jueves, 15 de octubre de 2026

GUERRAS EN LA HISTORIA: EPOCA MODERNA





LAS CONQUISTAS DE SOLIMÁN EL MAGNÍFICO

Solimán I, conocido en Occidente como el Magnífico y entre los turcos como Kanuni, personifica la apoteosis del poder otomano en el siglo XVI. Sultán otomano que gobernó el Imperio Otomano desde 1520 hasta su  muerte en 1566. Conocido por su habilidad militar y sus grandes conquistas, Solimán dejó una marca indeleble en la  historia de la región y se le considera uno de los líderes más destacados de la época. Durante su reinado, el Imperio Otomano alcanzó su apogeo territorial y se convirtió en una potencia mundial.

Solimán ascendió al trono otomano después de la muerte de su padre en 1520. Durante su reinado, expandió el imperio a través de una serie de exitosas campañas militares, llegando a su máxima extensión territorial. Solimán el Magnífico fue el décimo sultán del Imperio Otomano, gobernando desde 1520 hasta su muerte en 1566. Nació el 6 de noviembre de 1494 en Trabzon, en la actual Turquía, hijo del sultán Selim I y de Ayşe Hafsa Sultan. Desde joven, Solimán mostró habilidades excepcionales tanto en el campo de batalla como en la administración.


Tras suceder a su padre, Selim I, Solimán ascendió al trono otomano en el año 1520. Durante su reinado, que se extendió hasta su  muerte en 1566, logró consolidar y expandir el imperio, convirtiéndolo en una de las potencias más importantes de la época. Solimán fue conocido por sus habilidades estratégicas y militares, lo que le permitió expandir el imperio a través de numerosas conquistas. Durante su reinado, llevó a cabo campañas militares exitosas en Europa, Asia y África.

Conquista de Belgrado (1521)

Uno de los primeros logros militares de Solimán fue la conquista de Belgrado en 1521. Esta ciudad, que se encontraba en manos del Reino de Hungría, fue tomada por las fuerzas otomanas después de un asedio exitoso. El asedio de Belgrado en 1521 fue un evento que se dio como resultado del tercer gran ataque otomano a esta fortaleza húngara durante las guerras otomano-húngaras, en la época de la máxima expansión del Imperio Otomano hacia el oeste. El sultán otomano Suleimán el Magnífico lanzó su ejército a mediados de mayo de 1521. El estado húngaro estaba casi en desorden y no podía contraatacar de manera efectiva al ejército otomano.


Conquista de Rodas (1522)

En 1522, Solimán lideró un asedio a la isla de Rodas, que en ese momento estaba bajo el control de los Caballeros Hospitalarios. Después de varios meses de lucha intensa, los otomanos lograron capturar la isla y expulsar a los caballeros. Los otomanos sostuvieron el asedio de 6 meses gracias a la flota de reabastecimiento egipcia y la proximidad a la costa de Anatolia; los defensores, incapaces de recibir ayuda de Europa, fueron agotados en pólvora y efectivos. La flota otomana, fortalecida, dominó mares que iban desde el Mediterráneo hasta el Mar Rojo, y abrió un corredor para acciones futuras contra rivales en la región.

Conquista de Hungría (1526-1541)

Otro logro importante de Solimán fue la conquista de gran parte del Reino de Hungría. En la Batalla de Mohács en agosto de 1526, las fuerzas otomanas derrotaron al ejército húngaro y su rey murió en combate. El enfrentamiento se produjo a poco más de 100 Km. de Buda, en la llanura de Mohacs, donde los húngaros esperaban poder utilizar adecuadamente su potente caballería. Pero los tiempos habían cambiado. Ya había pasado la época de la caballería acorazada, y los turcos contaban con un ejercito mucho más moderno, en el que la infantería con armas de fuego y una eficiente artillería jugaban un papel principal. A pesar de todo la valerosa carga de los jinetes húngaros estuvo a punto de ser decisiva. Arrollaron a las primeras filas de los turcos para ser finalmente detenidos en la última línea por la artillería y los mosquetes de los jenízaros del Sultán. La victoria de Mohács representó un punto de inflexión. La derrota de las fuerzas húngaras dio a Solimán la oportunidad de consolidar su influencia en la región, provocando la caída del propio rey Luis II. El reino había quedado desarbolado, la capital cayó de inmediato y su territorio fue saqueado y ocupado.

Asedio de Viena (1529)

Uno de los momentos más destacados en la carrera militar de Solimán fue el asedio de Viena en 1529. Bajo el mando del sultán Solimán I, conocido como «el Magnífico», el Imperio otomano dirigió su mayor esfuerzo militar hacia el corazón de Europa central con el objetivo de tomar la capital del archiducado de Austria. La ciudad resistió durante menos de tres semanas frente a un ejército que la superaba en efectivos de forma abrumadora. El fracaso del asedio no solo detuvo el avance turco en el continente europeo, sino que marcó el inicio de una larga rivalidad entre los Habsburgo y la Sublime Puerta que se prolongaría más de siglo y medio.

Conquista de Bagdad (1534)

En 1534, Solimán lideró la conquista de Bagdad, la capital del Imperio Safávida en Persia. La captura otomana de Bagdad en 1534, que tuvo lugar durante la primera campaña de una guerra de veinte años entre el Imperio otomano y el Imperio persa (safávida del Shah Ṭahmāsp I. Tras la victoria de las fuerzas de Süleyman el Magnífico, la famosa ciudad permaneció casi ininterrumpidamente en manos otomanas hasta que fue capturada por los británicos en 1917. Esta victoria permitió al Imperio Otomano consolidar su control sobre gran parte de Mesopotamia y expandir su influencia en la región, y llegando hasta la India.

A la expansión de Solimán el Magnífico se opondrían enérgicamente España y Austria, con la ayuda de Polonia y Venecia, siendo el mayor adalid de esta defensa el emperador Carlos I de España y V de Alemania. Pero como el enemigo juramentado de éste, el rey francés Francisco I, no veía con buenos ojos el liderazgo europeo del hijo de Juana la Loca, no dudó en aliarse con el turco para reducir su poder.

La muerte de Solimán ocurrió el 7 de septiembre de 1566, durante una campaña militar en Szigetvár, actualmente parte de Hungría. A pesar de su avanzada edad, Solimán lideró personalmente el asedio de la fortaleza húngara. La muerte de Solimán el Magnífico marcó el final de una era en el Imperio Otomano.




LAS GUERRAS ITALIANAS

Las guerras italianas, también conocidas como las Grandes Guerras Italianas y las Guerras de Italia, fueron una serie de conflictos sucedidos entre 1494 y 1559 que implicaron, en distintas ocasiones, a los principales Estados de la Europa Occidental: Francia, Corona de Castilla, Corona de Aragón, Sacro Imperio Romano Germánico, Inglaterra, la República de Venecia, los Estados Pontificios y la mayoría de las ciudades-estado italianas, así como también el Imperio otomano.

El enfrentamiento entre Francia y la Casa de Habsburgo será, salvo breves períodos excepcionales, una constante durante los siglos XVI y XVII. La común política italiana, el problema de Navarra y, sobre todo, el cerco de los Estados de los Austrias en torno a Francia mantendrán viva una hostilidad que se manifestará periódicamente en conflictos abiertos en muy diversos puntos del Continente, e incluso fuera de él. Las distintas circunstancias en las que se desenvolverá esta enemistad marcarán varias etapas diferenciadas. En un primer período, el escenario de los enfrentamientos se limitará casi exclusivamente a Italia. La rivalidad a causa de intereses enfrentados en la península italiana había sido aportada a la Monarquía española por la Corona de Aragón, que, como restos de su expansión mediterránea, conservaba Cerdeña (1325) y Sicilia (1409), mientras que el Reino de Nápoles, anexionado en 1442, había pasado en 1458 a una rama bastarda de Aragón, a la muerte de Alfonso V. Por su parte, Francia reivindicaba los derechos sobre el trono napolitano de la dinastía de los Anjou, que habían reinado de 1282 a 1442. El rey francés, Carlos VIII, imbuido de ideas caballerescas y de cruzada, había iniciado los movimientos. En 1493 se había asegurado la neutralidad del emperador Maximiliano, a cambio del Artois y el Franco Condado, y de Fernando el Católico, a cambio del Rosellón y la Cerdaña.


Primera Guerra Italiana (1494-1498)

Esta guerra comenzó cuando Carlos VIII de Francia quiso reclamar el Reino de Nápoles para sí. En 1494, sus ejércitos avanzaron rápidamente por Italia y ocuparon Nápoles. Para detenerlo, se formó la Liga de Venecia en 1495. Esta liga incluía a Milán, Venecia, el Sacro Imperio Romano Germánico, España y los Estados Pontificios. Aunque la batalla de Fornovo (1495) no tuvo un ganador claro, Carlos VIII tuvo que retirar sus tropas del norte de Italia. En el sur, las tropas españolas, lide radas por el famoso Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, lograron resistir. A pesar de algunas derrotas, los españoles recibieron refuerzos y lograron expulsar a los franceses de Nápoles. La guerra terminó en 1498 con un tratado de paz.


El 6 de julio de 1495, mientras se retira de Nápoles hacia Francia, Carlos VIII es interceptado en Fornovo por la Liga Italiana. A pesar del terreno difícil y de un enfrentamiento desorganizado, el ejército francés logra romper el cerco. Aunque las pérdidas son cuantiosas en ambos bandos, los franceses mantienen la cohesión y continúan su marcha, lo que les permite llegar a Francia sin un desastre militar.

Guerra Italiana de 1499-1501

El nuevo rey de Francia, Luis XII, también quería el Ducado de Milán y el Reino de Nápoles. Para lograrlo, hizo alianzas con Venecia y el Papa Alejandro VI. En 1499, un ejército francés invadió el Ducado de Milán y lo ocupó. El duque de Milán, Ludovico Sforza, intentó recuperar su territorio con la ayuda de mercenarios, pero fue traicionado y capturado. Mientras tanto, el hijo del Papa, César Borgia, conquistó varias ciudades en la región de la Romaña.

Guerra de Nápoles (1501-1504)

Antes de atacar el sur de Italia, Luis XII de Francia hizo un acuerdo con Fernando II de Aragón (rey de España) en 1500. Decidieron dividirse el Reino de Nápoles: el sur sería para España y el norte para Francia. Las tropas españolas y francesas ocuparon sus respectivas zonas. Sin embargo, pronto surgieron desacuerdos sobre los límites. En los enfrentamientos que siguieron, las tropas del Gran Capitán derrotaron a los franceses en varias batallas importantes en 1503, como Ceriñola y Garellano. Finalmente, en 1504, Francia cedió el Reino de Nápoles a España. Nápoles permaneció bajo control español hasta 1707.

La batalla de Ceriñola es una batalla de gran importancia en la historia puesto que cambió el curso de la guerra para las fuerzas españolas, pero también marcaría el comienzo del cambio en la forma de hacer la guerra. La introducción del uso del arcabuz entre sus tropas por parte del Gran Capitán fue un elemento innovador y decisivo, que mostró que el arma de fuego marcaría un cambio radical en los ejércitos.

Guerra de la Liga de Cambrai (1508-1516)

Las rivalidades internas de los Estados italianos provocarán la guerra y la invasión extranjera. Así, el inquieto papa Julio II promovió, en 1508, la Liga de Cambrai contra Venecia, en la que participarán Francia y España, más el emperador, para detener el crecimiento de la República de Venecia. Esta liga incluía a Francia, el Papado, España y el Sacro Imperio Romano Germánico. Aunque la Liga logró una gran victoria contra Venecia en la batalla de Agnadello (1509), la alianza se rompió. El Papa Julio II se alió con Venecia y declaró la guerra a Francia. Después de más combates, Francia fue expulsada de Italia. Sin embargo, en 1512, Venecia se alió con Francia, lo que cambió el rumbo de la guerra. La paz se firmó en 1516, y las cosas volvieron a ser como antes de la guerra.



La batalla de Agnadello fue una de las más significativas batallas en la Guerra de la Liga de Cambrai, y una de las mayores batallas de las Guerras Italianas. El 15 de abril de 1509, un ejército francés al mando de Luis XII salió de Milán e invadió el territorio de la República de Venecia. Para detener el avance enemigo, los venecianos reunieron un ejército mercenario, cerca de Bérgamo, comandado por Bartolomeo d’Alviano y Niccolò di Pitigliano, ambos pertenecientes a la familia Orsini.

Guerra Italiana de 1521-1526

Cuando Carlos I de España se convirtió en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1519, su imperio se hizo enorme. Francisco I de Francia, que también quería ser emperador, comenzó una guerra contra España. Las tropas francesas intentaron tomar Nápoles, pero fueron derrotadas por los ejércitos españoles. En 1525, el propio Francisco I dirigió a sus tropas en Lombardía, pero fue derrotado y hecho prisionero en la batalla de Pavía. Esto obligó a Francia a ceder muchos territorios a España en Italia.

La batalla de Pavía se libró el 24 de febrero de 1525 entre el ejército francés al mando del rey Francisco I y las tropas germano-españolas del emperador Carlos V, con victoria de estas últimas, en las proximidades de la ciudad italiana de Pavía. La derrota francesa fue catastrófica pues, aparte de las innumerables bajas, muchos de sus mejores comandantes murieron en Pavía. Además el rey francés fue obligado a firmar el Tratado de Madrid por el que Francia renunciaba a sus dominios en disputa con España en suelo europeo. Pavía pone de manifiesto que la combinación organizada de caballería e infantería puede ser letal. Además pone de manifiesto que el Tercio ideado por Don Gonzalo Fernández de Córdoba a finales del siglo XV sería fundamental para el ejército imperial en los siglos venideros.

Guerra de la Liga de Cognac (1526-1529)

En 1526, el Clemente VII, preocupado por el gran poder de España, se alió con Francia, Venecia y otras ciudades italianas para formar la Liga de Cognac contra Carlos I de España.Las fuerzas españolas tomaron Florencia y en 1527 saquearon Roma, capturando al Papa. La guerra terminó en 1529 con la paz de Cambrai, donde Francia se retiró. Venecia también hizo la paz con España, y Florencia volvió a ser gobernada por la familia Médici.

Guerra Italiana de 1536-1538

Esta guerra comenzó cuando el duque de Milán murió y Felipe II de España (hijo de Carlos I) heredó el ducado. Francisco I de Francia invadió Saboya y tomó Turín, pero no pudo conquistar Milán. En respuesta, Carlos I de España invadió Provenza en Francia, pero decidió retirarse. La guerra terminó con la tregua de Niza, dejando Turín en manos francesas, pero sin grandes cambios en el mapa de Italia.

Guerra Italiana de 1542-1546

Francisco I de Francia, aliado con Solimán I del Imperio otomano, lanzó una última invasión de Italia. Una flota conjunta franco-otomana capturó la ciudad de Niza en 1543. Aunque los franceses ganaron la batalla de Cerisoles en 1544, no lograron avanzar en Lombardía. Carlos I de España y Enrique VIII de Inglaterra invadieron el norte de Francia. Sin embargo, la falta de coordinación y los ataques otomanos hicieron que Carlos abandonara sus conquistas, y la situación volvió a ser como antes.

En la batalla de Ceresole (Cerisoles) el ejército francés inflige una aplastante derrota a las fuerzas imperiales, utilizando una combinación eficaz de tácticas de infantería, caballería y artillería. La batalla afirma temporalmente la dominación francesa en Lombardía.

Guerra Italiana de 1551-1559

En 1547, Enrique II de Francia (sucesor de Francisco I) declaró la guerra a Carlos I de España para recuperar Italia y asegurar Francia. Al principio, Francia tuvo éxito en Lorena. Sin embargo, un intento de invasión francesa de Toscana en 1553 fracasó. Carlos I de España abdicó en 1556, dividiendo su imperio entre Felipe II de España y Fernando I. La guerra se trasladó a Flandes, donde Felipe II de España, aliado con Manuel Filiberto de Saboya, derrotó a los franceses en la batalla de San Quintín en 1557. Aunque Inglaterra se unió a la guerra y los franceses tomaron Calais, Francia se vio obligada a firmar la paz de Cateau-Cambrésis. Con este tratado, Francia renunció a sus reclamos sobre los territorios italianos.

El 10 de agosto de 1557, se libró la batalla de San Quintín, entre los ejércitos de Felipe II, a las órdenes del Duque de Saboya, y las fuerzas francesas, mandadas por el Almirante Coligni y el Mariscal Montmorency. Un ejército hispano-imperial derrotó a Francia en una de las batallas más decisivas del siglo XVI. Aquella victoria no solo cambió el rumbo de una guerra, sino que dio origen a uno de los monumentos más emblemáticos de España: el Monasterio de El Escorial.

Cuando las Guerras Italianas terminaron en 1559, España se había convertido en la potencia más importante del mundo, superando a Francia. Los estados de Italia, que antes habían sido muy poderosos, vieron reducido su poder político y militar. Algunos incluso desaparecieron. Aunque las guerras de Italia de comienzos de siglo no den solución a unos problemas que permanecerán casi en el mismo punto por varios decenios, sí supondrán un cambio en las relaciones internacionales europeas. Por un lado, modificaron la diplomacia, a través de los innumerables acuerdos realizados entre los diversos Estados contendientes, haciendo necesaria la representación diplomática permanente. Por otro, se produjeron cambios decisivos en el arte bélico: la infantería sustituyó a la caballería como pieza esencial del ejército y las armas de fuego revolucionaron la estrategia y los sistemas de enfrentamiento, mientras que los mayores costos en armamento requerirán en adelante mayores inversiones, sólo permitidas a los grandes Estados, dejando de ser competitivos los ejércitos nobiliarios e incluso los de los pequeños Estados, que, como los italianos, cada vez tendrán menos protagonismo en la arena internacional.





LA CONQUISTA DE MÉXICO

La conquista de México es el gran suceso mediante el que la corona española sometió al Imperio mexica y se hizo con el control de sus territorios en las primeras décadas del siglo XVI en el marco de la conquista de América. Este enfrentamiento bélico se prolongó desde 1519 a 1521, cuando los españoles conquistaron la capital de los mexicas: Tenochtitlan. La Conquista de México (1519-1521) fue uno de los eventos más extraordinarios de la historia universal: el derrumbe de una de las civilizaciones más sofisticadas de Mesoamérica ante una expedición española de menos de 1.000 hombres en el transcurso de apenas tres años.


El imperio Azteca, en el momento del contacto europeo, era la potencia política y militar dominante de Mesoamérica: gobernaba aproximadamente 400 ciudades-estado tributarias, tenía una capital (Tenochtitlán) de entre 200.000 y 600.000 habitantes (una de las ciudades más grandes del mundo en 1519), controlaba un territorio que se extendía desde lo que es ahora el norte de México hasta América Central, mantenía un ejército extraordinariamente capaz de decenas de miles de guerreros de élite y operaba un sistema administrativo y tributario sofisticado que permitía extraer riqueza de cientos de poblaciones subordinadas. El imperio de los mexicas había basado su prosperidad económica en tres pilares: la agricultura, los tributos pagados por los pueblos sometidos y el comercio.

Procedente de una familia de hidalgos de Extremadura, Hernán Cortés estudió brevemente en la Universidad de Salamanca. En 1504 pasó a las Indias, recién descubiertas por Cristóbal Colón, y se estableció como escribano y terrateniente en La Española (Santo Domingo). En 1511 participó en la expedición a Cuba como secretario del gobernador Diego Velázquez de Cuéllar, con quien emparentó al casarse con su cuñada; Velázquez le nombró alcalde de la nueva ciudad de Santiago. En 1518 Diego Velázquez puso a Hernán Cortés al mando de una expedición a Yucatán.


La conquista fue proceso de tres fases: primero la marcha inicial desde la costa hacia Tenochtitlán (1519) con la alianza de Tlaxcala. Segundo, el establecimiento del control español sobre la ciudad mediante la captura del emperador Moctezuma (noviembre 1519-junio 1520). Y tercero, el asedio y destrucción total de Tenochtitlán tras el levantamiento indígena (mayo-agosto 1521). Cortés, con el instinto estratégico de un conquistador experimentado, comprendió que la única manera de conquistar un imperio de millones era fragmentar su estructura política mediante alianzas astutas, captura de su liderazgo y manipulación de tensiones internas. Cortés y sus hombres contaron con la ayuda de varios pueblos de la zona, deseosos de librarse del dominio mexica, en su marcha hacia Tenochtitlán. Estas alianzas, junto con la superioridad armamentística, permitió a los españoles salir victoriosos.


La expedición de conquista partió de Cuba, al mando de Hernán Cortés, el 10 de febrero de 1519. Expediciones realizadas en años anteriores habían confirmado la existencia de un imperio confederado dominado por los aztecas, así como la existencia de enormes riquezas en metales preciosos.

La expedición se componía de 11 barcos. En abril de 1519, llegó a las costas del Golfo de México donde, el 22 de ese mes, fundó la ciudad de Villa Rica de la Veracruz. Allí permaneció 4 meses durante los cuales Cortés rompió relaciones con Diego Velázquez, gobernador de Cuba y envió un barco a España con el objetivo de obtener los documentos que le permitieran legalizar su situación. Además, tomó contacto con indígenas enemistados con los aztecas y los sumó a sus tropas. En agosto, inició la marcha hacia Tenochtitlán, la capital del imperio azteca.

En noviembre de ese año el emperador Moctezuma recibió a los españoles en Tenochtitlán, pero fue tomado prisionero. Si bien Cortés logró entrar en la capital, su intransigencia con las cuestiones religiosas lo enemistó con los sacerdotes aztecas. El 20 de junio de 1520, un levantamiento popular obligó a los españoles a huir de la ciudad. Se conoce ese episodio como «la noche triste».

Después de la derrota de "La Noche Triste", los restos del ejército de Hernán Cortés se dirigieron a las alturas del valle de Otumba. Allí, Cortés dispuso sus fuerzas con gran acierto ante el inminente ataque de los indios. El 7 de julio de 1520 Hernán Cortés se lanzó personalmente al galope sobre el jefe azteca, que portaba la enseña imperial.  Al ver los indios el estandarte en manos del conquistador español, se dieron a la fuga. La batalla de Otumba supuso la más increíble victoria obtenida por los españoles en América.

Cortés logró reunir a sus tropas y reorganizarlas gracias a la alianza con los tlaxcaltecas, vecinos y feroces enemigos de los aztecas. Con ese apoyo y refuerzos españoles, en diciembre de ese año inició el sitio a la ciudad de Tenochtitlán tanto por tierra como por agua ya que la ciudad estaba ubicada en una laguna.

El 12 de agosto de 1521, agotados por hambre y enfermedades, los aztecas rindieron la ciudad a Cortés. De ese modo, el imperio cayó en manos de los conquistadores españoles.


Las diferencias de poderío tecnológico y táctico entre las tropas de los conquistadores españoles y los ejércitos mexicanos. Los españoles contaban con armas de fuego y caballos mientras que los americanos empleaban tácticas y armas que resultaban ineficaces contra los europeos.

El sometimiento de las poblaciones de la región por parte del Imperio azteca. Estas poblaciones vieron en la alianza con los españoles la posibilidad de vencer a su enemigo y participaron junto a ellos de la conquista del Imperio azteca.

Las creencias de los pueblos americanos. Narraciones mitológicas afirmaban que la llegada de hombres rubios (encarnaciones de Quetzalcoatl) marcaría el fin de una era.

La conquista resultó en aproximadamente 125.000 a 400.000 muertes (las estimaciones varían enormemente), la destrucción completa de la capital, la eliminación de la élite política Azteca y la transformación radical de la estructura social mesoamericana mediante la institución de la encomienda, la conversión forzada al cristianismo y la explotación sistemática de la población indígena bajo dominio colonial español.




LA CONQUISTA DE CHILE

La conquista de Chile fue llevada a cabo por el Imperio Español, dirigido por Pedro de Valdivia, quien lideró una expedición hacia el sur del continente americano en busca de nuevas tierras y recursos. Durante este proceso, los españoles se enfrentaron a la resistencia de los pueblos indígenas que habitaban la región, como los mapuches. A medida que avanzaban hacia el sur, los colonizadores españoles establecieron ciudades y fortalezas, y comenzaron a imponer su dominio sobre la población nativa. A lo largo de la conquista, se produjeron numerosos conflictos y batallas, en los cuales los españoles utilizaron su superioridad tecnológica y militar para someter a los indígenas.


Uno de los primeros expedicionarios en llegar a Chile fue Diego de Almagro, que había partido hacia el sur en 1533, enviado por Francisco Pizarro, sabiendo la ferocidad de los indios de la región, donde ni siquiera los incas habían podido penetrar. Almagro salió de Cuzco, entró en Chile por el norte y fundó la ciudad de Copiapó antes de llegar al río Maule, la frontera que los incas no traspasaban. Tras cruentas luchas, al no encontrar el ansiado oro y dada la pobreza de la zona, retornó a Perú.

Francisco Pizarro, ya en el poder en Perú, organizó otra expedición en 1538, a cuyo frente situó a un soldado de las guerras de Italia y paisano suyo, Pedro de Valdivia quien, con unos ciento cincuenta soldados y pertrechos, penetra en Chile. Tras once meses de marcha y de enfrentamientos, llegó al valle del Mapocho en diciembre de 1540. La organización bélica y urbana lo llevó a fundar Santiago del Nuevo Extremo,  la futura capital de Chile, el 12 de febrero de 1541. Poco después Valdivia nombró a los integrantes del cabildo, el que a su vez lo nombraría gobernador de Chile. En 1550 comenzó el avance hacia el Sur y con ello comenzará también la Guerra de Arauco, por lo cuanto deberán enfrentarse con la fiera resistencia del pueblo mapuche. Por esta razón Valdivia debió fundar varios fuertes, sobre todo en el territorio propiamente araucano.


La conquista de Chile por parte de los españoles fue un proceso marcado por la resistencia indígena. La llegada de los españoles no fue recibida pacíficamente por los pueblos indígenas de Chile. La resistencia indígena fue constante y feroz. Los españoles, a pesar de su superioridad tecnológica, tuvieron dificultades para someter a los mapuches. La guerra se convirtió en un conflicto de desgaste, con enfrentamientos sangrientos y tácticas crueles por ambos lados. La resistencia mapuche, a pesar de las derrotas y las masacres, nunca se extinguió y logró mantener su autonomía en una zona conocida como la Araucanía. Liderados por caciques y toquis, utilizaron estrategias de guerrilla y emboscadas para intentar expulsar a los invasores.


Uno de los ejemplos más destacados de resistencia indígena en la conquista de Chile es la figura de Lautaro, un joven mapuche que fue capturado y esclavizado por los españoles, pero que logró escapar y convertirse en un líder militar. Lautaro organizó a su pueblo y lideró una serie de ataques exitosos contra los conquistadores. Su valentía y estrategia lo convirtieron en un símbolo de la resistencia indígena.

Militarmente Valdivia obtuvo importantes triunfos, como la batalla de Andalién y la batalla de Penco (1550). Estas grandes victorias permitieron a Valdivia establecer ciudades en territorios indígenas, como Concepción (1550), La Imperial, Valdivia (1552), Villarrica (1552), y Los Confines (1553). Encontró la muerte después de ser tomado prisionero en Tucapel el 25 de diciembre de 1553, hecho que dio inicio a la primera gran sublevación mapuche, la que al mando del toqui Lautaro amenazó con desterrar el dominio español de estas tierras. Su sucesor Francisco de Villagra intentó detener la rebelión indígena, que tenía como cabeza a Lautaro, pero al enfrentarse en la batalla de Marihueñu el 26 de febrero sufrió una terrible derrota. Lautaro vuelve a vencer a los españoles en Angol y en la refundada Concepción. Villagra cumpliendo el fallo de los letrados marcha al sur, y logra introducirse con sus hombres por sorpresa en el campamento mapuche, matando a Lautaro y venciendo a los araucanos en la batalla de Mataquito el 1 de abril de 1557.



LAS GUERRAS IMJIN

Las Guerras Imjin, también conocida como las invasiones japonesas de Corea, constituye uno de los episodios bélicos más determinantes en la historia de Asia oriental durante el siglo XVI. Este conflicto, iniciado en 1592 bajo el mandato de Toyotomi Hideyoshi, buscaba utilizar la península coreana como corredor estratégico para una eventual conquista de la dinastía Ming en China. Entre las mayores guerras de la Asia premoderna, la Guerra Imjin enfrentó las ambiciones expansionistas de Japón con la férrea resistencia de Corea y la intervención de la dinastía Ming. Las innovaciones navales de Yi Sun-sin y el impacto geopolítico del conflicto marcaron un antes y un después en la historia de la región. Las guerras Imjin constituyeron un episodio fundamental en la historia de Corea y en las relaciones de este reino con Japón y China. El término “Imjin” hace referencia al año del calendario sexagenario coreano en que comenzó la primera invasión.


Tras unificar Japón poniendo fin al período Sengoku, Toyotomi Hideyoshi, caudillo feudal, asesor principal del emperador y Canciller del reino, enfrentaba el desafío de expansión continental como una vía para consolidar su poder y emprendió dos expediciones militares contra Corea, en un intento por invadir China.

La corte Joseon, gobernada por la dinastía coreana homónima, no anticipó la magnitud de la ofensiva. Décadas de relativa estabilidad habían debilitado su preparación militar, en contraste con las fuerzas japonesas, curtidas por años de guerra civil y equipadas con arcabuces introducidos por comerciantes portugueses.


Primera invasión (1592-1593)

La primera invasión, iniciada en mayo de 1592, resultó devastadora para las defensas terrestres coreanas. Las tropas japonesas, lideradas por generales como Konishi Yukinaga y Katō Kiyomasa, avanzaron con rapidez hacia Hanseong (actual Seúl) y posteriormente hacia Pyongyang, aprovechando la superioridad de su armamento de fuego. Sin embargo, el curso de la guerra experimentó un giro decisivo gracias a la intervención de la armada coreana y al apoyo militar enviado por la dinastía Ming. Esta combinación de resistencia naval, guerrillas civiles conocidas como “ejércitos justicieros” y refuerzos chinos permitió contener el avance japonés en el territorio continental. La ambiciosa campaña tuvo un brillante comienzo cuando fueron capturadas ciudades como Pyogyang y Seúl, pero eventualmente las operaciones combinadas de la flota coreana liderada por el almirante Yi Sun-sin, un gran ejército de la China Ming y los bien organizados rebeldes locales, llevaron a la primera invasión a un estancamiento en 1593.

El almirante Yi Sun-sin representa la figura más emblemática de la resistencia coreana durante este conflicto. Su dominio táctico del mar Amarillo y del estrecho de Corea resultó fundamental para interrumpir las líneas de suministro japonesas, evitando que los refuerzos y provisiones llegaran con regularidad a las tropas invasoras.



La batalla de Hansado tuvo lugar el 14 de Agosto de 1592 entre la flota japonesa al mando del almirante Wakizaka Yasuharu y la flota coreana al mando del almirante Yi Sun Sin. La batalla terminó con una rotunda victoria coreana. Empleando la formación táctica conocida como “ala de grulla”, Yi Sun-sin logró rodear y destruir una parte sustancial de la flota japonesa, asegurando el control del mar del Sur. La victoria de Yi fue total, veintiséis barcos japoneses fueron hundidos o incendiados (ref) mientras los coreanos solo sufrieron un herido. Al día siguiente la flota de Yi encontró gran número de barcos de abastecimiento y escoltas en la ruta entre Tsushima y Busán y los barcos coreanos destruyeron o capturaron a 40 barcos sin tener una sola perdida Yi consiguió otra importante victoria cerca de Sacheon y continuó infligiendo daños y derrotas a los japoneses. L a batalla de Hansan-do se considera una de las victorias navales más significativas de la historia coreana.

Segunda invasión (1597-1598)

Tras una tregua marcada por negociaciones diplomáticas infructuosas entre Japón y la dinastía Ming, Hideyoshi ordenó una segunda invasión en 1597, conocida como la Guerra Chongyu. Esta campaña, aunque inicialmente exitosa en algunos frentes, no logró revertir el deterioro estratégico que ya enfrentaban las fuerzas japonesas.


La batalla de Myeongnyang, en octubre de 1597, constituye otro hito de la resistencia naval coreana. Con apenas trece embarcaciones disponibles, Yi Sun-sin enfrentó a una flota japonesa considerablemente superior en número. Consciente de su inferioridad numérica y de la escasez de recursos, el almirante eligió pelear en lo que podría llamarse el "Thermopylae coreano": el estrecho de Myeongnyang, también llamado "El Canal Rugiente" por la fuerza de sus corrientes. Según los registros, la pequeña flota coreana se alineó con la proa apuntando al canal, una decisión estratégica por dos motivos: obligar a los japoneses a atacar primero y disponer de una ruta de retirada segura en caso de ser superados.

El fallecimiento de Toyotomi Hideyoshi en agosto de 1598 precipitó el fin del conflicto. Sin el impulso político de su principal promotor, las fuerzas japonesas iniciaron una retirada progresiva del territorio coreano, buscando evitar mayores pérdidas humanas y materiales en un conflicto que ya no contaba con respaldo estratégico claro.

La Batalla de Noryang, la última gran batalla de las invasiones japonesas de Corea, se libró entre la armada japonesa y las flotas combinadas del Reino Joseon y la dinastía Ming. Tuvo lugar en la madrugada del 16 de diciembre (19 de noviembre en el calendario lunar) de 1598 y terminó pasada la madrugada., marcó el capítulo final de la guerra. En este enfrentamiento, Yi Sun-sin perdió la vida, pero su victoria consolidó la expulsión definitiva de las tropas japonesas del territorio de Joseon, cerrando un ciclo bélico de enorme trascendencia regional. El conflicto, que fue una de las operaciones militares más grandes jamás llevadas a cabo en Asia Oriental antes del siglo XX, no solo tuvo devastadoras consecuencias en todos los ámbitos, sino que también agrió en forma permanente las relaciones entre Japón y Corea.




LA GUERRA DE LOS CAMPESINOS ALEMANES

La Guerra de los Campesinos Alemanes (1524–1525) fue uno de los levantamientos populares más notables de la Europa moderna temprana. Surgida en el contexto de tensiones sociales, económicas y religiosas, esta revuelta involucró a cientos de miles de campesinos y artesanos que exigían justicia, libertad y dignidad frente a un orden feudal que consideraban opresivo.  La Guerra Campesina fue el mayor movimiento de masas en Europa, antes de 1789. El corazón de la revuelta fue el suroeste y el centro de la actual Alemania, con salpicaduras en Lorena y el Franco Condado de lengua francesa, el Tirol austriaco, y zonas del este de Prusia y eslavas. Su periodo culminante se desarrolló en el año 1525, pero tiene sus raíces en el 1524 y no acaba de sofocarse hasta 1526.

En 1525 los campesinos alemanes tomaron las armas para rechazar los abusos que sufrían por parte de los señores feudales, provocando una represión implacable en la que participó Lutero.


El caudillo de la revolución fue Thomas Müntzer,  teólogo y predicador apocalíptico alemán que llegó a convertirse en uno de los líderes de la guerra de los campesinos alemanes. En un principio, fue seguidor del reformador Martín Lutero (1483-1546), aunque después Müntzer fundó su propio movimiento, el cual Lutero condenó por considerarlo demasiado radical y que contribuyó al estallido de la Guerra de los Campesinos. Se separó así de la ortodoxia luterana e inició la predicación de su propia doctrina mística, unida a un mensaje revolucionario y teocrático que instaba a los creyentes a construir inmediatamente el reino de Dios en la Tierra.

Los desórdenes comienzan en los años noventa del siglo XV, protagonizados por Hans Böheim o Niklashausen en el valle del Tauber, que fluye entre Baden Württemberg y Baviera hasta descargar en el Meno al sureste de Frankfurt. Würtzburg es una ciudad episcopal de Franconia que se encargó de sofocar las prédicas de Niklashausen, pastor de ganado, anticlerical, pero profundamente religioso, el caldo de cultivo del protestantismo posterior.


Las predicaciones luteranas sobre la libertad cristiana y contra la opresión de la autoridad eclesiástica y aun contra el emperador, contribuyen, indudablemente, a revolver las pasiones, ya desde antiguo contenidas, y a desatar la revuelta general que se conocerá en la historia como «Guerra de los campesinos alemanes». Los campesinos de la Selva Negra (Suabia), oprimidos por el aumento del poder de los nobles, proponen sus reivindicaciones en doce célebres puntos («Doce artículos del campesinado en Suabia»). Entre otras cosas, exigen la abolición de la servidumbre, el libre disfrute de la caza, la supresión de los diezmos, libertad en la elección de sus pastores, todo «conforme al evangelio». El movimiento no tarda en extenderse y los campesinos de Alemania Central y Meridional se sublevan con una clara tendencia a la revolución política y social.

En Alemania, la escasez de tropas, que estaban en Italia luchando contra los franceses, hace que la nobleza ceda y llegue a un acuerdo con los campesinos para atender sus reivindicaciones.

Roto el compromiso inicial por la nobleza, inicia, en la fecha, la «Guerra de los campesinos» (1525-1527). Enfrenta a los campesinos de Suabia, Alsacia, Tirol, Salzburgo, Franconia, Turingia y norte de Alemania, dirigidos por Tomás MÜNTZER, con la nobleza y, sobre todo, en Alsacia, con el obispo de Estrasburgo que ha adoptado el luteranismo. Los «Doce artículos del campesinado en Suabia», se convierten en el manifiesto de todos los campesinos sublevados. Pero la revuelta es rápidamente dominada.

Thomas Müntzer y sus hordas de campesinos son derrotados, primero en Leipheim el 4/4/1525, y finalmente en la Batalla de Frakenhausen. El cabecilla y los principales dirigentes de la revuelta, tras ser cruelmente torturados, son decapitados dos días después. En la batalla de Frankenhausen un ejército de nobles aborta la llamada «Revuelta de los campesinos» alemana, cruento movimiento del campesinado alemán en demanda de las condiciones laborales de la Edad Media. Aplastados los campesinos, éstos se dividen en bandas y se debilitan al incorporar elementos del subproletariado urbano y vagabundos que los alejan de su lucha inicial.




LAS GUERRAS DE RELIGIÓN EN FRANCIA

Las Guerras de Religión en Francia representaron uno de los períodos más turbulentos y sangrientos de la historia francesa. Las Guerras de Religión fueron ocho conflictos civiles que se desarrollaron en Francia entre 1562 y 1598. Este conflicto enfrentó a católicos y protestantes, principalmente hugonotes (seguidores de Juan Calvino), en una serie de ocho guerras civiles que desgarraron el tejido social, político y económico del reino. Estos enfrentamientos comenzaron debido a las rencillas entre católicos y hugonotes, quienes recibieron el apoyo de distintas casas nobiliarias como los Borbón y los Guisa, así como de países extranjeros.


La situación en Francia en época moderna era bastante inestable. El luteranismo, una corriente de reforma religiosa que criticaba al clero por su escasa formación y que daba la vuelta a todo lo logrado por la iglesia, penetraba en el país. El avance de esta doctrina, se hizo con las clases populares y con algunos sectores muy influyentes.

El surgimiento del protestantismo en Europa, especialmente después de la Reforma de Martín Lutero en 1517, había encontrado un terreno fértil en Francia, donde muchos nobles y burgueses adoptaron las ideas calvinistas. Sin embargo, la monarquía francesa, tradicionalmente aliada con la Iglesia Católica, vio esta expansión como una amenaza a su autoridad. La debilidad de la corona durante los reinados de Francisco II, Carlos IX y Enrique III exacerbó las tensiones, permitiendo que facciones nobiliarias, como los Guisa (católicos) y los Borbones (protestantes), se enfrentaran en una lucha por el poder.


Las Guerras de Religión no fueron únicamente un conflicto teológico, sino también una lucha por el control político de Francia. La Reforma Protestante había cuestionado la autoridad papal y, por extensión, la de los monarcas católicos, lo que generó una crisis de legitimidad en el gobierno. Los hugonotes, aunque minoría, contaban con el apoyo de poderosas familias nobles, como los Condé y los Coligny, quienes buscaban limitar el poder real y obtener mayores libertades religiosas. Por otro lado, la Liga Católica, liderada por los Guisa, defendía la ortodoxia religiosa y la alianza con España, el bastión del catolicismo en Europa.

El Edicto de Saint Germain de 1562 fue un edicto promulgado por la reina regente de Francia Catalina de Médici en enero de 1562. El edicto permitía cierta libertad a los protestantes en la católica Francia, principalmente a los calvinistas hugonotes. Esto que daba libertad de culto privado a los hugonotes (protestantes) y culto público de los mismos en los arrabales, descontentaron a la Casa de los Guisa (católicos). Este recelo desembocó en la matanza de Vassy de ese mismo año. La masacre de Vassy el 1 de marzo de 1562, donde fuerzas católicas de Francisco, duque de Guisa, atacaron a hugonotes durante un servicio religioso, marcó el inicio oficial de las guerras. A lo largo de cuatro décadas, Francia se sumió en una espiral de violencia, con episodios tan brutales como la Masacre de San Bartolomé en 1572, que dejó miles de muertos en París y otras ciudades.

Primera Guerra de Religión (1562-1563)

La primera fue en 1562 y finalizó en 1563. Se desarrolló en la zona de Loira y Normandía. Los hugonotes contaban con la ayuda de Suiza, Inglaterra y los protestantes del Sacro Imperio Germánico, mientras que los católicos fueron apoyados por España y los estados italianos. Los hugonotes habían conseguido refugio seguro en algunas zonas. Las muertes fueron casi iguales en ambos bandos, destacando la de Antonio de Borbón, el duque de Guisa y el Príncipe de Condé fue capturado por los católicos, lo que propició el inicio de las conversaciones de paz, que se culminarían con el Edicto de Amboise el 19 de marzo de 1563. Esta dicta la libertad de conciencia pero existe una distinción entre nobles (con libertad de culto) y el resto de hugonotes (culto limitado a una ciudad por provincia). El objetivo era restaurar la armonía pero ni católicos ni protestantes aprueban esta paz.

Segunda Guerra de Religión (1567-1568)

El fracaso de la aplicación del edicto en las provincias, sumado a las tensiones internacionales y a la rivalidad entre el Príncipe de Condé con el duque de Anjou, provocó el estallido de la Segunda Guerra de Religión el 28 de septiembre de 1567. Comienza con el intento de secuestro del monarca Carlos IX por parte de los hugonotes, que hace que Catalina de Medici se haga un poco más radical en cuanto al protestantismo. Condé, es nombrado nuevo líder de los hugonotes y los Guisa, aumentan su poder en el ámbito  eclesiástico. Los hugonotes, encabezados por Condé, intentaron apoderarse de la familia real y del cardenal de Lorena, lo que desató una ola de venganza y batallas por toda Francia. El debilitamiento de los dos bandos hizo que se firmara la Paz de Longjumeau el 22 de marzo de 1568, en la cual los hugonotes se comprometían a devolver todo lo conquistado, a cambio de imponer sin restricciones el Edicto de Amboise.

Tercera Guerra de Religión (1568-1570)

La derrota de los hugonotes en Jarnac y la muerte de Condé, hace que se establezca un nuevo líder: Coligny, almirante francés. Coligny formará parte del consejo de Carlos IX con la intención de influenciarle. Su idea era colaborar con los calvinistas de los Países Bajos (que estaba bajo la corona de la Monarquía Hispánica) con el objetivo de restar el protagonismo a los católicos. En esta tercera guerra, la figura de Felipe II hace renombre. Coligny intentará evitar la guerra con Felipe por medio de un matrimonio entre Enrique de Navarra (hugonote) con Margarita de Valois (católica y hermana de Carlos IX) en 1572. Esto finaliza con la paz de Saint Germain en el que los hugonotes salen favorecidos abandonando posiciones ultracatólicas.

Cuarta Guerra de Religión (1572-1573)

Las partes no estuvieron conformes con esta nueva organización territorial y administrativa, por lo que pronto se retomaron las distintas conspiraciones hasta desembocar en la Cuarta Guerra de Religión. El punto más oscuro llegó en 1572 con la Masacre de San Bartolomé, ordenada por Catalina de Médici y el duque de Guisa, que dejó entre 5,000 y 30,000 hugonotes muertos en toda Francia, en la que la mayoría de los protestantes fueron asesinados por las tropas católicas, acaban con la vida de Coligny y Bunea, líderes hugonotes. Este evento desencadenó la Cuarta Guerra y radicalizó aún más a ambos bandos. Los hugonotes se consolidan en el Languedoc y se aproximan a los católicos moderados (politiques) que querrán un acuerdo. Finalmente, en julio de 1573 se firmó un nuevo tratado que debía garantizar de nuevo la libertad de conciencia en todo el reino. En 1574 muere Carlos IX y su sucesor, Enrique III, rey de Polonia abandona el trono polaco para instaurarse en Francia.

Quinta Guerra de Religión (1574 -1576)

La Quinta Guerra de Religión se produjo en 1574, cuando Condé abandonó la Corte e invadió el país desde la frontera con el Sacro Imperio, al mando de un ejército mercenario. Ante esto, se consolidan los politiques y se inicia la quinta guerra en 1574 hasta 1576. Estos politiques son partidarios del diálogo y contrarios a los Guisa. Apuestan por una tolerancia y una alianza con hugonotes. El líder de este partido es Francisco de Anjou. Enrique III, recién coronado rey, tuvo que firmar el Edicto de Beaulieu el 6 de mayo de 1576 para evitar la desintegración del país. El monarca culpó a su madre y a su hermano de semejante catástrofe, ya que el edicto fue un avance incalculable para los hugonotes: se repartieron títulos para algunos desertores y protestantes; la Matanza de San Bartolomé fue condenada; y las viudas y los huérfanos fueron indemnizados por la corona. Todo esto crea un malestar en el catolicismo y se crea la Liga Católica en 1576 que tiene como líder a Enrique de Guisa. Enrique III anula el Edicto de Beaulieu y desarticula la Liga.

Sexta Guerra de Religión (1576-1577)

La humillación que supuso el nuevo tratado provocó que los católicos formaran la Liga Católica y que forzaran al rey a actuar en la Sexta Guerra de Religión. La sexta guerra en comienza con la convocatoria de los Estados Generales en ese mismo año en Blois por parte de Enrique III, con la finalidad de apartar a Enrique de Guisa de la Iglesia. El problema viene cuando el sucesor de Enrique III, Francisco de Anjou, muere en 1584. Esta muerte hace que Enrique de Navarra (hugonote y Borbón) sea el próximo rey a la muerte de Enrique III. Esta vez, los católicos consiguieron un pacto mucho más favorable con el Edicto de Poitiers el 8 de octubre de 1577, donde se restringieron las condiciones del culto protestante y se daban por finiquitadas las humillaciones del Edicto de Beaulieu.


Séptima Guerra de Religión (1579-1580)

La Séptima Guerra de Religión estalló en 1579. Fue de menor intensidad y se debió a los escándalos sexuales de Enrique de Navarra, que llegaron a oídos del rey Enrique III. Los católicos se burlaron de dichas noticias y provocaron un nuevo ataque protestante. Fue un conflicto que acabó por prolongar durante 6 años las concesiones a los protestantes y cuya paz se firmó en Fleix el 26 de noviembre de 1580.

Octava Guerra de Religión (1586-1598)

La octava y última de las Guerras de Religión fue la más larga y encarnizada de todas ellas. Empezó en 1585 con el sobrenombre de “Guerra de los tres Enriques”, a raíz de los combatientes Enrique III, rey de Francia entre 1574 y 1589, Enrique de Navarra (hugonote) y Enrique de Guisa (católico). Enrique III pierde contra Enrique de Navarra que venció al ejército real. Por otra parte, Enrique de Guisa, obtiene victorias sobre los hugonotes y esto hace que aumente su poder. En 1588, Enrique de Guisa entra en París (tenía la entrada prohibida) ayudado por los dieciséis. Esto provoca la huida de Enrique III de Francia. Tras gran cantidad de conflictos y muerte, Enrique de Navarra, líder de los hugonotes, se convirtió en el nuevo rey de Francia. Aunque hubo reticencias por parte de la Liga Católica, el recién nombrado Enrique IV se adhirió al catolicismo en julio de 1593, lo que le otorgó el reconocimiento de los católicos.

El 13 de abril de 1598 se firmó el Edicto de Nantes, que puso fin al problema religioso y otorgaba la libertad de culto a los hugonotes. Enrique IV fue asesinado por un extremista católico el 14 de mayo de 1610, en la calle Saint-Antoine de París.





LA GUERRA DE LOS OCHENTA  AÑOS

La Guerra de los Ochenta Años (conocida en España como Guerra de Flandes y en los Países Bajos como Guerra de independencia de los Países Bajos) fue una guerra que enfrentó a las Provincias Unidas contra el dominio de la Monarquía Hispánica. Fue un conflicto militar entre diecisiete provincias de Países Bajos y España, que entonces los gobernaba, a partir del reinado del rey Felipe II de España (1556-1598). Se concluyó en 1648 con el establecimiento de la república holandesa. Esta guerra fue el resultado de tensiones políticas, religiosas y económicas entre los Países Bajos y el Imperio Español, y tuvo un impacto significativo en la historia europea. La duración de la guerra, que se extendió por 80 años, se debió en gran medida a la resistencia y determinación de los habitantes de los Países Bajos.


Una de las principales causas políticas de la guerra fue el deseo de los Países Bajos de liberarse del dominio español y establecer su propia independencia. Durante este periodo, los Países Bajos formaban parte del Imperio Español bajo el reinado de Carlos V y posteriormente de su hijo Felipe II. Otra de las causas fueron la intolerancia religiosa y la prohibición de la libertad de culto por Felipe II en los Países Bajos españoles, en particular los altos impuestos y la persecución de protestantes. La Reforma protestante llegó a los Países Bajos a través de los anabaptistas y después por los calvinistas. Para la década de 1560 las tensiones entre los protestantes y los católicos habían aumentado debido a las guerras de religión francesas (1562-1598), que alentaron a los protestantes a reubicarse en los Países Bajos.

La duración de la guerra, que se extendió por 80 años, se debió en gran medida a la resistencia y determinación de los habitantes de los Países Bajos. Una de las principales causas de la duración de la Guerra de los 80 Años fue la intervención de potencias extranjeras en el conflicto. Durante este período, varias naciones europeas se involucraron en la guerra, apoyando a uno u otro bando en función de sus intereses políticos y económicos. Una de las potencias extranjeras más influyentes fue Francia, que respaldó a los Países Bajos en su lucha contra España. Francia veía en la guerra una oportunidad para debilitar a su rival histórico y expandir su influencia en Europa. Por otro lado, Inglaterra también jugó un papel fundamental en el conflicto, apoyando a los Países Bajos en su lucha contra España. Inglaterra tenía como objetivo debilitar a la Armada Española y asegurar su dominio en los mares. Otra potencia extranjera que intervino en el conflicto fue el Sacro Imperio Romano Germánico, que apoyó a España en su lucha contra los Países Bajos.

Carlos I de España (V de Alemania) heredó todos esos territorios por via paterna (Habsburgo), y que decidió cederlos a su hijo tras abdicar en él, dos años antes que la rebelión, en 1556. A Carlos I le respetaban, porque era un rey políglota y de gentes, pero no hicieron lo mismo con Felipe II, pues no hablaba su lengua y además se empeñó en convertirles al catolicismo, de manera intransigente, cuando estaba clarísimo que eran calvinistas, no querían a su soberano, no querían tener nada que ver con España y ni mucho menos con sus curas. Felipe II, quien impuso un régimen autoritario y centralizado en la región. Esto generó un fuerte descontento entre los nobles y la burguesía de los Países Bajos, que veían amenazadas sus libertades y privilegios. Pero fue la cuestión religiosa la que desencadenó la chispa que encendió la guerra. En ese momento, los Países Bajos se encontraban divididos en dos grandes grupos religiosos: los católicos, que eran la religión oficial del Imperio Español, y los protestantes, que se habían ido expandiendo rápidamente en la región. Este conflicto religioso se agravó cuando Felipe II intentó imponer medidas represivas contra los protestantes, lo que generó una fuerte resistencia en los territorios flamencos.

Así, la guerra se convirtió en una lucha por la independencia de los Países Bajos y por la libertad religiosa de los protestantes. Los líderes de la revuelta, como  , se convirtieron en símbolos de resistencia y lucha por la libertad. La guerra se caracterizó por una serie de enfrentamientos militares, asedios y batallas, en los que se utilizaron diversas estrategias y tácticas militares.


En 1558 Margarita de Parma, hija natural de Carlos V, fue nombrada gobernadora de los Estados Generales de los Países Bajos, en medio de una difícil y convulsionada situación, ya que el protestantismo calvinista estaba extendiéndose con fuerza en aquellos dominios españoles. Desempeñó su cargo con diplomacia, prudencia, conciliación y determinación. En el mes de agosto del año 1566, estallaron una serie de disturbios y protestas (se producen disturbios provocados por los calvinistas en los que se asaltan iglesias para destruir imágenes de santos que consideraban heréticas). Margarita de Parma no recibió ningún apoyo por lo que tuvo que recurrir a la diplomacia para separar a la nobleza del levantamiento popular. Fue reemplazada en 1567 por el general Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, Gran Duque de Alba, al frente de un ejército y con el cargo de gobernador general, para aplastar los levantamientos iconoclastas. Actuó con excesiva dureza, pese a que los disturbios ya habían sido sofocados antes de su llegada. Con su actuación, el duque de Alba no sólo fracasó en su intento de sofocar la revuelta, sino que la avivó.


El líder de la revuelta fue Guillermo de Orange, estatúder de las provincias holandesas de Holanda, Zelanda y Utrecht. Junto con su hermano Luis de Nassau y otros miembros de la nobleza holandesa, organizó el movimiento contra la opresión española. Guillermo escapó a Alemania y reunió un ejército y, en 1568, entró en los Países Bajos, donde fue derrotado en la batalla de Dalen (donde sufrieron una derrota aplastante por los tercios españoles). Sin embargo, en 1572, las provincias del norte de Holanda y Zelanda se sublevaron contra los españoles y lo eligieron a él, que se había convertido al calvinismo, como estatúder.

A lo largo de los ochenta años de conflicto, se libraron numerosas batallas que marcaron el devenir de la guerra. Entre las principales batallas destacan:

Inicio de la rebelión (1568–1572)


Batalla de Heiligerlee en 1568, Primera victoria rebelde, considerada el inicio formal de la guerra .

Batalla de Jemmingen en 1568, Victoria aplastante del duque de Alba que destruyó el ejército rebelde.

Batalla de Oosterweel (1567) Victoria realista temprana contra los calvinistas.

Expansión del conflicto y guerra urbana (1572–1588)

Toma de Brielle (1 de abril de 1572) — Los mendigos del mar capturan el puerto, reavivando la rebelión

Asedio de Haarlem (1572–1573) — Resistencia feroz que frenó temporalmente a los españoles

Asedio de Leiden (1573–1574) — La liberación de la ciudad se convirtió en un símbolo de la causa neerlandesa


Asedio de Amberes (1576 y 1584–1585) — Especialmente el de 1585, que devolvió la ciudad al control español y provocó el éxodo de comerciantes hacia Ámsterdam.

Batalla de Gembloux en 1578, victoria decisiva española contra los rebeldes neerlandeses

La ofensiva de Mauricio de Nassau (1588–1609)

Batalla de Nieuwpoort (1600) — Victoria táctica neerlandesa que demostró la capacidad militar de las Provincias Unidas

Asedio de Ostende (1601–1604) — Uno de los asedios más largos de Europa; desgaste enorme para ambos bandos.

Batalla de Sluys en 1603, victoria naval neerlandesa contra los españoles.

Fase final y desgaste español (1621–1648)

Sitio y Rendición de Breda (1625). En esta batalla, la ciudad fortaleza de Breda, bajo el gobierno de Justino de Nassau, fue asediada y finalmente conquistada por los ejércitos españoles al mando de Ambrosio Spínola el 5 de junio de 1625.

Batalla de Rocroi (1643) — Aunque parte de la Guerra de los Treinta Años, marcó el declive militar español y afectó directamente al desenlace del conflicto neerlandés

Estas batallas fueron clave para el desarrollo del conflicto y tuvieron un impacto significativo en el resultado final.

Para lograr sus objetivos, tanto las Provincias Unidas como el Imperio Español utilizaron diversas estrategias militares. Una de las estrategias más utilizadas fue la guerra de guerrillas, en la que se llevaban a cabo ataques rápidos y sorpresivos contra el enemigo, aprovechando el conocimiento del terreno por parte de los combatientes locales. Además, ambos bandos utilizaron fortificaciones defensivas para proteger sus territorios. Las fortalezas eran construidas estratégicamente en puntos clave, como ciudades y ríos, para controlar el paso y dificultar el avance del enemigo. Otra estrategia militar utilizada fue el bloqueo marítimo. Las Provincias Unidas, que contaban con una poderosa flota naval, bloquearon los puertos controlados por España, impidiendo el comercio y el abastecimiento de suministros a las tropas enemigas. Esto debilitó la economía española y dificultó la movilización de sus tropas.

En 1595 Felipe II nombró gobernadora de los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia, esposa del archiduque Alberto de Austria los cuales se convirtieron, a la muerte del rey en 1598, en soberanos de los Países Bajos, al heredar aquella la Corona. Al morir le sucedió Felipe III en el trono español. Tras la muerte de Guillermo de Orange, el mando del ejército de las provincias rebeldes pasó a su hijo Mauricio de Orange-Nassau, que lo reformó, haciendo de él un peligroso oponente al ejército de Flandes.


La guerra luso-neerlandesa (1602-1663, también conocida como la guerra de las Especias) distrajo aún más a España, que intentaba mantener sus colonias. Aun así, ambas partes invirtieron mucho dinero en reclutar tropas y construir fuertes, lo que agotó sus fondos, y la guerra llegó lentamente a un alto el fuego temporal conocido como la Tregua de los Doce Años.

La tregua de los Doce Años, también llamada tregua de Amberes, fue un tratado de paz firmado en 1609 entre España y las Provincias Unidas de los Países Bajos; supuso un receso pacífico en la guerra de los ochenta años que los holandeses mantenían contra el Imperio español desde 1568 para conseguir su independencia. La firma de la tregua fue objetivamente favorable a las Provincias Unidas: supuso el reconocimiento de facto de la independencia de las provincias del norte de los Países Bajos: Holanda, Zelanda, Utrecht, Frisia, Groninga, Overijssel y Güeldres, que otros países del entorno pronto reconocieron oficialmente. Durante los años que duró la tregua, las Provincias Unidas establecieron relaciones diplomáticas con varios países y se expandieron comercialmente por todo el mundo. Para España, que consideró la tregua como un acuerdo provisional, aparte de un alivio momentáneo en el maltrecho estado de sus finanzas, supondría un golpe al prestigio español, por cuanto las concesiones hechas a Holanda eran mayores de las imaginables poco tiempo atrás. En 1620, los neerlandeses intentaron tomar Amberes y sitiaron sin éxito la ciudad de Wesel, ambas bajo control español. En 1621, España y los Países Bajos no lograron ponerse de acuerdo para extender la tregua. Así, la guerra se reanudó y continuó hasta 1648. Ese año, se firmó el Tratado de Münster, que finalmente reconoció la independencia definitiva de los Países Bajos.

La Paz de Münster fue un tratado entre las Provincias Unidas de los Países Bajos y España firmado en 1648. Fue un tratado histórico para las Provincias Unidas y uno de los acontecimientos claves en la historia neerlandesa; con él, la independencia de las Provincias Unidas fue finalmente reconocida por la Corona española. El tratado formó parte de la Paz de Westfalia la cual acabó con la guerra de los Treinta Años y la guerra de los Ochenta Años.

 El mantenimiento de La guerra de los Ochenta años, que duró tantos años como su nombre indica, acabó hundiendo a la economía española, provocando sucesivas bancarrotas y dinamitando la imagen de todos los españoles. (durante esta guerra nació la Leyenda Negra).

Los resultados de la guerra fueron: El comienzo de la caída del imperio español, la independencia de Portugal al perder España el control de sus colonias, innovación en las tácticas de guerra por parte de los protestantes neerlandeses, independencia de los Países Bajos y formación de las Provincias Unidas de los Países Bajos; los países no necesitaban un monarca, Países Bajos se convierte en una gran potencia europea. 





LA GUERRA  ANGLO-ESPAÑOLA (1585-1604)

La Guerra anglo-española, librada entre 1585 y 1604, fue un conflicto prolongado que enfrentó a dos de las principales potencias europeas del siglo XVI: la Monarquía Hispánica, bajo el reinado de Felipe II, y el Reino de Inglaterra, gobernado por Isabel I. Este conflicto no fue declarado formalmente en todos sus momentos, pero en la práctica representó un choque constante de intereses políticos, religiosos, económicos y marítimos. La guerra comenzó con victorias inglesas como la de Cádiz en 1587, y la pérdida de la Armada Invencible en 1588, pero diversas victorias españolas como la de la Contraarmada en 1589, así como la enorme mejora en la escolta de las flotas de Indias y la rápida recuperación de España ante las pérdidas acabaron por debilitar definitivamente a Inglaterra y desembocaron en la firma de un tratado de paz favorable a España en Londres en 1604. Su importancia radica en que reflejó las tensiones que surgieron de la Reforma protestante, el auge del poder naval y el control de las rutas comerciales y coloniales. Para comprenderlo, es necesario situarse en el contexto de la Europa de finales del siglo XVI, donde los reinos competían por la supremacía en los mares y por la influencia política en el continente. España, heredera de un vasto imperio que abarcaba territorios en Europa, América y Asia, defendía el catolicismo y buscaba preservar su hegemonía frente al avance del protestantismo. Inglaterra, por su parte, emergía como una potencia naval en crecimiento, con aspiraciones de expansión y un fuerte rechazo a la dominación religiosa del Papado. La guerra no se libró únicamente en Europa, sino que también tuvo escenarios en el Caribe, en las colonias americanas y en los mares que conectaban los principales puertos mercantiles.




La hostilidad entre España e Inglaterra aunaba motivaciones políticas, económicas y religiosas. La potencia naval inglesa la convertía en el mayor enemigo de la Monarquía española, que necesitaba comunicar por mar sus dispersos territorios. En el aspecto religioso las desavenencias entre ambos países venían de los tiempos de Enrique VIII de Inglaterra. El protestantismo inglés se enfrentaba al catolicismo español;

El inicio formal de la Guerra anglo-española se suele situar en 1585, cuando Isabel I firmó el Tratado de Nonsuch, mediante el cual Inglaterra se comprometía a apoyar militarmente a los rebeldes holandeses contra España. Este tratado fue un punto de no retorno, porque convirtió a Inglaterra en un enemigo oficial de la Monarquía Hispánica. La guerra estuvo marcada por batallas muy separadas y comenzó con la expedición militar de Inglaterra en 1585 a lo que entonces eran los Países Bajos españoles bajo el mando de Robert Dudley, Conde de Leicester, en apoyo de la resistencia de los Estados Generales al gobierno de los Habsburgo españoles. A pesar de que la guerra con Inglaterra se acabó formalmente en 1589, el conflicto continuó con otras naciones como Francia o Irlanda.


Felipe II, consciente de la amenaza, comenzó a preparar una ofensiva de gran escala contra Inglaterra, lo que daría lugar al célebre episodio de la Armada Invencible. Entre 1585 y 1587, se produjo una escalada de ataques y contrataques: corsarios ingleses como Francis Drake saquearon puertos españoles, incluso llegando a Cádiz en 1587, en una acción conocida como “la singeing of the King of Spain’s beard”, es decir, “el chamuscado de la barba del rey de España”. Estos ataques retrasaron los planes españoles y demostraron la creciente capacidad ofensiva de la marina inglesa. En paralelo, los combates en los Países Bajos se intensificaron, con tropas inglesas enfrentándose directamente a los tercios españoles. La guerra se caracterizó por no tener un frente único, sino múltiples escenarios: los mares del Atlántico, el Canal de la Mancha, el Caribe y las costas de Europa.

Felipe II organizó una flota imponente, compuesta por más de 130 barcos y cerca de 30.000 hombres, con el objetivo de invadir Inglaterra y derrocar a Isabel I. Felipe II encomendada la ejecución al marqués de Santa Cruz, don Álvaro de Bazán, el más experimentado marino español del momento y vencedor de Lepanto. En febrero de 1588, el marqués de Santa Cruz murió de un tifus agudo. Felipe II lo sustituyó por Alonso Pérez de Guzmán, VII duque de Medina Sidonia, un aristócrata andaluz rico y buen organizador pero sin ninguna experiencia naval.

El plan consistía en reunir la flota española en el Canal de la Mancha, unirse a las tropas del duque de Parma en los Países Bajos y desembarcar en suelo inglés. Sin embargo, la operación enfrentó múltiples dificultades. En primer lugar, la logística resultó complicada, ya que la coordinación entre la Armada y las fuerzas de Flandes nunca se concretó adecuadamente. En segundo lugar, los ingleses, liderados por almirantes como Charles Howard y Francis Drake, utilizaron tácticas navales innovadoras, como el uso de barcos incendiarios, que dispersaron a la flota española. Además, las condiciones meteorológicas jugaron un papel decisivo: tormentas en el Mar del Norte y el Atlántico obligaron a muchos barcos españoles a desviarse y naufragar en las costas de Escocia e Irlanda.


La Armada reunida en Lisboa constaba de 130 naves organizadas en diez escuadras: los galeones de Portugal, los de Castilla, los de Andalucía, los de Guipúzcoa, los de Vizcaya, las naves del Levante, las urcas (barcos de transporte), los pataches y zabras (naves de enlace), las galeazas de Nápoles y las galeras de Portugal. Llevaba más de 30.000 hombres (20.000 soldados, 8.000 marineros, 2.000 galeotes) y 2.500 piezas de artillería. Zarpó de Lisboa el 28 de mayo de 1588.

Tras fuertes temporales que obligaron a una parada en La Coruña, la Armada entró en el Canal de la Mancha el 30 de julio de 1588 en formación de media luna, una disposición defensiva que mantuvo durante toda la travesía. Los ingleses, al mando del almirante Charles Howard y con Francis Drake y John Hawkins como segundos, salieron a su encuentro desde Plymouth. Durante más de una semana, del 31 de julio al 7 de agosto, la flota inglesa hostigó a la española en combates a distancia (Plymouth, Portland, Isle of Wight) sin lograr romper su formación ni causar pérdidas significativas.


El 6 de agosto, la Armada fondeó frente a Calais esperando la llegada del duque de Parma con el Ejército de Flandes. Parma no llegó: su flota de embarcaciones ligeras estaba bloqueada por los holandeses. La noche del 7 al 8 de agosto, los ingleses enviaron ocho brulotes —buques viejos cargados de pólvora y alquitrán y prendidos fuego— hacia el fondeadero español.

La flota inglesa atacó al día siguiente frente a la costa de Gravelinas (actual Francia, entonces Flandes española), cuando los galeones españoles intentaban recuperar la formación. Fue la única batalla frontal de la campaña. Durante varias horas de combate cercano —ya a tiro de fusil—, los ingleses hundieron al menos tres galeones españoles y dañaron seriamente a una docena. Medina Sidonia decidió abandonar la invasión y regresar a España bordeando las Islas Británicas por el norte: saliendo del Mar del Norte, rodeando Escocia, bajando por la costa de Irlanda y retornando al Cantábrico. Durante agosto y septiembre de 1588, tormentas sucesivas dispersaron la flota. Al menos 24 naves naufragaron en las costas de Escocia e Irlanda. Los supervivientes que lograron alcanzar tierra fueron, en muchos casos, asesinados por las autoridades inglesas siguiendo las órdenes expresas de Isabel I. Se calcula que más de la mitad de la tripulación española murió en este viaje de regreso: entre 15.000 y 20.000 hombres perdieron la vida por naufragio, hambre, sed, disentería o ejecución. Medina Sidonia llegó a Santander con apenas 60 naves supervivientes en septiembre, de las 130 que habían zarpado.

Tras la derrota de la Armada Invencible, la guerra no terminó, sino que se transformó en un conflicto de desgaste. Inglaterra intensificó las expediciones de sus corsarios en el Atlántico y el Caribe, atacando barcos cargados de metales preciosos y ciudades portuarias. Francis Drake y John Hawkins realizaron incursiones en las colonias americanas, aunque no siempre con éxito. El objetivo inglés era debilitar el poder económico de España, que dependía en gran medida de la llegada de oro y plata desde América. Por su parte, España organizó nuevas flotas para intentar invadir Inglaterra, aunque ninguna alcanzó el éxito esperado. En 1596, los ingleses lograron saquear Cádiz, lo que representó un duro golpe para la Monarquía Hispánica. Durante más de una década, la guerra se mantuvo en un estado de equilibrio, con ninguno de los dos reinos logrando imponerse claramente sobre el otro.

Su desenlace, en 1604 con la firma de la Paz de Londres, marcó un nuevo equilibrio político en Europa y abrió el camino a la consolidación del poder naval inglés. El fracaso de la Armada Invencible fue interpretado por los ingleses como un signo de la protección divina sobre su reino, mientras que para España representó un duro golpe a su prestigio naval.




LA GUERRA LUSO-NEERLANDESA

La Guerra Luso-Neerlandesa fue un gran conflicto que ocurrió entre 1601 y 1661. En esta guerra, las fuerzas navales de las Provincias Unidas de los Países Bajos atacaron las colonias del Imperio portugués en América, África y Asia. Fue un conflicto entre las fuerzas navales de los Países Bajos y de Portugal. La flota neerlandesa invade las colonias del Imperio portugués en América, África y Asia. Inglaterra apoya a los neerlandeses. Esta guerra coexistió con la Guerra de los Treinta Años, la Guerra de los Ochenta Años y la Guerra de Restauración portuguesa.

Inglaterra apoyó a los neerlandeses en algunos momentos de la guerra. Esto les permitió beneficiarse de la rivalidad entre Portugal y los Países Bajos en el comercio de Oriente. Debido a que el conflicto giraba en torno a productos valiosos, especialmente las especias, a menudo se le llamó la Guerra de las Especias.


Esta guerra puede verse como una parte de la Guerra de los Ochenta Años, que se libraba en Europa entre España y las Provincias Unidas. En ese momento, Portugal formaba parte de la Monarquía Española debido a una unión de coronas. Sin embargo, la Guerra Luso-Neerlandesa no se trató tanto de la independencia de los Países Bajos. Su principal causa fue la necesidad de los neerlandeses de controlar el comercio de especias y expandir su propio imperio en el extranjero, a costa de los portugueses. Las batallas continuaron incluso después de que Portugal se separara de España y se firmara la paz entre España y las Provincias Unidas.

Antes de la unión de coronas en 1580, Portugal usaba los Países Bajos como un centro para distribuir especias por el norte de Europa. Cuando Portugal se unió a España, el comercio portugués quedó sujeto al embargo comercial que España había impuesto a las Provincias Unidas. Esto significó que el comercio se desvió a otras regiones, y los neerlandeses perdieron su importante alianza comercial con Portugal. Esta alianza era crucial para financiar su guerra contra España. Además, perdieron el control de la distribución de especias a Francia, el Sacro Imperio Romano y el norte de Europa.


En 1595, el explorador Jan Huygen van Linschoten, que había viajado mucho por el océano Índico con los portugueses, publicó un informe detallado sobre cómo navegar entre Portugal y las Indias Orientales y Japón. Esta nueva información impulsó la expansión comercial. Así se fundaron la Compañía Británica de las Indias Orientales en 1600 y la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC) en 1602.

El Imperio portugués en el océano Índico controlaba las rutas marítimas clave. El Estado portugués de la India, con base en Goa, era una red de ciudades importantes que controlaban el comercio marítimo. Lugares como Sofala, Kilwa, Daman y Diu, Ormuz, Cabo Comorin, Calicut, Cochin, Ceilán, Santo Tomé de Mylapore, Pulicat y Macao eran puntos estratégicos. Estas ciudades aseguraban las rutas comerciales y protegían los barcos que transportaban especias, seda y plata.

El 27 de diciembre de 1601, los neerlandeses vencieron a una flota portuguesa en la bahía de Bantam. Al año siguiente, se fundó la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC) para compartir los costos de exploración y restablecer el comercio de especias. Veinte años después, se creó la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales. El 25 de febrero de 1603, tres barcos de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC) capturaron el "Santa Catarina", un galeón portugués. Este barco era tan valioso que sus ganancias duplicaron el capital de la VOC. La legalidad de esta captura fue cuestionada, y los portugueses exigieron la devolución de su carga. Este incidente llevó a un juicio público y a un debate sobre el derecho marítimo.

En 1641, cuando comenzó la Guerra de Restauración portuguesa, se firmó el Tratado de La Haya (1641). Sin embargo, este tratado solo se respetó en Europa, y los enfrentamientos entre neerlandeses y portugueses continuaron en otras partes del mundo.

Finalmente, en agosto de 1661, Alfonso VI de Portugal y los Estados Generales de los Países Bajos firmaron el Tratado de La Haya (1661). Este tratado puso fin a la Guerra Luso-Neerlandesa. Al final de la guerra, las Provincias Unidas de los Países Bajos habían logrado controlar varias zonas en Oriente, la costa africana y América, formando así el Imperio neerlandés. La República Neerlandesa conquistó las Indias Orientales, Ceilán, la Costa de Malabar y Malaca, transfiriendo el control global del comercio de especias de Lisboa a Ámsterdam. Aunque Portugal recuperó Brasil y territorios importantes en África, donde se centraría su imperio en los años siguientes, perdió para siempre su posición dominante en el Lejano Oriente. Portugal perdió permanentemente la columna vertebral de la red del Estado da Índia en Asia y enclaves comerciales clave en África Occidental, incluida la Costa del Oro. El fracaso de la Unión Ibérica en proteger las colonias portuguesas desencadenó la Guerra de Restauración Portuguesa y forzó el reposicionamiento del centro del imperio.





LA GUERRA DE LOS TREINTA  AÑOS 

La Guerra de los 30 años fue un conflicto que tuvo lugar en Europa entre los años 1618 y 1648. Fue una de las guerras más largas y destructivas de la  historia europea, que involucró a casi todas las grandes potencias de la época. La  guerra tuvo su origen en la rivalidad religiosa y política entre los estados católicos y protestantes, así como en las disputas territoriales y de poder entre las diferentes monarquías europeas. Se considera la guerra de los Treinta Años como la primera guerra mundial moderna y la última llevada a cabo en Europa por motivos religiosos. Confrontó a católicos y protestantes, participando en ella las principales potencias del Viejo Continente. Francia y Suecia salieron reforzados de esta contienda, todo lo contrario de lo que le sucedió a España.

Duró exactamente 30 años, puesto que comenzó el 23 de mayo de 1618, con la tercera defenestración de Praga, y terminó el 24 de octubre de 1648, tras la firma de la Paz de Westfalia. Acontece dentro de la Edad Moderna. Se llevó a cabo en Europa Central, sobre todo en el Sacro Imperio Romano Germánico (actual Alemania). Inicialmente fue un conflicto de carácter religioso  limitado al territorio del Sacro Imperio Romano Germánico (Alemania) entre protestantes y católicos. Pero en poco tiempo participarían los principales Estados europeos de la época: Francia, Inglaterra, Suecia, Rusia, España y Dinamarca, entre otros. Es considerada la primera gran guerra europea.


Uno de los principales detonantes de la Guerra de los 30 años fue la lucha religiosa entre católicos y protestantes. En esta época, Europa estaba dividida en distintas confesiones religiosas y cada una buscaba imponer su fe como la dominante. Además de los conflictos religiosos, las disputas territoriales también jugaron un papel importante en el inicio de esta guerra. Varios estados europeos se disputaban el control de regiones estratégicas, lo que generaba tensiones y rivalidades entre ellos. os líderes políticos de la época también tenían ambiciones personales que contribuyeron al estallido del conflicto. Algunos gobernantes buscaban expandir sus territorios y aumentar su poder, lo que los llevó a involucrarse en la guerra. Además de las causas internas, la Guerra de los 30 años también se vio influenciada por la intervención de potencias extranjeras. Varios países europeos apoyaron a los contendientes y participaron activamente en el conflicto, lo que prolongó su duración y magnitud. Por último, el descontento social y económico de la época también contribuyó al estallido de la guerra. Muchas personas sufrían las consecuencias de la crisis económica y las hambrunas, lo que generaba un clima de tensión y malestar generalizado. Durante este conflicto, diferentes países y facciones se unieron en alianzas cambiantes, luchando por el control político y religioso en Europa Central.

La guerra de los Treinta Años comenzó cuando Fernando II (1578-1637) fue depuesto como rey de Bohemia y las Provincias Unidas de los Países Bajos apoyó a su sucesor, Federico V (1596-1632), con armas y recursos. La intervención neerlandesa en Bohemia marcó la primera entrada de una potencia extranjera en lo que en un principio fue una guerra civil y que, con el tiempo, involucraría a toda Europa.

Se inició con un acontecimiento conocido como “la defenestración de Praga”, que tuvo lugar el 23 de mayo de 1618 en el reino de Bohemia, actual Checoslovaquia. Éste era mayoritariamente protestante, pero su rey, Fernando II (nieto de Fernando I, el hermano de Carlos V) era católico. El rey, que había llegado al trono en 1617, aplicó los principios del absolutismo en el plano religioso y puso fin a la tolerancia religiosa, cerrando los templos protestantes. En consecuencia, el Palacio Real fue invadido y algunos representantes reales, arrojados por las ventanas, salvando sus vidas porque cayeron sobre un basural que amortiguó la caída…Allí comenzó el conflicto, se organizó un gobierno provisional que desconoció la autoridad de Fernando II y coronó al calvinista Federico V, yerno de Jacobo I de Inglaterra.

Los primeros años de la guerra fueron especialmente caóticos, con una serie de batallas e invasiones en diferentes regiones. Los principales actores en el conflicto fueron las potencias europeas de la época, incluyendo el Sacro Imperio Romano Germánico, España, Francia, Suecia y Dinamarca, entre otros. La participación de España fue decisiva, dado su papel como potencia dominante en Europa bajo la dinastía de los Austrias. La monarquía española, con su armada y su ejército, se enfrentó en varias batallas contra las fuerzas protestantes y sus aliados, en particular en los territorios del norte de Alemania y en los Países Bajos.


Las negociaciones diplomáticas para evitar el conflicto de la Guerra de los Treinta Años (1616) entre los protestantes de Bohemia y los Austrias fueron intensas y complejas. Ambas partes intentaron llegar a un acuerdo que evitara la confrontación armada y preservara la estabilidad en la región. A pesar de los esfuerzos de mediación y diálogo, las negociaciones no lograron resolver las diferencias entre ambas partes. Las demandas de los protestantes eran consideradas inaceptables por los Austrias, quienes estaban decididos a mantener su control sobre Bohemia.

La fase bohemia: 1618-1625

La Guerra de los Treinta Años inició con la Revuelta Bohemia, el conflicto entre los príncipes protestantes de Bohemia y el emperador Fernando II. Los príncipes rebeldes eligieron como su rey a Federico V de Palatinado, quien fue derrotado en la Batalla de la Montaña Blanca (8 de noviembre de 1620), dos años después de la Defenestración de Praga. En ella, un ejército de 20 000 checos y mercenarios bajo el mando de Cristián de Anhalt se enfrentó en las cercanías de Praga a 25 000 hombres de los ejércitos combinados del Sacro Imperio Romano Germánico de Fernando II, dirigido por el Conde de Bucquoy, y de la Liga Católica de Alemania, al mando de Johann Tserclaes, conde de Tilly. La batalla marcó el fin del período bohemio de la guerra de los Treinta Años al entrar las tropas imperiales en la capital de Bohemia y someter a los protestantes. Fernando II y sus aliados católicos recuperan el poder en Bohemia. Tras esta derrota, el emperador decidió confiscar las propiedades de los príncipes rebeldes y restablecer la autoridad católica en toda Bohemia.


La fase danesa: 1625-1629

En 1625, el rey danés Cristián IV intervino en la guerra a favor de los protestantes. La intervención danesa desató una nueva fase del conflicto que se extendió por otros territorios del norte de Alemania. A pesar de algunos éxitos, Cristián IV fue derrotado en la Batalla de Lutter en 1626. La batalla resultó en una fuerte derrota de las tropas de Cristián IV por las del emperador Fernando II, lideradas por el general de la Liga Católica Johann Tserclaes, conde de Tilly. Cristián IV no fue rival para las fuerzas imperiales al mando del líder mercenario católico Albrecht von Wallenstein (1583-1634). Después de la batalla de Lutter, los príncipes del norte de Alemania hasta Mecklemburgo quitaron su apoyo a Cristián IV. La victoria de Fernando II y sus aliados supuso un comienzo desastroso para la campaña danesa en la Baja Sajonia, que llegó a su final en mayo de 1629 con el Tratado de Lübeck y acordó una paz y la retirada de las tropas danesas y de los mercenarios escoceses en 1629. Así, la batalla marcó el declive de Dinamarca como gran potencia europea.


La fase sueca: 1630-1635

En 1630, el rey sueco Gustavo Adolfo intervino en la Guerra de los Treinta Años, a favor de los protestantes, estableciéndose como uno de los comandantes más importantes del conflicto. Pactó con la Francia de Richelieu el Tratado de Bärwalde, por el que se comprometía a respetar la religión católica en los territorios que conquistara, a cambio de recibir un subsidio anual; obtuvo el apoyo de Brandenburgo y Sajonia. Gustavo Adolfo logró varias victorias importantes, venció al ejército imperial que mandaba Tilly en la batalla de Breitenfels (1631), salvando así a los protestantes del norte de Alemania de la aniquilación; y avanzó por Turingia y Franconia, venciendo de nuevo en la batalla de Rain (1632), en la que murió Tilly. Sin embargo, su avance hacia Viena fue detenido por la contraofensiva imperial dirigida por Albrecht von Wallenstein. Gustavo murió en la batalla de Lützen (16 de noviembre de 1632), a pesar de que su desenlace fue favorable al ejército sueco. En la batalla de Lützen se enfrentaron el ejército sueco, liderado por el rey Gustavo II Adolfo, y las tropas del Sacro Imperio Romano Germánico, bajo el mando del general Albrecht von Wallenstein. Ambos bandos contaban con un gran número de soldados, y la batalla resultó en una feroz lucha cuerpo a cuerpo. Dos años después, las tropas del Imperio y de la monarquía española aplastaban a los suecos en la Batalla de Nördlingen (1634). La intervención sueca desencadenó un nuevo frente en la guerra y permitió a los protestantes obtener ventajas en el conflicto.

La fase francesa: 1635-1648

La intervención francesa en la Guerra comenzó en 1635, cuando Luis XIII decidió apoyar a los protestantes alemanes para debilitar el poder del Sacro Imperio Romano Germánico. Este hecho marcó el inicio de una nueva fase del conflicto, en la que Francia se enfrentó a las fuerzas del Sacro Imperio y sus aliados. Los próximos años serán escenario de un duelo entre Francia y España, un conflicto entre dos naciones inmerso dentro de la guerra europea que tendrá como protagonistas a Richelieu y Olivares que se disputarán el poderío hegemónico católico en Europa liderado por España hasta este momento.


Francia, un país católico, luchara contra dos potencias de su misma fe, España y el Sacro Imperio Germánico. El cardenal Richelieu, favorito de Luis XIII, dirigió su estrategia a imponerse a estas dos Coronas, gobernadas por sus respectivas ramas de la familia Habsburgo. Se trataba de evitar, a cualquier precio, que la monarquía gala se viera estrangulada por vecinos demasiado poderosos. Justo en ese momento, España, bajo la dirección del conde-duque de Olivares, se hallaba inmersa en un intento de mantener su hegemonía en Europa, tras los años grises del reinado de Felipe III. Tras la muerte de Richelieu y la retirada del apoyo a Olivares por parte del rey español Felipe IV los acontecimiento se inclinan en favor de Francia con la victoria en Batalla de Rocroi del ejercito francés. El 19 de mayo de 1643, en los campos de Rocroi, los veteranos Tercios españoles se enfrentaron al ejército francés mandado por el joven duque de Enghien. Aquel combate, librado en el norte de Francia durante la Guerra de los Treinta Años, fue el último gran acto de la vieja infantería imperial. Los Tercios lucharon hasta el final, rodeados y sin rendirse, dando a Europa una lección de dignidad y valor que aún resuena en la historia militar. En el plano político, la victoria francesa fortaleció al joven Luis XIV y a su corte, mientras España entraba en una etapa de desgaste que culminaría en la Paz de Westfalia.

En 1648 se alcanzó la Paz de Westfalia, a través de los Tratados de Osnabrück y Münster, en los que intervinieron el Sacro Imperio, España, Francia, Suecia y Holanda. La guerra acabó en Alemania, y en los Países Bajos se puso fin a ocho décadas de conflicto entre las Provincias Unidas y la monarquía hispánica. Sin embargo, España y Francia prosiguieron su lucha. El cese de las hostilidades en su caso no se firmó hasta once años después, en el Tratado de los Pirineos. La hegemonía hispana sobre Europa había llegado a su fin. Era el momento de un joven monarca con grandes ambiciones, Luis XIV, el “Rey Sol”.

Tras casi tres décadas de conflicto, la firma de la Paz de Westfalia en 1648 supuso un cambio radical en el mapa político europeo. Para España, las consecuencias fueron profundas y duraderas. La pérdida de los Países Bajos supuso un severo golpe a su hegemonía económica y política en Europa occidental. Internamente, la guerra agravó la crisis interna de la monarquía, acelerando el declive del imperio y aumentando las dificultades fiscales y militares.

El mayor impacto de esta guerra, en la que se usaron mercenarios de forma generalizada, fue la total devastación de lugares enteros que fueron esquilmados por los ejércitos necesitados de suministros. Los continuos episodios de hambrunas y enfermedades diezmaron la población civil de los Estados alemanes y, en menor medida, de los Países Bajos e Italia, además de llevar a la bancarrota a muchas de las potencias implicadas. La economía española sufrió un impacto negativo, con una disminución en la producción, el comercio y el control de territorios coloniales, afectando también a la sociedad civil, que vivió en un contexto de crisis y transformación.




LA GUERRA FRANCO-ESPAÑOLA (1635-1659)

La Guerra franco-española fue un conflicto importante que duró desde 1635 hasta 1659. Enfrentó al Reino de Francia contra el Imperio español. Esta guerra comenzó como parte de la Guerra de los Treinta Años, pero continuó incluso después de que ese conflicto terminara con la Paz de Westfalia. La guerra fue costosa tanto económicamente como en pérdidas de vidas humanas para España y Francia. En total, cayeron más soldados franceses que españoles, aunque ambos lados sufrieron graves daños económicos durante la guerra. El conflicto agotó a las dos naciones en todos los aspectos, que incluso llegó a provocar una crisis económica en Francia en 1661.



La rivalidad entre el Reino de Francia y España se remonta ya a finales del siglo XV, en tiempos del reinado de los Reyes Católicos. Durante el siglo XVI, tienen lugar una serie de conflictos entre ambos países. Francia, aunque era un país católico, rivalizaba con los Austrias de Viena y Madrid, y durante la guerra de los Treinta años, apoyó al bando protestante. Tras la batalla de Nördlingen en 1634, el cardenal Richelieu se decidió por la guerra con España.

La guerra franco-española, de mayo de 1635 a noviembre de 1659, se libró entre Francia y España, cada una apoyada por diversos aliados en distintos momentos. Consta de dos fases distintas: la primera, de mayo de 1635 a octubre de 1648, se considera un conflicto relacionado con la Guerra de los Treinta Años; la segunda continuó hasta el Tratado de los Pirineos en 1659.

España también estaba en otra guerra larga contra las Provincias Unidas, conocida como la Guerra de los Ochenta Años. La Guerra franco-española fue muy costosa para ambos países. Causó muchas pérdidas de vidas y grandes problemas económicos. Al final, no hubo un ganador claro, pero el Tratado de los Pirineos favoreció a Francia.


La guerra abierta entre España y Francia comenzó con la invasión francesa de los Países Bajos en 1635. Un ejército francés estaba bajo el mando de los mariscales de Francia Urbain de Maillé, marqués de Brézé y Gaspard III de Coligny, duque de Châtillon, y con unos 35.000 efectivos avanzaron hacia el norte en los Países Bajos. En 1636, el cardenal Richelieu convenció a Vitorio Amadeo I, duque de Saboya acordaron lanzar una ofensiva contra el ducado español de Lombardía cuya capital era Milán.

En 1636, el ejército español, liderado por el Cardenal-Infante Fernando, invadió Francia. Derrotaron a las tropas francesas en varias batallas y llegaron cerca de París. Sin embargo, tuvieron que retirarse porque sus líneas de suministro se extendieron demasiado.

España sufrió importantes derrotas navales en 1639 y 1640. Además, en 1640, Cataluña y Portugal se rebelaron contra el gobierno español. Francia se alió con los rebeldes catalanes. En 1643, un gran ejército español fue derrotado por los franceses en la Batalla de Rocroi. Otra derrota importante fue en la Batalla de Lens en 1648.

Entre 1648 y 1654, la situación cambió a favor de España. En Francia, estalló una rebelión interna llamada la Fronda. Esto debilitó a Francia y permitió a España recuperar algunos territorios. España logró reconquistar Cataluña en la década de 1650. La prioridad de España fue recuperar Barcelona, lo que lograron en octubre de 1652.

Inglaterra se une a Francia en 1656. Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV, fue nombrado gobernador de Flandes para hacer frente a la ofensiva prevista anglofrancesa. Su ejército venció al francés en la batalla de Valenciennes, en 1656 lo que suscitó una oferta de paz de Mazarino que rechazó Felipe IV. Los continuos envíos de dinero a Flandes entre 1656 y 1658, dada la dificultad de expedir tropas, no bastaron para impedir la conquista anglofrancesa definitiva de Dunquerke, que quedó en manos inglesas. Los anglofranceses habían vencido días antes a las fuerzas españolas en la batalla de las Dunas. Sucedió el 14 de junio de 1658 y enfrentó al ejército anglo-francés, bajo el mando del vizconde de Turenne, contra el español conducido por Juan José de Austria y Luis II de Condé.

El estancamiento militar y el agotamiento económico de la guerra darían paso a las negociaciones. En 1659, España y Francia acordaron un tratado de paz final. La delicada situación de España en los Países Bajos y el reciente revés en Portugal hicieron que Madrid se aviniese por fin a firmar la paz con Francia. 




LA FRONDA

La Fronda (del francés fronde) es un conjunto de movimientos de insurrección ocurridos en Francia durante la regencia de Ana de Austria y la minoría de edad de Luis XIV, entre 1648 y 1653. Este periodo de revueltas marca una reacción frente a la creciente autoridad de la monarquía en Francia, que había incrementado su poder bajo los reinados de Enrique IV y Luis XIII (este último con el cardenal Richelieu como primer ministro). Nombre que se le dio a la rebelión desencadenada en 1648 contra el gobierno del cardenal Mazzarino, primer ministro durante la minoridad de Luis XIV de Francia. La oposición a la regencia de Ana de Austria y de su todopoderoso valido se manifestó desde el inicio de su gobierno en muy diversos frentes.


Tras la muerte del cardenal Richelieu , privado de Luis XIII, la aristocracia creyó poder recuperar el poder perdido en el proceso de centralización monárquica llevado a cabo por el cardenal y urdió continuas intrigas contra el nuevo primer ministro. Mazzarino, que contaba con la protección inquebrantable de la reina madre, actuó con extrema dureza contra los nobles levantiscos, lo que acabó de enquistar la hostilidad de la alta nobleza. En las provincias, las tendencias autonomistas de la aristocracia territorial tendieron a acentuarse tras la desaparición de Richelieu. Mazzarino, sin embargo, puso en marcha una política de centralización administrativa supeditada a los intereses de la guerra con los Habsburgo de España y Viena, que tendía a incrementar el absolutismo monárquico. Esto agravó la oposición entre las pretensiones de independencia de los príncipes territoriales y el gobierno del primer ministro.

Primera Fronda o Fronda Parlamentaria

Se extendió de agosto de 1648 a marzo de 1649. El 13 de mayo de 1648 los procuradores del parlamento de París y los de los tribunales soberanos se juramentaron para oponerse a las medidas fiscales dictadas por el ministro de Hacienda de Mazzarino. A pesar de la prohibición de Ana de Austria, los procuradores permanecieron reunidos durante una semana en el palacio del Louvre. La asamblea redactó una carta con 27 artículos cuyo contenido desmantelaba la obra de centralización administrativa de Richelieu y Mazzarino, colocando a la monarquía bajo el control de los procuradores. El levantamiento de París fue un movimiento destacado que desafió los principios de la monarquía absoluta. Sin embargo, este acuerdo quedó solo en una tregua, ya que la regente nunca pretendió seguir adelante con el acuerdo con el Parlamento. Tras su retiro de París a Saint-Germain en enero de 1649, ordenó el exilio del Parlamento por su comportamiento rebelde.

El rechazo del Parlamento provocó que tropas reales, dirigidas por el príncipe de Condé, rodearan París, reduciéndolo a la obediencia. Los jueces organizaron la defensa de la ciudad, encargándose de la recaudación, del reclutamiento y supervisando una coalición de las autoridades de la ciudad. Estos fueron apoyados por el pueblo, que se encontraba en rebeldía por los agravios políticos, fiscales y económicos, y contra el primer ministro.

Después de diversas disputas, los parlamentarios decidieron pactar con la regente. La Paz de Reuil se firmó en 1649, confirmándose las reformas de 1648. Se garantizó la amnistía a todos y Mazarino permaneció como primer ministro

Segunda Fronda o Fronda de los Príncipes

Tras la Paz de Reuil, se vivió un periodo de “tranquilidad” que demostró a los nobles franceses la debilidad de las posiciones realistas y cardenalicias. Las cabezas principales de la Fronda no quedaron satisfechas tras lo acordado en Reuil, creándose al poco tiempo una red de intrigas políticas y una trifulca por el poder, perdiendo poco a poco su trasfondo constitucional con que contaba la fase Parlamentaria de la Fronda.

En el año 1649, la actitud burlona del Condé tras sus victorias, pretendiendo ser dueño del gobierno, provocó una segunda Fronda en 1650. Tras esta actitud, la Reina Ana y Mazarino arrestaron a Condé y a su hermano, quienes se declararon en abierta rebelión, reanudándose la guerra civil. Su principal objetivo era la liberación de Condé. De esta manera, los partidarios de la primera Fronda se unieron a los partidarios de Condé en contra de Mazarino y el apoyo español. Las tropas españolas del archiduque Wilhelm, que venían a apoyar a los sublevados, fueron detenidas por la población civil y el ejército real, evitando de esta manera el ataque a la fortaleza de Guise. Condé huyó de París para refugiarse en los Países Bajos españoles y Luis XIV y su madre hicieron su entrada triunfal en la ciudad. La represión fue moderada pero Mazzarino esperó a diciembre para regresar del exilio.

El cardenal recuperó fácilmente las riendas del gobierno, ya que en el país prevalecía el cansancio de la guerra interior y exterior. Las últimas revueltas en las provincias fueron sofocadas en los meses siguientes con facilidad. El final de la Fronda supuso en realidad el fortalecimiento del poder monárquico contra el que se había rebelado y la consolidación de Mazzarino como cabeza indiscutible del gobierno. El cardenal supo así, con su política, preparar el advenimiento del absolutismo monárquico que representó el reinado de Luis XIV.




LA GUERRA DE LOS SEGADORES

La Guerra de los Segadores, también conocida como sublevación de Cataluña o guerra de Cataluña, la Revolta dels Segadors en catalán, fue un conflicto que tuvo lugar entre 1640 y 1659 en el Principado de Cataluña, en el contexto más amplio de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y las tensiones entre la Monarquía Hispánica y sus territorios periféricos. Este conflicto no solo fue una guerra de carácter político y militar, sino también un enfrentamiento identitario que puso en evidencia las tensiones entre el centralismo de la Corona española y las aspiraciones autonómicas de Cataluña. La Guerra de los Segadores fue un conflicto complejo en el que se entrelazaron causas sociales, económicas, políticas e internacionales.

El siglo XVII fue un periodo de tiempo con gran movimiento político, sucediendo hechos muy importantes para la historia de España. Algunos de estos movimientos fueron revueltas de distintas partes de España, siendo especialmente importantes las que sucedieron en Cataluña.

Cataluña, que formaba parte de la Corona de Aragón, se encontraba en una situación particular, ya que mantenía sus propias leyes, instituciones y privilegios, a pesar de estar integrada en la monarquía de los Austrias. Este sistema generaba tensiones constantes entre las aspiraciones centralizadoras de Madrid y el deseo de autogobierno de los catalanes. Los campesinos, que representaban la mayor parte de la población, vivían en condiciones de gran precariedad, sometidos a los abusos señoriales y a las crecientes demandas fiscales.


El Conde-Duque de Olivares valido del rey llevó a cabo dos proyectos, uno el Memorial Secreto y el otro la Unión de Armas. El Memorial Secreto era un informe donde se hablaba de la necesidad de cambiar el sistema de la monarquía, uniendo las leyes e instituciones de todas las regiones, para conseguir que el poder real aumentará. Por otro lado la Unión de Armas, era un proyecto según el cual todos los reinos, estados y señoríos que pertenecían a la Monarquía Hispánica debían dar soldados y dinero a la Corona, siendo proporcionales a la población de cada región. Su proyecto pretendía que cada provincia de la monarquía aportara un contingente de soldados y fondos proporcional a sus recursos para sostener los esfuerzos defensivos del Imperio. No obstante, las Cortes Catalanas se opusieron rotundamente a esta exigencia tributaria, alegando que violaba de forma directa sus leyes fundamentales (las Constitucions). Con la entrada formal de Francia en la  Guerra de los Treinta Años en 1635, la situación de la provincia empeoró drásticamente: Cataluña se convirtió en el principal frente militar del conflicto, forzando al alojamiento de decenas de miles de soldados de los Tercios reales en las humildes poblaciones rurales catalanas.


El antecedente del conflicto fue el malestar social y económico provocado por la presencia de tropas reales en territorio catalán. Estas fuerzas, enviadas para luchar contra Francia, debían sostenerse gracias a contribuciones y alojamientos impuestos a la población local, lo que ocasionó un fuerte rechazo. Los campesinos, conocidos como segadores, se sintieron doblemente oprimidos por la acumulación de agravios, abusos, saqueos e incendios cometidos por los soldados de los Tercios sobre el campesinado rural catalán generó un clima de indignación insostenible. El detonante definitivo se materializó el 7 de junio de 1640, festividad del Corpus Christi, un acontecimiento recordado universalmente en la historiografía catalana como el Corpus de Sangre y que constituyó el verdadero motor de la revolta dels segadors. Centenas de trabajadores agrícolas temporales (los segadors), provistos de sus tradicionales hoces de siega, se adentraron en las calles de Barcelona para alquilar su mano de obra. Estos comenzaron a enfrentarse con las autoridades reales y con los soldados que se encontraban en la zona. Lo que comenzó como una protesta espontánea contra los abusos militares pronto derivó en una revuelta violenta. El ataque se centra en los funcionarios castellanos, y acaba con la muerte del virrey de Cataluña, Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma, quien era un fiel servidor del Conde-Duque de Olivares. La revuelta terminó con 20 muertos, la mayoría funcionarios reales, lo cual fue una de las causas de la ruptura total entre Cataluña y la Corona. Esta revuelta, llamada Corpus de Sangre, dio inicio la Guerra dels Segadors. Durante el verano de 1640 fue extendiéndose la revuelta social por otras zonas de Cataluña, asesinándose a todo aquel que representase algún poder: funcionarios reales, soldados, nobles o simplemente ricos.

El conflicto no fue solo una guerra entre España y Cataluña, ya que la participación de Francia fue vital para la duración del conflicto. La intervención francesa transformó lo que había comenzado como un levantamiento popular en un conflicto de carácter internacional.

Tras las revueltas, la oligarquía catalana fue incapaz de detener la revolución social, en la cual los campesinos atacaron las clases más ricas.. En esta situación los gobernadores de Cataluña pidieron ayuda al rey Luis XIII de Francia, enemigo de la Corona Hispánica, para detener las revueltas mientras al mismo tiempo el Conde-Duque de Olivares formaba un ejército para recuperar la región.

Cataluña pagó a Francia para que esta mandara hombres, al mismo tiempo que el ejército española avanzaba, conquistando ciudades importantes de Cataluña. Poco más tarde Luis XIII fue elegido como Conde de Barcelona, y defendió a Cataluña del ataque del ejército español. El ejército de Felipe IV se marchó, tardando 10 años en volver a intentar recuperar la región.

Batallas como la de Montjuïc, en 1641, fueron decisivas para contener los intentos iniciales del ejército castellano de recuperar el control. Sin embargo, la guerra se prolongó, y el desgaste fue enorme tanto para la población catalana como para las arcas francesas y españolas. Francia conquistó el Rosellón, Lleida y Monzón, pero estas dos últimas tardaron poco tiempo en ser recuperadas por España. Poco a poco el interés francés por Cataluña fue decreciendo, y eso fue aprovechado por Felipe IV para recuperar la zona. En 1652, las tropas de Felipe IV lograron entrar en Barcelona, poniendo fin de manera efectiva a la rebelión. Tras la toma de Cataluña, Felipe IV firmó obediencia ante las leyes catalanas y dio así fin la Guerra dels Segadors, aunque no pudo impedir que Francia se quedará con el Rosellón.





LA GUERRA DE RESTAURACIÓN PORTUGUESA

La Guerra de Restauración Portuguesa (en portugués: Guerra da Restauração), que se desarrolló entre 1640 y 1668, constituye uno de los episodios más relevantes de la historia de Portugal y de la península ibérica. Fue un enfrentamiento armado entre el Reino de Portugal y el Reino de España. El conflicto comienza el 1 de diciembre de 1640 con el levantamiento a favor de la Restauración de la Independencia de Portugal y termina con victoria portuguesa poniendo final a la monarquía dual existente en la península ibérica de los Habsburgo iniciada en 1580. Este conflicto bélico se originó como consecuencia directa de la Unión Ibérica, un periodo en el cual la corona portuguesa había pasado a estar bajo el dominio de los reyes de España, específicamente desde 1580 hasta 1640. Durante esas décadas, el reino portugués perdió buena parte de su autonomía política y de su capacidad de decidir sobre sus propios asuntos, lo que generó un malestar creciente entre la nobleza, los comerciantes y el pueblo.

El período de 1640 a 1668 se caracterizó por enfrentamientos periódicos entre Portugal y España, tanto pequeñas contiendas como graves conflictos armados, de los cuales muchos de ellos fueron ocasionados por conflictos de España y Portugal con potencias no ibéricas. España participó en la Guerra de los Treinta Años hasta 1648 y en la guerra franco-española hasta 1659, mientras que Portugal participó en la guerra luso-neerlandesa hasta 1663.


El conflicto no fue únicamente una disputa dinástica entre dos casas reales, sino que también reflejó intereses económicos, sociales y estratégicos de gran alcance. España, bajo los Habsburgo, se encontraba en una situación crítica: su imperio se hallaba en declive, comprometido en múltiples guerras como la Guerra de los Treinta Años y la revuelta de Cataluña (la llamada Guerra de los Segadores). Esto debilitó la capacidad militar de la monarquía hispánica para sofocar el levantamiento portugués. Por su parte, Portugal contaba con un elemento clave: el apoyo de potencias europeas interesadas en debilitar a España, como Inglaterra, Francia y los Países Bajos.

Todo comenzó en 1580, cuando el rey portugués Sebastián I murió en la Batalla de Alcácer Quibir sin dejar descendencia directa. Su sucesión quedó disputada entre varios pretendientes, pero finalmente el rey Felipe II de España, también conocido como Felipe I de Portugal, reclamó el trono portugués a través de su abuela paterna, la reina portuguesa Catalina de Braganza. De esta manera, se estableció la Unión Ibérica en 1580, una unión dinástica entre España y Portugal bajo un mismo monarca, pero conservando ambas coronas y administraciones separadas.


El despótico gobierno de Miguel de Vasconcelos y Diego Suárez, secretarios de Estado de la virreina Margarita de Saboya, y ciertos agravios y exacciones violentas, fueron la chispa que hizo explotar a los rebeldes. La mañana del 1 de diciembre de 1640, la neblina sobre el Tajo no presagiaba el terremoto político que estaba a punto de sacudir los cimientos de la Monarquía Hispánica. En el Palacio Real de Lisboa, un grupo de nobles decididos, hartos de seis décadas de lo que consideraban una ocupación extranjera, se disponía a ejecutar uno de los golpes de Estado más limpios y trascendentales de la historia europea. La ejecución del golpe fue quirúrgica. Al grito de "Libertad y viva el Rey Don Juan", los conjurados asaltaron el palacio de Lisboa. Miguel de Vasconcelos, el odiado secretario de Estado que representaba los intereses de Olivares, fue encontrado escondido en un armario y defenestrado (arrojado por la ventana) hacia la multitud. La virreina, Margarita de Saboya, fue escoltada a la frontera. El 15 de diciembre de 1640, el Duque de Braganza fue coronado como Ju an IV de Portugal. La rebelión encontró un amplio apoyo popular y rápidamente se extendió por todo el país. La confirmación del triunfo del alzamiento llegó a Madrid el 7 de diciembre de 1640, y en la corte se prohibió, bajo pena de vida, que se hablase del asunto. España no pudo reaccionar de inmediato. Con frentes abiertos en Francia, los Países Bajos, Italia y Cataluña, el ejército español estaba exhausto. Esta parálisis inicial permitió a Juan IV organizar lo que sería una  defensa numantina. Pero el mecanismo de la guerra se puso en marcha. El conde-duque de Olivares, valido del rey Felipe IV de España, alegando desear constituir una junta de personas notables, llama a Madrid a los hidalgos de más alto nivel. Rápidas operaciones militares dirigidas por el anciano duque de Alba por tierra y por el Marqués de Santa Cruz, D. Álvaro de Bazán, por mar, fueron la respuesta de la corona española a tal desafío. Por el norte tuvo especial importancia la compañía que capitaneaba D. Fernando de Castro, Conde de Lemos. Los Habsburgo bautizaron a Juan IV como «El Tirano», mostrándolo en su propaganda como a un traidor.

La Guerra de Restauración no se caracterizó por grandes batallas continuas, sino por una serie de enfrentamientos fronterizos en la región de Alentejo y en el norte de Portugal, acompañados de escaramuzas, incursiones y una fuerte guerra diplomática. Uno de los primeros enfrentamientos importantes en el conflicto independentista portugués fue la Batalla de Montijo, en 1644, donde las fuerzas portuguesas, dirigidas por Matías de Albuquerque, lograron una victoria significativa sobre las tropas españolas comandadas por el Marqués de Torrecuso. El frente se mantuvo estático y, por parte española, fundamentalmente a la defensiva hasta 1660, dada la prioridad que la corte madrileña otorgó a sofocar la Sublevación de Cataluña.

Esta guerra se prolongó durante veintiocho años y tuvo altos y bajos para ambos lados. A pesar de las dificultades, Portugal finalmente logró su objetivo de independencia con la firma del Tratado de Lisboa en 1668, que reconoció formalmente a Portugal como un reino independiente y soberano bajo Juan IV y sus sucesores, marcando el final de la dominación hispánica en el país. Esta guerra no solo fue una lucha por la soberanía, sino también una reafirmación de la identidad nacional portuguesa, que sobrevivió en un contexto europeo plagado de tensiones, rivalidades y cambios geopolíticos profundos. La guerra estableció la casa de Braganza como nueva dinastía reinante de Portugal, en sustitución de la Casa de Habsburgo. Esto puso fin a la llamada Unión Ibérica.




LA REVOLUCIÓN INGLESA

Se denomina Revolución inglesa (Guerra Civil inglesa), a la etapa de la historia de Gran Bretaña comprendida entre 1642 y 1688. Se extiende desde los últimos años del reinado de Carlos I hasta la Revolución Gloriosa, que puso fin al gobierno de Jacobo II de la dinastía de los Estuardo, pasando por el período republicano y el Protectorado de Oliver Cromwell. Serie de enfrentamientos armados entre los partidarios de la monarquía absoluta y los integrantes del Parlamento, que pretendían limitar el poder real. Fue uno de los conflictos más importantes de la historia de Inglaterra y tuvo repercusiones políticas, sociales y religiosas que perduraron mucho después de que los combates cesaran. Se trató de un enfrentamiento entre el rey Carlos I y el Parlamento, con divisiones profundas que afectaron tanto a la monarquía como a la estructura social del país. A pesar de ser catalogada como una guerra civil, también incluyó conflictos que involucraron a Escocia e Irlanda, lo que la convirtió en una serie de guerras en las Islas Británicas. Este conflicto no solo transformó la relación entre el rey y el Parlamento, sino que también dejó una huella duradera en la configuración de las futuras monarquías constitucionales.


En 1603 falleció la reina Isabel I de Inglaterra  y el trono fue ocupado por Jacobo I (desde 1603 hasta 1625). Fue el Primer Rey ingles de la familia Real Estuardo. El Rey Jacobo I, tuvo grandes conflictos con el parlamento, debido a que Jacobo creía en el derecho divino de los reyes a ejercer el poder e ignoraba los derechos del parlamento inglés, lo cual provoco intensos conflictos entre ambos poderes. En 1625, Carlos el hijo de Jacobo, ocupo el trono inglés como Carlos I. Este Rey compartía la creencia de su padre sobre el derecho divino de los reyes y también tuvo graves conflictos con el parlamento y además genero descontento religioso entre la población del reino. La Guerra Civil Inglesa tuvo sus raíces en varias causas, siendo una de las principales la tensión entre la monarquía y el Parlamento. Carlos I, como su padre, creía en el derecho divino de los reyes, es decir, que su autoridad provenía de Dios y no debía ser limitada por ninguna institución terrenal. Esta visión absolutista chocó con la creciente demanda del Parlamento de tener mayor control sobre la toma de decisiones, especialmente en asuntos fiscales y militares. Los constantes enfrentamientos sobre impuestos y el derecho del rey a gobernar sin la aprobación del Parlamento fueron encendiendo las tensiones.

Se trató de un enfrentamiento entre la Corona inglesa, apoyada por los partidarios del absolutismo, y el Parlamento, que trataba de ponerle límites al poder monárquico. La Revolución inglesa comprende las siguientes fases o etapas.

La primera guerra civil inglesa (1642-1646).


Derrota de la Monarquía. Escapa el rey Carlos I. Se desencadenó debido a los intentos del rey Carlos I de imponer un estilo de gobierno absolutista y de restaurar la liturgia católica. Enfrentó al rey y sus partidarios contra de la mayoría de los parlamentarios, que profesaban el protestantismo. La guerra fue ganada por estos últimos, que encarcelaron al rey y lo privaron del derecho a disolver el Parlamento. Oliver Cromwell a partir de 1642 lideró la rebelión del Parlamento contra el rey Carlos I. Comandó el Nuevo Ejército Modelo, venció a los partidarios del absolutismo.

La batalla de Marston Moor tuvo lugar el 2 de julio de 1644. Fue la principal batalla de la Primera revolución inglesa y una de las más decisivas, que enfrentó al ejército de la Monarquía de Carlos I de Inglaterra contra las tropas del Parlamento británico. La victoria fue de los parlamentarios y, como consecuencia, el rey Carlos I perdió el norte de Inglaterra.

La batalla de Naseby es la batalla clave de la primera guerra civil inglesa. El 14 de junio de 1645, el principal ejército del rey Carlos I fue destruido por el Nuevo Ejército Modelo parlamentario, al mando de sir Thomas Fairfax y Oliver Cromwell.

La segunda guerra civil inglesa (febrero-agosto de 1648).

Es ajusticiado el Rey Carlos I. Protectorado inglés de Oliver Cromwell. Republica de la mancomunidad. Comenzó cuando el rey escapó de su prisión y se alió con los escoceses, que fueron vencidos por un ejército dirigido por uno de los líderes de los parlamentarios, Oliver Cromwell. Se produjo entonces un conflicto entre algunos nobles del Parlamento, que deseaban negociar con el rey, y Cromwell, que impulsó el enjuiciamiento del monarca por alta traición. La postura de Cromwell se impuso, por lo que Carlos I fue condenado a muerte y decapitado el 30 de enero de 1649. La monarquía fue abolida y se adoptó un sistema republicano, que representó las aspiraciones de una burguesía que impuso su moralidad puritana y su idea de que el beneficio individual era beneficioso para la sociedad.


La Batalla de Winwick se libró el 19 de agosto de 1648 cerca del pueblo de Winwick, en Lancashire, entre parte de un ejército realista bajo el mando del general William Baillie y un ejército parlamentario comandado por Oliver Cromwell. Los realistas fueron derrotados y todos los que participaron en los combates, toda la infantería de su ejército, fue asesinada o capturada.

La tercera guerra civil inglesa (1650-1651).

Restauración de la Monarquía. El Rey Carlos II y su sucesor (Hermano) Jacobo II (o guerra anglo-escocesa). Enfrentó a los republicanos, liderados por Cromwell, contra los realistas irlandeses y escoceses, que apoyaban las aspiraciones de Carlos II, hijo del rey decapitado, de ascender al trono. Finalizó con la victoria de los republicanos y la pacificación de Irlanda y Escocia, tras la promesa de los emisarios de Cromwell de que se respetarían las vidas y las propiedades de los partidarios del absolutismo. Montrose, uno de los más nobles realistas fue derrotado el 27 de abril en la batalla de Carbisdale, y el 4 de mayo fue apresado por sus enemigos.

La primera batalla de Dunbar fue un enfrentamiento militar librado en el contexto de la tercera guerra civil inglesa el 3 de septiembre de 1650 entre las fuerzas parlamentarias mandadas por Oliver Cromwell y el ejército escocés dirigido por David Leslie, leal al rey Carlos II, quien fue proclamado rey de Escocia el 5 de febrero de 1649. Terminó con la victoria de las primeras.

Protectorado de los Cromwell (1652-59)

Oliver Cromwell fue nombrado Lord Protector de Inglaterra, Escocia e Irlanda en diciembre de 1653, por lo que se convirtió en el jefe del estado militar conocido como la República de la Mancomunidad("Commonwealth"). Luego de vencer a los monárquicos, Cromwell suprimió la Cámara de los Lores, que estaba integrada por la alta nobleza y el clero. Así, su gobierno se transformó en una dictadura, que se apoyó en el ejército y en la Cámara de los Comunes, que representaba a la gentry, formada por la baja nobleza y la burguesía. Cromwell realizo un intenso trabajo de control y pacificación, en especial sobre Irlanda y Escocia. Ejerció una rígida dictadura de corte puritano, que logro mantener al país en paz. Sus medidas más importantes fueron la tolerancia hacia los judíos, que pudieron regresar a Inglaterra en 1655, y la sanción de las Actas de Navegación. Estas leyes establecieron que el tráfico mercantil entre Inglaterra y sus colonias debía realizarse en buques ingleses y a cargo de comerciantes locales. En 1657, Cromwell aceptó la potestad ofrecida por los Comunes de nombrar a su sucesor, pero declinó el título de rey y solo conservó el de Lord Protector. El carácter autoritario del gobierno de Cromwell, provoco que la república de la mancomunidad llegara a ser impopular y muchos desearan la moderación y la tradición de la antigua monarquía. Luego de su muerte, en 1658, asumió su hijo Richard, quien no tenía el mismo carisma que su padre y luego de un breve mandato fue obligado a renunciar al poder.

La Restauración (1660-88)


Luego de la renuncia de Richard Cromwell, en 1659, se reunió el Parlamento y coronó a Carlos II. Así se restableció la monarquía y los Estuardo recuperaron el poder. El reinado de Carlos II fue una etapa de relativa tranquilidad solo perturbada por la conversión al catolicismo de su hermano, Jacobo. En 1673, el Parlamento, dominado por los anglicanos, aprobó el Acta de Prueba, por la que los católicos quedaban inhabilitados para ejercer cargos públicos. En 1679, la Cámara de los Comunes quiso excluir a Jacobo de la sucesión real, pero sin éxito, por lo que tras la muerte de Carlos II, ascendió al trono como Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia.

La Revolución de 1688 (Revolución Gloriosa o Incruenta).

Guillermo de Orange destrona a Jacobo II y surge la Monarquía Constitucional. La Revolución gloriosa de noviembre de 1688 vio cómo el protestante Guillermo de Orange, estatúder de las Provincias Unidas (1650-1702) invadió Inglaterra y tomó el trono del católico Jacobo II de Inglaterra (que reinó de 1685 a 1688). No hubo batallas, y Guillermo fue invitado por el Parlamento a convertirse en rey y gobernar conjuntamente con su esposa, la reina María II de Inglaterra (que reinó de 1689 a 1694), hija de Jacobo II. La política a favor del catolicismo y el gobierno autoritario de Jacobo II habían sellado su destino, y a partir de entonces vivió en el exilio en Francia. Mientras tanto, Guillermo y María gobernaron con los poderes de la monarquía reducidos y los del Parlamento potenciados, como parte de un nuevo sistema de gobierno conocido como monarquía constitucional, el sistema que todavía se ve hoy en el Reino Unido.




LA GUERRA DE LOS NUEVE AÑOS

La Guerra de los Nueve Años, también conocida como la Guerra de la Liga de Augsburgo o la Guerra de la Gran Alianza, fue un gran conflicto en Europa entre 1688 y 1697. En esta guerra, Francia se enfrentó a una alianza de países llamada la Liga de Augsburgo, que más tarde se conoció como la Gran Alianza cuando Inglaterra se unió en 1689. Esta alianza estaba compuesta por varios estados y reinos importantes de Europa. Entre ellos estaban España, Austria, Baviera, Brandeburgo, el Sacro Imperio Romano Germánico, Inglaterra, el Palatinado, Portugal, Sajonia, Suecia y las Provincias Unidas. La Liga de Augsburgo fue creada oficialmente por el Emperador Leopoldo I. Su principal objetivo era defender una región llamada el Palatinado. Esta zona estaba siendo presionada por Francia.


El enfrentamiento tuvo como protagonista central a Luis XIV de Francia, el monarca más poderoso del continente, y a un bloque de naciones que buscaban frenar su creciente hegemonía. En este bloque se encontraban el Sacro Imperio Romano Germánico, Inglaterra, España, las Provincias Unidas de los Países Bajos, Saboya y otros aliados. Fue, en esencia, una guerra europea que también tuvo repercusiones coloniales en América y Asia, lo que muestra cómo el conflicto no se limitó a la política interna del continente, sino que trascendió a una escala global.

Aunque la mayor parte de la guerra ocurrió en Europa, también hubo batallas en las colonias de América, India y África Occidental. Algunos conflictos relacionados incluyen la Guerra Guillermita de Irlanda y la Guerra del rey Guillermo en América del Norte. Esta última fue una lucha entre Inglaterra y Francia por el control de sus colonias en ese continente. El objetivo principal de la guerra era detener la expansión de Francia en la región del Rin. Además, Guillermo III de Orange, el nuevo rey de Inglaterra, quería evitar que Francia ayudara a Jacobo II de Inglaterra a recuperar el trono inglés, del que había sido destronado en la Revolución Gloriosa. La guerra terminó con la firma del Tratado de Ryswick.


Después de la guerra franco-neerlandesa (1672-1678), Luis XIV de Francia se había convertido en el rey más poderoso de Europa. Él quería expandir las fronteras de Francia y hacerlas más seguras. Luis XIV utilizó como pretexto la defensa de los derechos dinásticos de su cuñada Isabel Carlota, pero en realidad buscaba fortalecer sus posiciones en el Rin. Esta acción encendió la alarma en toda Europa y precipitó el inicio de la guerra. Dos líderes importantes se opusieron a Luis XIV: Guillermo III de Orange, de las Provincias Unidas de los Países Bajos, y el emperador Leopoldo I del Sacro Imperio Romano Germánico. Ambos querían detener a Francia, pero al principio no podían hacerlo porque algunos países alemanes estaban del lado de Francia.

La guerra comenzó con la invasión por parte de los franceses del Palatinado en 1688. Dicha invasión era el resultado de las reclamaciones territoriales hechas por Luis XIV en el nombre de la Duquesa de Orleans, su cuñada. El ataque produjo la unión de los príncipes alemanes con el Emperador, el cual, sin embargo, todavía estaba envuelto en una guerra con el Imperio otomano. Inglaterra declaró la guerra a Francia en mayo de 1689, uniéndose así a la Liga, la cual pasó a llamarse Gran Alianza.

Esta guerra fue larga y desgastante, con campañas militares devastadoras, asedios prolongados y un enorme costo humano y económico. El desarrollo militar de la Guerra de los Nueve Años estuvo marcado por un alto grado de devastación y por la participación de múltiples frentes. Francia, aunque poderosa y con un ejército disciplinado, debía enfrentarse a una coalición internacional. El teatro principal de operaciones fue el Rin y el Palatinado, pero los enfrentamientos también se extendieron a Flandes, Italia, Cataluña, Irlanda y los mares del Atlántico. Uno de los primeros episodios impactantes fue la quema del Palatinado en 1689, cuando las tropas francesas aplicaron una política de tierra arrasada para evitar que el enemigo pudiera abastecerse. Ciudades enteras como Heidelberg y Mannheim fueron destruidas, dejando una huella de horror que alimentó el odio hacia Francia. Mientras tanto, en los Países Bajos, Guillermo III de Orange organizaba la defensa contra el poderío francés. Las batallas más importantes se dieron en Flandes, región estratégica para el comercio y la política europea. Allí se enfrentaron los ejércitos de Luis XIV contra la coalición dirigida por Guillermo III y sus aliados. Aunque Francia logró algunas victorias significativas, como la batalla de Fleurus en 1690, no consiguió derrotar decisivamente a sus enemigos. El conflicto fue una serie de asedios, movimientos defensivos y escaramuzas que mostraban la dificultad de obtener un triunfo absoluto. En Italia, el Ducado de Saboya cambió de bando durante la guerra, lo que complicó las estrategias francesas. En Cataluña, la frontera pirenaica fue escenario de combates entre tropas españolas y francesas, que reflejaban la importancia de la península ibérica en la guerra. En el mar, la marina francesa logró algunas victorias iniciales, como la batalla de Beachy Head en 1690, pero poco a poco la superioridad naval pasó a manos de Inglaterra y las Provincias Unidas. Este dominio marítimo permitió a los aliados controlar el comercio y debilitar la economía francesa. En América del Norte, el enfrentamiento es conocido como la Guerra del Rey Guillermo, ya que coincidió con la subida al trono de Guillermo III en Inglaterra. Colonos ingleses y franceses, junto con sus aliados indígenas, libraron intensos combates en la frontera de Nueva Francia (actual Canadá) y Nueva Inglaterra.

El desenlace de la Guerra de los Nueve Años llegó en 1697 con la firma del Tratado de Ryswick, en la ciudad neerlandesa de Rijswijk. Tras casi una década de enfrentamientos, tanto Francia como sus enemigos estaban exhaustos y deseaban poner fin a una guerra que se había vuelto insostenible. El tratado estableció que Luis XIV reconocía a Guillermo III como rey legítimo de Inglaterra. Francia devolvió la mayoría de los territorios que había conquistado, aunque retuvo Estrasburgo y algunas posiciones en Alsacia. España recuperó Cataluña y Luxemburgo, mientras que el Palatinado fue restaurado, aunque no se repararon las destrucciones sufridas.