los otomanos lograron capturar la isla y expulsar a los caballeros. Los
otomanos sostuvieron el asedio de 6 meses gracias a la flota de
reabastecimiento egipcia y la proximidad a la costa de Anatolia; los
defensores, incapaces de recibir ayuda de Europa, fueron agotados en pólvora y
efectivos. La flota otomana, fortalecida, dominó mares que iban desde el
Mediterráneo hasta el Mar Rojo, y abrió un corredor para acciones futuras
contra rivales en la región.
Conquista de
Hungría (1526-1541)
Otro logro importante de Solimán fue la conquista de gran parte del Reino de Hungría. En la Batalla de Mohács en agosto de 1526, las fuerzas otomanas derrotaron al ejército húngaro y su rey murió en combate. El enfrentamiento se produjo a poco más de 100 Km. de Buda, en la llanura de Mohacs, donde los húngaros esperaban poder utilizar adecuadamente su potente caballería. Pero los tiempos habían cambiado. Ya había pasado la época de la caballería acorazada, y los turcos contaban con un ejercito mucho más moderno, en el que la infantería con armas de fuego y una eficiente artillería jugaban un papel principal. A pesar de todo la valerosa carga de los jinetes húngaros estuvo a punto de ser decisiva. Arrollaron a las primeras filas de los turcos para ser finalmente detenidos en la última línea por la artillería y los mosquetes de los jenízaros del Sultán. La victoria de Mohács representó un punto de inflexión. La derrota de las fuerzas húngaras dio a Solimán la oportunidad de consolidar su influencia en la región, provocando la caída del propio rey Luis II. El reino había quedado desarbolado, la capital cayó de inmediato y su territorio fue saqueado y ocupado.
Asedio de
Viena (1529)
Uno de los momentos más destacados en la carrera militar de Solimán fue el asedio de Viena en 1529. Bajo el mando del sultán Solimán I, conocido como «el Magnífico», el Imperio otomano dirigió su mayor esfuerzo militar hacia el corazón de Europa central con el objetivo de tomar la capital del archiducado de Austria. La ciudad resistió durante menos de tres semanas frente a un ejército que la superaba en efectivos de forma abrumadora. El fracaso del asedio no solo detuvo el avance turco en el continente europeo, sino que marcó el inicio de una larga rivalidad entre los Habsburgo y la Sublime Puerta que se prolongaría más de siglo y medio.
Conquista de
Bagdad (1534)
En 1534,
Solimán lideró la conquista de Bagdad, la capital del Imperio Safávida en
Persia. La captura otomana de Bagdad en 1534, que tuvo lugar durante la primera
campaña de una guerra de veinte años entre el Imperio otomano y el Imperio
persa (safávida del Shah Ṭahmāsp I. Tras la victoria de las fuerzas de Süleyman el
Magnífico, la famosa ciudad permaneció casi ininterrumpidamente en manos
otomanas hasta que fue capturada por los británicos en 1917. Esta victoria
permitió al Imperio Otomano consolidar su control sobre gran parte de
Mesopotamia y expandir su influencia en la región, y llegando hasta la India.
A la
expansión de Solimán el Magnífico se opondrían enérgicamente España y Austria,
con la ayuda de Polonia y Venecia, siendo el mayor adalid de esta defensa el
emperador Carlos I de España y V de Alemania. Pero como el enemigo juramentado
de éste, el rey francés Francisco I, no veía con buenos ojos el liderazgo
europeo del hijo de Juana la Loca, no dudó en aliarse con el turco para reducir
su poder.
La muerte de Solimán ocurrió el 7 de septiembre de 1566, durante una campaña militar en Szigetvár, actualmente parte de Hungría. A pesar de su avanzada edad, Solimán lideró personalmente el asedio de la fortaleza húngara. La muerte de Solimán el Magnífico marcó el final de una era en el Imperio Otomano.
LAS GUERRAS
ITALIANAS
Las guerras
italianas, también conocidas como las Grandes Guerras Italianas y las Guerras
de Italia, fueron una serie de conflictos sucedidos entre 1494 y 1559 que
implicaron, en distintas ocasiones, a los principales Estados de la Europa
Occidental: Francia, Corona de Castilla, Corona de Aragón, Sacro Imperio Romano
Germánico, Inglaterra, la República de Venecia, los Estados Pontificios y la
mayoría de las ciudades-estado italianas, así como también el Imperio otomano.
El enfrentamiento entre Francia y la Casa de Habsburgo será, salvo breves períodos excepcionales, una constante durante los siglos XVI y XVII. La común política italiana, el problema de Navarra y, sobre todo, el cerco de los Estados de los Austrias en torno a Francia mantendrán viva una hostilidad que se manifestará periódicamente en conflictos abiertos en muy diversos puntos del Continente, e incluso fuera de él. Las distintas circunstancias en las que se desenvolverá esta enemistad marcarán varias etapas diferenciadas. En un primer período, el escenario de los enfrentamientos se limitará casi exclusivamente a Italia. La rivalidad a causa de intereses enfrentados en la península italiana había sido aportada a la Monarquía española por la Corona de Aragón, que, como restos de su expansión mediterránea, conservaba Cerdeña (1325) y Sicilia (1409), mientras que el Reino de Nápoles, anexionado en 1442, había pasado en 1458 a una rama bastarda de Aragón, a la muerte de Alfonso V. Por su parte, Francia reivindicaba los derechos sobre el trono napolitano de la dinastía de los Anjou, que habían reinado de 1282 a 1442. El rey francés, Carlos VIII, imbuido de ideas caballerescas y de cruzada, había iniciado los movimientos. En 1493 se había asegurado la neutralidad del emperador Maximiliano, a cambio del Artois y el Franco Condado, y de Fernando el Católico, a cambio del Rosellón y la Cerdaña.
Primera
Guerra Italiana (1494-1498)
Esta guerra comenzó cuando Carlos VIII de Francia quiso reclamar el Reino de Nápoles para sí. En 1494, sus ejércitos avanzaron rápidamente por Italia y ocuparon Nápoles. Para detenerlo, se formó la Liga de Venecia en 1495. Esta liga incluía a Milán, Venecia, el Sacro Imperio Romano Germánico, España y los Estados Pontificios. Aunque la batalla de Fornovo (1495) no tuvo un ganador claro, Carlos VIII tuvo que retirar sus tropas del norte de Italia. En el sur, las tropas españolas, lide radas por el famoso Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, lograron resistir. A pesar de algunas derrotas, los españoles recibieron refuerzos y lograron expulsar a los franceses de Nápoles. La guerra terminó en 1498 con un tratado de paz.
El 6 de
julio de 1495, mientras se retira de Nápoles hacia Francia, Carlos VIII es
interceptado en Fornovo por la Liga Italiana. A pesar del terreno difícil y de
un enfrentamiento desorganizado, el ejército francés logra romper el cerco.
Aunque las pérdidas son cuantiosas en ambos bandos, los franceses mantienen la
cohesión y continúan su marcha, lo que les permite llegar a Francia sin un
desastre militar.
Guerra
Italiana de 1499-1501
El nuevo rey
de Francia, Luis XII, también quería el Ducado de Milán y el Reino de Nápoles.
Para lograrlo, hizo alianzas con Venecia y el Papa Alejandro VI. En 1499, un
ejército francés invadió el Ducado de Milán y lo ocupó. El duque de Milán,
Ludovico Sforza, intentó recuperar su territorio con la ayuda de mercenarios,
pero fue traicionado y capturado. Mientras tanto, el hijo del Papa, César
Borgia, conquistó varias ciudades en la región de la Romaña.
Guerra de
Nápoles (1501-1504)
Antes de atacar el sur de Italia, Luis XII de Francia hizo un acuerdo con Fernando II de Aragón (rey de España) en 1500. Decidieron dividirse el Reino de Nápoles: el sur sería para España y el norte para Francia. Las tropas españolas y francesas ocuparon sus respectivas zonas. Sin embargo, pronto surgieron desacuerdos sobre los límites. En los enfrentamientos que siguieron, las tropas del Gran Capitán derrotaron a los franceses en varias batallas importantes en 1503, como Ceriñola y Garellano. Finalmente, en 1504, Francia cedió el Reino de Nápoles a España. Nápoles permaneció bajo control español hasta 1707.
La batalla de Ceriñola es una batalla de gran importancia en la historia puesto que cambió el curso de la guerra para las fuerzas españolas, pero también marcaría el comienzo del cambio en la forma de hacer la guerra. La introducción del uso del arcabuz entre sus tropas por parte del Gran Capitán fue un elemento innovador y decisivo, que mostró que el arma de fuego marcaría un cambio radical en los ejércitos.
Guerra de la
Liga de Cambrai (1508-1516)
Las rivalidades internas de los Estados italianos provocarán la guerra y la invasión extranjera. Así, el inquieto papa Julio II promovió, en 1508, la Liga de Cambrai contra Venecia, en la que participarán Francia y España, más el emperador, para detener el crecimiento de la República de Venecia. Esta liga incluía a Francia, el Papado, España y el Sacro Imperio Romano Germánico. Aunque la Liga logró una gran victoria contra Venecia en la batalla de Agnadello (1509), la alianza se rompió. El Papa Julio II se alió con Venecia y declaró la guerra a Francia. Después de más combates, Francia fue expulsada de Italia. Sin embargo, en 1512, Venecia se alió con Francia, lo que cambió el rumbo de la guerra. La paz se firmó en 1516, y las cosas volvieron a ser como antes de la guerra.
La batalla
de Agnadello fue una de las más significativas batallas en la Guerra de la Liga
de Cambrai, y una de las mayores batallas de las Guerras Italianas. El 15 de
abril de 1509, un ejército francés al mando de Luis XII salió de Milán e
invadió el territorio de la República de Venecia. Para detener el avance
enemigo, los venecianos reunieron un ejército mercenario, cerca de Bérgamo,
comandado por Bartolomeo d’Alviano y Niccolò di Pitigliano, ambos
pertenecientes a la familia Orsini.
Guerra
Italiana de 1521-1526
Cuando
Carlos I de España se convirtió en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico
en 1519, su imperio se hizo enorme. Francisco I de Francia, que también quería
ser emperador, comenzó una guerra contra España. Las tropas francesas
intentaron tomar Nápoles, pero fueron derrotadas por los ejércitos españoles.
En 1525, el propio Francisco I dirigió a sus tropas en Lombardía, pero fue
derrotado y hecho prisionero en la batalla de Pavía. Esto obligó a Francia a
ceder muchos territorios a España en Italia.
La batalla de Pavía se libró el 24 de febrero de 1525 entre el ejército francés al mando del rey Francisco I y las tropas germano-españolas del emperador Carlos V, con victoria de estas últimas, en las proximidades de la ciudad italiana de Pavía. La derrota francesa fue catastrófica pues, aparte de las innumerables bajas, muchos de sus mejores comandantes murieron en Pavía. Además el rey francés fue obligado a firmar el Tratado de Madrid por el que Francia renunciaba a sus dominios en disputa con España en suelo europeo. Pavía pone de manifiesto que la combinación organizada de caballería e infantería puede ser letal. Además pone de manifiesto que el Tercio ideado por Don Gonzalo Fernández de Córdoba a finales del siglo XV sería fundamental para el ejército imperial en los siglos venideros.
Guerra de la
Liga de Cognac (1526-1529)
En 1526, el
Clemente VII, preocupado por el gran poder de España, se alió con Francia,
Venecia y otras ciudades italianas para formar la Liga de Cognac contra Carlos
I de España.Las fuerzas españolas tomaron Florencia y en 1527 saquearon Roma,
capturando al Papa. La guerra terminó en 1529 con la paz de Cambrai, donde
Francia se retiró. Venecia también hizo la paz con España, y Florencia volvió a
ser gobernada por la familia Médici.
Guerra
Italiana de 1536-1538
Esta guerra comenzó cuando el duque de Milán murió y Felipe II de España (hijo de Carlos I) heredó el ducado. Francisco I de Francia invadió Saboya y tomó Turín, pero no pudo conquistar Milán. En respuesta, Carlos I de España invadió Provenza en Francia, pero decidió retirarse. La guerra terminó con la tregua de Niza, dejando Turín en manos francesas, pero sin grandes cambios en el mapa de Italia.
Guerra
Italiana de 1542-1546
Francisco I de Francia, aliado con Solimán I del Imperio otomano, lanzó una última invasión de Italia. Una flota conjunta franco-otomana capturó la ciudad de Niza en 1543. Aunque los franceses ganaron la batalla de Cerisoles en 1544, no lograron avanzar en Lombardía. Carlos I de España y Enrique VIII de Inglaterra invadieron el norte de Francia. Sin embargo, la falta de coordinación y los ataques otomanos hicieron que Carlos abandonara sus conquistas, y la situación volvió a ser como antes.
En la batalla
de Ceresole (Cerisoles) el ejército francés inflige una aplastante derrota a
las fuerzas imperiales, utilizando una combinación eficaz de tácticas de
infantería, caballería y artillería. La batalla afirma temporalmente la
dominación francesa en Lombardía.
Guerra
Italiana de 1551-1559
En 1547,
Enrique II de Francia (sucesor de Francisco I) declaró la guerra a Carlos I de
España para recuperar Italia y asegurar Francia. Al principio, Francia tuvo
éxito en Lorena. Sin embargo, un intento de invasión francesa de Toscana en
1553 fracasó. Carlos I de España abdicó en 1556, dividiendo su imperio entre
Felipe II de España y Fernando I. La guerra se trasladó a Flandes, donde Felipe
II de España, aliado con Manuel Filiberto de Saboya, derrotó a los franceses en
la batalla de San Quintín en 1557. Aunque Inglaterra se unió a la guerra y los
franceses tomaron Calais, Francia se vio obligada a firmar la paz de
Cateau-Cambrésis. Con este tratado, Francia renunció a sus reclamos sobre los
territorios italianos.
El 10 de agosto de 1557, se libró la batalla de San Quintín, entre los ejércitos de Felipe II, a las órdenes del Duque de Saboya, y las fuerzas francesas, mandadas por el Almirante Coligni y el Mariscal Montmorency. Un ejército hispano-imperial derrotó a Francia en una de las batallas más decisivas del siglo XVI. Aquella victoria no solo cambió el rumbo de una guerra, sino que dio origen a uno de los monumentos más emblemáticos de España: el Monasterio de El Escorial.
Cuando las
Guerras Italianas terminaron en 1559, España se había convertido en la potencia
más importante del mundo, superando a Francia. Los estados de Italia, que antes
habían sido muy poderosos, vieron reducido su poder político y militar. Algunos
incluso desaparecieron. Aunque las guerras de Italia de comienzos de siglo no
den solución a unos problemas que permanecerán casi en el mismo punto por
varios decenios, sí supondrán un cambio en las relaciones internacionales
europeas. Por un lado, modificaron la diplomacia, a través de los innumerables
acuerdos realizados entre los diversos Estados contendientes, haciendo
necesaria la representación diplomática permanente. Por otro, se produjeron
cambios decisivos en el arte bélico: la infantería sustituyó a la caballería
como pieza esencial del ejército y las armas de fuego revolucionaron la
estrategia y los sistemas de enfrentamiento, mientras que los mayores costos en
armamento requerirán en adelante mayores inversiones, sólo permitidas a los
grandes Estados, dejando de ser competitivos los ejércitos nobiliarios e
incluso los de los pequeños Estados, que, como los italianos, cada vez tendrán
menos protagonismo en la arena internacional.
LA CONQUISTA
DE MÉXICO
La conquista de México es el gran suceso mediante el que la corona española sometió al Imperio mexica y se hizo con el control de sus territorios en las primeras décadas del siglo XVI en el marco de la conquista de América. Este enfrentamiento bélico se prolongó desde 1519 a 1521, cuando los españoles conquistaron la capital de los mexicas: Tenochtitlan. La Conquista de México (1519-1521) fue uno de los eventos más extraordinarios de la historia universal: el derrumbe de una de las civilizaciones más sofisticadas de Mesoamérica ante una expedición española de menos de 1.000 hombres en el transcurso de apenas tres años.
El imperio
Azteca, en el momento del contacto europeo, era la potencia política y militar
dominante de Mesoamérica: gobernaba aproximadamente 400 ciudades-estado
tributarias, tenía una capital (Tenochtitlán) de entre 200.000 y 600.000
habitantes (una de las ciudades más grandes del mundo en 1519), controlaba un
territorio que se extendía desde lo que es ahora el norte de México hasta
América Central, mantenía un ejército extraordinariamente capaz de decenas de
miles de guerreros de élite y operaba un sistema administrativo y tributario
sofisticado que permitía extraer riqueza de cientos de poblaciones
subordinadas. El imperio de los mexicas había basado su prosperidad económica
en tres pilares: la agricultura, los tributos pagados por los pueblos sometidos
y el comercio.
Procedente de una familia de hidalgos de Extremadura, Hernán Cortés estudió brevemente en la Universidad de Salamanca. En 1504 pasó a las Indias, recién descubiertas por Cristóbal Colón, y se estableció como escribano y terrateniente en La Española (Santo Domingo). En 1511 participó en la expedición a Cuba como secretario del gobernador Diego Velázquez de Cuéllar, con quien emparentó al casarse con su cuñada; Velázquez le nombró alcalde de la nueva ciudad de Santiago. En 1518 Diego Velázquez puso a Hernán Cortés al mando de una expedición a Yucatán.
La conquista fue proceso de tres fases: primero la marcha inicial desde la costa hacia Tenochtitlán (1519) con la alianza de Tlaxcala. Segundo, el establecimiento del control español sobre la ciudad mediante la captura del emperador Moctezuma (noviembre 1519-junio 1520). Y tercero, el asedio y destrucción total de Tenochtitlán tras el levantamiento indígena (mayo-agosto 1521). Cortés, con el instinto estratégico de un conquistador experimentado, comprendió que la única manera de conquistar un imperio de millones era fragmentar su estructura política mediante alianzas astutas, captura de su liderazgo y manipulación de tensiones internas. Cortés y sus hombres contaron con la ayuda de varios pueblos de la zona, deseosos de librarse del dominio mexica, en su marcha hacia Tenochtitlán. Estas alianzas, junto con la superioridad armamentística, permitió a los españoles salir victoriosos.
La
expedición de conquista partió de Cuba, al mando de Hernán Cortés, el 10 de
febrero de 1519. Expediciones realizadas en años anteriores habían confirmado
la existencia de un imperio confederado dominado por los aztecas, así como la
existencia de enormes riquezas en metales preciosos.
La
expedición se componía de 11 barcos. En abril de 1519, llegó a las costas del
Golfo de México donde, el 22 de ese mes, fundó la ciudad de Villa Rica de la
Veracruz. Allí permaneció 4 meses durante los cuales Cortés rompió relaciones
con Diego Velázquez, gobernador de Cuba y envió un barco a España con el
objetivo de obtener los documentos que le permitieran legalizar su situación.
Además, tomó contacto con indígenas enemistados con los aztecas y los sumó a
sus tropas. En agosto, inició la marcha hacia Tenochtitlán, la capital del
imperio azteca.
En noviembre
de ese año el emperador Moctezuma recibió a los españoles en Tenochtitlán, pero
fue tomado prisionero. Si bien Cortés logró entrar en la capital, su
intransigencia con las cuestiones religiosas lo enemistó con los sacerdotes
aztecas. El 20 de junio de 1520, un levantamiento popular obligó a los
españoles a huir de la ciudad. Se conoce ese episodio como «la noche triste».
Después de la derrota de "La Noche Triste", los restos del ejército de Hernán Cortés se dirigieron a las alturas del valle de Otumba. Allí, Cortés dispuso sus fuerzas con gran acierto ante el inminente ataque de los indios. El 7 de julio de 1520 Hernán Cortés se lanzó personalmente al galope sobre el jefe azteca, que portaba la enseña imperial. Al ver los indios el estandarte en manos del conquistador español, se dieron a la fuga. La batalla de Otumba supuso la más increíble victoria obtenida por los españoles en América.
Cortés logró
reunir a sus tropas y reorganizarlas gracias a la alianza con los tlaxcaltecas,
vecinos y feroces enemigos de los aztecas. Con ese apoyo y refuerzos españoles,
en diciembre de ese año inició el sitio a la ciudad de Tenochtitlán tanto por
tierra como por agua ya que la ciudad estaba ubicada en una laguna.
El 12 de agosto de 1521, agotados por hambre y enfermedades, los aztecas rindieron la ciudad a Cortés. De ese modo, el imperio cayó en manos de los conquistadores españoles.
Las
diferencias de poderío tecnológico y táctico entre las tropas de los
conquistadores españoles y los ejércitos mexicanos. Los españoles contaban con
armas de fuego y caballos mientras que los americanos empleaban tácticas y
armas que resultaban ineficaces contra los europeos.
El
sometimiento de las poblaciones de la región por parte del Imperio azteca.
Estas poblaciones vieron en la alianza con los españoles la posibilidad de
vencer a su enemigo y participaron junto a ellos de la conquista del Imperio
azteca.
Las
creencias de los pueblos americanos. Narraciones mitológicas afirmaban que la
llegada de hombres rubios (encarnaciones de Quetzalcoatl) marcaría el fin de
una era.
La conquista resultó en aproximadamente 125.000 a 400.000 muertes (las estimaciones varían enormemente), la destrucción completa de la capital, la eliminación de la élite política Azteca y la transformación radical de la estructura social mesoamericana mediante la institución de la encomienda, la conversión forzada al cristianismo y la explotación sistemática de la población indígena bajo dominio colonial español.
LA CONQUISTA
DE CHILE
La conquista de Chile fue llevada a cabo por el Imperio Español, dirigido por Pedro de Valdivia, quien lideró una expedición hacia el sur del continente americano en busca de nuevas tierras y recursos. Durante este proceso, los españoles se enfrentaron a la resistencia de los pueblos indígenas que habitaban la región, como los mapuches. A medida que avanzaban hacia el sur, los colonizadores españoles establecieron ciudades y fortalezas, y comenzaron a imponer su dominio sobre la población nativa. A lo largo de la conquista, se produjeron numerosos conflictos y batallas, en los cuales los españoles utilizaron su superioridad tecnológica y militar para someter a los indígenas.
Uno de los
primeros expedicionarios en llegar a Chile fue Diego de Almagro, que había
partido hacia el sur en 1533, enviado por Francisco Pizarro, sabiendo la
ferocidad de los indios de la región, donde ni siquiera los incas habían podido
penetrar. Almagro salió de Cuzco, entró en Chile por el norte y fundó la ciudad
de Copiapó antes de llegar al río Maule, la frontera que los incas no
traspasaban. Tras cruentas luchas, al no encontrar el ansiado oro y dada la
pobreza de la zona, retornó a Perú.
Francisco Pizarro, ya en el poder en Perú, organizó otra expedición en 1538, a cuyo frente situó a un soldado de las guerras de Italia y paisano suyo, Pedro de Valdivia quien, con unos ciento cincuenta soldados y pertrechos, penetra en Chile. Tras once meses de marcha y de enfrentamientos, llegó al valle del Mapocho en diciembre de 1540. La organización bélica y urbana lo llevó a fundar Santiago del Nuevo Extremo, la futura capital de Chile, el 12 de febrero de 1541. Poco después Valdivia nombró a los integrantes del cabildo, el que a su vez lo nombraría gobernador de Chile. En 1550 comenzó el avance hacia el Sur y con ello comenzará también la Guerra de Arauco, por lo cuanto deberán enfrentarse con la fiera resistencia del pueblo mapuche. Por esta razón Valdivia debió fundar varios fuertes, sobre todo en el territorio propiamente araucano.
La conquista de Chile por parte de los españoles fue un proceso marcado por la resistencia indígena. La llegada de los españoles no fue recibida pacíficamente por los pueblos indígenas de Chile. La resistencia indígena fue constante y feroz. Los españoles, a pesar de su superioridad tecnológica, tuvieron dificultades para someter a los mapuches. La guerra se convirtió en un conflicto de desgaste, con enfrentamientos sangrientos y tácticas crueles por ambos lados. La resistencia mapuche, a pesar de las derrotas y las masacres, nunca se extinguió y logró mantener su autonomía en una zona conocida como la Araucanía. Liderados por caciques y toquis, utilizaron estrategias de guerrilla y emboscadas para intentar expulsar a los invasores.
Uno de los ejemplos más destacados de resistencia indígena en la conquista de Chile es la figura de Lautaro, un joven mapuche que fue capturado y esclavizado por los españoles, pero que logró escapar y convertirse en un líder militar. Lautaro organizó a su pueblo y lideró una serie de ataques exitosos contra los conquistadores. Su valentía y estrategia lo convirtieron en un símbolo de la resistencia indígena.
Militarmente Valdivia obtuvo importantes triunfos, como la batalla de Andalién y la batalla de Penco (1550). Estas grandes victorias permitieron a Valdivia establecer ciudades en territorios indígenas, como Concepción (1550), La Imperial, Valdivia (1552), Villarrica (1552), y Los Confines (1553). Encontró la muerte después de ser tomado prisionero en Tucapel el 25 de diciembre de 1553, hecho que dio inicio a la primera gran sublevación mapuche, la que al mando del toqui Lautaro amenazó con desterrar el dominio español de estas tierras. Su sucesor Francisco de Villagra intentó detener la rebelión indígena, que tenía como cabeza a Lautaro, pero al enfrentarse en la batalla de Marihueñu el 26 de febrero sufrió una terrible derrota. Lautaro vuelve a vencer a los españoles en Angol y en la refundada Concepción. Villagra cumpliendo el fallo de los letrados marcha al sur, y logra introducirse con sus hombres por sorpresa en el campamento mapuche, matando a Lautaro y venciendo a los araucanos en la batalla de Mataquito el 1 de abril de 1557.
LAS GUERRAS
IMJIN
Las Guerras Imjin, también conocida como las invasiones japonesas de Corea, constituye uno de los episodios bélicos más determinantes en la historia de Asia oriental durante el siglo XVI. Este conflicto, iniciado en 1592 bajo el mandato de Toyotomi Hideyoshi, buscaba utilizar la península coreana como corredor estratégico para una eventual conquista de la dinastía Ming en China. Entre las mayores guerras de la Asia premoderna, la Guerra Imjin enfrentó las ambiciones expansionistas de Japón con la férrea resistencia de Corea y la intervención de la dinastía Ming. Las innovaciones navales de Yi Sun-sin y el impacto geopolítico del conflicto marcaron un antes y un después en la historia de la región. Las guerras Imjin constituyeron un episodio fundamental en la historia de Corea y en las relaciones de este reino con Japón y China. El término “Imjin” hace referencia al año del calendario sexagenario coreano en que comenzó la primera invasión.
Tras
unificar Japón poniendo fin al período Sengoku, Toyotomi Hideyoshi, caudillo
feudal, asesor principal del emperador y Canciller del reino, enfrentaba el
desafío de expansión continental como una vía para consolidar su poder y emprendió
dos expediciones militares contra Corea, en un intento por invadir China.
La corte Joseon, gobernada por la dinastía coreana homónima, no anticipó la magnitud de la ofensiva. Décadas de relativa estabilidad habían debilitado su preparación militar, en contraste con las fuerzas japonesas, curtidas por años de guerra civil y equipadas con arcabuces introducidos por comerciantes portugueses.
Primera
invasión (1592-1593)
La primera invasión, iniciada en mayo de 1592, resultó devastadora para las defensas terrestres coreanas. Las tropas japonesas, lideradas por generales como Konishi Yukinaga y Katō Kiyomasa, avanzaron con rapidez hacia Hanseong (actual Seúl) y posteriormente hacia Pyongyang, aprovechando la superioridad de su armamento de fuego. Sin embargo, el curso de la guerra experimentó un giro decisivo gracias a la intervención de la armada coreana y al apoyo militar enviado por la dinastía Ming. Esta combinación de resistencia naval, guerrillas civiles conocidas como “ejércitos justicieros” y refuerzos chinos permitió contener el avance japonés en el territorio continental. La ambiciosa campaña tuvo un brillante comienzo cuando fueron capturadas ciudades como Pyogyang y Seúl, pero eventualmente las operaciones combinadas de la flota coreana liderada por el almirante Yi Sun-sin, un gran ejército de la China Ming y los bien organizados rebeldes locales, llevaron a la primera invasión a un estancamiento en 1593.
El almirante Yi Sun-sin representa la figura más emblemática de la resistencia coreana durante este conflicto. Su dominio táctico del mar Amarillo y del estrecho de Corea resultó fundamental para interrumpir las líneas de suministro japonesas, evitando que los refuerzos y provisiones llegaran con regularidad a las tropas invasoras.
La batalla
de Hansado tuvo lugar el 14 de Agosto de 1592 entre la flota japonesa al mando
del almirante Wakizaka Yasuharu y la flota coreana al mando del almirante Yi
Sun Sin. La batalla terminó con una rotunda victoria coreana. Empleando la
formación táctica conocida como “ala de grulla”, Yi Sun-sin logró rodear y
destruir una parte sustancial de la flota japonesa, asegurando el control del
mar del Sur. La victoria de Yi fue total, veintiséis barcos japoneses fueron
hundidos o incendiados (ref) mientras los coreanos solo sufrieron un herido. Al
día siguiente la flota de Yi encontró gran número de barcos de abastecimiento y
escoltas en la ruta entre Tsushima y Busán y los barcos coreanos destruyeron o
capturaron a 40 barcos sin tener una sola perdida Yi consiguió otra importante
victoria cerca de Sacheon y continuó infligiendo daños y derrotas a los
japoneses. L a batalla
de Hansan-do se considera una de las victorias navales más significativas de la
historia coreana.
Segunda
invasión (1597-1598)
Tras una tregua marcada por negociaciones diplomáticas infructuosas entre Japón y la dinastía Ming, Hideyoshi ordenó una segunda invasión en 1597, conocida como la Guerra Chongyu. Esta campaña, aunque inicialmente exitosa en algunos frentes, no logró revertir el deterioro estratégico que ya enfrentaban las fuerzas japonesas.
La batalla
de Myeongnyang, en octubre de 1597, constituye otro hito de la resistencia
naval coreana. Con apenas trece embarcaciones disponibles, Yi Sun-sin enfrentó
a una flota japonesa considerablemente superior en número. Consciente de su
inferioridad numérica y de la escasez de recursos, el almirante eligió pelear
en lo que podría llamarse el "Thermopylae coreano": el estrecho de
Myeongnyang, también llamado "El Canal Rugiente" por la fuerza de sus
corrientes. Según los registros, la pequeña flota coreana se alineó con la proa
apuntando al canal, una decisión estratégica por dos motivos: obligar a los
japoneses a atacar primero y disponer de una ruta de retirada segura en caso de
ser superados.
El fallecimiento de Toyotomi Hideyoshi en agosto de 1598 precipitó el fin del conflicto. Sin el impulso político de su principal promotor, las fuerzas japonesas iniciaron una retirada progresiva del territorio coreano, buscando evitar mayores pérdidas humanas y materiales en un conflicto que ya no contaba con respaldo estratégico claro.
La Batalla de Noryang, la última gran batalla de las invasiones japonesas de Corea, se libró entre la armada japonesa y las flotas combinadas del Reino Joseon y la dinastía Ming. Tuvo lugar en la madrugada del 16 de diciembre (19 de noviembre en el calendario lunar) de 1598 y terminó pasada la madrugada., marcó el capítulo final de la guerra. En este enfrentamiento, Yi Sun-sin perdió la vida, pero su victoria consolidó la expulsión definitiva de las tropas japonesas del territorio de Joseon, cerrando un ciclo bélico de enorme trascendencia regional. El conflicto, que fue una de las operaciones militares más grandes jamás llevadas a cabo en Asia Oriental antes del siglo XX, no solo tuvo devastadoras consecuencias en todos los ámbitos, sino que también agrió en forma permanente las relaciones entre Japón y Corea.
LA GUERRA DE
LOS CAMPESINOS ALEMANES
La Guerra de
los Campesinos Alemanes (1524–1525) fue uno de los levantamientos populares más
notables de la Europa moderna temprana. Surgida en el contexto de tensiones
sociales, económicas y religiosas, esta revuelta involucró a cientos de miles
de campesinos y artesanos que exigían justicia, libertad y dignidad frente a un
orden feudal que consideraban opresivo. La
Guerra Campesina fue el mayor movimiento de masas en Europa, antes de 1789. El
corazón de la revuelta fue el suroeste y el centro de la actual Alemania, con
salpicaduras en Lorena y el Franco Condado de lengua francesa, el Tirol
austriaco, y zonas del este de Prusia y eslavas. Su periodo culminante se
desarrolló en el año 1525, pero tiene sus raíces en el 1524 y no acaba de
sofocarse hasta 1526.
En 1525 los campesinos alemanes tomaron las armas para rechazar los abusos que sufrían por parte de los señores feudales, provocando una represión implacable en la que participó Lutero.
El caudillo
de la revolución fue Thomas Müntzer, teólogo
y predicador apocalíptico alemán que llegó a convertirse en uno de los líderes
de la guerra de los campesinos alemanes. En un principio, fue seguidor del
reformador Martín Lutero (1483-1546), aunque después Müntzer fundó su propio
movimiento, el cual Lutero condenó por considerarlo demasiado radical y que
contribuyó al estallido de la Guerra de los Campesinos. Se separó así de la
ortodoxia luterana e inició la predicación de su propia doctrina mística, unida
a un mensaje revolucionario y teocrático que instaba a los creyentes a
construir inmediatamente el reino de Dios en la Tierra.
Los desórdenes comienzan en los años noventa del siglo XV, protagonizados por Hans Böheim o Niklashausen en el valle del Tauber, que fluye entre Baden Württemberg y Baviera hasta descargar en el Meno al sureste de Frankfurt. Würtzburg es una ciudad episcopal de Franconia que se encargó de sofocar las prédicas de Niklashausen, pastor de ganado, anticlerical, pero profundamente religioso, el caldo de cultivo del protestantismo posterior.
Las
predicaciones luteranas sobre la libertad cristiana y contra la opresión de la
autoridad eclesiástica y aun contra el emperador, contribuyen, indudablemente,
a revolver las pasiones, ya desde antiguo contenidas, y a desatar la revuelta
general que se conocerá en la historia como «Guerra de los campesinos alemanes».
Los campesinos de la Selva Negra (Suabia), oprimidos por el aumento del poder
de los nobles, proponen sus reivindicaciones en doce célebres puntos («Doce
artículos del campesinado en Suabia»). Entre otras cosas, exigen la abolición
de la servidumbre, el libre disfrute de la caza, la supresión de los diezmos,
libertad en la elección de sus pastores, todo «conforme al evangelio». El
movimiento no tarda en extenderse y los campesinos de Alemania Central y
Meridional se sublevan con una clara tendencia a la revolución política y
social.
En Alemania, la escasez de tropas, que estaban en Italia luchando contra los franceses, hace que la nobleza ceda y llegue a un acuerdo con los campesinos para atender sus reivindicaciones.
Roto el
compromiso inicial por la nobleza, inicia, en la fecha, la «Guerra de los
campesinos» (1525-1527). Enfrenta a los campesinos de Suabia, Alsacia, Tirol,
Salzburgo, Franconia, Turingia y norte de Alemania, dirigidos por Tomás
MÜNTZER, con la nobleza y, sobre todo, en Alsacia, con el obispo de Estrasburgo
que ha adoptado el luteranismo. Los «Doce artículos del campesinado en Suabia»,
se convierten en el manifiesto de todos los campesinos sublevados. Pero la
revuelta es rápidamente dominada.
Thomas Müntzer y sus hordas de campesinos son derrotados, primero en Leipheim el 4/4/1525, y finalmente en la Batalla de Frakenhausen. El cabecilla y los principales dirigentes de la revuelta, tras ser cruelmente torturados, son decapitados dos días después. En la batalla de Frankenhausen un ejército de nobles aborta la llamada «Revuelta de los campesinos» alemana, cruento movimiento del campesinado alemán en demanda de las condiciones laborales de la Edad Media. Aplastados los campesinos, éstos se dividen en bandas y se debilitan al incorporar elementos del subproletariado urbano y vagabundos que los alejan de su lucha inicial.
LAS GUERRAS
DE RELIGIÓN EN FRANCIA
Las Guerras de Religión en Francia representaron uno de los períodos más turbulentos y sangrientos de la historia francesa. Las Guerras de Religión fueron ocho conflictos civiles que se desarrollaron en Francia entre 1562 y 1598. Este conflicto enfrentó a católicos y protestantes, principalmente hugonotes (seguidores de Juan Calvino), en una serie de ocho guerras civiles que desgarraron el tejido social, político y económico del reino. Estos enfrentamientos comenzaron debido a las rencillas entre católicos y hugonotes, quienes recibieron el apoyo de distintas casas nobiliarias como los Borbón y los Guisa, así como de países extranjeros.
La situación
en Francia en época moderna era bastante inestable. El luteranismo, una
corriente de reforma religiosa que criticaba al clero por su escasa formación y
que daba la vuelta a todo lo logrado por la iglesia, penetraba en el país. El
avance de esta doctrina, se hizo con las clases populares y con algunos
sectores muy influyentes.
El surgimiento del protestantismo en Europa, especialmente después de la Reforma de Martín Lutero en 1517, había encontrado un terreno fértil en Francia, donde muchos nobles y burgueses adoptaron las ideas calvinistas. Sin embargo, la monarquía francesa, tradicionalmente aliada con la Iglesia Católica, vio esta expansión como una amenaza a su autoridad. La debilidad de la corona durante los reinados de Francisco II, Carlos IX y Enrique III exacerbó las tensiones, permitiendo que facciones nobiliarias, como los Guisa (católicos) y los Borbones (protestantes), se enfrentaran en una lucha por el poder.
Las Guerras
de Religión no fueron únicamente un conflicto teológico, sino también una lucha
por el control político de Francia. La Reforma Protestante había cuestionado la
autoridad papal y, por extensión, la de los monarcas católicos, lo que generó
una crisis de legitimidad en el gobierno. Los hugonotes, aunque minoría,
contaban con el apoyo de poderosas familias nobles, como los Condé y los
Coligny, quienes buscaban limitar el poder real y obtener mayores libertades
religiosas. Por otro lado, la Liga Católica, liderada por los Guisa, defendía
la ortodoxia religiosa y la alianza con España, el bastión del catolicismo en
Europa.
El Edicto de Saint Germain de 1562 fue un edicto promulgado por la reina regente de Francia Catalina de Médici en enero de 1562. El edicto permitía cierta libertad a los protestantes en la católica Francia, principalmente a los calvinistas hugonotes. Esto que daba libertad de culto privado a los hugonotes (protestantes) y culto público de los mismos en los arrabales, descontentaron a la Casa de los Guisa (católicos). Este recelo desembocó en la matanza de Vassy de ese mismo año. La masacre de Vassy el 1 de marzo de 1562, donde fuerzas católicas de Francisco, duque de Guisa, atacaron a hugonotes durante un servicio religioso, marcó el inicio oficial de las guerras. A lo largo de cuatro décadas, Francia se sumió en una espiral de violencia, con episodios tan brutales como la Masacre de San Bartolomé en 1572, que dejó miles de muertos en París y otras ciudades.
Primera
Guerra de Religión (1562-1563)
La primera fue en 1562 y finalizó en 1563. Se desarrolló en la zona de Loira y Normandía. Los hugonotes contaban con la ayuda de Suiza, Inglaterra y los protestantes del Sacro Imperio Germánico, mientras que los católicos fueron apoyados por España y los estados italianos. Los hugonotes habían conseguido refugio seguro en algunas zonas. Las muertes fueron casi iguales en ambos bandos, destacando la de Antonio de Borbón, el duque de Guisa y el Príncipe de Condé fue capturado por los católicos, lo que propició el inicio de las conversaciones de paz, que se culminarían con el Edicto de Amboise el 19 de marzo de 1563. Esta dicta la libertad de conciencia pero existe una distinción entre nobles (con libertad de culto) y el resto de hugonotes (culto limitado a una ciudad por provincia). El objetivo era restaurar la armonía pero ni católicos ni protestantes aprueban esta paz.
Segunda
Guerra de Religión (1567-1568)
El fracaso
de la aplicación del edicto en las provincias, sumado a las tensiones
internacionales y a la rivalidad entre el Príncipe de Condé con el duque de
Anjou, provocó el estallido de la Segunda Guerra de Religión el 28 de
septiembre de 1567. Comienza con el intento de secuestro del monarca Carlos IX
por parte de los hugonotes, que hace que Catalina de Medici se haga un poco más
radical en cuanto al protestantismo. Condé, es nombrado nuevo líder de los
hugonotes y los Guisa, aumentan su poder en el ámbito eclesiástico. Los hugonotes, encabezados por
Condé, intentaron apoderarse de la familia real y del cardenal de Lorena, lo
que desató una ola de venganza y batallas por toda Francia. El debilitamiento
de los dos bandos hizo que se firmara la Paz de Longjumeau el 22 de marzo de
1568, en la cual los hugonotes se comprometían a devolver todo lo conquistado,
a cambio de imponer sin restricciones el Edicto de Amboise.
Tercera
Guerra de Religión (1568-1570)
La derrota de los hugonotes en Jarnac y la muerte de Condé, hace que se establezca un nuevo líder: Coligny, almirante francés. Coligny formará parte del consejo de Carlos IX con la intención de influenciarle. Su idea era colaborar con los calvinistas de los Países Bajos (que estaba bajo la corona de la Monarquía Hispánica) con el objetivo de restar el protagonismo a los católicos. En esta tercera guerra, la figura de Felipe II hace renombre. Coligny intentará evitar la guerra con Felipe por medio de un matrimonio entre Enrique de Navarra (hugonote) con Margarita de Valois (católica y hermana de Carlos IX) en 1572. Esto finaliza con la paz de Saint Germain en el que los hugonotes salen favorecidos abandonando posiciones ultracatólicas.
Cuarta
Guerra de Religión (1572-1573)
Las partes
no estuvieron conformes con esta nueva organización territorial y
administrativa, por lo que pronto se retomaron las distintas conspiraciones
hasta desembocar en la Cuarta Guerra de Religión. El punto más oscuro llegó en
1572 con la Masacre de San Bartolomé, ordenada por Catalina de Médici y el
duque de Guisa, que dejó entre 5,000 y 30,000 hugonotes muertos en toda Francia,
en la que la mayoría de los protestantes fueron asesinados por las tropas
católicas, acaban con la vida de Coligny y Bunea, líderes hugonotes. Este
evento desencadenó la Cuarta Guerra y radicalizó aún más a ambos bandos. Los
hugonotes se consolidan en el Languedoc y se aproximan a los católicos
moderados (politiques) que querrán un acuerdo. Finalmente, en julio de 1573 se
firmó un nuevo tratado que debía garantizar de nuevo la libertad de conciencia
en todo el reino. En 1574 muere Carlos IX y su sucesor, Enrique III, rey de
Polonia abandona el trono polaco para instaurarse en Francia.
Quinta
Guerra de Religión (1574 -1576)
La Quinta Guerra de Religión se produjo en 1574, cuando Condé abandonó la Corte e invadió el país desde la frontera con el Sacro Imperio, al mando de un ejército mercenario. Ante esto, se consolidan los politiques y se inicia la quinta guerra en 1574 hasta 1576. Estos politiques son partidarios del diálogo y contrarios a los Guisa. Apuestan por una tolerancia y una alianza con hugonotes. El líder de este partido es Francisco de Anjou. Enrique III, recién coronado rey, tuvo que firmar el Edicto de Beaulieu el 6 de mayo de 1576 para evitar la desintegración del país. El monarca culpó a su madre y a su hermano de semejante catástrofe, ya que el edicto fue un avance incalculable para los hugonotes: se repartieron títulos para algunos desertores y protestantes; la Matanza de San Bartolomé fue condenada; y las viudas y los huérfanos fueron indemnizados por la corona. Todo esto crea un malestar en el catolicismo y se crea la Liga Católica en 1576 que tiene como líder a Enrique de Guisa. Enrique III anula el Edicto de Beaulieu y desarticula la Liga.
Sexta Guerra
de Religión (1576-1577)
La humillación que supuso el nuevo tratado provocó que los católicos formaran la Liga Católica y que forzaran al rey a actuar en la Sexta Guerra de Religión. La sexta guerra en comienza con la convocatoria de los Estados Generales en ese mismo año en Blois por parte de Enrique III, con la finalidad de apartar a Enrique de Guisa de la Iglesia. El problema viene cuando el sucesor de Enrique III, Francisco de Anjou, muere en 1584. Esta muerte hace que Enrique de Navarra (hugonote y Borbón) sea el próximo rey a la muerte de Enrique III. Esta vez, los católicos consiguieron un pacto mucho más favorable con el Edicto de Poitiers el 8 de octubre de 1577, donde se restringieron las condiciones del culto protestante y se daban por finiquitadas las humillaciones del Edicto de Beaulieu.
Séptima
Guerra de Religión (1579-1580)
La Séptima
Guerra de Religión estalló en 1579. Fue de menor intensidad y se debió a los
escándalos sexuales de Enrique de Navarra, que llegaron a oídos del rey Enrique
III. Los católicos se burlaron de dichas noticias y provocaron un nuevo ataque
protestante. Fue un conflicto que acabó por prolongar durante 6 años las
concesiones a los protestantes y cuya paz se firmó en Fleix el 26 de noviembre
de 1580.
Octava
Guerra de Religión (1586-1598)
La octava y
última de las Guerras de Religión fue la más larga y encarnizada de todas
ellas. Empezó en 1585 con el sobrenombre de “Guerra de los tres Enriques”, a
raíz de los combatientes Enrique III, rey de Francia entre 1574 y 1589, Enrique de Navarra (hugonote)
y Enrique de Guisa (católico). Enrique III pierde contra Enrique de Navarra que
venció al ejército real. Por otra parte, Enrique de Guisa, obtiene victorias
sobre los hugonotes y esto hace que aumente su poder. En 1588, Enrique de Guisa
entra en París (tenía la entrada prohibida) ayudado por los dieciséis. Esto
provoca la huida de Enrique III de Francia. Tras gran cantidad de conflictos y
muerte, Enrique de Navarra, líder de los hugonotes, se convirtió en el nuevo
rey de Francia. Aunque hubo reticencias por parte de la Liga Católica, el
recién nombrado Enrique IV se adhirió al catolicismo en julio de 1593, lo que
le otorgó el reconocimiento de los católicos.
El 13 de abril de 1598 se firmó el Edicto de Nantes, que puso fin al problema religioso y otorgaba la libertad de culto a los hugonotes. Enrique IV fue asesinado por un extremista católico el 14 de mayo de 1610, en la calle Saint-Antoine de París.
LA GUERRA DE
LOS OCHENTA AÑOS
La Guerra de los Ochenta Años (conocida en España como Guerra de Flandes y en los Países Bajos como Guerra de independencia de los Países Bajos) fue una guerra que enfrentó a las Provincias Unidas contra el dominio de la Monarquía Hispánica. Fue un conflicto militar entre diecisiete provincias de Países Bajos y España, que entonces los gobernaba, a partir del reinado del rey Felipe II de España (1556-1598). Se concluyó en 1648 con el establecimiento de la república holandesa. Esta guerra fue el resultado de tensiones políticas, religiosas y económicas entre los Países Bajos y el Imperio Español, y tuvo un impacto significativo en la historia europea. La duración de la guerra, que se extendió por 80 años, se debió en gran medida a la resistencia y determinación de los habitantes de los Países Bajos.
Una de las
principales causas políticas de la guerra fue el deseo de los Países Bajos de
liberarse del dominio español y establecer su propia independencia. Durante
este periodo, los Países Bajos formaban parte del Imperio Español bajo el
reinado de Carlos V y posteriormente de su hijo Felipe II. Otra de las causas
fueron la intolerancia religiosa y la prohibición de la libertad de culto por
Felipe II en los Países Bajos españoles, en particular los altos impuestos y la
persecución de protestantes. La Reforma protestante llegó a los Países Bajos a
través de los anabaptistas y después por los calvinistas. Para la década de
1560 las tensiones entre los protestantes y los católicos habían aumentado
debido a las guerras de religión francesas (1562-1598), que alentaron a los
protestantes a reubicarse en los Países Bajos.
La duración de la guerra, que se extendió por 80 años, se debió en gran medida a la resistencia y determinación de los habitantes de los Países Bajos. Una de las principales causas de la duración de la Guerra de los 80 Años fue la intervención de potencias extranjeras en el conflicto. Durante este período, varias naciones europeas se involucraron en la guerra, apoyando a uno u otro bando en función de sus intereses políticos y económicos. Una de las potencias extranjeras más influyentes fue Francia, que respaldó a los Países Bajos en su lucha contra España. Francia veía en la guerra una oportunidad para debilitar a su rival histórico y expandir su influencia en Europa. Por otro lado, Inglaterra también jugó un papel fundamental en el conflicto, apoyando a los Países Bajos en su lucha contra España. Inglaterra tenía como objetivo debilitar a la Armada Española y asegurar su dominio en los mares. Otra potencia extranjera que intervino en el conflicto fue el Sacro Imperio Romano Germánico, que apoyó a España en su lucha contra los Países Bajos.
Carlos I de
España (V de Alemania) heredó todos esos territorios por via paterna
(Habsburgo), y que decidió cederlos a su hijo tras abdicar en él, dos años
antes que la rebelión, en 1556. A Carlos I le respetaban, porque era un rey
políglota y de gentes, pero no hicieron lo mismo con Felipe II, pues no hablaba
su lengua y además se empeñó en convertirles al catolicismo, de manera
intransigente, cuando estaba clarísimo que eran calvinistas, no querían a su
soberano, no querían tener nada que ver con España y ni mucho menos con sus
curas. Felipe II, quien impuso un régimen autoritario y centralizado en la
región. Esto generó un fuerte descontento entre los nobles y la burguesía de
los Países Bajos, que veían amenazadas sus libertades y privilegios. Pero fue
la cuestión religiosa la que desencadenó la chispa que encendió la guerra. En
ese momento, los Países Bajos se encontraban divididos en dos grandes grupos
religiosos: los católicos, que eran la religión oficial del Imperio Español, y
los protestantes, que se habían ido expandiendo rápidamente en la región. Este
conflicto religioso se agravó cuando Felipe II intentó imponer medidas
represivas contra los protestantes, lo que generó una fuerte resistencia en los
territorios flamencos.
Así, la guerra se convirtió en una lucha por la independencia de los Países Bajos y por la libertad religiosa de los protestantes. Los líderes de la revuelta, como , se convirtieron en símbolos de resistencia y lucha por la libertad. La guerra se caracterizó por una serie de enfrentamientos militares, asedios y batallas, en los que se utilizaron diversas estrategias y tácticas militares.
En 1558 Margarita de Parma, hija natural de Carlos V, fue nombrada gobernadora de los Estados Generales de los Países Bajos, en medio de una difícil y convulsionada situación, ya que el protestantismo calvinista estaba extendiéndose con fuerza en aquellos dominios españoles. Desempeñó su cargo con diplomacia, prudencia, conciliación y determinación. En el mes de agosto del año 1566, estallaron una serie de disturbios y protestas (se producen disturbios provocados por los calvinistas en los que se asaltan iglesias para destruir imágenes de santos que consideraban heréticas). Margarita de Parma no recibió ningún apoyo por lo que tuvo que recurrir a la diplomacia para separar a la nobleza del levantamiento popular. Fue reemplazada en 1567 por el general Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, Gran Duque de Alba, al frente de un ejército y con el cargo de gobernador general, para aplastar los levantamientos iconoclastas. Actuó con excesiva dureza, pese a que los disturbios ya habían sido sofocados antes de su llegada. Con su actuación, el duque de Alba no sólo fracasó en su intento de sofocar la revuelta, sino que la avivó.
El líder de
la revuelta fue Guillermo de Orange, estatúder de las provincias holandesas de
Holanda, Zelanda y Utrecht. Junto con su hermano Luis de Nassau y otros
miembros de la nobleza holandesa, organizó el movimiento contra la opresión
española. Guillermo escapó a Alemania y reunió un ejército y, en 1568, entró en
los Países Bajos, donde fue derrotado en la batalla de Dalen (donde sufrieron
una derrota aplastante por los tercios españoles). Sin embargo, en 1572, las
provincias del norte de Holanda y Zelanda se sublevaron contra los españoles y
lo eligieron a él, que se había convertido al calvinismo, como estatúder.
A lo largo
de los ochenta años de conflicto, se libraron numerosas batallas que marcaron
el devenir de la guerra. Entre las principales batallas destacan:
Inicio de la rebelión (1568–1572)
Batalla de
Heiligerlee en 1568, Primera victoria rebelde, considerada el inicio formal de
la guerra .
Batalla de Jemmingen
en 1568, Victoria aplastante del duque de Alba que destruyó el ejército rebelde.
Batalla de Oosterweel
(1567) Victoria realista temprana contra los calvinistas.
Expansión
del conflicto y guerra urbana (1572–1588)
Toma de
Brielle (1 de abril de 1572) — Los mendigos del mar capturan el puerto,
reavivando la rebelión
Asedio de
Haarlem (1572–1573) — Resistencia feroz que frenó temporalmente a los españoles
Asedio de Leiden (1573–1574) — La liberación de la ciudad se convirtió en un símbolo de la causa neerlandesa
Asedio de
Amberes (1576 y 1584–1585) — Especialmente el de 1585, que devolvió la ciudad
al control español y provocó el éxodo de comerciantes hacia Ámsterdam.
Batalla de
Gembloux en 1578, victoria decisiva española contra los rebeldes neerlandeses
La ofensiva
de Mauricio de Nassau (1588–1609)
Batalla de
Nieuwpoort (1600) — Victoria táctica neerlandesa que demostró la capacidad
militar de las Provincias Unidas
Asedio de Ostende (1601–1604) — Uno de los asedios más largos de Europa; desgaste enorme para ambos bandos.
Batalla de
Sluys en 1603, victoria naval neerlandesa contra los españoles.
Fase final y
desgaste español (1621–1648)
Sitio y
Rendición de Breda (1625). En esta batalla, la ciudad fortaleza de Breda, bajo
el gobierno de Justino de Nassau, fue asediada y finalmente conquistada por los
ejércitos españoles al mando de Ambrosio Spínola el 5 de junio de 1625.
Batalla de
Rocroi (1643) — Aunque parte de la Guerra de los Treinta Años, marcó el declive
militar español y afectó directamente al desenlace del conflicto neerlandés
Estas batallas fueron clave para el desarrollo del conflicto y tuvieron un impacto significativo en el resultado final.
Para lograr sus objetivos, tanto las Provincias Unidas como el Imperio Español utilizaron diversas estrategias militares. Una de las estrategias más utilizadas fue la guerra de guerrillas, en la que se llevaban a cabo ataques rápidos y sorpresivos contra el enemigo, aprovechando el conocimiento del terreno por parte de los combatientes locales. Además, ambos bandos utilizaron fortificaciones defensivas para proteger sus territorios. Las fortalezas eran construidas estratégicamente en puntos clave, como ciudades y ríos, para controlar el paso y dificultar el avance del enemigo. Otra estrategia militar utilizada fue el bloqueo marítimo. Las Provincias Unidas, que contaban con una poderosa flota naval, bloquearon los puertos controlados por España, impidiendo el comercio y el abastecimiento de suministros a las tropas enemigas. Esto debilitó la economía española y dificultó la movilización de sus tropas.
En 1595 Felipe II nombró gobernadora de los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia, esposa del archiduque Alberto de Austria los cuales se convirtieron, a la muerte del rey en 1598, en soberanos de los Países Bajos, al heredar aquella la Corona. Al morir le sucedió Felipe III en el trono español. Tras la muerte de Guillermo de Orange, el mando del ejército de las provincias rebeldes pasó a su hijo Mauricio de Orange-Nassau, que lo reformó, haciendo de él un peligroso oponente al ejército de Flandes.
La guerra
luso-neerlandesa (1602-1663, también conocida como la guerra de las Especias)
distrajo aún más a España, que intentaba mantener sus colonias. Aun así, ambas
partes invirtieron mucho dinero en reclutar tropas y construir fuertes, lo que
agotó sus fondos, y la guerra llegó lentamente a un alto el fuego temporal
conocido como la Tregua de los Doce Años.
La tregua de los Doce Años, también llamada tregua de Amberes, fue un tratado de paz firmado en 1609 entre España y las Provincias Unidas de los Países Bajos; supuso un receso pacífico en la guerra de los ochenta años que los holandeses mantenían contra el Imperio español desde 1568 para conseguir su independencia. La firma de la tregua fue objetivamente favorable a las Provincias Unidas: supuso el reconocimiento de facto de la independencia de las provincias del norte de los Países Bajos: Holanda, Zelanda, Utrecht, Frisia, Groninga, Overijssel y Güeldres, que otros países del entorno pronto reconocieron oficialmente. Durante los años que duró la tregua, las Provincias Unidas establecieron relaciones diplomáticas con varios países y se expandieron comercialmente por todo el mundo. Para España, que consideró la tregua como un acuerdo provisional, aparte de un alivio momentáneo en el maltrecho estado de sus finanzas, supondría un golpe al prestigio español, por cuanto las concesiones hechas a Holanda eran mayores de las imaginables poco tiempo atrás. En 1620, los neerlandeses intentaron tomar Amberes y sitiaron sin éxito la ciudad de Wesel, ambas bajo control español. En 1621, España y los Países Bajos no lograron ponerse de acuerdo para extender la tregua. Así, la guerra se reanudó y continuó hasta 1648. Ese año, se firmó el Tratado de Münster, que finalmente reconoció la independencia definitiva de los Países Bajos.
La Paz de
Münster fue un tratado entre las Provincias Unidas de los Países Bajos y España
firmado en 1648. Fue un tratado histórico para las Provincias Unidas y uno de
los acontecimientos claves en la historia neerlandesa; con él, la independencia
de las Provincias Unidas fue finalmente reconocida por la Corona española. El
tratado formó parte de la Paz de Westfalia la cual acabó con la guerra de los
Treinta Años y la guerra de los Ochenta Años.
Los resultados de la guerra fueron: El comienzo de la caída del imperio español, la independencia de Portugal al perder España el control de sus colonias, innovación en las tácticas de guerra por parte de los protestantes neerlandeses, independencia de los Países Bajos y formación de las Provincias Unidas de los Países Bajos; los países no necesitaban un monarca, Países Bajos se convierte en una gran potencia europea.
LA GUERRA
ANGLO-ESPAÑOLA (1585-1604)
La Guerra anglo-española, librada entre 1585 y 1604, fue un conflicto prolongado que enfrentó a dos de las principales potencias europeas del siglo XVI: la Monarquía Hispánica, bajo el reinado de Felipe II, y el Reino de Inglaterra, gobernado por Isabel I. Este conflicto no fue declarado formalmente en todos sus momentos, pero en la práctica representó un choque constante de intereses políticos, religiosos, económicos y marítimos. La guerra comenzó con victorias inglesas como la de Cádiz en 1587, y la pérdida de la Armada Invencible en 1588, pero diversas victorias españolas como la de la Contraarmada en 1589, así como la enorme mejora en la escolta de las flotas de Indias y la rápida recuperación de España ante las pérdidas acabaron por debilitar definitivamente a Inglaterra y desembocaron en la firma de un tratado de paz favorable a España en Londres en 1604. Su importancia radica en que reflejó las tensiones que surgieron de la Reforma protestante, el auge del poder naval y el control de las rutas comerciales y coloniales. Para comprenderlo, es necesario situarse en el contexto de la Europa de finales del siglo XVI, donde los reinos competían por la supremacía en los mares y por la influencia política en el continente. España, heredera de un vasto imperio que abarcaba territorios en Europa, América y Asia, defendía el catolicismo y buscaba preservar su hegemonía frente al avance del protestantismo. Inglaterra, por su parte, emergía como una potencia naval en crecimiento, con aspiraciones de expansión y un fuerte rechazo a la dominación religiosa del Papado. La guerra no se libró únicamente en Europa, sino que también tuvo escenarios en el Caribe, en las colonias americanas y en los mares que conectaban los principales puertos mercantiles.
La
hostilidad entre España e Inglaterra aunaba motivaciones políticas, económicas
y religiosas. La potencia naval inglesa la convertía en el mayor enemigo de la
Monarquía española, que necesitaba comunicar por mar sus dispersos territorios.
En el aspecto religioso las desavenencias entre ambos países venían de los
tiempos de Enrique VIII de Inglaterra. El protestantismo inglés se enfrentaba
al catolicismo español;
El inicio formal de la Guerra anglo-española se suele situar en 1585, cuando Isabel I firmó el Tratado de Nonsuch, mediante el cual Inglaterra se comprometía a apoyar militarmente a los rebeldes holandeses contra España. Este tratado fue un punto de no retorno, porque convirtió a Inglaterra en un enemigo oficial de la Monarquía Hispánica. La guerra estuvo marcada por batallas muy separadas y comenzó con la expedición militar de Inglaterra en 1585 a lo que entonces eran los Países Bajos españoles bajo el mando de Robert Dudley, Conde de Leicester, en apoyo de la resistencia de los Estados Generales al gobierno de los Habsburgo españoles. A pesar de que la guerra con Inglaterra se acabó formalmente en 1589, el conflicto continuó con otras naciones como Francia o Irlanda.
Felipe II,
consciente de la amenaza, comenzó a preparar una ofensiva de gran escala contra
Inglaterra, lo que daría lugar al célebre episodio de la Armada Invencible.
Entre 1585 y 1587, se produjo una escalada de ataques y contrataques: corsarios
ingleses como Francis Drake saquearon puertos españoles, incluso llegando a
Cádiz en 1587, en una acción conocida como “la singeing of the King of Spain’s
beard”, es decir, “el chamuscado de la barba del rey de España”. Estos ataques
retrasaron los planes españoles y demostraron la creciente capacidad ofensiva
de la marina inglesa. En paralelo, los combates en los Países Bajos se
intensificaron, con tropas inglesas enfrentándose directamente a los tercios
españoles. La guerra se caracterizó por no tener un frente único, sino
múltiples escenarios: los mares del Atlántico, el Canal de la Mancha, el Caribe
y las costas de Europa.
Felipe II organizó una flota imponente, compuesta por más de 130 barcos y cerca de 30.000 hombres, con el objetivo de invadir Inglaterra y derrocar a Isabel I. Felipe II encomendada la ejecución al marqués de Santa Cruz, don Álvaro de Bazán, el más experimentado marino español del momento y vencedor de Lepanto. En febrero de 1588, el marqués de Santa Cruz murió de un tifus agudo. Felipe II lo sustituyó por Alonso Pérez de Guzmán, VII duque de Medina Sidonia, un aristócrata andaluz rico y buen organizador pero sin ninguna experiencia naval.
El plan consistía en reunir la flota española en el Canal de la Mancha, unirse a las tropas del duque de Parma en los Países Bajos y desembarcar en suelo inglés. Sin embargo, la operación enfrentó múltiples dificultades. En primer lugar, la logística resultó complicada, ya que la coordinación entre la Armada y las fuerzas de Flandes nunca se concretó adecuadamente. En segundo lugar, los ingleses, liderados por almirantes como Charles Howard y Francis Drake, utilizaron tácticas navales innovadoras, como el uso de barcos incendiarios, que dispersaron a la flota española. Además, las condiciones meteorológicas jugaron un papel decisivo: tormentas en el Mar del Norte y el Atlántico obligaron a muchos barcos españoles a desviarse y naufragar en las costas de Escocia e Irlanda.
La Armada
reunida en Lisboa constaba de 130 naves organizadas en diez escuadras: los
galeones de Portugal, los de Castilla, los de Andalucía, los de Guipúzcoa, los
de Vizcaya, las naves del Levante, las urcas (barcos de transporte), los
pataches y zabras (naves de enlace), las galeazas de Nápoles y las galeras de
Portugal. Llevaba más de 30.000 hombres (20.000 soldados, 8.000 marineros,
2.000 galeotes) y 2.500 piezas de artillería. Zarpó de Lisboa el 28 de mayo de
1588.
Tras fuertes temporales que obligaron a una parada en La Coruña, la Armada entró en el Canal de la Mancha el 30 de julio de 1588 en formación de media luna, una disposición defensiva que mantuvo durante toda la travesía. Los ingleses, al mando del almirante Charles Howard y con Francis Drake y John Hawkins como segundos, salieron a su encuentro desde Plymouth. Durante más de una semana, del 31 de julio al 7 de agosto, la flota inglesa hostigó a la española en combates a distancia (Plymouth, Portland, Isle of Wight) sin lograr romper su formación ni causar pérdidas significativas.
El 6 de
agosto, la Armada fondeó frente a Calais esperando la llegada del duque de
Parma con el Ejército de Flandes. Parma no llegó: su flota de embarcaciones
ligeras estaba bloqueada por los holandeses. La noche del 7 al 8 de agosto, los
ingleses enviaron ocho brulotes —buques viejos cargados de pólvora y alquitrán
y prendidos fuego— hacia el fondeadero español.
La flota inglesa atacó al día siguiente frente a la costa de Gravelinas (actual Francia, entonces Flandes española), cuando los galeones españoles intentaban recuperar la formación. Fue la única batalla frontal de la campaña. Durante varias horas de combate cercano —ya a tiro de fusil—, los ingleses hundieron al menos tres galeones españoles y dañaron seriamente a una docena. Medina Sidonia decidió abandonar la invasión y regresar a España bordeando las Islas Británicas por el norte: saliendo del Mar del Norte, rodeando Escocia, bajando por la costa de Irlanda y retornando al Cantábrico. Durante agosto y septiembre de 1588, tormentas sucesivas dispersaron la flota. Al menos 24 naves naufragaron en las costas de Escocia e Irlanda. Los supervivientes que lograron alcanzar tierra fueron, en muchos casos, asesinados por las autoridades inglesas siguiendo las órdenes expresas de Isabel I. Se calcula que más de la mitad de la tripulación española murió en este viaje de regreso: entre 15.000 y 20.000 hombres perdieron la vida por naufragio, hambre, sed, disentería o ejecución. Medina Sidonia llegó a Santander con apenas 60 naves supervivientes en septiembre, de las 130 que habían zarpado.
Tras la
derrota de la Armada Invencible, la guerra no terminó, sino que se transformó
en un conflicto de desgaste. Inglaterra intensificó las expediciones de sus
corsarios en el Atlántico y el Caribe, atacando barcos cargados de metales
preciosos y ciudades portuarias. Francis Drake y John Hawkins realizaron
incursiones en las colonias americanas, aunque no siempre con éxito. El
objetivo inglés era debilitar el poder económico de España, que dependía en
gran medida de la llegada de oro y plata desde América. Por su parte, España
organizó nuevas flotas para intentar invadir Inglaterra, aunque ninguna alcanzó
el éxito esperado. En 1596, los ingleses lograron saquear Cádiz, lo que
representó un duro golpe para la Monarquía Hispánica. Durante más de una
década, la guerra se mantuvo en un estado de equilibrio, con ninguno de los dos
reinos logrando imponerse claramente sobre el otro.
Su desenlace, en 1604 con la firma de la Paz de Londres, marcó un nuevo equilibrio político en Europa y abrió el camino a la consolidación del poder naval inglés. El fracaso de la Armada Invencible fue interpretado por los ingleses como un signo de la protección divina sobre su reino, mientras que para España representó un duro golpe a su prestigio naval.
LA GUERRA DE
LOS TREINTA AÑOS
La Guerra de
los 30 años fue un conflicto que tuvo lugar en Europa entre los años 1618 y
1648. Fue una de las guerras más largas y destructivas de la historia europea, que involucró a casi todas
las grandes potencias de la época. La
guerra tuvo su origen en la rivalidad religiosa y política entre los
estados católicos y protestantes, así como en las disputas territoriales y de
poder entre las diferentes monarquías europeas. Se considera la guerra de los
Treinta Años como la primera guerra mundial moderna y la última llevada a cabo
en Europa por motivos religiosos. Confrontó a católicos y protestantes,
participando en ella las principales potencias del Viejo Continente. Francia y
Suecia salieron reforzados de esta contienda, todo lo contrario de lo que le
sucedió a España.
Duró exactamente 30 años, puesto que comenzó el 23 de mayo de 1618, con la tercera defenestración de Praga, y terminó el 24 de octubre de 1648, tras la firma de la Paz de Westfalia. Acontece dentro de la Edad Moderna. Se llevó a cabo en Europa Central, sobre todo en el Sacro Imperio Romano Germánico (actual Alemania). Inicialmente fue un conflicto de carácter religioso limitado al territorio del Sacro Imperio Romano Germánico (Alemania) entre protestantes y católicos. Pero en poco tiempo participarían los principales Estados europeos de la época: Francia, Inglaterra, Suecia, Rusia, España y Dinamarca, entre otros. Es considerada la primera gran guerra europea.
Uno de los
principales detonantes de la Guerra de los 30 años fue la lucha religiosa entre
católicos y protestantes. En esta época, Europa estaba dividida en distintas
confesiones religiosas y cada una buscaba imponer su fe como la dominante. Además
de los conflictos religiosos, las disputas territoriales también jugaron un
papel importante en el inicio de esta guerra. Varios estados europeos se
disputaban el control de regiones estratégicas, lo que generaba tensiones y
rivalidades entre ellos. os líderes políticos de la época también tenían
ambiciones personales que contribuyeron al estallido del conflicto. Algunos
gobernantes buscaban expandir sus territorios y aumentar su poder, lo que los
llevó a involucrarse en la guerra. Además de las causas internas, la Guerra de
los 30 años también se vio influenciada por la intervención de potencias
extranjeras. Varios países europeos apoyaron a los contendientes y participaron
activamente en el conflicto, lo que prolongó su duración y magnitud. Por
último, el descontento social y económico de la época también contribuyó al
estallido de la guerra. Muchas personas sufrían las consecuencias de la crisis
económica y las hambrunas, lo que generaba un clima de tensión y malestar
generalizado. Durante este conflicto, diferentes países y facciones se unieron
en alianzas cambiantes, luchando por el control político y religioso en Europa
Central.
La guerra de los Treinta Años comenzó cuando Fernando II (1578-1637) fue depuesto como rey de Bohemia y las Provincias Unidas de los Países Bajos apoyó a su sucesor, Federico V (1596-1632), con armas y recursos. La intervención neerlandesa en Bohemia marcó la primera entrada de una potencia extranjera en lo que en un principio fue una guerra civil y que, con el tiempo, involucraría a toda Europa.
Se inició
con un acontecimiento conocido como “la defenestración de Praga”, que tuvo
lugar el 23 de mayo de 1618 en el reino de Bohemia, actual Checoslovaquia. Éste
era mayoritariamente protestante, pero su rey, Fernando II (nieto de Fernando
I, el hermano de Carlos V) era católico. El rey, que había llegado al trono en
1617, aplicó los principios del absolutismo en el plano religioso y puso fin a
la tolerancia religiosa, cerrando los templos protestantes. En consecuencia, el
Palacio Real fue invadido y algunos representantes reales, arrojados por las
ventanas, salvando sus vidas porque cayeron sobre un basural que amortiguó la
caída…Allí comenzó el conflicto, se organizó un gobierno provisional que
desconoció la autoridad de Fernando II y coronó al calvinista Federico V, yerno
de Jacobo I de Inglaterra.
Los primeros años de la guerra fueron especialmente caóticos, con una serie de batallas e invasiones en diferentes regiones. Los principales actores en el conflicto fueron las potencias europeas de la época, incluyendo el Sacro Imperio Romano Germánico, España, Francia, Suecia y Dinamarca, entre otros. La participación de España fue decisiva, dado su papel como potencia dominante en Europa bajo la dinastía de los Austrias. La monarquía española, con su armada y su ejército, se enfrentó en varias batallas contra las fuerzas protestantes y sus aliados, en particular en los territorios del norte de Alemania y en los Países Bajos.
Las
negociaciones diplomáticas para evitar el conflicto de la Guerra de los Treinta
Años (1616) entre los protestantes de Bohemia y los Austrias fueron intensas y
complejas. Ambas partes intentaron llegar a un acuerdo que evitara la
confrontación armada y preservara la estabilidad en la región. A pesar de los
esfuerzos de mediación y diálogo, las negociaciones no lograron resolver las
diferencias entre ambas partes. Las demandas de los protestantes eran
consideradas inaceptables por los Austrias, quienes estaban decididos a
mantener su control sobre Bohemia.
La fase
bohemia: 1618-1625
La Guerra de los Treinta Años inició con la Revuelta Bohemia, el conflicto entre los príncipes protestantes de Bohemia y el emperador Fernando II. Los príncipes rebeldes eligieron como su rey a Federico V de Palatinado, quien fue derrotado en la Batalla de la Montaña Blanca (8 de noviembre de 1620), dos años después de la Defenestración de Praga. En ella, un ejército de 20 000 checos y mercenarios bajo el mando de Cristián de Anhalt se enfrentó en las cercanías de Praga a 25 000 hombres de los ejércitos combinados del Sacro Imperio Romano Germánico de Fernando II, dirigido por el Conde de Bucquoy, y de la Liga Católica de Alemania, al mando de Johann Tserclaes, conde de Tilly. La batalla marcó el fin del período bohemio de la guerra de los Treinta Años al entrar las tropas imperiales en la capital de Bohemia y someter a los protestantes. Fernando II y sus aliados católicos recuperan el poder en Bohemia. Tras esta derrota, el emperador decidió confiscar las propiedades de los príncipes rebeldes y restablecer la autoridad católica en toda Bohemia.
La fase
danesa: 1625-1629
En 1625, el rey danés Cristián IV intervino en la guerra a favor de los protestantes. La intervención danesa desató una nueva fase del conflicto que se extendió por otros territorios del norte de Alemania. A pesar de algunos éxitos, Cristián IV fue derrotado en la Batalla de Lutter en 1626. La batalla resultó en una fuerte derrota de las tropas de Cristián IV por las del emperador Fernando II, lideradas por el general de la Liga Católica Johann Tserclaes, conde de Tilly. Cristián IV no fue rival para las fuerzas imperiales al mando del líder mercenario católico Albrecht von Wallenstein (1583-1634). Después de la batalla de Lutter, los príncipes del norte de Alemania hasta Mecklemburgo quitaron su apoyo a Cristián IV. La victoria de Fernando II y sus aliados supuso un comienzo desastroso para la campaña danesa en la Baja Sajonia, que llegó a su final en mayo de 1629 con el Tratado de Lübeck y acordó una paz y la retirada de las tropas danesas y de los mercenarios escoceses en 1629. Así, la batalla marcó el declive de Dinamarca como gran potencia europea.
La fase
sueca: 1630-1635
En 1630, el rey sueco Gustavo Adolfo intervino en la Guerra de los Treinta Años, a favor de los protestantes, estableciéndose como uno de los comandantes más importantes del conflicto. Pactó con la Francia de Richelieu el Tratado de Bärwalde, por el que se comprometía a respetar la religión católica en los territorios que conquistara, a cambio de recibir un subsidio anual; obtuvo el apoyo de Brandenburgo y Sajonia. Gustavo Adolfo logró varias victorias importantes, venció al ejército imperial que mandaba Tilly en la batalla de Breitenfels (1631), salvando así a los protestantes del norte de Alemania de la aniquilación; y avanzó por Turingia y Franconia, venciendo de nuevo en la batalla de Rain (1632), en la que murió Tilly. Sin embargo, su avance hacia Viena fue detenido por la contraofensiva imperial dirigida por Albrecht von Wallenstein. Gustavo murió en la batalla de Lützen (16 de noviembre de 1632), a pesar de que su desenlace fue favorable al ejército sueco. En la batalla de Lützen se enfrentaron el ejército sueco, liderado por el rey Gustavo II Adolfo, y las tropas del Sacro Imperio Romano Germánico, bajo el mando del general Albrecht von Wallenstein. Ambos bandos contaban con un gran número de soldados, y la batalla resultó en una feroz lucha cuerpo a cuerpo. Dos años después, las tropas del Imperio y de la monarquía española aplastaban a los suecos en la Batalla de Nördlingen (1634). La intervención sueca desencadenó un nuevo frente en la guerra y permitió a los protestantes obtener ventajas en el conflicto.
La fase
francesa: 1635-1648
La intervención francesa en la Guerra comenzó en 1635, cuando Luis XIII decidió apoyar a los protestantes alemanes para debilitar el poder del Sacro Imperio Romano Germánico. Este hecho marcó el inicio de una nueva fase del conflicto, en la que Francia se enfrentó a las fuerzas del Sacro Imperio y sus aliados. Los próximos años serán escenario de un duelo entre Francia y España, un conflicto entre dos naciones inmerso dentro de la guerra europea que tendrá como protagonistas a Richelieu y Olivares que se disputarán el poderío hegemónico católico en Europa liderado por España hasta este momento.
Francia, un
país católico, luchara contra dos potencias de su misma fe, España y el Sacro
Imperio Germánico. El cardenal Richelieu, favorito de Luis XIII, dirigió su
estrategia a imponerse a estas dos Coronas, gobernadas por sus respectivas
ramas de la familia Habsburgo. Se trataba de evitar, a cualquier precio, que la
monarquía gala se viera estrangulada por vecinos demasiado poderosos. Justo en
ese momento, España, bajo la dirección del conde-duque de Olivares, se hallaba
inmersa en un intento de mantener su hegemonía en Europa, tras los años grises
del reinado de Felipe III. Tras la muerte de Richelieu y la retirada del apoyo
a Olivares por parte del rey español Felipe IV los acontecimiento se inclinan
en favor de Francia con la victoria en Batalla de Rocroi del ejercito francés. El
19 de mayo de 1643, en los campos de Rocroi, los veteranos Tercios españoles se
enfrentaron al ejército francés mandado por el joven duque de Enghien. Aquel
combate, librado en el norte de Francia durante la Guerra de los Treinta Años,
fue el último gran acto de la vieja infantería imperial. Los Tercios lucharon
hasta el final, rodeados y sin rendirse, dando a Europa una lección de dignidad
y valor que aún resuena en la historia militar. En el plano político, la
victoria francesa fortaleció al joven Luis XIV y a su corte, mientras España
entraba en una etapa de desgaste que culminaría en la Paz de Westfalia.
En 1648 se
alcanzó la Paz de Westfalia, a través de los Tratados de Osnabrück y Münster,
en los que intervinieron el Sacro Imperio, España, Francia, Suecia y Holanda.
La guerra acabó en Alemania, y en los Países Bajos se puso fin a ocho décadas
de conflicto entre las Provincias Unidas y la monarquía hispánica. Sin embargo,
España y Francia prosiguieron su lucha. El cese de las hostilidades en su caso
no se firmó hasta once años después, en el Tratado de los Pirineos. La
hegemonía hispana sobre Europa había llegado a su fin. Era el momento de un
joven monarca con grandes ambiciones, Luis XIV, el “Rey Sol”.
Tras casi
tres décadas de conflicto, la firma de la Paz de Westfalia en 1648 supuso un
cambio radical en el mapa político europeo. Para España, las consecuencias
fueron profundas y duraderas. La pérdida de los Países Bajos supuso un severo
golpe a su hegemonía económica y política en Europa occidental. Internamente,
la guerra agravó la crisis interna de la monarquía, acelerando el declive del
imperio y aumentando las dificultades fiscales y militares.
El mayor impacto de esta guerra, en la que se usaron mercenarios de forma generalizada, fue la total devastación de lugares enteros que fueron esquilmados por los ejércitos necesitados de suministros. Los continuos episodios de hambrunas y enfermedades diezmaron la población civil de los Estados alemanes y, en menor medida, de los Países Bajos e Italia, además de llevar a la bancarrota a muchas de las potencias implicadas. La economía española sufrió un impacto negativo, con una disminución en la producción, el comercio y el control de territorios coloniales, afectando también a la sociedad civil, que vivió en un contexto de crisis y transformación.


















.png)



























.jpg)












.jpg)





.jpg)













_-_Nationalmuseum_-_18031.tif.jpg)


