jueves, 15 de octubre de 2026

GUERRAS EN LA HISTORIA: EPOCA MODERNA





LAS CONQUISTAS DE SOLIMÁN EL MAGNÍFICO

Solimán I, conocido en Occidente como el Magnífico y entre los turcos como Kanuni, personifica la apoteosis del poder otomano en el siglo XVI. Sultán otomano que gobernó el Imperio Otomano desde 1520 hasta su  muerte en 1566. Conocido por su habilidad militar y sus grandes conquistas, Solimán dejó una marca indeleble en la  historia de la región y se le considera uno de los líderes más destacados de la época. Durante su reinado, el Imperio Otomano alcanzó su apogeo territorial y se convirtió en una potencia mundial.

Solimán ascendió al trono otomano después de la muerte de su padre en 1520. Durante su reinado, expandió el imperio a través de una serie de exitosas campañas militares, llegando a su máxima extensión territorial. Solimán el Magnífico fue el décimo sultán del Imperio Otomano, gobernando desde 1520 hasta su muerte en 1566. Nació el 6 de noviembre de 1494 en Trabzon, en la actual Turquía, hijo del sultán Selim I y de Ayşe Hafsa Sultan. Desde joven, Solimán mostró habilidades excepcionales tanto en el campo de batalla como en la administración.


Tras suceder a su padre, Selim I, Solimán ascendió al trono otomano en el año 1520. Durante su reinado, que se extendió hasta su  muerte en 1566, logró consolidar y expandir el imperio, convirtiéndolo en una de las potencias más importantes de la época. Solimán fue conocido por sus habilidades estratégicas y militares, lo que le permitió expandir el imperio a través de numerosas conquistas. Durante su reinado, llevó a cabo campañas militares exitosas en Europa, Asia y África.

Conquista de Belgrado (1521)

Uno de los primeros logros militares de Solimán fue la conquista de Belgrado en 1521. Esta ciudad, que se encontraba en manos del Reino de Hungría, fue tomada por las fuerzas otomanas después de un asedio exitoso. El asedio de Belgrado en 1521 fue un evento que se dio como resultado del tercer gran ataque otomano a esta fortaleza húngara durante las guerras otomano-húngaras, en la época de la máxima expansión del Imperio Otomano hacia el oeste. El sultán otomano Suleimán el Magnífico lanzó su ejército a mediados de mayo de 1521. El estado húngaro estaba casi en desorden y no podía contraatacar de manera efectiva al ejército otomano.


Conquista de Rodas (1522)

En 1522, Solimán lideró un asedio a la isla de Rodas, que en ese momento estaba bajo el control de los Caballeros Hospitalarios. Después de varios meses de lucha intensa, los otomanos lograron capturar la isla y expulsar a los caballeros. Los otomanos sostuvieron el asedio de 6 meses gracias a la flota de reabastecimiento egipcia y la proximidad a la costa de Anatolia; los defensores, incapaces de recibir ayuda de Europa, fueron agotados en pólvora y efectivos. La flota otomana, fortalecida, dominó mares que iban desde el Mediterráneo hasta el Mar Rojo, y abrió un corredor para acciones futuras contra rivales en la región.

Conquista de Hungría (1526-1541)

Otro logro importante de Solimán fue la conquista de gran parte del Reino de Hungría. En la Batalla de Mohács en agosto de 1526, las fuerzas otomanas derrotaron al ejército húngaro y su rey murió en combate. El enfrentamiento se produjo a poco más de 100 Km. de Buda, en la llanura de Mohacs, donde los húngaros esperaban poder utilizar adecuadamente su potente caballería. Pero los tiempos habían cambiado. Ya había pasado la época de la caballería acorazada, y los turcos contaban con un ejercito mucho más moderno, en el que la infantería con armas de fuego y una eficiente artillería jugaban un papel principal. A pesar de todo la valerosa carga de los jinetes húngaros estuvo a punto de ser decisiva. Arrollaron a las primeras filas de los turcos para ser finalmente detenidos en la última línea por la artillería y los mosquetes de los jenízaros del Sultán. La victoria de Mohács representó un punto de inflexión. La derrota de las fuerzas húngaras dio a Solimán la oportunidad de consolidar su influencia en la región, provocando la caída del propio rey Luis II. El reino había quedado desarbolado, la capital cayó de inmediato y su territorio fue saqueado y ocupado.

Asedio de Viena (1529)

Uno de los momentos más destacados en la carrera militar de Solimán fue el asedio de Viena en 1529. Bajo el mando del sultán Solimán I, conocido como «el Magnífico», el Imperio otomano dirigió su mayor esfuerzo militar hacia el corazón de Europa central con el objetivo de tomar la capital del archiducado de Austria. La ciudad resistió durante menos de tres semanas frente a un ejército que la superaba en efectivos de forma abrumadora. El fracaso del asedio no solo detuvo el avance turco en el continente europeo, sino que marcó el inicio de una larga rivalidad entre los Habsburgo y la Sublime Puerta que se prolongaría más de siglo y medio.

Conquista de Bagdad (1534)

En 1534, Solimán lideró la conquista de Bagdad, la capital del Imperio Safávida en Persia. La captura otomana de Bagdad en 1534, que tuvo lugar durante la primera campaña de una guerra de veinte años entre el Imperio otomano y el Imperio persa (safávida del Shah Ṭahmāsp I. Tras la victoria de las fuerzas de Süleyman el Magnífico, la famosa ciudad permaneció casi ininterrumpidamente en manos otomanas hasta que fue capturada por los británicos en 1917. Esta victoria permitió al Imperio Otomano consolidar su control sobre gran parte de Mesopotamia y expandir su influencia en la región, y llegando hasta la India.

A la expansión de Solimán el Magnífico se opondrían enérgicamente España y Austria, con la ayuda de Polonia y Venecia, siendo el mayor adalid de esta defensa el emperador Carlos I de España y V de Alemania. Pero como el enemigo juramentado de éste, el rey francés Francisco I, no veía con buenos ojos el liderazgo europeo del hijo de Juana la Loca, no dudó en aliarse con el turco para reducir su poder.

La muerte de Solimán ocurrió el 7 de septiembre de 1566, durante una campaña militar en Szigetvár, actualmente parte de Hungría. A pesar de su avanzada edad, Solimán lideró personalmente el asedio de la fortaleza húngara. La muerte de Solimán el Magnífico marcó el final de una era en el Imperio Otomano.




LAS GUERRAS ITALIANAS

Las guerras italianas, también conocidas como las Grandes Guerras Italianas y las Guerras de Italia, fueron una serie de conflictos sucedidos entre 1494 y 1559 que implicaron, en distintas ocasiones, a los principales Estados de la Europa Occidental: Francia, Corona de Castilla, Corona de Aragón, Sacro Imperio Romano Germánico, Inglaterra, la República de Venecia, los Estados Pontificios y la mayoría de las ciudades-estado italianas, así como también el Imperio otomano.

El enfrentamiento entre Francia y la Casa de Habsburgo será, salvo breves períodos excepcionales, una constante durante los siglos XVI y XVII. La común política italiana, el problema de Navarra y, sobre todo, el cerco de los Estados de los Austrias en torno a Francia mantendrán viva una hostilidad que se manifestará periódicamente en conflictos abiertos en muy diversos puntos del Continente, e incluso fuera de él. Las distintas circunstancias en las que se desenvolverá esta enemistad marcarán varias etapas diferenciadas. En un primer período, el escenario de los enfrentamientos se limitará casi exclusivamente a Italia. La rivalidad a causa de intereses enfrentados en la península italiana había sido aportada a la Monarquía española por la Corona de Aragón, que, como restos de su expansión mediterránea, conservaba Cerdeña (1325) y Sicilia (1409), mientras que el Reino de Nápoles, anexionado en 1442, había pasado en 1458 a una rama bastarda de Aragón, a la muerte de Alfonso V. Por su parte, Francia reivindicaba los derechos sobre el trono napolitano de la dinastía de los Anjou, que habían reinado de 1282 a 1442. El rey francés, Carlos VIII, imbuido de ideas caballerescas y de cruzada, había iniciado los movimientos. En 1493 se había asegurado la neutralidad del emperador Maximiliano, a cambio del Artois y el Franco Condado, y de Fernando el Católico, a cambio del Rosellón y la Cerdaña.


Primera Guerra Italiana (1494-1498)

Esta guerra comenzó cuando Carlos VIII de Francia quiso reclamar el Reino de Nápoles para sí. En 1494, sus ejércitos avanzaron rápidamente por Italia y ocuparon Nápoles. Para detenerlo, se formó la Liga de Venecia en 1495. Esta liga incluía a Milán, Venecia, el Sacro Imperio Romano Germánico, España y los Estados Pontificios. Aunque la batalla de Fornovo (1495) no tuvo un ganador claro, Carlos VIII tuvo que retirar sus tropas del norte de Italia. En el sur, las tropas españolas, lide radas por el famoso Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, lograron resistir. A pesar de algunas derrotas, los españoles recibieron refuerzos y lograron expulsar a los franceses de Nápoles. La guerra terminó en 1498 con un tratado de paz.


El 6 de julio de 1495, mientras se retira de Nápoles hacia Francia, Carlos VIII es interceptado en Fornovo por la Liga Italiana. A pesar del terreno difícil y de un enfrentamiento desorganizado, el ejército francés logra romper el cerco. Aunque las pérdidas son cuantiosas en ambos bandos, los franceses mantienen la cohesión y continúan su marcha, lo que les permite llegar a Francia sin un desastre militar.

Guerra Italiana de 1499-1501

El nuevo rey de Francia, Luis XII, también quería el Ducado de Milán y el Reino de Nápoles. Para lograrlo, hizo alianzas con Venecia y el Papa Alejandro VI. En 1499, un ejército francés invadió el Ducado de Milán y lo ocupó. El duque de Milán, Ludovico Sforza, intentó recuperar su territorio con la ayuda de mercenarios, pero fue traicionado y capturado. Mientras tanto, el hijo del Papa, César Borgia, conquistó varias ciudades en la región de la Romaña.

Guerra de Nápoles (1501-1504)

Antes de atacar el sur de Italia, Luis XII de Francia hizo un acuerdo con Fernando II de Aragón (rey de España) en 1500. Decidieron dividirse el Reino de Nápoles: el sur sería para España y el norte para Francia. Las tropas españolas y francesas ocuparon sus respectivas zonas. Sin embargo, pronto surgieron desacuerdos sobre los límites. En los enfrentamientos que siguieron, las tropas del Gran Capitán derrotaron a los franceses en varias batallas importantes en 1503, como Ceriñola y Garellano. Finalmente, en 1504, Francia cedió el Reino de Nápoles a España. Nápoles permaneció bajo control español hasta 1707.

La batalla de Ceriñola es una batalla de gran importancia en la historia puesto que cambió el curso de la guerra para las fuerzas españolas, pero también marcaría el comienzo del cambio en la forma de hacer la guerra. La introducción del uso del arcabuz entre sus tropas por parte del Gran Capitán fue un elemento innovador y decisivo, que mostró que el arma de fuego marcaría un cambio radical en los ejércitos.

Guerra de la Liga de Cambrai (1508-1516)

Las rivalidades internas de los Estados italianos provocarán la guerra y la invasión extranjera. Así, el inquieto papa Julio II promovió, en 1508, la Liga de Cambrai contra Venecia, en la que participarán Francia y España, más el emperador, para detener el crecimiento de la República de Venecia. Esta liga incluía a Francia, el Papado, España y el Sacro Imperio Romano Germánico. Aunque la Liga logró una gran victoria contra Venecia en la batalla de Agnadello (1509), la alianza se rompió. El Papa Julio II se alió con Venecia y declaró la guerra a Francia. Después de más combates, Francia fue expulsada de Italia. Sin embargo, en 1512, Venecia se alió con Francia, lo que cambió el rumbo de la guerra. La paz se firmó en 1516, y las cosas volvieron a ser como antes de la guerra.



La batalla de Agnadello fue una de las más significativas batallas en la Guerra de la Liga de Cambrai, y una de las mayores batallas de las Guerras Italianas. El 15 de abril de 1509, un ejército francés al mando de Luis XII salió de Milán e invadió el territorio de la República de Venecia. Para detener el avance enemigo, los venecianos reunieron un ejército mercenario, cerca de Bérgamo, comandado por Bartolomeo d’Alviano y Niccolò di Pitigliano, ambos pertenecientes a la familia Orsini.

Guerra Italiana de 1521-1526

Cuando Carlos I de España se convirtió en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1519, su imperio se hizo enorme. Francisco I de Francia, que también quería ser emperador, comenzó una guerra contra España. Las tropas francesas intentaron tomar Nápoles, pero fueron derrotadas por los ejércitos españoles. En 1525, el propio Francisco I dirigió a sus tropas en Lombardía, pero fue derrotado y hecho prisionero en la batalla de Pavía. Esto obligó a Francia a ceder muchos territorios a España en Italia.

La batalla de Pavía se libró el 24 de febrero de 1525 entre el ejército francés al mando del rey Francisco I y las tropas germano-españolas del emperador Carlos V, con victoria de estas últimas, en las proximidades de la ciudad italiana de Pavía. La derrota francesa fue catastrófica pues, aparte de las innumerables bajas, muchos de sus mejores comandantes murieron en Pavía. Además el rey francés fue obligado a firmar el Tratado de Madrid por el que Francia renunciaba a sus dominios en disputa con España en suelo europeo. Pavía pone de manifiesto que la combinación organizada de caballería e infantería puede ser letal. Además pone de manifiesto que el Tercio ideado por Don Gonzalo Fernández de Córdoba a finales del siglo XV sería fundamental para el ejército imperial en los siglos venideros.

Guerra de la Liga de Cognac (1526-1529)

En 1526, el Clemente VII, preocupado por el gran poder de España, se alió con Francia, Venecia y otras ciudades italianas para formar la Liga de Cognac contra Carlos I de España.Las fuerzas españolas tomaron Florencia y en 1527 saquearon Roma, capturando al Papa. La guerra terminó en 1529 con la paz de Cambrai, donde Francia se retiró. Venecia también hizo la paz con España, y Florencia volvió a ser gobernada por la familia Médici.

Guerra Italiana de 1536-1538

Esta guerra comenzó cuando el duque de Milán murió y Felipe II de España (hijo de Carlos I) heredó el ducado. Francisco I de Francia invadió Saboya y tomó Turín, pero no pudo conquistar Milán. En respuesta, Carlos I de España invadió Provenza en Francia, pero decidió retirarse. La guerra terminó con la tregua de Niza, dejando Turín en manos francesas, pero sin grandes cambios en el mapa de Italia.

Guerra Italiana de 1542-1546

Francisco I de Francia, aliado con Solimán I del Imperio otomano, lanzó una última invasión de Italia. Una flota conjunta franco-otomana capturó la ciudad de Niza en 1543. Aunque los franceses ganaron la batalla de Cerisoles en 1544, no lograron avanzar en Lombardía. Carlos I de España y Enrique VIII de Inglaterra invadieron el norte de Francia. Sin embargo, la falta de coordinación y los ataques otomanos hicieron que Carlos abandonara sus conquistas, y la situación volvió a ser como antes.

En la batalla de Ceresole (Cerisoles) el ejército francés inflige una aplastante derrota a las fuerzas imperiales, utilizando una combinación eficaz de tácticas de infantería, caballería y artillería. La batalla afirma temporalmente la dominación francesa en Lombardía.

Guerra Italiana de 1551-1559

En 1547, Enrique II de Francia (sucesor de Francisco I) declaró la guerra a Carlos I de España para recuperar Italia y asegurar Francia. Al principio, Francia tuvo éxito en Lorena. Sin embargo, un intento de invasión francesa de Toscana en 1553 fracasó. Carlos I de España abdicó en 1556, dividiendo su imperio entre Felipe II de España y Fernando I. La guerra se trasladó a Flandes, donde Felipe II de España, aliado con Manuel Filiberto de Saboya, derrotó a los franceses en la batalla de San Quintín en 1557. Aunque Inglaterra se unió a la guerra y los franceses tomaron Calais, Francia se vio obligada a firmar la paz de Cateau-Cambrésis. Con este tratado, Francia renunció a sus reclamos sobre los territorios italianos.

El 10 de agosto de 1557, se libró la batalla de San Quintín, entre los ejércitos de Felipe II, a las órdenes del Duque de Saboya, y las fuerzas francesas, mandadas por el Almirante Coligni y el Mariscal Montmorency. Un ejército hispano-imperial derrotó a Francia en una de las batallas más decisivas del siglo XVI. Aquella victoria no solo cambió el rumbo de una guerra, sino que dio origen a uno de los monumentos más emblemáticos de España: el Monasterio de El Escorial.

Cuando las Guerras Italianas terminaron en 1559, España se había convertido en la potencia más importante del mundo, superando a Francia. Los estados de Italia, que antes habían sido muy poderosos, vieron reducido su poder político y militar. Algunos incluso desaparecieron. Aunque las guerras de Italia de comienzos de siglo no den solución a unos problemas que permanecerán casi en el mismo punto por varios decenios, sí supondrán un cambio en las relaciones internacionales europeas. Por un lado, modificaron la diplomacia, a través de los innumerables acuerdos realizados entre los diversos Estados contendientes, haciendo necesaria la representación diplomática permanente. Por otro, se produjeron cambios decisivos en el arte bélico: la infantería sustituyó a la caballería como pieza esencial del ejército y las armas de fuego revolucionaron la estrategia y los sistemas de enfrentamiento, mientras que los mayores costos en armamento requerirán en adelante mayores inversiones, sólo permitidas a los grandes Estados, dejando de ser competitivos los ejércitos nobiliarios e incluso los de los pequeños Estados, que, como los italianos, cada vez tendrán menos protagonismo en la arena internacional.





LA CONQUISTA DE MÉXICO

La conquista de México es el gran suceso mediante el que la corona española sometió al Imperio mexica y se hizo con el control de sus territorios en las primeras décadas del siglo XVI en el marco de la conquista de América. Este enfrentamiento bélico se prolongó desde 1519 a 1521, cuando los españoles conquistaron la capital de los mexicas: Tenochtitlan. La Conquista de México (1519-1521) fue uno de los eventos más extraordinarios de la historia universal: el derrumbe de una de las civilizaciones más sofisticadas de Mesoamérica ante una expedición española de menos de 1.000 hombres en el transcurso de apenas tres años.


El imperio Azteca, en el momento del contacto europeo, era la potencia política y militar dominante de Mesoamérica: gobernaba aproximadamente 400 ciudades-estado tributarias, tenía una capital (Tenochtitlán) de entre 200.000 y 600.000 habitantes (una de las ciudades más grandes del mundo en 1519), controlaba un territorio que se extendía desde lo que es ahora el norte de México hasta América Central, mantenía un ejército extraordinariamente capaz de decenas de miles de guerreros de élite y operaba un sistema administrativo y tributario sofisticado que permitía extraer riqueza de cientos de poblaciones subordinadas. El imperio de los mexicas había basado su prosperidad económica en tres pilares: la agricultura, los tributos pagados por los pueblos sometidos y el comercio.

Procedente de una familia de hidalgos de Extremadura, Hernán Cortés estudió brevemente en la Universidad de Salamanca. En 1504 pasó a las Indias, recién descubiertas por Cristóbal Colón, y se estableció como escribano y terrateniente en La Española (Santo Domingo). En 1511 participó en la expedición a Cuba como secretario del gobernador Diego Velázquez de Cuéllar, con quien emparentó al casarse con su cuñada; Velázquez le nombró alcalde de la nueva ciudad de Santiago. En 1518 Diego Velázquez puso a Hernán Cortés al mando de una expedición a Yucatán.


La conquista fue proceso de tres fases: primero la marcha inicial desde la costa hacia Tenochtitlán (1519) con la alianza de Tlaxcala. Segundo, el establecimiento del control español sobre la ciudad mediante la captura del emperador Moctezuma (noviembre 1519-junio 1520). Y tercero, el asedio y destrucción total de Tenochtitlán tras el levantamiento indígena (mayo-agosto 1521). Cortés, con el instinto estratégico de un conquistador experimentado, comprendió que la única manera de conquistar un imperio de millones era fragmentar su estructura política mediante alianzas astutas, captura de su liderazgo y manipulación de tensiones internas. Cortés y sus hombres contaron con la ayuda de varios pueblos de la zona, deseosos de librarse del dominio mexica, en su marcha hacia Tenochtitlán. Estas alianzas, junto con la superioridad armamentística, permitió a los españoles salir victoriosos.


La expedición de conquista partió de Cuba, al mando de Hernán Cortés, el 10 de febrero de 1519. Expediciones realizadas en años anteriores habían confirmado la existencia de un imperio confederado dominado por los aztecas, así como la existencia de enormes riquezas en metales preciosos.

La expedición se componía de 11 barcos. En abril de 1519, llegó a las costas del Golfo de México donde, el 22 de ese mes, fundó la ciudad de Villa Rica de la Veracruz. Allí permaneció 4 meses durante los cuales Cortés rompió relaciones con Diego Velázquez, gobernador de Cuba y envió un barco a España con el objetivo de obtener los documentos que le permitieran legalizar su situación. Además, tomó contacto con indígenas enemistados con los aztecas y los sumó a sus tropas. En agosto, inició la marcha hacia Tenochtitlán, la capital del imperio azteca.

En noviembre de ese año el emperador Moctezuma recibió a los españoles en Tenochtitlán, pero fue tomado prisionero. Si bien Cortés logró entrar en la capital, su intransigencia con las cuestiones religiosas lo enemistó con los sacerdotes aztecas. El 20 de junio de 1520, un levantamiento popular obligó a los españoles a huir de la ciudad. Se conoce ese episodio como «la noche triste».

Después de la derrota de "La Noche Triste", los restos del ejército de Hernán Cortés se dirigieron a las alturas del valle de Otumba. Allí, Cortés dispuso sus fuerzas con gran acierto ante el inminente ataque de los indios. El 7 de julio de 1520 Hernán Cortés se lanzó personalmente al galope sobre el jefe azteca, que portaba la enseña imperial.  Al ver los indios el estandarte en manos del conquistador español, se dieron a la fuga. La batalla de Otumba supuso la más increíble victoria obtenida por los españoles en América.

Cortés logró reunir a sus tropas y reorganizarlas gracias a la alianza con los tlaxcaltecas, vecinos y feroces enemigos de los aztecas. Con ese apoyo y refuerzos españoles, en diciembre de ese año inició el sitio a la ciudad de Tenochtitlán tanto por tierra como por agua ya que la ciudad estaba ubicada en una laguna.

El 12 de agosto de 1521, agotados por hambre y enfermedades, los aztecas rindieron la ciudad a Cortés. De ese modo, el imperio cayó en manos de los conquistadores españoles.


Las diferencias de poderío tecnológico y táctico entre las tropas de los conquistadores españoles y los ejércitos mexicanos. Los españoles contaban con armas de fuego y caballos mientras que los americanos empleaban tácticas y armas que resultaban ineficaces contra los europeos.

El sometimiento de las poblaciones de la región por parte del Imperio azteca. Estas poblaciones vieron en la alianza con los españoles la posibilidad de vencer a su enemigo y participaron junto a ellos de la conquista del Imperio azteca.

Las creencias de los pueblos americanos. Narraciones mitológicas afirmaban que la llegada de hombres rubios (encarnaciones de Quetzalcoatl) marcaría el fin de una era.

La conquista resultó en aproximadamente 125.000 a 400.000 muertes (las estimaciones varían enormemente), la destrucción completa de la capital, la eliminación de la élite política Azteca y la transformación radical de la estructura social mesoamericana mediante la institución de la encomienda, la conversión forzada al cristianismo y la explotación sistemática de la población indígena bajo dominio colonial español.


martes, 13 de octubre de 2026

GUERRAS EN LA HISTORIA: EDAD MEDIA

 




LA GUERRA VÁNDALA

La Guerra Vándala fue un conflicto librado en el norte de África (principalmente en el actual Túnez) entre las fuerzas del Imperio Romano de Oriente («Bizantino») y el reino vándalo de Cartago, del año 533 al 534. Fue la primera de las guerras de reconquista de los territorios perdidos por el Imperio Romano de Occidente emprendidas por Justiniano I.


El emperador romano de Oriente Justiniano tomó esta situación como un pretexto para interferir en los asuntos vándalos, y después de asegurar la frontera oriental con la Persia sasánida en 532, comenzó a preparar una expedición al mando del general Belisario.

La fuerza expedicionaria romana zarpó de Constantinopla a finales de junio de 533, y después de un viaje por mar en las costas de Grecia y el sur de Italia, desembarcó en la costa africana en Caput Vada a principios de septiembre, dejando completamente sorprendido a Gelimer. El rey vándalo reunió a sus fuerzas y se encontró con el ejército romano en la batalla de Ad Decimum, cerca de Cartago, el 13 de septiembre. Belisario fue capaz de obligar al ejército vándalo a declarar retirada y consiguió ocupar Cartago. En diciembre, Gelimer avanzó hacia Cartago y se enfrentó con los romanos en la batalla de Tricamerón. La batalla resultó en una victoria romana y la muerte de Tzazon. Gelimer huyó a una remota fortaleza de montaña, la cual fue bloqueada hasta su rendición en marzo. Estas batallas marcan el fin de la guerra vándala y del reino vándalo; y el inicio de la Recuperatio Imperii del Emperador Justiniano.

La Recuperatio Imperii o Renovatio imperii Romanorum es el nombre que recibe la campaña de reconquista ideada por el emperador romano de Oriente, Justiniano I, con el fin de recuperar los territorios que anteriormente formaban parte del Imperio romano y que a su llegada al poder se encontraban bajo el poder de los bárbaros.


 


LA GUERRA GOTICA

La guerra gótica entre el Imperio romano de Oriente (o Imperio bizantino) durante el reinado del emperador Justiniano I y el reino ostrogodo de Italia tuvo lugar desde el 535 hasta el 554 en la península itálica, Dalmacia, Cerdeña, Sicilia y Córcega. Fue una de las últimas de las numerosas guerras entre godos y el Imperio romano. La guerra tuvo sus raíces en la ambición del emperador oriental Justiniano I en recuperar las provincias perdidas del antiguo Imperio romano de Occidente, que los romanos habían perdido el siglo anterior a causa de las invasiones bárbaras.


La guerra siguió a la reconquista oriental de la provincia de África de manos de los vándalos. Los historiadores comúnmente dividen la guerra en dos fases: La primera del 535 hasta 540, terminando con la caída de la capital ostrogoda Ravena y con la aparente reconquista de Italia por parte de los bizantinos. La segunda fase, desde 540 o 541 hasta 553, se centró un resurgimiento gótico bajo Totila, suprimido solo después de una larga lucha por el general bizantino Narsés, quien también repelió una invasión franca y alamana en 554.

La batalla de Tagina, también conocida como de Taginae o Busta Gallorum, ocurrió el 1 de julio de 552 en la localidad italiana de Taginae ubicada en Gualdo Tadino cerca de Gubbio. En ella se enfrentaron las tropas del Imperio romano de Oriente bajo el mando del general Narsés y las tropas del reino ostrogodo bajo el mando de su rey Totila. La batalla finalizó con el triunfo de Narsés y terminó con el reinado de los ostrogodos en Italia.

La batalla de Casilino o batalla del Volturno tuvo lugar en el año 554 junto al río Bolturno en Campania entre las tropas bizantinas al mando del general Narsés y un ejército germano al mando de Bucçlin. La batalla terminó con la victoria de las tropas bizantinas y la retirada de los germanos más allá de los Alpes.

En el 554, Justiniano promulgó la Pragmática sanción que prescribió el nuevo gobierno de Italia. Varias ciudades en el norte de Italia resistieron contra los bizantinos hasta el año 562. Para el final de la guerra, Italia había quedado devastada y despoblada. Es vista como una victoria pírrica para los bizantinos, quienes se vieron incapaces de resistir una invasión lombarda en el 568, que supuso que Constantinopla perdiera de manera definitiva el control de gran parte de la península itálica.



LA CONQUISTA OMEYA DE HISPANIA

Se conoce como conquista omeya de Hispania, conquista musulmana de Hispania o etapa musulmana inicial de la península ibérica al complejo proceso político y militar que a principios del siglo VIII explica la formación y consolidación de al-Ándalus, así como la génesis de los principales reinos cristianos medievales peninsulares. La conquista omeya de Hispania derrocó la mayor parte del dominio visigodo en Iberia. Estableció al-Ándalus y creó una frontera que moldeó la guerra ibérica durante siglos.

Tres décadas después de la muerte Mahoma, un clan árabe asentado en Siria logró hacerse con el mando supremo del islam. Con el Califato omeya alcanzó el Imperio su más veloz expansión. Los omeyas continuaron las conquistas musulmanas, incorporando la Transoxiana, el Sind, el Magreb y la península ibérica (Al-Ándalus) bajo el dominio islámico. El califato omeya gobernaba una vasta población multiétnica y multicultural. Los cristianos, que aún constituían la mayoría de la población del califato, y los judíos podían practicar su propia religión, pero debían pagar un impuesto por cabeza (la jizya) del que estaban exentos los musulmanes. La expansión del islam es uno de los fenómenos más asombrosos de la historia. En apenas diez años, tribus nómadas de Arabia seguidoras de la doctrina de Muhammad (Mahoma) arrebataron al Im­perio bizantino sus posesiones en la franja sirio-palestina y en Egipto, mientras que su triunfo sobre el Imperio persa les reportó las tierras de Irán e Irak.

El Califato omeya tenía planes de conquista para Hispania desde hacía tiempo, tras la inicial conquista del actual Marruecos por Uqba ibn Nafi al final de 670. De hecho, consta que en el año 687, bajo el reinado de Ervigio, los musulmanes realizaron una primera incursión contra las costas levantinas. Musa ibn Nusayr, gobernador de Ifriqiya, dependiente del walí de Egipto, ordenó a su lugarteniente, Táriq ibn Ziyad, que iniciase la conquista. Táriq era bereber, ligado por una relación de clientela con una tribu musulmana, y liberto de Musa.

En 711, el ejército de bereberes procedentes del norte de África bajo el mando de Tariq ibn Ziyad cruzó el estrecho de Gibraltar y desembarcaron en la bahía de Gibraltar, tras lo que ordenó, según cuenta la leyenda, quemar todas las naves y realizó una proclama a la tropa.


Entre el 19 y el 26 de julio del año 711 se libró la batalla de Guadalete, en algún punto del curso bajo del río Guadalete o sus inmediaciones, enfrentó al ejército del rey visigodo Rodrigo con las fuerzas islámicas de Táriq ibn Ziyad y decidió, en apenas una semana, el destino de toda la Península Ibérica durante los siguientes ocho siglos. La derrota y probable muerte de Rodrigo provocó el hundimiento del Reino Visigodo de Toledo y abrió la puerta a la conquista islámica más rápida de la historia: en solo tres años (711-714), prácticamente toda Hispania pasó a manos musulmanas, naciendo Al-Ándalus. Toledo, capital de la Hispania Visigoda, es conquistada por los árabes, que la llamarán Tulaytula. Musa ibn Nusair, gobernador del norte de África, conquista Mérida tras 16 meses de asedio, en 713.

El 5 de abril del año 713, Abd al-Aziz ibn Musa, hijo de Musa ibn Nusair, y el potentado visigodo Teodomiro, firman el Pacto de Teodomiro, por el que a éste se le permite el gobierno del sureste peninsular, a cambio de su sumisión.

Hacia el 718 la península ibérica, salvo las zonas montañosas del norte habitadas por vascones, galaicos, cántabros y astures, estaba en manos del Califato Omeya. Desde 716 la Península fue dirigida desde Qurtuba, Córdoba, por un gobernador (wali) nombrado por el califa de Damasco.

Don Pelayo, noble visigodo, funda el Reino de Asturias, encabeza la resistencia cristiana y derrota a los musulmanes en la Batalla de Covadonga hacia 722, esto se considera el inicio de la Reconquista. Su valor simbólico y político es enorme: la victoria permitió a Pelayo proclamarse rey de un pequeño territorio astur y establecer el núcleo del que, generación tras generación, crecería el reino de Asturias y luego León, Castilla y todos los reinos cristianos medievales.

La invasión omeya de la Galia fue el último episodio de la conquista de al-Ándalus, cuando el valí de Hispania, Al-Samh ibn Malik al-Khawlani, quiso anexarse a la remanente Septimania visigoda en el año 719. El ejército musulmán siguió su avance victorioso hacia el norte, hasta que Abd-ar-Rahman al-Ghafiqi fue derrotado y muerto en el camino entre Poitiers y Tours por el duque Odón y Carlos Martel, en 732, durante la batalla de Poitiers, y los supervivientes se retiraron en desorden hacia Narbona, que quedó, junto con toda la Septimania, como el único reducto musulmán al norte de los Pirineos. A esta batalla se le atribuye la parada del avance musulmán en Europa occidental.




LAS INVASIONES VIKINGAS

Durante la Baja Edad Media, la civilización vikinga lanzó una serie de invasiones que marcaron la inestable arquitectura militar y política de Europa. Provenientes de las frías tierras de Noruega, Dinamarca y Suecia, los vikingos combinaban agricultura, pesca y comercio de productos como trigo, pescado, metales, madera y, en algunos casos, esclavos. Las incursiones vikingas se extendieron simultáneamente por varios territorios. Irlanda fue uno de los objetivos más frecuentes, gracias a su proximidad y a los vientos favorables. Mientras los vikingos noruegos y daneses atacaban partes de España y Francia, los suecos se adentraban en Polonia, Letonia, Lituania y la Rus de Kiev.

Su sistema de invasión era novedoso: no se desplazaban con toda tribu como los otros germanos, sino que constituían formidables bandas y al llegar la primavera se acercaban a las costas a bordo de sus veloces naves y penetraban por los ríos hasta el corazón de los pueblos robando e incendiando las poblaciones. Luego, en otoño, regresaban sus guaridas del norte. Más tarde, cuando decidieron asentarse establecieron en lugares estratégicos de la costa, y cada verano repetian sus terribles incursiones. Toda Europa soportó sus ataques durante más de 200 años, y todas las grandes ciudades, como París, Lisboa, Londres, Hamburgo y Sevilla fueron saqueadas o incendiadas por estos forajidos.


Las incursiones (víkingr) eran solo una faceta de los pueblos escandinavos. Los mismos hombres que saqueaban iglesias en primavera comerciaban pieles en Bizancio en otoño y cultivaban sus granjas en invierno. La guerra y el comercio eran dos caras de la misma moneda nórdica. Lejos de ser una mera afición por la guerra, la expansión vikinga respondió probablemente al crecimiento demográfico en tierras poco fértiles. Contrario a la imagen xenofóbica que se suele asociar, los vikingos mantenían intensas redes comerciales con diversas culturas.

La era vikinga (c. 793-1066 d.C.) fue un período de expansión extraordinaria que llevó a los escandinavos desde sus costas a Terranova al oeste, Constantinopla al sur y los ríos rusos al este. Pero como toda era, tuvo su fin. Las dos batallas que marcaron el comienzo del ocaso vikingo —Stamford Bridge y Clontarf— son momentos de una dramatismo extraordinario y una importancia histórica que va mucho más allá de lo militar. Son el epílogo de dos siglos de dominación vikinga en Irlanda y en Inglaterra.


Los vikingos noruegos comenzaron sus incursiones en la década de 790, atacando las costas de Inglaterra, Irlanda y Escocia. Los guerreros solían aparecer de repente, en pequeños grupos de barcos, saltando a tierra con sus lanzas, espadas y hachas. Saqueaban poblados, iglesias y monasterios para, seguidamente, tan deprisa como habían venido, hacerse de nuevo a la mar. El 8 de junio del año 793, el monasterio inglés de Lindisfarne —la joya espiritual del cristianismo anglosajón, en una isla mareal del Mar del Norte— fue atacado por sorpresa por una flota de drakkars vikingos. Los monjes fueron asesinados o esclavizados, las reliquias robadas, las arcas saqueadas, los manuscritos destruidos. Lindisfarne abrió la Era Vikinga (793-1066), tres siglos durante los cuales una pequeña población escandinava —apenas dos millones de habitantes en total— aterrorizó, comerció con y, finalmente, gobernó parte de Europa, África del Norte y el Mediterráneo, llegando hasta Bagdad por el este y Terranova por el oeste.


Tras Lindisfarne (793 d.C.), las incursiones se extendieron por toda Europa. Los vikingos remontaron el Sena y sitiaron París en 845 d.C. — el rey franco Carlos el Calvo pagó 7.000 libras de plata para que se marcharan, el mayor rescate de la historia medieval hasta entonces. En 911, el caudillo vikingo Rollón negoció con el rey franco la cesión de Normandía a cambio de defender la costa de otros vikingos. Sus descendientes normandos conquistarían Inglaterra en 1066 y el sur de Italia en el siglo XI.

La llegada de los vikingos a Al-Ándalus se produciría en el año 844. La primera mención específica de la presencia de los vikingos en la península ibérica sitúa su llegada en el año 844, cuando los historiadores árabes citan que hormigueaban sus navíos en las costas como «pájaros marinos rojinegros». Desembarcaron cerca de Gijón realizado ese año por vikingos que habían llegado en 54 naves y que subieron después por la cercana ría de Arosa. Más tarde, Ramiro I de Asturias los venció en La Coruña. De allí, la flota atacó las ciudades de Lisboa, Cádiz y Sevilla, todas ellas bajo el control de los omeyas del Emirato de Córdoba. En el 858, tras saquear Algeciras, Orihuela y las islas Baleares, establecieron una base invernal en la Camarga, al sur de Francia, desde donde saquearon Arlés y Nimes y subieron por el río Ebro, y sus afluentes, para atacar a Pamplona, cogiendo prisionero al Rey García I Íñiguez (859), al que liberaron tras el pago de un importante rescate.


En el otoño del año 865, una inmensa flota vikinga —la mayor que había visto Inglaterra hasta ese momento— tocó tierra en la costa de Estanglia. A diferencia de las incursiones rápidas de décadas anteriores, esta no era una partida de saqueo: era un ejército permanente dispuesto a conquistar. En menos de doce años, los vikingos y sus aliados derribarían los reinos de Estanglia, Nortumbria y Mercia, dejando solo a Wessex como último bastión de la Inglaterra anglosajona. De aquel choque nacería el Danelaw, un territorio bajo ley vikinga que marcó profundamente la lengua, la toponimia y la cultura de la isla durante siglos.

Alrededor del año 1000, los vikingos llegaron a la costa este de Canadá, estableciendo breves asentamientos. Sin embargo, las dificultades para colonizar y los enfrentamientos con los pueblos nativos provocaron el colapso de esa empresa, aunque anticipó el viaje de Cristóbal Colón por cinco siglos.

En el siglo XI la expansión comenzó a menguar. Derrotas militares y la expansión del cristianismo redujeron la capacidad de reclutar nuevas tropas. A pesar de su desaparición, las tradiciones y leyendas vikingas siguen presentes en numerosos rasgos de la cultura europea contemporánea.





LAS CAMPAÑAS DE CARLOMAGNO

Carlomagno (c. 742-814) fue un monarca fundador de la dinastía carolingia, rey de los francos desde el 768, que luego obtuvo el título en las tierras lombardas en el 774 y, finalmente, consiguió coronarse como emperador de Occidente catorce años antes de su muerte. La extensión geográfica del reino de Carlomagno correspondía a la totalidad de lo que hoy son Francia, Suiza, Austria, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, y la mayor parte de Alemania, Italia, Hungría, la República Checa, Eslovaquia y Croacia.

Bajo el reinado de Carlomagno, el Imperio Carolingio libró numerosas campañas militares que expandieron significativamente el territorio franco. Estas guerras incluyeron la conquista del Reino Lombardo en Italia, campañas contra los sajones en Germania, y la establecimiento de la Marca Hispánica frente a los musulmanes en la Península Ibérica.


Estos conflictos medievales tempranos sentaron las bases del feudalismo europeo y consolidaron el poder carolingio. La coronación de Carlomagno como emperador en el año 800 revitalizó la noción de Imperio Romano en Occidente. Sus conquistas facilitaron el Renacimiento Carolingio, un florecimiento cultural que preservó el conocimiento clásico durante la Alta Edad Media.

Era hijo de Pipino el Breve y fue coronado tras la muerte de su padre junto con su hermano Carlomán I. La temprana muerte de Carlomán evitó una guerra intestina, pues entre ambos existían desavenencias importantes. Carlomagno, que tenía entre 20 y 26 años, recibió autoridad sobre Neustria, el norte de Austrasia, y el oeste de Aquitania, es decir, la parte externa del imperio. Mientras tanto, Carlomán, de 17 años, obtuvo el sur de Austrasia, Septimania, el este de Aquitania, Borgoña, Provenza y Suabia. Asumió el rol de protector de Roma, adquirido por su padre, y su cercana amistad con la Iglesia y sus representantes fue parte fundamental de su gobierno.

Entre 772 y 804, Carlomagno realizó una serie de campañas que transformaron el mapa político. Contra los sajones en el norte (guerras que duraron 32 años), sometió un pueblo germánico resistente. En Italia, incorporó el reino lombardo. Hacia el este, sus ejércitos conquistaron territorios bávaros y avaros que extendieron el imperio hasta el Danubio. En el suroeste, estableció la Marca Hispánica como zona defensiva contra los musulmanes de España.


Conquista del reino lombardo. En el 772 recibió un pedido de ayuda del papa Adriano I, quien era atacado por el rey lombardo Desiderio. A mediados del 773, Carlomagno atravesó los Alpes y puso sitio a Pavía, en la que vivían el rey y su corte. Como sus francos no lograban tomar la ciudad, reunió a un grupo de jinetes y marchó hacia el sur, apoderándose de Verona y llegando hasta Roma, donde selló una alianza con Adriano I. Luego regresó a Pavia, que se rindió al poco tiempo batida por el hambre y las fiebres. Después de recluir a Desiderio en un monasterio, se proclamó rey de los lombardos.

Sometimiento de los sajones: en el 775 emprendió una campaña para someter a los sajones, un pueblo pagano que vivía entre el Rin y el Elba. Las tropas francas, acompañadas de sacerdotes, avanzaron sobre territorio enemigo quemando aldeas, levantando iglesias y tomando prisioneros para convertirlos al cristianismo. La resistencia fue tan dura, que Carlomagno debió dirigir personalmente las operaciones. Los sajones finalmente aceptaron someterse en el 785, tras el bautismo de su líder Widukindo, que abandonó el paganismo y adoptó la fe y los sacramentos cristianos.

Invasión de la península ibérica: en el 778 atacó el Emirato de Córdoba, que estaba envuelto en una guerra civil entre los Abasidas y los Omeyas. Sus huestes atravesaron los Pirineos y avanzaron hacia el suroeste hasta llegar a Zaragoza, que se negó a rendirse. A pesar de que los francos sitiaron la ciudad durante un largo tiempo, sus habitantes no capitularon. Ordenó entonces la retirada, habiendo adelantado las fronteras hasta el río Ebro. Pero al regresar por los Pirineos, la retaguardia de su ejército fue aniquilada por los vascones. Poco después, los musulmanes cruzaron el Ebro y se dispusieron a atacar Aquitania. Carlomagno, que necesitaba concentrar todas sus fuerzas en el frente sajón, debió pactar una tregua por diez años.

Sometimiento de los bávaros: Baviera era formalmente parte del reino de los francos pero estaba gobernada por un primo de Carlomagno, Tasilón, que tenía un comportamiento muy independiente. Para someter a los bávaros, en el 786 exigió a Tasilón que se presentase ante la asamblea nacional para responder acusaciones de traición y deslealtad. Ante esta requisitoria, Tasilón solicitó la mediación del papa Adriano, que conminó al duque de Baviera a prestar juramento de fidelidad al rey de los francos. Contando con esta bendición, Carlomagno invadió Baviera con varios ejércitos, por lo que Tasilón decidió someterse y le entregó su cetro de oro.

Conquista del reino de los ávaros: en el 788 los ávaros, provenientes de las llanuras de Panonia, en la actual Hungría, cruzaron los Alpes y atacaron las ciudades del norte de Italia. Luego de la sorpresa inicial, las tropas de los condes locales lograron rechazar a los invasores. Harto de este tipo de incursiones, en el 790 Carlomagno organizó una campaña para vencerlos definitivamente. Pero la victoria no fue inmediata. Recién en el 796 sus fuerzas lograron derrotar a los ávaros y llegar hasta su campamento fortificado, donde lograron capturar un inmenso tesoro.

En 799 el papa León III fue atacado por los romanos, situación que lo motivó a buscar refugio a la corte de Carlomagno, quien había demostrado previamente su compromiso con la Iglesia católica. El pontífice solicitó la protección y asistencia de Carlomagno y este decidió brindarla en noviembre del 800. Se dirigió con su ejército a Roma, donde León se declaró inocente de las acusaciones hechas en su contra por sus oponentes. El día de Navidad del año 800 el papa León III coronó a Carlomagno emperador de Occidente. La Iglesia católica se volvió sumamente poderosa, pues Carlomagno colocó en lugares privilegiados dentro de la política imperial a sus representantes. Al emperador se le conoció como el Pater Europeae, es decir, el padre de Europa, por ser quien logró unir nuevamente a sus naciones.




LA RECONQUISTA ESPAÑOLA

La Reconquista española fue un largo proceso que ocurrió en la Península Ibérica durante la Edad Media, desde el siglo VIII hasta el siglo XV. Durante este período, los reinos cristianos del norte de España lucharon para expulsar a los musulmanes y recuperar el territorio que había sido conquistado por los árabes en el año 711. Este proceso de reconquista tuvo un gran impacto en la historia de España, ya que no solo contribuyó a la formación de la identidad nacional, sino que también influyó en el desarrollo político, social y cultural del país.

Durante este periodo, los cristianos lucharon para recuperar sus tierras y su religión, lo que llevó a la formación de un reino cristiano unificado en España y al surgimiento de la cultura y la identidad españolas. Tradicionalmente, se considera que comenzó con la resistencia encabezada por Don Pelayo en Asturias y que terminó en 1492 con la conquista de Granada por los Reyes Católicos.

El proceso de la Reconquista comenzó en el siglo VIII, cuando los musulmanes invadieron y ocuparon gran parte del territorio ibérico. Los musulmanes gobernaron la península durante varios siglos, estableciendo un régimen de tolerancia religiosa y cultural que permitió la convivencia de musulmanes, judíos y cristianos en un mismo territorio. Sin embargo, a partir del siglo XI, los reinos cristianos del norte de España comenzaron a lanzar ataques para recuperar su territorio y difundir su religión. El avance de la Reconquista fue lento y difícil. Durante siglos, los reinos cristianos lucharon contra los musulmanes, ganando y perdiendo territorio en varias ocasiones. La Reconquista también estuvo marcada por enfrentamientos entre los reyes cristianos, que a menudo se peleaban por el poder y los territorios conquistados.


Primera etapa: resistencia cristiana (siglos VIII–X)

Tras la conquista musulmana, pequeños núcleos cristianos resistieron en las montañas del norte. La tradición histórica suele situar el comienzo de la Reconquista en la batalla de Covadonga, fechada habitualmente en el año 722. El caudillo cristiano es Don Pelayo, un noble de origen visigodo que organizó la resistencia en las montañas asturianas frente a una expedición musulmana. A partir de entonces surgieron los primeros reinos cristianos como el Reino de Asturias, que posteriormente daría origen a otros reinos importantes como León, Navarra y Castilla. Durante esta etapa el avance fue lento y se centró en consolidar territorios en el norte.

Segunda etapa: expansión de los reinos cristianos (siglos XI–XII)

Con el debilitamiento de Al‑Ándalus, los reinos cristianos comenzaron a avanzar con mayor rapidez hacia el sur. Un momento clave fue la conquista de Toledo en 1085, lo que marcó un importante avance territorial y político. La conquista de Toledo a manos del reino de León fue un hecho que se produjo el 6 de mayo de 1085 bajo el gobierno de Alfonso VI, que desalojó de manera definitiva a las fuerzas musulmanas de Al-Qádir, emir de la Taifa de Toledo. Después de la conquista de esta Taifa, León pasó a ser más poderoso y dio pie a la inversión de fuerzas entre cristianos y musulmanes en la península ibérica. Durante estos siglos también se consolidaron otros reinos cristianos como Aragón y Portugal, que participaron activamente en la expansión hacia territorios musulmanes.

3. Tercera etapa: grandes victorias cristianas (siglo XIII)

El siglo XIII representó uno de los momentos decisivos de la Reconquista. La batalla de las Navas de Tolosa, librada el 16 de julio de 1212 en los campos al norte de Despeñaperros (Jaén), fue la batalla más decisiva de toda la Reconquista y uno de los enfrentamientos más importantes de la historia militar medieval europea. Un ejército de coalición cristiana formado por los reinos de Castilla, Aragón y Navarra, reforzado por voluntarios cruzados de toda Europa, derrotó aplastantemente al ejército almohade del califa Muhammad al-Nasir (conocido por los cristianos como “Miramamolín”), poniendo fin a la hegemonía militar musulmana en la Península y abriendo el camino a las grandes conquistas del siglo XIII: Córdoba (1236), Valencia (1238), Sevilla (1248) y la reducción de Al-Ándalus al pequeño emirato nazarí de Granada. Después de la batalla, las fronteras musulmanas quedaron más expuestas. Castilla avanzó hacia el valle del Guadalquivir y Aragón amplió sus dominios hacia el Levante y el Mediterráneo. La capacidad defensiva de las ciudades musulmanas disminuyó, aunque muchas resistieron durante años y algunas alcanzaron acuerdos de capitulación.

A partir de entonces, el Reino de Castilla se convirtió en la principal potencia cristiana, conquistando importantes ciudades como Córdoba, Sevilla y Murcia. Esto redujo el poder musulmán prácticamente al Reino nazarí de Granada.

4. Etapa final: la conquista de Granada (siglo XV)

Durante los siglos XIV y XV, el único territorio musulmán que permanecía en la península era el Reino de Granada. La Conquista de Granada (1482-1492) fue la campaña militar en la que los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, pusieron fin al emirato nazarí de Granada, el último reino musulmán de la Península Ibérica, tras casi ocho siglos de presencia islámica en Al-Ándalus. En 1492, tras varios años de guerra, se produjo la Toma de Granada, poniendo fin a casi ocho siglos de presencia política musulmana en la península ibérica.

El 2 de enero de 1492, frente a las murallas blancas de la Alhambra, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón recibieron las llaves de Granada. Aquella entrega, fruto de diez años de campaña y de una política de Estado paciente y calculada, cerraba la Reconquista y abría una nueva era para España y para Europa. La rendición de Boabdil culminaba un proceso en el que los Reyes Católicos combinaron diplomacia, finanzas, artillería moderna y una visión unitaria que trascendía el campo de batalla. Granada fue una victoria militar, pero sobre todo fue un triunfo de gobierno.




LA CONQUISTA NORMANDA DE INGLATERRA

La Conquista Normanda de Inglaterra, liderada por Guillermo el Conquistador se llevó a cabo entre 1066 y 1071. La conquista condujo a la muerte del rey Haroldo II en la Batalla de Hastings y a la sustitución de la nobleza anglosajona ya que Guillermo repartió las tierras a sus compatriotas normandos. La coronación de Guillermo I (reinado 1066-1087) ocurrió el día de Navidad. Le tomaría cinco años al nuevo régimen tener por completo el control, derrotando diversas invasiones y rebeliones, pero una vez que se estableció registró profundos cambios en todas las áreas de la sociedad.


La conquista normanda de Inglaterra ha sido tradicionalmente vista como un punto de inflexión radical en la historia de Inglaterra. La imagen predominante es la de una transformación completa en el estado, la gobernanza, las estructuras económicas y sociales, entre otros aspectos. Sin embargo, un análisis más detenido revela que los cambios resultantes de esta conquista no fueron tan revolucionarios como se podría suponer inicialmente.

Hijo natural del duque Roberto I de Normandía, llamado el Diablo, Guillermo fue reconocido como heredero por su padre antes de partir hacia Tierra Santa, donde encontró la muerte (1035). En 1066, la muerte sin herederos del rey Eduardo I de Inglaterra, llamado el Confesor, proporcionó a Guillermo la oportunidad de optar al trono inglés, ya que el difunto monarca le había nombrado sucesor años antes (1051). A pesar de esta designación, una rápida maniobra permitió al conde Harold de Essex (cuñado de Eduardo el Confesor) coronarse rey con el nombre de Harold II.

En defensa de sus derechos sucesorios, Guillermo se apresuró a reunir un gran ejército para conquistar Inglaterra, no sin antes conseguir la bendición papal y asegurarse la neutralidad del emperador germánico Enrique IV. Tras desembarcar en Pevensey, el entonces duque de Normandía se enfrentó en batalla a su rival Harold II el 14 de octubre de 1066, enmHastings. Guillermo tuvo bastante suerte con la invasión de Inglaterra porque su enemigo Haroldo II se vio obligado a enfrentarse a otra invasión tan solo unas pocas semanas antes de la llegada del Conquistador, liderada por Harald Hardrada, rey de Noruega (que reinó de 1046-1066). Haroldo expulsó a Harald en la batalla del puente de Stamford cerca de York el 25 de septiembre de 1066 y después se dirigió al sur a enfrentarse al ejército de Guillermo, que contaba con 5-8.000 hombres, incluidos 1-2.000 de caballería. Los dos ejércitos, probablemente de un tamaño similar, se enfrentaron en Hastings el 14 de octubre. Con arqueros y caballería frente a la infantería anglosajona, Guillermo salió victorioso y Haroldo murió. Cuando los refuerzos llegaron desde Normandía, Guillermo marchó hacia Londres, tomando primero tales fortalezas como Romney, Dover, Winchester y Canterbury. Muchos de los nobles anglosajones y el arzobispo de Canterbury le juraron lealtad al nuevo rey, que fue coronado el día de Navidad de 1066 en la Abadía de Westminster.

La implantación de la nueva dinastía real inglesa integró al país en el Occidente europeo, dado que su monarca era vasallo del rey de Francia; provocó además la sustitución de los funcionarios sajones por normandos, e introdujo un sistema feudal férreamente controlado por la autoridad real, lo que convirtió a Inglaterra en el Estado mejor organizado de Europa. Aunque esto implicó un cambio en la composición de los altos cargos, no se produjeron modificaciones sustanciales en la forma de gobierno o en las leyes aplicables. Los normandos optaron por mantener los esquemas políticos anglosajones existentes, que seguían siendo válidos tras la conquista.





LAS CRUZADAS

Las Cruzadas fueron una serie de campañas militares llevadas a cabo por cristianos de Europa occidental, especialmente de Francia, el Sacro Imperio Romano Germánico e Inglaterra, bajo el impulso de la máxima autoridad de la Iglesia católica con sede en Roma, el Papa, para recuperar Tierra Santa, que había caído en poder de los musulmanes. Durante dos siglos, reinos europeos se unieron en expediciones religiosas para conquistar Jerusalén. Las cruzadas dejaron una huella duradera en la historia política, cultural y religiosa de Europa y Medio Oriente.

Las cruzadas tuvieron por objetivo liberar Tierra Santa de la dominación musulmana. Estas campañas provenían de los reinos cristianos de Occidente y fueron el resultado de la cooperación entre la Iglesia católica y el poder armado de los señores y monarcas europeos.


Su nombre proviene de la cruz roja que se cosía en la ropa de quienes participaban en las cruzadas, a los que se llamaba cruzados. De este modo, se identificaban como fieles a la misión de la Iglesia católica.

Fueron 9 expediciones y tuvieron lugar entre 1095 y 1291. Las más importantes fueron la primera, la tercera y la sexta, ya que permitieron la recuperación temporal de la ciudad de Jerusalén y el establecimiento de varios reinos cristianos en el Cercano Oriente. Todas las demás terminaron en estrepitosos fracasos.

A cambio de sus esfuerzos, les era concedida la indulgencia plenaria, es decir, les eran perdonados todos los pecados que hubieran cometido en el pasado. Podían ser laicos, religiosos o miembros de órdenes religioso-militares, como la del Santo Sepulcro de Jerusalén, la del Temple y la de los Hospitalarios de San Juan, entre otras.


Los árabes no solo ocuparon territorios cristianos, sino que también se expandieron rápidamente tanto por Oriente como por la península occidental. Aunque transcurrieron siglos tras su invasión, el control que lograron sobre Jerusalén fue limitado. Pero otro pueblo musulmán tomó el lugar de los antiguos árabes: los turcos selyúcidas, quienes también provenían de Oriente y profesaban la fe del profeta Mahoma. Ellos se adueñaron de los territorios árabes y continuaron la “guerra santa” contra los infieles y paganos. Su amenaza se extendió por gran parte de Asia Menor, afectando también a Italia y Bizancio. Desde esas posiciones obstaculizaron el comercio, prohibieron las peregrinaciones y, finalmente, conquistaron Jerusalén en el año 1078, lugar que ya se encontraba en manos de los musulmanes árabes, quienes habían respetado los lugares sagrados (como el Santo Sepulcro de Cristo) y permitido las peregrinaciones de los cristianos. Los turcos fanáticos persiguieron a los peregrinos e incluso los torturaron. Por esta razón, Tierra Santa se convirtió en un lugar vedado para los cristianos, quienes no pudieron acercarse a la tumba de Cristo.


Desde 1071, las tropas selyúcidas amenazaron repetidamente las posesiones del emperador bizantino Romano IV Diógenes.  Hasta ese momento, Bizancio luchaba solo, mientras los diversos grupos musulmanes veían ese sector del Imperio como un flanco fácil y debilitado. El nuevo emperador, Alejo I Comneno, aunque gran y experimentado militar, no siguió el ejemplo de sus predecesores. En el año 1095, al percibir la latente amenaza musulmana, decidió pedir ayuda a Occidente.

El emperador envió una embajada a Urbano con su urgente petición de ayuda. La respuesta del obispo fue favorable, pues no solo sus aliados sufrían la amenaza, sino también sus hermanos en la fe. Así, el 26 de noviembre, Urbano celebró el famoso Concilio de Clermont para materializar su apoyo a la causa bizantina. Su intervención en el conflicto turco-bizantino fue decisiva:  por un lado, supuso una tregua en los enfrentamientos entre los reinos occidentales y, por otro, significó la unificación del poder militar occidental bajo una sola causa: atacar al enemigo común. Tras un informe en el que Urbano relató las atrocidades sufridas por sus hermanos y aliados en Bizancio, todos asintieron a la llamada: se debía recuperar la Tierra Santa, la tierra de la leche y la miel; se debía matar a los musulmanes. El grito que confirmó la misión veía en la cruzada una causa divina: “¡Dios lo quiere! ¡Dios lo quiere!”.

La Cruzada de los pobres

Mientras los nobles se organizaban para la primera cruzada, un predicador francés, Pedro el Ermitaño, comenzó a predicar su propia cruzada montando en un asno. Pedro logró convocar a más de diez mail campesinos franceses y alemanes, que se encaminaron a Jerusalén mucho antes que los pomposos ejércitos de los nobles. Casi todos eran pobres y provenían de poblaciones superpobladas en las que el destino de los pobres era siempre una calamidad. Estos hombres y mujeres vendieron sus escasos bienes para emprender el viaje. Esta expedición, sin embargo, careció de organización y preparación militar, los seguidores de Pedro el Ermitaño no llevaban ni armas, ni comida, ni agua. Por eso al principio, vivieron de la caridad. Luego, cuando llegaron a Grecia, los cruzados comenzaron a saquear aldeas para alimentarse. Como eran demasiado pobres para poder comprar espadas y lanzas, atacaban con cualquier objeto: palos, cuchillos, hachas o incluso, hondas. En Nicea fueron emboscados y aniquilados por los turcos. Pedro el Ermitaño y un reducido grupo de supervivientes regresaron a Constantinopla a la espera de los caballeros cruzados en la que sería conocida como la primera cruzada.

La Primera Cruzada (1096-1099)

La Primera Cruzada fue liderada por nobles europeos y su principal objetivo era tomar Jerusalén de manos de los musulmanes. Se puede decir que fue una de las más efectivas, e incluso la única que logró plenamente su objetivo. Fue comandada por cuatro príncipes que lideraron a sus respectivos ejércitos, los cuales llegaron a Constantinopla tanto por tierra como por mar. Sus jefes son Godofredo de Bouillon, duque de Lorena; Roberto, de Flandes; Raimundo, de Tolosa, y Bohemundo, de Sicilia. Tras presentarse ante el emperador Alejo, las tropas salieron de Bizancio rumbo a Tierra Santa. En su recorrido lograron conquistar importantes territorios como Antioquía y Nicea. Después de una larga y sangrienta batalla, los cruzados lograron capturar la ciudad sagrada en el año 1099. La caída de Jerusalén fue seguida de una gran matanza, todos los musulmanes, hombres, mujeres y niños, fueron asesinados. Poco tiempo después, los cruzados avanzaron hasta el norte de África y organizaron, bajo el sistema feudal, los lugares que conquistaron, y establecieron tres estados cristianos o latinos en Oriente y una en África;


El principado de Antioquía, en Siria, liderado por Bohemundo de Tarento.

El principado de Edesa, también en Siria, confiado a Balduino I, hermano de Godofredo de Bouillon.

El reino de Jerusalén, en Palestina, que se transformo en la capital política y religiosa de los latinos y cuyo gobernador fue Godofredo de Bouillon.

El condado de Trípoli, al noreste de África, concedido a Raimundo de Tolosa y que en el año 1187, después de una crisis interna, quedó anexado al principado de Antioquía.

A Godofredo de Bouillon le nombraron rey de Jerusalén una vez tomada la ciudad en 1099; pero Godofredo no admitió el título, alegando humildad cristiana, y lo cambió por el de «protector del Santo Sepulcro». Godofredo organizó como una teocracia el nuevo Estado, que se extendía por el territorio actual de Israel, sur del Líbano y partes de Siria y Jordania. Muerto al año siguiente, le sucedió su hermano Balduino I, ya con el título de rey.

Para proteger los nuevos territorios cristianos nacieron las Órdenes Militares, caballeros dirigidos por monjes que tomaron las armas para defender la fe, y que se pusieron al servicio de los peregrinos, procurándoles alojamiento y seguridad. Las principales Órdenes Militares en Tierra Santa fueron la de los Templarios, los Hospitalarios, la Orden Teutónica y la de Malta.

La Segunda Cruzada (1147-1149)

La Segunda Cruzada fue convocada para recuperar la ciudad de Edesa, que había sido tomada por los musulmanes. Tuvo lugar entre 1147 y 1149, a partir de la caída del condado de Edesa (el primer Estado latino) ante los turcos selyúcidas en 1144. Los ejércitos cristianos del rey Luis VII de Francia y del emperador Conrado III de Alemania marcharon por toda Europa alentados por la predicación del monje cisterciense Bernardo de Claraval. Cruzaron Anatolia, donde debieron afrontar ataques turcos. Intentaron tomar Damasco en Siria pero fracasaron y se retiraron con grandes pérdidas humanas.


La Tercera Cruzada (1189-1192)

La Tercera Cruzada fue liderada por Ricardo Corazón de León, Felipe II de Francia y Federico I de Alemania. Tuvo el objetivo de recuperar Jerusalén, que había caído en manos del sultán de Egipto y Siria Salah al-Din Yusuf ibn Ayyub (conocido en occidente como Saladino) tras la batalla de Hattin en 1187. Aunque este era numéricamente grande, su desenlace fue trágico. Las tropas alemanas regresaron a Occidente tras la muerte de su rey: Federico sufrió un infarto y murió ahogado en un río. Los ejércitos franceses, menos numerosos, se vieron incapaces de tomar Jerusalén sin el apoyo de los alemanes, por lo que volvieron a Francia. Solo los ingleses, comandados por el rey Ricardo, se enfrentaron a las tropas turcas de Saladino. Si bien los cruzados no pudieron reconquistar Jerusalén, una serie de victorias costeras favorecieron la firma del Tratado de Ramla entre Ricardo I y Saladino por el que el primero reconocía el control musulmán de la ciudad y el segundo se comprometía a permitir la peregrinación cristiana. A pesar de que los cruzados no lograron capturar la ciudad sagrada, lograron asegurar el acceso de los cristianos a los lugares santos.

La Cuarta Cruzada (1202-1204)

La Cuarta Cruzada (1202-1204) fue convocada por Inocencio III para recuperar Jerusalén, pero los cruzados terminaron saqueando Constantinopla, la capital del Imperio Bizantino. Esta cruzada fue liderada por el veneciano Enrico Dandolo y el francés Bonifacio de Montferrato. Comenzó en 1202 y culminó en 1204, pero no se dirigió contra musulmanes sino contra otros cristianos. La intención inicial de esta Cruzada era avanzar sobre Egipto para debilitar el control que ejercían desde allí los musulmanes sobre Tierra Santa. Sin embargo, los cruzados tuvieron dificultades para sufragar el viaje y fueron convencidos por las autoridades de la República de Venecia, que habían reunido una onerosa flota para la expedición, de conquistar la ciudad cristiana de Zara (en la actual Croacia) con la que rivalizaban por el control del Adriático. También movidos por el interés de asegurarse la predominancia comercial en el Mediterráneo oriental, los venecianos persuadieron a los cruzados de atacar Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, cuyo emperador Alejo IV no había cumplido, además, su compromiso de financiamiento de la expedición original. Los cruzados asediaron y conquistaron Constantinopla en 1204 y la saquearon durante varios días. Luego proclamaron en su lugar el Imperio latino de Constantinopla, que perduró hasta 1261.


La Quinta Cruzada (1217-1221)

La Quinta Cruzada fue liderada por el rey Andrés II de Hungría y el emperador alemán Federico II, y promovida por el obispo de Roma Honorio III. Su objetivo era capturar Egipto y cortar las líneas de suministro de los musulmanes, pero terminó en un fracaso. Aunque las tropas cruzadas tomaron Damieta en 1219, dos años después fueron derrotadas y perdieron el territorio a manos de los sarracenos.

La Sexta Cruzada (1228-1229)

La Sexta Cruzada fue liderada por Federico II de Alemania. Su objetivo era recuperar Jerusalén a través de la negociación, y logró capturar la ciudad sagrada sin derramamiento de sangre.

La Séptima Cruzada (1248-1254)

Fue liderada por Luis IX de Francia. Su objetivo era tomar Egipto, pero terminó en un fracaso debido a la enfermedad y la falta de suministros.

La Octava Cruzada (1270)

Fue liderada por Luis IX de Francia. El objetivo de la cruzada era recuperar la ciudad de Jerusalén, que había sido perdida por los cruzados en el año 1244. La octava cruzada fue la última expedición al Oriente; con la caída de Acre el año 1291, terminó este importante episodio de la historia europea.

Doscientos años de duro combate produjeron una serie de cambios en Europa. En primer lugar, los señores feudales perdieron poder, pues para armar a los cruzados se endeudaron fuertemente. Como las cruzadas fracasaron, sus fortunas menguaron. Por otro lado, las cruzadas ocasionaron un intenso movimiento de personas en el Mediterráneo, que devolvió a este mar el papel relevante que había tenido en las comunicaciones. El comercio entre Oriente y Occidente adquirió un gran impulso, y los puertos italianos de Génova y Venecia, que se habían beneficiado con el embarque de los cruzados, incrementaron en forma extraordinaria sus negocios. En contrapartida, muchas tierras del norte de Europa se vieron despobladas por la partida de sus habitantes. El poder de la nobleza feudal, fuertemente diezmada en las guerras contra los turcos y debilitada por el auge del comercio, decayó notablemente. La nueva situación fortaleció el poder de los mercaderes y los reyes.





LAS CONQUISTAS DE GENGIS KAN

Las conquistas mongolas fueron la mayor explosión militar de la historia. En apenas 60 años (1206-1268), un pueblo nómada de las estepas de Mongolia construyó el imperio contiguo más grande jamás conocido: desde Corea hasta Hungría, desde Siberia hasta Vietnam. Los mongoles conquistaron más territorio en 25 años que los romanos en 400. A su paso, imperios milenarios cayeron como fichas de dominó.

Las campañas expansionistas del Imperio Mongol bajo Gengis Kan y sus sucesores constituyen uno de los episodios bélicos más impactantes de la historia medieval. Desde su inicio en 1206, los ejércitos mongoles conquistaron vastos territorios desde China hasta Europa Oriental, creando el imperio contiguo más extenso de la historia. Su avance fue detenido en Europa Central tras la Batalla de Liegnitz (1241).

Gengis Kan (Temüjin, c. 1162-1227), un huérfano que unificó las tribus mongolas y creó la máquina de guerra más eficiente de la era preindustrial. Caudillo y Fundador del imperio mongol. Su ejército combinaba la movilidad de la caballería nómada con técnicas de asedio chinas, inteligencia militar persa y una disciplina de hierro basada en la meritocracia absoluta. Los mongoles no luchaban por religión ni por civilización: luchaban por conquista, tributo y el dominio total de las rutas comerciales de Eurasia.

Temüjin nació hacia 1162 en una familia noble menor. Tras una juventud de pobreza y cautiverio, unificó todas las tribus mongolas mediante una combinación de guerra, alianzas matrimoniales y pura brutalidad. En 1206, Temujin, dueño y señor de la estepa, fue proclamado Gengis Jan, o Kan, por una gran asamblea de príncipes mongoles reunida a orillas del río Onon. Tras haber unificado las tribus mongolas y turcomongolas del Gobi bajo su mando y reorganizado su ejército según la división decimal de unidades de combate, consideró llegado el momento de acometer su empresa más ambiciosa: la conquista del mundo. Su primera reforma fue reorganizar el ejército por decimales —unidades de 10, 100, 1.000 y 10.000 (tümen)— rompiendo las lealtades tribales y sustituyéndolas por una cadena de mando basada en el mérito. Gengis Khan, condujo personalmente tres invasiones.


En 1209, Genghis Khan inicio una campaña contra los tanguts, que habían establecido un convenio con la China de la dinastía Xia, permitiéndoles controlar el noroeste de China, a lo largo de las Rutas de la Seda. Los tanguts, se hallaban involucrados en una disputa comercial con los mongoles. Genghis Khan, venció fácilmente a los tanguts, imponiendo lo que deseaba: una reducción de las tarifas, que los tanguts imponían al comercio, y regresó a Mongoli. Fue una victoria rápida que no se capitalizo para ampliar la conquista de nuevos territorios.

La segunda campaña, fue contra de la dinastí­a Jin del norte de China, que controlaba la China bordeada por el rí­o Yangtze. El Jin eran un pueblo de Manchuria y fueron realmente los antepasados de los manchúes. Los Jin se habí­an involucrado en una disputa comercial con los mongoles, y el resultado fue un ataque de los mongoles, que necesitaban desesperadamente los productos producidos por los Jin. En 1215, las tropas de Genghis Khan, tomaron el área ahora conocida como Beijing y derrotaron a los Jin, lo que obligó a trasladar su capital al sur. Genghis Khan, habí­a conseguido lo que querí­a, en términos de comercio, y nuevamente regreso a Mongolia.


La tercera campaña, se inició a causa de la muerte de los emisarios diplomáticos enviados por Genghis Khan a Asia Central. El sha de Asia Central, sin saber nada de Genghis Khan o de los mongoles, mató a los emisarios enviados, por considerar insolente, la solicitud propuesta por Genghis Khan, de realizar cambios en las condiciones de los intercambios comerciales entre los Mongoles y Asia Central. El asesinato de los embajadores y el ultraje a los investigadores enviados posteriormente a esclarecer los hechos, fue considerado el más atroz de los crímenes, y Genghis Khan emprendió una campaña contra Asia Central como un acto de venganza.

Genghis Khan, dedico mucho tiempo en efectuar una esmerada planificación logística, reclutamiento y entrenamiento de un gran ejercito, que le diese la seguridad de alcanzar la victoria. En 1219, considero, que disponía del ejercito idóneo y emprendió la campaña contra Asia Central.

Tras adentrarse más en las tierras occidentales de Asia, entre 1219 y 1221 se enfrentó a los chas Corasmia, a quienes arrebató las ciudades de Bujara, Samarkanda y Urguench, y saqueó Tiflis, en Georgia, y Sudak, en Crimea. Posteriormente, devastó Afganistán en una rápida campaña, al tiempo que el ejército de una coalición de príncipes ucranianos era derrotado por sus generales a orillas del Kalka y su hijo Tului invadía Jhorezm, la mayor potencia musulmana de Asia Central.

El ejercito Mongol, tras 6 años de lucha, sufrió grandes perdidas y los terrenos conquistados no estaban sometidos y apaciguados. Por ello 1225, Genghis Khan, decidió dejar gran parte de su ejercito en Asia Central, al contrario de lo que había hecho en anteriores incursiones.

Al regresar a Mongolia, en 1227, se produce la muerte de Genghis Khan. A pesar de su fama de conquistador cruel y despiadado, Gengis Kan fue un soberano hábil e inteligente, que impuso la paz y el orden en sus dominios, acabó con las seculares rivalidades tribales y el bandolerismo, creó nuevas vías de comunicación, respetó las diferentes creencias de sus súbditos y, sin saber leer, supo valorar la utilidad del lenguaje escrito.

Tras su desaparición, el imperio mongol por él forjado, que se extendía desde Corea hasta el mar Caspio, se dividió entre sus cuatro hijos, bajo la autoridad del tercero de ellos, Ogodei, quien fue elegido gran kan por la asamblea de príncipes mongoles (1229). Ogodei consolidó las conquistas de su padre, completó la sumisión del norte de China (1234) y Corea (1236), ensanchó el imperio, estableció el protectorado mongol sobre Georgia, Armenia y el Cáucaso y penetró en Rusia y en la llanura del Danubio (1237-1240).




LAS CONQUISTAS DE TAMERLÁN

Timur Lang, llamado Tamerlán, quien habría de crear un imperio en Asia Central y Occidental y hacer temblar al Imperio romano de Oriente, de origen mongol turcomando, fue uno de los mas grandes y feroces conquistadores. Convencido de su descendencia del gran Gengis Khan, desde 1364 trató de imitarlo y someter a los kanatos de Transoxiana. Invadió la Mesopotamia oriental, Irán y Armenia. Famoso por su crueldad, violencia e impiedad con el enemigo. Realizó  incursiones en Rusia, Lituania, India, Siria y el Imperio otomano. Como contraposición, se destacó por su amor y mecenazco en las artes y el saber.Uno de sus descendientes, Babur, fundó el gran Imperio mogol de la India. Su vida es un relato de ambición, estrategia, y brutalidad, entrelazada con un profundo deseo de legitimidad y reconocimiento.


En poco más de dos décadas, conquistó ocho millones de kilómetros cuadrados de Eurasia. Entre 1382 y 1405, sus grandes ejércitos cruzaron el continente euroasiático desde Delhi hasta Moscú, desde la cordillera Tian Shan del Asia Central hasta los montes Tauro de Anatolia, conquistando, reconquistando, arrasando algunas ciudades y perdonando a otras; las campañas de Tamerlán en Anatolia pusieron en peligro la existencia de los otomanos.

Nacido en 1336 cerca de Samarcanda, en lo que hoy es Uzbekistán, Tamerlán emergió de las turbulentas estepas de Asia Central. Aunque no era descendiente directo de Gengis Kan, Tamerlán siempre se esforzó por emular y superar las conquistas de su ilustre predecesor.

La juventud de Tamerlán estuvo marcada por la competencia tribal y la lucha por el poder en una región que formaba parte del vasto imperio mongol. llegó a ser el ministro principal del virrey de Transoxiana, que gobernaba aquella región occidental del imperio mongol. En 1363 se rebeló contra él y le arrebató el poder. Y en 1370 se proclamó rey independiente, alegando su condición de heredero de Gengis Kan, de quien probablemente descendía su padre por línea materna. De esta manera logró derrotar los debilitados ejércitos del kan y nombrarse rey de la Transoxiana en 1369, rechazando la autoridad mongola y estableciendo su capital en Samarcanda. Declaró la restauración del imperio de Gengis Kan.


Tamerlán es conocido por sus campañas militares que extendieron su imperio desde el sudeste de Turquía, a través de Persia y el Medio Oriente, hasta el norte de la India. Además, Tamerlán fue un maestro en el uso de la psicología y el terror como armas de guerra. La brutalidad de sus conquistas, incluyendo la masacre de la población civil y la creación de torres hechas de cráneos humanos, sirvió para infundir miedo y someter a las poblaciones antes incluso de que comenzaran las batallas.

Partiendo de su capital en Samarkanda, inició entonces una sucesión de campañas militares que le llevaron a conquistar toda el Asia central (1370-96). Demostró una gran capacidad de conquista, pues una vez dominado el Turquestán, se anexionó también Irán, Irak, Armenia y Georgia.

Luego dirigió sus fuerzas hacia la India (que sometió en 1398, en una sola campaña en la que arrasó Delhi), Siria (con la toma de Damasco, Alepo y Bagdad, saqueadas y arrebatadas a los mamelucos en 1400) y Asia Menor (donde obtuvo un gran triunfo en la batalla de Angora, que sometió a vasallaje a los otomanos en 1402 y permitió subsistir casi un siglo más al Imperio Bizantino, librándole del acoso otomano).

Pero Tamerlán no fue capaz de organizar un sistema político y administrativo eficaz, de manera que no creó un imperio unificado. Murió cuando se disponía a llevar la «guerra santa» a China, y el conglomerado de países que había sometido se disgregó por sucesivas divisiones entre sus hijos y nietos (los timúridas).





LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS

La guerra de los Cien Años enfrentó a Francia e Inglaterra entre 1337 y 1453, convirtiéndose en el conflicto bélico más largo que ha conocido Europa. Durante esos 116 años, las largas y agotadoras campañas, desarrolladas siempre en suelo francés, se alternaron con treguas y largos periodos de paz. La contienda acabaría forjando la identidad de las naciones francesa e inglesa. La contienda enfrentó principalmente a los reinos de Inglaterra y Francia, aunque también implicó a Escocia, Borgoña, Castilla y otros poderes europeos. No fue una guerra ininterrumpida. Hubo periodos de paz, treguas prolongadas y conflictos internos que cambiaron por completo el equilibrio entre ambos bandos. Una sucesión de conflictos, treguas, traiciones y campañas militares que, durante más de un siglo, enfrentaron a dos reinos destinados a redefinir Europa: Francia e Inglaterra.

La crisis de sucesión francesa.

El problema central era dinástico. Cuando murió el rey francés Carlos IV en 1328 sin descendencia masculina, Eduardo III de Inglaterra reclamó el trono francés como suyo debido a su ascendencia real francesa. La reclamación de Eduardo III no era un simple capricho personal. Su madre, Isabel de Francia, era hija de Felipe IV. La nobleza francesa, apoyándose en la tradición sucesoria que excluía la transmisión de la corona por línea femenina, aceptar esa vía habría permitido que una mujer transmitiera derechos sucesorios a un monarca extranjero, algo que los nobles franceses rechazaron y eligió a Felipe VI de Valois, que había sucedido a su primo Carlos IV.  Esta controversia sobre la legítima sucesión al trono se convirtió en la chispa que encendió el conflicto.

La disputa territorial por Aquitania y el poder feudal.

Los reyes ingleses poseían Aquitania, especialmente la región de Gascuña, pero la tenían como feudo del monarca francés. Eduardo III quería gobernar esos territorios con mayor libertad y, al mismo tiempo, presentarse como legítimo rey de Francia. Esa combinación hizo que una crisis sucesoria se transformara en una guerra abierta. Inglaterra dependía mucho de los ingresos procedentes de sus posesiones francesas. Aquitania proporcionaba vino, comercio y prestigio político, pero el rey inglés debía rendir homenaje al monarca francés por esos territorios. En la práctica, Eduardo III era un rey poderoso obligado a comportarse como vasallo, una contradicción que alimentó la tensión.




Eduardo III podía reclamar la Corona francesa a través de su madre Isabel. No se sabe si este era un reclamo serio o simplemente una excusa para invadir Francia. El 24 de mayo de 1337, el rey Felipe VI de Francia declaró la confiscación del ducado de Aquitania. Aquel acto administrativo no fue una simple disputa feudal; fue el estallido de un incendio que devoraría Europa durante más de un siglo. Eduardo tomó la iniciativa al autoproclamarse rey de Francia en una ceremonia en Gante en enero de 1340. Los Países Bajos eran socios comerciales importantes de Inglaterra, mientras que otros aliados incluían a rivales de Felipe VI, como Carlos II, rey de Navarra (que reinó de 1349 a 1387), y los condes gascones de Armagnac.

El predominio inglés entre 1337 y 1360.

Uno de los primeros acontecimientos importantes de la guerra se produjo en junio de 1340, cuando una flota inglesa hundió una flota invasora francesa en Sluys, en el estuario de Scheldt (Países Bajos), aseguran el control del Canal de la Mancha. A esto le siguió la captura de Gascuña y la invasión de Normandía en 1345. Una de las primeras batallas notables de la Guerra de los Cien Años fue la Batalla de Crécy, que tuvo lugar en 1346. En esta confrontación, las fuerzas inglesas lideradas por Eduardo III se enfrentaron a las fuerzas francesas. Lo más destacado de esta batalla fue la efectividad del arco largo inglés, que permitió a los arqueros ingleses infligir graves bajas a las filas francesas y lograr una victoria clave para los ingleses. Esta batalla estableció la reputación de los arqueros ingleses como una fuerza formidable en la guerra medieval y señaló el inicio de un conflicto prolongado.


En 1347, Calais fue capturada, pero la llegada de la peste negra a Europa interrumpió las hostilidades. En 1356, se libró la Batalla de Poitiers, que fue otro episodio importante en la Guerra de los Cien Años. Durante esta batalla, las fuerzas inglesas, dirigidas por Eduardo de Woodstock, el Príncipe Negro, hijo de Eduardo III, se enfrentaron a las fuerzas francesas. La victoria inglesa resultó en la captura de Juan II de Francia, un importante golpe para los franceses. La batalla de Poitiers consolidó aún más la reputación militar de los ingleses y debilitó la posición de Francia en el conflicto.

En 1360, se firmó el Tratado de Brétigny-Calais, que puso fin a la primera fase de la Guerra de los Cien Años. Este tratado fue negociado después de años de conflicto y otorgó extensos territorios en Francia a Inglaterra, incluyendo el control de Calais. Además, se acordó un rescate masivo para la liberación de Juan II de Francia, quien había sido capturado en la Batalla de Poitiers. Sin embargo, este tratado resultó ser efímero, y el conflicto se reavivó posteriormente.


La recuperación francesa entre 1369 y 1389

La guerra se reanudó en 1369 y Francia cambió de estrategia. La paz de Brétigny terminó en 1369, cuando el nuevo rey de Francia, Carlos V, también conocido como Carlos el Sabio (que reinó de 1364 a 1380), empezó a recuperar todos los territorios que sus predecesores habían perdido. Hizo esto evitando la batalla abierta, concentrándose en el acoso y confiando en la seguridad de sus castillos cuando era necesario. Carlos V evitó arriesgarse en grandes batallas y confió en campañas más pequeñas, asedios y ataques contra las líneas de suministro. El condestable Bertrand du Guesclin desempeñó un papel destacado en esta recuperación. Francia capturó la mayor parte de Aquitania en 1372, derrotó a una flota inglesa en La Rochelle ese mismo año y, para 1375, las únicas tierras que quedaban en Francia pertenecientes a la Corona inglesa eran Calais y una parte de Gascuña. A finales del siglo XIV, Francia había recuperado buena parte de las posesiones perdidas.

En 1389 se declaró una nueva tregua, y el 12 de marzo de 1396, la relación con Francia mejoró cuando Ricardo II de Inglaterra se casó con Isabel de Francia, la hija de Carlos VI de Francia. Esta unión consolidó una tregua de dos décadas entre ambos países. Bajo el siguiente rey, Enrique IV de Inglaterra (1399-1413), la Corona estaba más preocupada con las rebeliones en Inglaterra y Gales como para hacer mucho en Francia. Durante el reinado de Ricardo II de Inglaterra (r. del 1377 al 1399) hubo en gran medida paz entre las dos naciones, pero cuando Enrique V subió al trono en 1413, la guerra volvió a estallar.


La ofensiva de Enrique V y la victoria francesa final (1415-1453)

Enrique V de Inglaterra aprovechó la guerra civil entre los grupos de Armagnac y Borgoña para invadir Francia. Enrique invadió Normandía, capturó el importante puerto de Harfleur en 1415. En la batalla de Azincourt el 25 de octubre de 1415, Enrique V derrotó a un ejército francés abrumadoramente mayor. Los ingleses ganaron gracias a la superioridad del arco largo, la posición en el campo y la disciplina. Los franceses sufrieron la dependencia de la caballería pesada en terrenos difíciles y la mala disciplina de sus comandantes. En 1417, capturó Caen y, para 1419, había logrado conquistar toda Normandía, incluida la capital Ruan, y luego marchar hacia París. Su victoria en Azincourt, en 1415, fue tan contundente que permitió a Inglaterra imponer el Tratado de Troyes en 1420. Según ese acuerdo, Enrique V sería reconocido como heredero del rey francés Carlos VI, desplazando al delfín Carlos. Enrique fue nombrado el regente y heredero de Carlos VI y, para consolidar la nueva alianza, se casó con la hija de Carlos, Catalina de Valois. Esta fue la cúspide del éxito inglés en la guerra.

En marzo de 1421, los ingleses perdieron la batalla de Baugé, en la que murió el propio hermano del rey, Tomás, duque de Clarence. Enrique se dirigió a Francia para reanudar la guerra personalmente y, el 11 de mayo de 1422, capturó Meaux tras un asedio de ocho meses. Sin embargo, nunca tuvo la oportunidad de ser el rey de Francia, ya que murió de forma inesperada, probablemente de disentería, el 31 de agosto de 1422 en Bois de Vincennes, Francia.


Uno de los nombres más icónicos asociados con la Guerra de los Cien Años es el de Juana de Arco. Nacida en Domrémy, una pequeña aldea francesa, Juana de Arco afirmó haber recibido visiones divinas que la instaron a liderar a las fuerzas francesas contra los invasores ingleses. A la edad de diecisiete años, se presentó ante el futuro rey Carlos VII y convenció a los líderes franceses de seguir su liderazgo en la lucha contra los ingleses.

La Batalla de Orleans, que tuvo lugar en 1429, fue un punto de inflexión crucial en la Guerra de los Cien Años. La ciudad de Orleans estaba sitiada por las fuerzas inglesas, y su liberación se consideraba vital para la supervivencia de la causa francesa. Juana de Arco desempeñó un papel fundamental en esta batalla al liderar las tropas francesas y elevar la moral de los defensores. Con su valentía y liderazgo, las fuerzas francesas lograron levantar el asedio, marcando una victoria crucial para Francia. La captura y ejecución de Juana de Arco por los ingleses en 1431 fue un evento trágico que debilitó temporalmente el espíritu de los franceses. Juana fue traicionada y entregada a los ingleses, quienes la acusaron de herejía. Fue sometida a un juicio injusto y finalmente quemada en la hoguera en Ruan.

Carlos VII de Francia empezó a retomar partes de Normandía a partir de 1449; ganó la batalla de Formigny en 1450, bloqueó Burdeos en 1451 y capturó Gascuña en 1452. La Batalla de Castillon, que tuvo lugar en 1453, marcó el final de la Guerra de los Cien Años. Durante esta batalla, las fuerzas francesas, bajo el mando de Jean Bureau, se enfrentaron a las fuerzas inglesas. La victoria francesa fue decisiva, y esta batalla puso fin a décadas de conflicto. Los ingleses perdieron gran parte de sus posesiones en Francia, y la Guerra de los Cien Años finalmente llegó a su conclusión. El conflicto terminó con una Francia fortalecida como monarquía moderna y una Inglaterra que se retiró a sus islas agotada.






LA GUERRA DE LAS DOS ROSAS

La Guerra de las Dos Rosas fue una guerra civil, un conflicto político y militar que tuvo lugar en Inglaterra durante el siglo XV. Este conflicto enfrentó a dos casas nobiliarias, la Casa de Lancaster, representada por una rosa roja, y la Casa de York, representada por una rosa blanca. La guerra se extendió durante treinta años y tuvo un impacto significativo en la  historia de Inglaterra, marcando el fin de la Edad Media y el inicio de la Edad Moderna en el país. La Guerra de las Dos Rosas es uno de los conflictos más emblemáticos y complejos de la  historia inglesa. Se desarrolló a lo largo de casi tres décadas, desde 1455 hasta 1487, y se caracterizó por una brutal lucha por el poder entre dos ramas de la familia Plantagenet. La Guerra de las Dos Rosas representa una de las etapas más turbulentas y decisivas de la historia de Inglaterra. Detrás de la apariencia de una simple guerra dinástica entre dos grandes casas nobiliarias — se desarrolló una profunda transformación política, social y económica que cambiaría para siempre la estructura del reino inglés.

Inglaterra era un reino profundamente debilitado por la Guerra de los Cien Años (1337-1453) contra Francia. La derrota inglesa y la pérdida de prácticamente todos los territorios que Inglaterra había controlado en el continente habían debilitado el prestigio de la monarquía y habían generado importantes problemas financieros.


La Casa de Plantagenet, descendiente de Juan sin Tierra, había gobernado Inglaterra desde 1399, pero a finales del siglo XV, la dinastía se encontraba en una situación de profunda inestabilidad. Enrique VI de Lancaster era un soberano políticamente débil y sufría graves problemas de salud mental que dificultaban el ejercicio efectivo del poder. Ricardo, duque de York, uno de los principales miembros de la aristocracia inglesa y descendiente de los Plantagenet, quien comenzó a defender sus derechos políticos y dinásticos. Ricardo que pretendía la corona, supo aprovechar este malestar, se hizo reconocer regente. En 1453 Margarita de Anjou, esposa de Enrique VI, tuvo un hijo, y esto junto con la mejoría del monarca desbarató los planes de Ricardo.

Las primeras campañas fueron reveses para Ricardo, pero en 1455, derrotó a los Lancaster en la batalla de St. Albans, capturando a Enrique VI de Lancaster y encerrandolo en la Torre de Londres. Volvió así a ser designado como regente, pero en 1456 el rey, que había recuperado temporalmente la cordura, lo envió a Irlanda. En 1459 Ricardo invadió Inglaterra, pero sus fuerzas fueron derrotadas y debió exiliarse a Calais, Francia. En 1460 las fuerzas del duque de York cruzaron el Canal de la Mancha y tomaron prisionero al rey. Se firmó entonces el Acta de Acuerdo, que reconoció el derecho de los York a suceder en el trono a Enrique VI de Lancaster. Margarita de Anjou, mujer enérgica y decidida, marchó al norte de Inglaterra, reunió un ejército y en 1460 derrotó en la batalla de Wakefield a Ricardo, el que murió en la lucha.


En 1461, después de la muerte de Ricardo, su hijo Eduardo de York reemplazó a su padre y venció a los Lancaster, en la batalla de Towton, siendo proclamado rey con el nombre de Eduardo IV. La batalla de Towton fue uno de los enfrentamientos más sangrientos de la historia medieval inglesa y permitió a Eduardo consolidar su posición. Fue el primer rey de Inglaterra de la Casa de York. Con la ayuda de Richard Neville, conde de Warwick, Eduardo IV de York derrotó en tres batallas sucesivas a Enrique VI de Lancaster en 1465, tomándolo prisionero y volviendo a encerrarlo en la Torre de Londres, en tanto que Margarita y su hijo huían al continente. Prosigue una serie de incidencias y de nuevas batallas, hasta que en 1471 los Lancaster son derrotados en las batallas Barnet y en Tewkesbury. Enrique VI de Lancaster es otra vez hecho prisionero y muere en la Torre de Londres en 1471, al igual que su hijo que es ahorcado. De esta manera se extinguió la Casa de Lancaster, que había llegado al poder en 1399. Con estos triunfos Eduardo IV de York ve fortalecida su posición y se dedica en los años siguientes a consolidar su poder.

Al morir Eduardo IV de York en 1483, le sucedió su hijo de doce años, Eduardo V de Inglaterra. Ricardo, duque de Gloucester, hermano menor del rey, tio y regente de Eduardo V, aprovechó su posición de poder y encierra a su sobrino Eduardo V en la Torre de Londres y ordena matarlo, junto a su hermano Ricardo de Shrewsbury (Príncipes de la Torre). Eliminado el monarca, se apodera del trono y reina con el nombre de Ricardo III de York, sembrando el terror en todo el país e inaugurando una época triste en la historia de Inglaterra. Se produjeron dos grandes rebeliones durante el corto reinado de Ricardo. Cansados los ingleses de sus caprichos y tiranías, se levantan al mando de Enrique Tudor de Richmond, pariente lejano de los Lancaster. Enrique Tudor derrotó a Ricardo III en 1485 en la batalla de Bosworth, pereciendo el monarca en la lucha. El vencedor es coronado con el nombre de Enrique VII, iniciando la dinastía de los Tudor y una era de absolutismo. Puso término a la Guerra de las Dos Rosas casándose con Isabel, hija de Eduardo IV de York y sobrina de Ricardo II. Así reunió en su persona a las dos casas reales que habían combatido durante tantos años.




LAS GUERRAS DE INDEPENDENCIA DE ESCOCIA

Las Guerras de la Independencia de Escocia fueron una serie de campañas militares libradas entre Escocia e Inglaterra a finales del siglo XIII y principios del XIV. Fueron conflictos complejos que combinaron campañas frontales, asedios, combates de guerrilla y luchas políticas internas por la corona escocesa. Durante más de dos siglos, escoceses e ingleses se enfrentaron en una serie de conflictos que definieron las fronteras, las lealtades y las identidades de las islas británicas.

Inglaterra y Escocia fueron durante la Edad Media dos reinos separados, cada uno con su propia corona, su propia nobleza y sus propias alianzas. Durante siglos convivieron con roces fronterizos menores, pero el conflicto se volvió guerra abierta a fines del siglo XIII, cuando el rey inglés Eduardo I intervino en una disputa sucesoria escocesa y terminó imponiendo su autoridad sobre el reino vecino. Ese fue el disparador de lo que hoy se conoce como las Guerras de Independencia de Escocia.

La crisis se desencadenó tras la muerte sin heredero claro del rey Alejandro III (1286) y la desaparición de la inmediata heredera Margarita, la llamada "Donzela de Noruega" (1290). La debilidad dinástica atrajo la intervención de Rey Eduardo I de Inglaterra, que intentó someter a Escocia y arbitrar la sucesión, imponiendo un protectorado efectivo sobre el reino. La resistencia a la dominación inglesa y la lucha por la independencia política y judicial fueron las causas fundamentales del conflicto.

Primera Guerra (1296–1328)


La Primera Guerra comenzó con la invasión inglesa de Escocia en 1296. En 1296, Eduardo I de Inglaterra invadió Escocia. Al estallar la guerra, aparecieron dos facciones entre los escoceses: aquellos que desconfiaban del rey Juan de Balliol y por ende se alinearon con el rey inglés, y aquellos que permanecieron leales a la corona escocesa. Los ingleses rápidamente tomaron Berwick, para luego derrotar a las tropas escocesas en la Batalla de Dunbar. Acto seguido, Eduardo tomó Edinburgo e hizo completa la derrota de Escocia.

Tras la pronunciada resistencia encabezada por líderes como William Wallace y, más tarde, Roberto I de Bruce, el conflicto alternó victorias y derrotas. William Wallace, que lideró la resistencia popular y venció a los ingleses en la batalla de Stirling Bridge en 1297, y Robert Bruce, que se coronó rey de Escocia en 1306 y selló la independencia escocesa con la victoria decisiva en la batalla de Bannockburn, en 1314. Wallace fue capturado en 1305 y ejecutado en Londres de forma pública y brutal, lo que lo convirtió en mártir de la causa escocesa.


Cuando Bruce capturó Berwick en 1318, los ingleses perdieron su centro administrativo regional, el cual había servido desde la invasión inicial de 1296, y por lo tanto, dicha conquista enalteció a Bruce como el legítimo soberano de Escocia frente a los otros reinos cristianos y a la nobleza local. Bruce logró consolidar el reino y forzar a Inglaterra a reconocer la independencia de Escocia en 1328, mediante el Tratado de Edimburgo-Northampton. Pero la paz duró poco: apenas cuatro años después estalló una Segunda Guerra de Independencia (1332-1357), con nuevas invasiones inglesas y disputas dinásticas que se extendieron por décadas más.

Segunda Guerra (1332–1357)

En 1329 falleció Robert The Bruce, pero como su hijo David II era demasiado joven para reinar, se estableció una regencia encabezada por Sir Thomas Randolph, conde de Moray. La Segunda Guerra comenzó en 1332 con la invasión de Edward Balliol, hijo del depuesto Juan de Balliol, exiliado en Francia apoyada por Eduardo II de Inglaterra, que intentaron arrebatar el trono a la dinastía de Bruce. Fue así como se produjo la Batalla de Dupplin Moor, que acabo en una estruendosa victoria para el pequeño bando de Eduardo de Balliol. Acto seguido, los rebeldes marcharon hacia Perth, y luego hacia la abadía de Scone, donde Balliol se coronó como rey de los escoceses. El conflicto se prolongó en un ciclo de incursiones, apoyos ingleses a pretendientes y campañas de recuperación por parte de los escoceses. Finalmente, hacia 1357 se firmó el Tratado de Berwick, que permitió la liberación del rey David II y puso fin a la fase principal de hostilidades, aunque las tensiones fronterizas continuaron en décadas posteriores.

Estos conflictos no terminaron con una frontera definitiva y pacífica. Durante los siglos siguientes, Escocia e Inglaterra siguieron chocando de forma intermitente, hasta que en 1603 ambas coronas quedaron unidas bajo un mismo rey (Jacobo VI de Escocia, que pasó a ser también Jacobo I de Inglaterra), y en 1707 se fusionaron formalmente en un solo Estado: el Reino de Gran Bretaña. Ese proceso no fue del todo pacífico tampoco: los levantamientos jacobitas del siglo XVIII, la última gran resistencia armada escocesa contra el poder inglés, terminaron aplastados en la batalla de Culloden en 1746, con una represión posterior muy dura sobre la cultura de las Tierras Altas escocesas.




LAS GUERRAS HUSITAS

Las guerras husitas (1419-1434) son una serie de conflictos que ocurrieron en la actual República Checa a principios del siglo XV, motivados por razones religiosas, sociales y políticas. Estas guerras se convirtieron en una etapa importante en la historia del país, definiendo no solo la identidad religiosa, sino también la nacional de los checos. En este artículo, analizaremos las causas que llevaron al estallido de las guerras husitas, los eventos clave, las figuras principales y su influencia en la historia posterior de Chequia. Las llamadas Cruzadas contra los Husitas implicaron las acciones militares contra los partidarios de Jan Hus en Bohemia durante el período comprendido entre 1419 hasta 1434. Estos fueron los primeros combates en Europa en los que las armas portátiles de fuego, como los cañones de mano, los arcabuces y los mosquetes, tuvieron una contribución decisiva.

A finales del siglo XIV, el reino de Bohemia (cuyo núcleo correspondía al territorio de la actual Chequia) era uno de los estados más prósperos del Sacro Imperio Romano Germánico. La Iglesia era la mayor autoridad feudal del país; sus enormes dominios le reportaban cuantiosos ingresos en forma de rentas y de cargas fiscales. Esta situación de privilegio propició la corrupción y los abusos por parte de las jerarquías eclesiásticas, circunstancias que despertaron las primeras críticas a una institución alejada, según se decía, de los valores de la primitiva Iglesia de Cristo.

Juan Hus, un sacerdote y teólogo checo de origen humilde, formuló abiertamente un programa radical de reforma de la Iglesia que en muchos aspectos anticipó la obra de Lutero y otros reformadores del siglo XVI. Impulsor de la reforma eclesiástica checa. En 1402, siendo profesor de la Universidad de Praga (la capital de Bohemia), empezó a predicar contra la excesiva riqueza de la Iglesia y la inmoralidad del clero, reclamando la vuelta a la pureza del mensaje evangélico, acusado de entregarse a las riquezas y los placeres. La creciente popularidad de Hus y de sus ideas, debida en gran medida a su uso de la lengua checa, hizo que la aristocracia y el alto clero se distanciaran de él. Considerado un peligro social y excomulgado por el papa Juan XXIII. Hus fue excomulgado por el papa (1411), pero continuó su campaña y publicó sus tesis en su libro principal, De Ecclesia. Fue llamado a justificarse al Concilio de Constanza (1415), adonde acudió con un salvoconducto del emperador Segismundo; una vez allí, se negó a retractarse de sus ideas y fue acusado de herejía y ejecutado en la hoguera. Pero la muerte de Hus le convirtió en un héroe nacional para los checos; cuando Segismundo intentó proclamarse rey de Bohemia, estalló una revuelta de los husitas, que controlaron la mayor parte del país entre 1419 y 1478, realizando incursiones hasta Núremberg, Sajonia, Brandenburgo, Danzig y el norte de Austria. Durante 18 años reina la guerra en la Bohemia; se observan crueldades en los dos partidos. También dentro de la iglesia, las fuerza moderadas y radicales no logran un consenso, así que nacen diversas iglesias husitas.

Así las cosas, entre 1415 y 1419 los husitas fueron creciendo y armándose. No obstante, dentro del bando husita había varios enfrentamientos, ya que algunos eran demasiado radicales y asaltaban conventos y otros edificios eclesiásticos, como pasó en Kutná Hora en 1416.

La defenestración de Praga

Jan Želivský, un sacerdote y seguidor de las teorías de Jan Hus, solía celebrar misa en la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves. El 30 de junio de 1419, tras finalizar una de sus misas, él y sus oyentes se encaminaron al ayuntamiento de la Ciudad Nueva de Praga. Želivský y sus fieles protestaban porque el Ayuntamiento no quería liberar a los prisioneros husitas, por lo que el sacerdote y los praguenses que lo acompañaban asaltaron la casa consistorial y lanzaron por la ventana a los concejales que allí se encontraban.




Las cruzadas contra los husitas (1419-1434)

La ejecución de Jan Hus en 1415 no supuso el fin de su pensamiento. Al contrario, sus seguidores  fueron aumentando notablemente, sobre todo entre los campesinos y la burguesía, incluso Wenceslao IV rey de Bohemia. El auge de los husitas fue percibido con rechazo y temor por la alta nobleza, el alto clero y el patriciado alemán. En 1420, tras la muerte de Wenceslao IV, el rey Segismundo de Luxemburgo ordenó la primera cruzada contra los husitas. Esto dio lugar a la primera de muchas batallas de las guerras husitas, que hicieron de la antigua Bohemia un campo de combate entre los discípulos del sacerdote Jan Hus y de la Iglesia de Roma. El ejército cruzado estaba formado por soldados de Francia, Inglaterra, Castilla y Aragón, entre otros reinos europeos.


A pesar de la profesionalidad del ejército cruzado, los checos contaban con Jan Žižka, el tuerto, un vladyka (hidalgo) y líder militar del movimiento husita. Este guerrero condujo a la victoria a los discípulos del legendario reformador contra el Papado y las fuerzas extranjeras en varias ocasiones, por lo que es considerado el héroe nacional de las pasadas y presentes Tierras checas. El asedio de Praga por los cruzados causó la unión de todos los husitas moderados calicistas, incluyendo a los radicales de Tábor. De esta forma, el ejército de los taboritas, regido por Jan Žižka, se dirigió hasta la ciudad de las cien torres y allí se unió a otros guerreros que venían de otras partes del reino. Žižka dirigió a los husitas a la primera victoria el 14 de julio de 1420 en la colina de Vítkov. Al mando de sus caudillos Žižka y Procopio el Grande, consiguieron las victorias de Pankrác (1420), Kutná Hora (1422), Ústí nad Labem (1426) y Tachov (1427). Los taboritas fueron vencidos en Lipany en 1434 por los moderados, que se habían aliado con los católicos en la Liga de Bohemia. Se considera que la batalla de Brüx, el 23 de septiembre de 1434, fue la última de las guerras husitas, en la que éstos, aliados con los polacos, fueron gravemente derrotados por el emperador Segismundo, Federico II de Sajonia y Enrique de Schwarzburg.

Durante el verano de 1434 comenzaron por fin las negociaciones entre ambos bandos en Brno sobre los acuerdos logrados en Praga (1433) y sobre las condiciones en que Segismundo podría ser reconocido como rey de Bohemia. Tras el Concilio de Basilea y las conversaciones de Praga fueron aceptados los compactata (30 de noviembre de 1436).