LAS
CONQUISTAS DE SOLIMÁN EL MAGNÍFICO
Solimán I,
conocido en Occidente como el Magnífico y entre los turcos como Kanuni,
personifica la apoteosis del poder otomano en el siglo XVI. Sultán otomano que
gobernó el Imperio Otomano desde 1520 hasta su
muerte en 1566. Conocido por su habilidad militar y sus grandes
conquistas, Solimán dejó una marca indeleble en la historia de la región y se le considera uno
de los líderes más destacados de la época. Durante su reinado, el Imperio
Otomano alcanzó su apogeo territorial y se convirtió en una potencia mundial.
Solimán
ascendió al trono otomano después de la muerte de su padre en 1520. Durante su
reinado, expandió el imperio a través de una serie de exitosas campañas
militares, llegando a su máxima extensión territorial. Solimán el Magnífico fue
el décimo sultán del Imperio Otomano, gobernando desde 1520 hasta su muerte en
1566. Nació el 6 de noviembre de 1494 en Trabzon, en la actual Turquía, hijo
del sultán Selim I y de Ayşe Hafsa Sultan. Desde joven, Solimán mostró
habilidades excepcionales tanto en el campo de batalla como en la
administración.

Tras suceder
a su padre, Selim I, Solimán ascendió al trono otomano en el año 1520. Durante
su reinado, que se extendió hasta su
muerte en 1566, logró consolidar y expandir el imperio, convirtiéndolo
en una de las potencias más importantes de la época. Solimán fue conocido por
sus habilidades estratégicas y militares, lo que le permitió expandir el
imperio a través de numerosas conquistas. Durante su reinado, llevó a cabo
campañas militares exitosas en Europa, Asia y África.
Conquista de
Belgrado (1521)
Uno de los
primeros logros militares de Solimán fue la conquista de Belgrado en 1521. Esta
ciudad, que se encontraba en manos del Reino de Hungría, fue tomada por las
fuerzas otomanas después de un asedio exitoso. El asedio de Belgrado en 1521
fue un evento que se dio como resultado del tercer gran ataque otomano a esta
fortaleza húngara durante las guerras otomano-húngaras, en la época de la
máxima expansión del Imperio Otomano hacia el oeste. El sultán otomano Suleimán
el Magnífico lanzó su ejército a mediados de mayo de 1521. El estado húngaro
estaba casi en desorden y no podía contraatacar de manera efectiva al ejército
otomano.
Conquista de
Rodas (1522)
En 1522,
Solimán lideró un asedio a la isla de Rodas, que en ese momento estaba bajo el
control de los Caballeros Hospitalarios. Después de varios meses de lucha
intensa, los otomanos lograron capturar la isla y expulsar a los caballeros. Los
otomanos sostuvieron el asedio de 6 meses gracias a la flota de
reabastecimiento egipcia y la proximidad a la costa de Anatolia; los
defensores, incapaces de recibir ayuda de Europa, fueron agotados en pólvora y
efectivos. La flota otomana, fortalecida, dominó mares que iban desde el
Mediterráneo hasta el Mar Rojo, y abrió un corredor para acciones futuras
contra rivales en la región.
Conquista de
Hungría (1526-1541)
Otro logro
importante de Solimán fue la conquista de gran parte del Reino de Hungría. En
la Batalla de Mohács en agosto de 1526, las fuerzas otomanas derrotaron al
ejército húngaro y su rey murió en combate. El enfrentamiento se produjo a poco
más de 100 Km. de Buda, en la llanura de Mohacs, donde los húngaros esperaban
poder utilizar adecuadamente su potente caballería. Pero los tiempos habían
cambiado. Ya había pasado la época de la caballería acorazada, y los turcos
contaban con un ejercito mucho más moderno, en el que la infantería con armas
de fuego y una eficiente artillería jugaban un papel principal. A pesar de todo
la valerosa carga de los jinetes húngaros estuvo a punto de ser decisiva.
Arrollaron a las primeras filas de los turcos para ser finalmente detenidos en
la última línea por la artillería y los mosquetes de los jenízaros del Sultán. La
victoria de Mohács representó un punto de inflexión. La derrota de las fuerzas
húngaras dio a Solimán la oportunidad de consolidar su influencia en la región,
provocando la caída del propio rey Luis II. El reino había quedado desarbolado,
la capital cayó de inmediato y su territorio fue saqueado y ocupado.

Asedio de
Viena (1529)
Uno de los
momentos más destacados en la carrera militar de Solimán fue el asedio de Viena
en 1529. Bajo el mando del sultán Solimán I, conocido como «el Magnífico», el
Imperio otomano dirigió su mayor esfuerzo militar hacia el corazón de Europa
central con el objetivo de tomar la capital del archiducado de Austria. La
ciudad resistió durante menos de tres semanas frente a un ejército que la
superaba en efectivos de forma abrumadora. El fracaso del asedio no solo detuvo
el avance turco en el continente europeo, sino que marcó el inicio de una larga
rivalidad entre los Habsburgo y la Sublime Puerta que se prolongaría más de
siglo y medio.
Conquista de
Bagdad (1534)
En 1534,
Solimán lideró la conquista de Bagdad, la capital del Imperio Safávida en
Persia. La captura otomana de Bagdad en 1534, que tuvo lugar durante la primera
campaña de una guerra de veinte años entre el Imperio otomano y el Imperio
persa (safávida del Shah Ṭahmāsp I. Tras la victoria de las fuerzas de Süleyman el
Magnífico, la famosa ciudad permaneció casi ininterrumpidamente en manos
otomanas hasta que fue capturada por los británicos en 1917. Esta victoria
permitió al Imperio Otomano consolidar su control sobre gran parte de
Mesopotamia y expandir su influencia en la región, y llegando hasta la India.
A la
expansión de Solimán el Magnífico se opondrían enérgicamente España y Austria,
con la ayuda de Polonia y Venecia, siendo el mayor adalid de esta defensa el
emperador Carlos I de España y V de Alemania. Pero como el enemigo juramentado
de éste, el rey francés Francisco I, no veía con buenos ojos el liderazgo
europeo del hijo de Juana la Loca, no dudó en aliarse con el turco para reducir
su poder.
La muerte de
Solimán ocurrió el 7 de septiembre de 1566, durante una campaña militar en
Szigetvár, actualmente parte de Hungría. A pesar de su avanzada edad, Solimán
lideró personalmente el asedio de la fortaleza húngara. La muerte de Solimán el
Magnífico marcó el final de una era en el Imperio Otomano.

LAS GUERRAS
ITALIANAS
Las guerras
italianas, también conocidas como las Grandes Guerras Italianas y las Guerras
de Italia, fueron una serie de conflictos sucedidos entre 1494 y 1559 que
implicaron, en distintas ocasiones, a los principales Estados de la Europa
Occidental: Francia, Corona de Castilla, Corona de Aragón, Sacro Imperio Romano
Germánico, Inglaterra, la República de Venecia, los Estados Pontificios y la
mayoría de las ciudades-estado italianas, así como también el Imperio otomano.
El
enfrentamiento entre Francia y la Casa de Habsburgo será, salvo breves períodos
excepcionales, una constante durante los siglos XVI y XVII. La común política
italiana, el problema de Navarra y, sobre todo, el cerco de los Estados de los
Austrias en torno a Francia mantendrán viva una hostilidad que se manifestará
periódicamente en conflictos abiertos en muy diversos puntos del Continente, e
incluso fuera de él. Las distintas circunstancias en las que se desenvolverá
esta enemistad marcarán varias etapas diferenciadas. En un primer período, el
escenario de los enfrentamientos se limitará casi exclusivamente a Italia. La
rivalidad a causa de intereses enfrentados en la península italiana había sido
aportada a la Monarquía española por la Corona de Aragón, que, como restos de
su expansión mediterránea, conservaba Cerdeña (1325) y Sicilia (1409), mientras
que el Reino de Nápoles, anexionado en 1442, había pasado en 1458 a una rama
bastarda de Aragón, a la muerte de Alfonso V. Por su parte, Francia reivindicaba
los derechos sobre el trono napolitano de la dinastía de los Anjou, que habían
reinado de 1282 a 1442. El rey francés, Carlos VIII, imbuido de ideas
caballerescas y de cruzada, había iniciado los movimientos. En 1493 se había
asegurado la neutralidad del emperador Maximiliano, a cambio del Artois y el
Franco Condado, y de Fernando el Católico, a cambio del Rosellón y la Cerdaña.

Primera
Guerra Italiana (1494-1498)
Esta guerra
comenzó cuando Carlos VIII de Francia quiso reclamar el Reino de Nápoles para
sí. En 1494, sus ejércitos avanzaron rápidamente por Italia y ocuparon Nápoles.
Para detenerlo, se formó la Liga de Venecia en 1495. Esta liga incluía a Milán,
Venecia, el Sacro Imperio Romano Germánico, España y los Estados Pontificios.
Aunque la batalla de Fornovo (1495) no tuvo un ganador claro, Carlos VIII tuvo
que retirar sus tropas del norte de Italia. En el sur, las tropas españolas,
lide radas por el famoso Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, lograron
resistir. A pesar de algunas derrotas, los españoles recibieron refuerzos y
lograron expulsar a los franceses de Nápoles. La guerra terminó en 1498 con un
tratado de paz.

El 6 de
julio de 1495, mientras se retira de Nápoles hacia Francia, Carlos VIII es
interceptado en Fornovo por la Liga Italiana. A pesar del terreno difícil y de
un enfrentamiento desorganizado, el ejército francés logra romper el cerco.
Aunque las pérdidas son cuantiosas en ambos bandos, los franceses mantienen la
cohesión y continúan su marcha, lo que les permite llegar a Francia sin un
desastre militar.
Guerra
Italiana de 1499-1501
El nuevo rey
de Francia, Luis XII, también quería el Ducado de Milán y el Reino de Nápoles.
Para lograrlo, hizo alianzas con Venecia y el Papa Alejandro VI. En 1499, un
ejército francés invadió el Ducado de Milán y lo ocupó. El duque de Milán,
Ludovico Sforza, intentó recuperar su territorio con la ayuda de mercenarios,
pero fue traicionado y capturado. Mientras tanto, el hijo del Papa, César
Borgia, conquistó varias ciudades en la región de la Romaña.
Guerra de
Nápoles (1501-1504)
Antes de
atacar el sur de Italia, Luis XII de Francia hizo un acuerdo con Fernando II de
Aragón (rey de España) en 1500. Decidieron dividirse el Reino de Nápoles: el
sur sería para España y el norte para Francia. Las tropas españolas y francesas
ocuparon sus respectivas zonas. Sin embargo, pronto surgieron desacuerdos sobre
los límites. En los enfrentamientos que siguieron, las tropas del Gran Capitán
derrotaron a los franceses en varias batallas importantes en 1503, como
Ceriñola y Garellano. Finalmente, en 1504, Francia cedió el Reino de Nápoles a
España. Nápoles permaneció bajo control español hasta 1707.

La batalla
de Ceriñola es una batalla de gran importancia en la historia puesto que cambió
el curso de la guerra para las fuerzas españolas, pero también marcaría el
comienzo del cambio en la forma de hacer la guerra. La introducción del uso del
arcabuz entre sus tropas por parte del Gran Capitán fue un elemento innovador y
decisivo, que mostró que el arma de fuego marcaría un cambio radical en los
ejércitos.
Guerra de la
Liga de Cambrai (1508-1516)
Las
rivalidades internas de los Estados italianos provocarán la guerra y la
invasión extranjera. Así, el inquieto papa Julio II promovió, en 1508, la Liga
de Cambrai contra Venecia, en la que participarán Francia y España, más el
emperador, para detener el crecimiento de la República de Venecia. Esta liga
incluía a Francia, el Papado, España y el Sacro Imperio Romano Germánico. Aunque
la Liga logró una gran victoria contra Venecia en la batalla de Agnadello
(1509), la alianza se rompió. El Papa Julio II se alió con Venecia y declaró la
guerra a Francia. Después de más combates, Francia fue expulsada de Italia. Sin
embargo, en 1512, Venecia se alió con Francia, lo que cambió el rumbo de la
guerra. La paz se firmó en 1516, y las cosas volvieron a ser como antes de la
guerra.

La batalla
de Agnadello fue una de las más significativas batallas en la Guerra de la Liga
de Cambrai, y una de las mayores batallas de las Guerras Italianas. El 15 de
abril de 1509, un ejército francés al mando de Luis XII salió de Milán e
invadió el territorio de la República de Venecia. Para detener el avance
enemigo, los venecianos reunieron un ejército mercenario, cerca de Bérgamo,
comandado por Bartolomeo d’Alviano y Niccolò di Pitigliano, ambos
pertenecientes a la familia Orsini.
Guerra
Italiana de 1521-1526
Cuando
Carlos I de España se convirtió en emperador del Sacro Imperio Romano Germánico
en 1519, su imperio se hizo enorme. Francisco I de Francia, que también quería
ser emperador, comenzó una guerra contra España. Las tropas francesas
intentaron tomar Nápoles, pero fueron derrotadas por los ejércitos españoles.
En 1525, el propio Francisco I dirigió a sus tropas en Lombardía, pero fue
derrotado y hecho prisionero en la batalla de Pavía. Esto obligó a Francia a
ceder muchos territorios a España en Italia.

La batalla
de Pavía se libró el 24 de febrero de 1525 entre el ejército francés al mando
del rey Francisco I y las tropas germano-españolas del emperador Carlos V, con
victoria de estas últimas, en las proximidades de la ciudad italiana de Pavía. La
derrota francesa fue catastrófica pues, aparte de las innumerables bajas,
muchos de sus mejores comandantes murieron en Pavía. Además el rey francés fue
obligado a firmar el Tratado de Madrid por el que Francia renunciaba a sus
dominios en disputa con España en suelo europeo. Pavía pone de manifiesto que
la combinación organizada de caballería e infantería puede ser letal. Además
pone de manifiesto que el Tercio ideado por Don Gonzalo Fernández de Córdoba a
finales del siglo XV sería fundamental para el ejército imperial en los siglos
venideros.
Guerra de la
Liga de Cognac (1526-1529)
En 1526, el
Clemente VII, preocupado por el gran poder de España, se alió con Francia,
Venecia y otras ciudades italianas para formar la Liga de Cognac contra Carlos
I de España.Las fuerzas españolas tomaron Florencia y en 1527 saquearon Roma,
capturando al Papa. La guerra terminó en 1529 con la paz de Cambrai, donde
Francia se retiró. Venecia también hizo la paz con España, y Florencia volvió a
ser gobernada por la familia Médici.
Guerra
Italiana de 1536-1538
Esta guerra
comenzó cuando el duque de Milán murió y Felipe II de España (hijo de Carlos I)
heredó el ducado. Francisco I de Francia invadió Saboya y tomó Turín, pero no
pudo conquistar Milán. En respuesta, Carlos I de España invadió Provenza en
Francia, pero decidió retirarse. La guerra terminó con la tregua de Niza,
dejando Turín en manos francesas, pero sin grandes cambios en el mapa de
Italia.
Guerra
Italiana de 1542-1546
Francisco I
de Francia, aliado con Solimán I del Imperio otomano, lanzó una última invasión
de Italia. Una flota conjunta franco-otomana capturó la ciudad de Niza en 1543.
Aunque los franceses ganaron la batalla de Cerisoles en 1544, no lograron
avanzar en Lombardía. Carlos I de España y Enrique VIII de Inglaterra
invadieron el norte de Francia. Sin embargo, la falta de coordinación y los
ataques otomanos hicieron que Carlos abandonara sus conquistas, y la situación
volvió a ser como antes.
En la batalla
de Ceresole (Cerisoles) el ejército francés inflige una aplastante derrota a
las fuerzas imperiales, utilizando una combinación eficaz de tácticas de
infantería, caballería y artillería. La batalla afirma temporalmente la
dominación francesa en Lombardía.
Guerra
Italiana de 1551-1559
En 1547,
Enrique II de Francia (sucesor de Francisco I) declaró la guerra a Carlos I de
España para recuperar Italia y asegurar Francia. Al principio, Francia tuvo
éxito en Lorena. Sin embargo, un intento de invasión francesa de Toscana en
1553 fracasó. Carlos I de España abdicó en 1556, dividiendo su imperio entre
Felipe II de España y Fernando I. La guerra se trasladó a Flandes, donde Felipe
II de España, aliado con Manuel Filiberto de Saboya, derrotó a los franceses en
la batalla de San Quintín en 1557. Aunque Inglaterra se unió a la guerra y los
franceses tomaron Calais, Francia se vio obligada a firmar la paz de
Cateau-Cambrésis. Con este tratado, Francia renunció a sus reclamos sobre los
territorios italianos.
El 10 de
agosto de 1557, se libró la batalla de San Quintín, entre los ejércitos de
Felipe II, a las órdenes del Duque de Saboya, y las fuerzas francesas, mandadas
por el Almirante Coligni y el Mariscal Montmorency. Un ejército
hispano-imperial derrotó a Francia en una de las batallas más decisivas del
siglo XVI. Aquella victoria no solo cambió el rumbo de una guerra, sino que dio
origen a uno de los monumentos más emblemáticos de España: el Monasterio de El
Escorial.

Cuando las
Guerras Italianas terminaron en 1559, España se había convertido en la potencia
más importante del mundo, superando a Francia. Los estados de Italia, que antes
habían sido muy poderosos, vieron reducido su poder político y militar. Algunos
incluso desaparecieron. Aunque las guerras de Italia de comienzos de siglo no
den solución a unos problemas que permanecerán casi en el mismo punto por
varios decenios, sí supondrán un cambio en las relaciones internacionales
europeas. Por un lado, modificaron la diplomacia, a través de los innumerables
acuerdos realizados entre los diversos Estados contendientes, haciendo
necesaria la representación diplomática permanente. Por otro, se produjeron
cambios decisivos en el arte bélico: la infantería sustituyó a la caballería
como pieza esencial del ejército y las armas de fuego revolucionaron la
estrategia y los sistemas de enfrentamiento, mientras que los mayores costos en
armamento requerirán en adelante mayores inversiones, sólo permitidas a los
grandes Estados, dejando de ser competitivos los ejércitos nobiliarios e
incluso los de los pequeños Estados, que, como los italianos, cada vez tendrán
menos protagonismo en la arena internacional.
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LA CONQUISTA
DE MÉXICO
La conquista
de México es el gran suceso mediante el que la corona española sometió al
Imperio mexica y se hizo con el control de sus territorios en las primeras décadas del siglo XVI
en el marco de la conquista de América. Este enfrentamiento bélico se prolongó
desde 1519 a 1521, cuando los españoles conquistaron la capital de los mexicas:
Tenochtitlan. La Conquista de México (1519-1521) fue uno de los eventos más
extraordinarios de la historia universal: el derrumbe de una de las
civilizaciones más sofisticadas de Mesoamérica ante una expedición española de
menos de 1.000 hombres en el transcurso de apenas tres años.

El imperio
Azteca, en el momento del contacto europeo, era la potencia política y militar
dominante de Mesoamérica: gobernaba aproximadamente 400 ciudades-estado
tributarias, tenía una capital (Tenochtitlán) de entre 200.000 y 600.000
habitantes (una de las ciudades más grandes del mundo en 1519), controlaba un
territorio que se extendía desde lo que es ahora el norte de México hasta
América Central, mantenía un ejército extraordinariamente capaz de decenas de
miles de guerreros de élite y operaba un sistema administrativo y tributario
sofisticado que permitía extraer riqueza de cientos de poblaciones
subordinadas. El imperio de los mexicas había basado su prosperidad económica
en tres pilares: la agricultura, los tributos pagados por los pueblos sometidos
y el comercio.
Procedente
de una familia de hidalgos de Extremadura, Hernán Cortés estudió brevemente en
la Universidad de Salamanca. En 1504 pasó a las Indias, recién descubiertas por
Cristóbal Colón, y se estableció como escribano y terrateniente en La Española
(Santo Domingo). En 1511 participó en la expedición a Cuba como secretario del
gobernador Diego Velázquez de Cuéllar, con quien emparentó al casarse con su
cuñada; Velázquez le nombró alcalde de la nueva ciudad de Santiago. En 1518
Diego Velázquez puso a Hernán Cortés al mando de una expedición a Yucatán.

La conquista
fue proceso de tres fases: primero la marcha inicial desde la costa hacia
Tenochtitlán (1519) con la alianza de Tlaxcala. Segundo, el establecimiento del
control español sobre la ciudad mediante la captura del emperador Moctezuma
(noviembre 1519-junio 1520). Y tercero, el asedio y destrucción total de
Tenochtitlán tras el levantamiento indígena (mayo-agosto 1521). Cortés, con el
instinto estratégico de un conquistador experimentado, comprendió que la única
manera de conquistar un imperio de millones era fragmentar su estructura
política mediante alianzas astutas, captura de su liderazgo y manipulación de
tensiones internas. Cortés y sus hombres contaron con la ayuda de varios
pueblos de la zona, deseosos de librarse del dominio mexica, en su marcha hacia
Tenochtitlán. Estas alianzas, junto con la superioridad armamentística,
permitió a los españoles salir victoriosos.

La
expedición de conquista partió de Cuba, al mando de Hernán Cortés, el 10 de
febrero de 1519. Expediciones realizadas en años anteriores habían confirmado
la existencia de un imperio confederado dominado por los aztecas, así como la
existencia de enormes riquezas en metales preciosos.
La
expedición se componía de 11 barcos. En abril de 1519, llegó a las costas del
Golfo de México donde, el 22 de ese mes, fundó la ciudad de Villa Rica de la
Veracruz. Allí permaneció 4 meses durante los cuales Cortés rompió relaciones
con Diego Velázquez, gobernador de Cuba y envió un barco a España con el
objetivo de obtener los documentos que le permitieran legalizar su situación.
Además, tomó contacto con indígenas enemistados con los aztecas y los sumó a
sus tropas. En agosto, inició la marcha hacia Tenochtitlán, la capital del
imperio azteca.
En noviembre
de ese año el emperador Moctezuma recibió a los españoles en Tenochtitlán, pero
fue tomado prisionero. Si bien Cortés logró entrar en la capital, su
intransigencia con las cuestiones religiosas lo enemistó con los sacerdotes
aztecas. El 20 de junio de 1520, un levantamiento popular obligó a los
españoles a huir de la ciudad. Se conoce ese episodio como «la noche triste».
Después de
la derrota de "La Noche Triste", los restos del ejército de Hernán
Cortés se dirigieron a las alturas del valle de Otumba. Allí, Cortés dispuso
sus fuerzas con gran acierto ante el inminente ataque de los indios. El 7 de
julio de 1520 Hernán Cortés se lanzó personalmente al galope sobre el jefe
azteca, que portaba la enseña imperial.
Al ver los indios el estandarte en manos del conquistador español, se
dieron a la fuga. La batalla de Otumba supuso la más increíble victoria
obtenida por los españoles en América.
Cortés logró
reunir a sus tropas y reorganizarlas gracias a la alianza con los tlaxcaltecas,
vecinos y feroces enemigos de los aztecas. Con ese apoyo y refuerzos españoles,
en diciembre de ese año inició el sitio a la ciudad de Tenochtitlán tanto por
tierra como por agua ya que la ciudad estaba ubicada en una laguna.
El 12 de
agosto de 1521, agotados por hambre y enfermedades, los aztecas rindieron la
ciudad a Cortés. De ese modo, el imperio cayó en manos de los conquistadores
españoles.
Las
diferencias de poderío tecnológico y táctico entre las tropas de los
conquistadores españoles y los ejércitos mexicanos. Los españoles contaban con
armas de fuego y caballos mientras que los americanos empleaban tácticas y
armas que resultaban ineficaces contra los europeos.
El
sometimiento de las poblaciones de la región por parte del Imperio azteca.
Estas poblaciones vieron en la alianza con los españoles la posibilidad de
vencer a su enemigo y participaron junto a ellos de la conquista del Imperio
azteca.
Las
creencias de los pueblos americanos. Narraciones mitológicas afirmaban que la
llegada de hombres rubios (encarnaciones de Quetzalcoatl) marcaría el fin de
una era.
La conquista
resultó en aproximadamente 125.000 a 400.000 muertes (las estimaciones varían
enormemente), la destrucción completa de la capital, la eliminación de la élite
política Azteca y la transformación radical de la estructura social
mesoamericana mediante la institución de la encomienda, la conversión forzada
al cristianismo y la explotación sistemática de la población indígena bajo
dominio colonial español.
LA CONQUISTA
DE CHILE
La conquista
de Chile fue llevada a cabo por el Imperio Español, dirigido por Pedro de
Valdivia, quien lideró una expedición hacia el sur del continente americano en
busca de nuevas tierras y recursos. Durante este proceso, los españoles se
enfrentaron a la resistencia de los pueblos indígenas que habitaban la región,
como los mapuches. A medida que avanzaban hacia el sur, los colonizadores
españoles establecieron ciudades y fortalezas, y comenzaron a imponer su
dominio sobre la población nativa. A lo largo de la conquista, se produjeron
numerosos conflictos y batallas, en los cuales los españoles utilizaron su
superioridad tecnológica y militar para someter a los indígenas.

Uno de los
primeros expedicionarios en llegar a Chile fue Diego de Almagro, que había
partido hacia el sur en 1533, enviado por Francisco Pizarro, sabiendo la
ferocidad de los indios de la región, donde ni siquiera los incas habían podido
penetrar. Almagro salió de Cuzco, entró en Chile por el norte y fundó la ciudad
de Copiapó antes de llegar al río Maule, la frontera que los incas no
traspasaban. Tras cruentas luchas, al no encontrar el ansiado oro y dada la
pobreza de la zona, retornó a Perú.
Francisco
Pizarro, ya en el poder en Perú, organizó otra expedición en 1538, a cuyo
frente situó a un soldado de las guerras de Italia y paisano suyo, Pedro de
Valdivia quien, con unos ciento cincuenta soldados y pertrechos, penetra en
Chile. Tras once meses de marcha y de enfrentamientos, llegó al valle del
Mapocho en diciembre de 1540. La organización bélica y urbana lo llevó a fundar
Santiago del Nuevo Extremo, la futura capital de Chile, el 12 de
febrero de 1541. Poco después Valdivia nombró a los integrantes del cabildo, el
que a su vez lo nombraría gobernador de Chile. En 1550 comenzó el avance hacia
el Sur y con ello comenzará también la Guerra de Arauco, por lo cuanto deberán
enfrentarse con la fiera resistencia del pueblo mapuche. Por esta razón
Valdivia debió fundar varios fuertes, sobre todo en el territorio propiamente
araucano.

La conquista
de Chile por parte de los españoles fue un proceso marcado por la resistencia
indígena. La llegada de los españoles no fue recibida pacíficamente por los
pueblos indígenas de Chile. La resistencia indígena fue constante y feroz. Los
españoles, a pesar de su superioridad tecnológica, tuvieron dificultades para
someter a los mapuches. La guerra se convirtió en un conflicto de desgaste, con
enfrentamientos sangrientos y tácticas crueles por ambos lados. La resistencia
mapuche, a pesar de las derrotas y las masacres, nunca se extinguió y logró
mantener su autonomía en una zona conocida como la Araucanía. Liderados por
caciques y toquis, utilizaron estrategias de guerrilla y emboscadas para
intentar expulsar a los invasores.
Uno de los
ejemplos más destacados de resistencia indígena en la conquista de Chile es la
figura de Lautaro, un joven mapuche que fue capturado y esclavizado por los
españoles, pero que logró escapar y convertirse en un líder militar. Lautaro
organizó a su pueblo y lideró una serie de ataques exitosos contra los
conquistadores. Su valentía y estrategia lo convirtieron en un símbolo de la
resistencia indígena.

Militarmente
Valdivia obtuvo importantes triunfos, como la batalla de Andalién y la batalla
de Penco (1550). Estas grandes victorias permitieron a Valdivia establecer
ciudades en territorios indígenas, como Concepción (1550), La Imperial,
Valdivia (1552), Villarrica (1552), y Los Confines (1553). Encontró la muerte
después de ser tomado prisionero en Tucapel el 25 de diciembre de 1553, hecho
que dio inicio a la primera gran sublevación mapuche, la que al mando del toqui
Lautaro amenazó con desterrar el dominio español de estas tierras. Su sucesor Francisco
de Villagra intentó detener la rebelión indígena, que tenía como cabeza a
Lautaro, pero al enfrentarse en la batalla de Marihueñu el 26 de febrero sufrió
una terrible derrota. Lautaro vuelve a vencer a los españoles en Angol y en la
refundada Concepción. Villagra cumpliendo el fallo de los letrados marcha al
sur, y logra introducirse con sus hombres por sorpresa en el campamento
mapuche, matando a Lautaro y venciendo a los araucanos en la batalla de
Mataquito el 1 de abril de 1557.

LAS GUERRAS
IMJIN
Las Guerras
Imjin, también conocida como las invasiones japonesas de Corea, constituye uno
de los episodios bélicos más determinantes en la historia de Asia oriental
durante el siglo XVI. Este conflicto, iniciado en 1592 bajo el mandato de
Toyotomi Hideyoshi, buscaba utilizar la península coreana como corredor
estratégico para una eventual conquista de la dinastía Ming en China. Entre las
mayores guerras de la Asia premoderna, la Guerra Imjin enfrentó las ambiciones
expansionistas de Japón con la férrea resistencia de Corea y la intervención de
la dinastía Ming. Las innovaciones navales de Yi Sun-sin y el impacto
geopolítico del conflicto marcaron un antes y un después en la historia de la región.
Las guerras Imjin constituyeron un episodio fundamental en la historia de Corea
y en las relaciones de este reino con Japón y China. El término “Imjin” hace
referencia al año del calendario sexagenario coreano en que comenzó la primera
invasión.

Tras
unificar Japón poniendo fin al período Sengoku, Toyotomi Hideyoshi, caudillo
feudal, asesor principal del emperador y Canciller del reino, enfrentaba el
desafío de expansión continental como una vía para consolidar su poder y emprendió
dos expediciones militares contra Corea, en un intento por invadir China.
La corte
Joseon, gobernada por la dinastía coreana homónima, no anticipó la magnitud de
la ofensiva. Décadas de relativa estabilidad habían debilitado su preparación
militar, en contraste con las fuerzas japonesas, curtidas por años de guerra
civil y equipadas con arcabuces introducidos por comerciantes portugueses.
Primera
invasión (1592-1593)
La primera
invasión, iniciada en mayo de 1592, resultó devastadora para las defensas
terrestres coreanas. Las tropas japonesas, lideradas por generales como Konishi
Yukinaga y Katō Kiyomasa, avanzaron con rapidez hacia Hanseong (actual Seúl) y
posteriormente hacia Pyongyang, aprovechando la superioridad de su armamento de
fuego. Sin embargo, el curso de la guerra experimentó un giro decisivo gracias
a la intervención de la armada coreana y al apoyo militar enviado por la
dinastía Ming. Esta combinación de resistencia naval, guerrillas civiles
conocidas como “ejércitos justicieros” y refuerzos chinos permitió contener el
avance japonés en el territorio continental. La ambiciosa campaña tuvo un
brillante comienzo cuando fueron capturadas ciudades como Pyogyang y Seúl, pero
eventualmente las operaciones combinadas de la flota coreana liderada por el
almirante Yi Sun-sin, un gran ejército de la China Ming y los bien organizados
rebeldes locales, llevaron a la primera invasión a un estancamiento en 1593.

El almirante
Yi Sun-sin representa la figura más emblemática de la resistencia coreana
durante este conflicto. Su dominio táctico del mar Amarillo y del estrecho de
Corea resultó fundamental para interrumpir las líneas de suministro japonesas,
evitando que los refuerzos y provisiones llegaran con regularidad a las tropas
invasoras.

La batalla
de Hansado tuvo lugar el 14 de Agosto de 1592 entre la flota japonesa al mando
del almirante Wakizaka Yasuharu y la flota coreana al mando del almirante Yi
Sun Sin. La batalla terminó con una rotunda victoria coreana. Empleando la
formación táctica conocida como “ala de grulla”, Yi Sun-sin logró rodear y
destruir una parte sustancial de la flota japonesa, asegurando el control del
mar del Sur. La victoria de Yi fue total, veintiséis barcos japoneses fueron
hundidos o incendiados (ref) mientras los coreanos solo sufrieron un herido. Al
día siguiente la flota de Yi encontró gran número de barcos de abastecimiento y
escoltas en la ruta entre Tsushima y Busán y los barcos coreanos destruyeron o
capturaron a 40 barcos sin tener una sola perdida Yi consiguió otra importante
victoria cerca de Sacheon y continuó infligiendo daños y derrotas a los
japoneses. L a batalla
de Hansan-do se considera una de las victorias navales más significativas de la
historia coreana.
Segunda
invasión (1597-1598)
Tras una
tregua marcada por negociaciones diplomáticas infructuosas entre Japón y la
dinastía Ming, Hideyoshi ordenó una segunda invasión en 1597, conocida como la
Guerra Chongyu. Esta campaña, aunque inicialmente exitosa en algunos frentes,
no logró revertir el deterioro estratégico que ya enfrentaban las fuerzas
japonesas.

La batalla
de Myeongnyang, en octubre de 1597, constituye otro hito de la resistencia
naval coreana. Con apenas trece embarcaciones disponibles, Yi Sun-sin enfrentó
a una flota japonesa considerablemente superior en número. Consciente de su
inferioridad numérica y de la escasez de recursos, el almirante eligió pelear
en lo que podría llamarse el "Thermopylae coreano": el estrecho de
Myeongnyang, también llamado "El Canal Rugiente" por la fuerza de sus
corrientes. Según los registros, la pequeña flota coreana se alineó con la proa
apuntando al canal, una decisión estratégica por dos motivos: obligar a los
japoneses a atacar primero y disponer de una ruta de retirada segura en caso de
ser superados.
El
fallecimiento de Toyotomi Hideyoshi en agosto de 1598 precipitó el fin del
conflicto. Sin el impulso político de su principal promotor, las fuerzas
japonesas iniciaron una retirada progresiva del territorio coreano, buscando
evitar mayores pérdidas humanas y materiales en un conflicto que ya no contaba
con respaldo estratégico claro.

La Batalla
de Noryang, la última gran batalla de las invasiones japonesas de Corea, se
libró entre la armada japonesa y las flotas combinadas del Reino Joseon y la
dinastía Ming. Tuvo lugar en la madrugada del 16 de diciembre (19 de noviembre
en el calendario lunar) de 1598 y terminó pasada la madrugada., marcó el
capítulo final de la guerra. En este enfrentamiento, Yi Sun-sin perdió la vida,
pero su victoria consolidó la expulsión definitiva de las tropas japonesas del
territorio de Joseon, cerrando un ciclo bélico de enorme trascendencia
regional. El conflicto, que fue una de las operaciones militares más grandes
jamás llevadas a cabo en Asia Oriental antes del siglo XX, no solo tuvo
devastadoras consecuencias en todos los ámbitos, sino que también agrió en
forma permanente las relaciones entre Japón y Corea.
LA GUERRA DE
LOS CAMPESINOS ALEMANES
La Guerra de
los Campesinos Alemanes (1524–1525) fue uno de los levantamientos populares más
notables de la Europa moderna temprana. Surgida en el contexto de tensiones
sociales, económicas y religiosas, esta revuelta involucró a cientos de miles
de campesinos y artesanos que exigían justicia, libertad y dignidad frente a un
orden feudal que consideraban opresivo. La
Guerra Campesina fue el mayor movimiento de masas en Europa, antes de 1789. El
corazón de la revuelta fue el suroeste y el centro de la actual Alemania, con
salpicaduras en Lorena y el Franco Condado de lengua francesa, el Tirol
austriaco, y zonas del este de Prusia y eslavas. Su periodo culminante se
desarrolló en el año 1525, pero tiene sus raíces en el 1524 y no acaba de
sofocarse hasta 1526.
En 1525 los
campesinos alemanes tomaron las armas para rechazar los abusos que sufrían por
parte de los señores feudales, provocando una represión implacable en la que
participó Lutero.
El caudillo
de la revolución fue Thomas Müntzer, teólogo
y predicador apocalíptico alemán que llegó a convertirse en uno de los líderes
de la guerra de los campesinos alemanes. En un principio, fue seguidor del
reformador Martín Lutero (1483-1546), aunque después Müntzer fundó su propio
movimiento, el cual Lutero condenó por considerarlo demasiado radical y que
contribuyó al estallido de la Guerra de los Campesinos. Se separó así de la
ortodoxia luterana e inició la predicación de su propia doctrina mística, unida
a un mensaje revolucionario y teocrático que instaba a los creyentes a
construir inmediatamente el reino de Dios en la Tierra.
Los
desórdenes comienzan en los años noventa del siglo XV, protagonizados por Hans
Böheim o Niklashausen en el valle del Tauber, que fluye entre Baden Württemberg
y Baviera hasta descargar en el Meno al sureste de Frankfurt. Würtzburg es una
ciudad episcopal de Franconia que se encargó de sofocar las prédicas de
Niklashausen, pastor de ganado, anticlerical, pero profundamente religioso, el
caldo de cultivo del protestantismo posterior.

Las
predicaciones luteranas sobre la libertad cristiana y contra la opresión de la
autoridad eclesiástica y aun contra el emperador, contribuyen, indudablemente,
a revolver las pasiones, ya desde antiguo contenidas, y a desatar la revuelta
general que se conocerá en la historia como «Guerra de los campesinos alemanes».
Los campesinos de la Selva Negra (Suabia), oprimidos por el aumento del poder
de los nobles, proponen sus reivindicaciones en doce célebres puntos («Doce
artículos del campesinado en Suabia»). Entre otras cosas, exigen la abolición
de la servidumbre, el libre disfrute de la caza, la supresión de los diezmos,
libertad en la elección de sus pastores, todo «conforme al evangelio». El
movimiento no tarda en extenderse y los campesinos de Alemania Central y
Meridional se sublevan con una clara tendencia a la revolución política y
social.
En Alemania,
la escasez de tropas, que estaban en Italia luchando contra los franceses, hace
que la nobleza ceda y llegue a un acuerdo con los campesinos para atender sus
reivindicaciones.
Roto el
compromiso inicial por la nobleza, inicia, en la fecha, la «Guerra de los
campesinos» (1525-1527). Enfrenta a los campesinos de Suabia, Alsacia, Tirol,
Salzburgo, Franconia, Turingia y norte de Alemania, dirigidos por Tomás
MÜNTZER, con la nobleza y, sobre todo, en Alsacia, con el obispo de Estrasburgo
que ha adoptado el luteranismo. Los «Doce artículos del campesinado en Suabia»,
se convierten en el manifiesto de todos los campesinos sublevados. Pero la
revuelta es rápidamente dominada.
Thomas
Müntzer y sus hordas de campesinos son derrotados, primero en Leipheim el
4/4/1525, y finalmente en la Batalla de Frakenhausen. El cabecilla y los
principales dirigentes de la revuelta, tras ser cruelmente torturados, son
decapitados dos días después. En la batalla de Frankenhausen un ejército de
nobles aborta la llamada «Revuelta de los campesinos» alemana, cruento
movimiento del campesinado alemán en demanda de las condiciones laborales de la
Edad Media. Aplastados los campesinos, éstos se dividen en bandas y se
debilitan al incorporar elementos del subproletariado urbano y vagabundos que
los alejan de su lucha inicial.
LAS GUERRAS
DE RELIGIÓN EN FRANCIA
Las Guerras
de Religión en Francia representaron uno de los períodos más turbulentos y
sangrientos de la historia francesa. Las Guerras de Religión fueron ocho
conflictos civiles que se desarrollaron en Francia entre 1562 y 1598. Este
conflicto enfrentó a católicos y protestantes, principalmente hugonotes
(seguidores de Juan Calvino), en una serie de ocho guerras civiles que
desgarraron el tejido social, político y económico del reino. Estos
enfrentamientos comenzaron debido a las rencillas entre católicos y hugonotes,
quienes recibieron el apoyo de distintas casas nobiliarias como los Borbón y
los Guisa, así como de países extranjeros.
La situación
en Francia en época moderna era bastante inestable. El luteranismo, una
corriente de reforma religiosa que criticaba al clero por su escasa formación y
que daba la vuelta a todo lo logrado por la iglesia, penetraba en el país. El
avance de esta doctrina, se hizo con las clases populares y con algunos
sectores muy influyentes.
El
surgimiento del protestantismo en Europa, especialmente después de la Reforma
de Martín Lutero en 1517, había encontrado un terreno fértil en Francia, donde
muchos nobles y burgueses adoptaron las ideas calvinistas. Sin embargo, la
monarquía francesa, tradicionalmente aliada con la Iglesia Católica, vio esta
expansión como una amenaza a su autoridad. La debilidad de la corona durante
los reinados de Francisco II, Carlos IX y Enrique III exacerbó las tensiones,
permitiendo que facciones nobiliarias, como los Guisa (católicos) y los
Borbones (protestantes), se enfrentaran en una lucha por el poder.
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Las Guerras
de Religión no fueron únicamente un conflicto teológico, sino también una lucha
por el control político de Francia. La Reforma Protestante había cuestionado la
autoridad papal y, por extensión, la de los monarcas católicos, lo que generó
una crisis de legitimidad en el gobierno. Los hugonotes, aunque minoría,
contaban con el apoyo de poderosas familias nobles, como los Condé y los
Coligny, quienes buscaban limitar el poder real y obtener mayores libertades
religiosas. Por otro lado, la Liga Católica, liderada por los Guisa, defendía
la ortodoxia religiosa y la alianza con España, el bastión del catolicismo en
Europa.
El Edicto de
Saint Germain de 1562 fue un edicto promulgado por la reina regente de Francia
Catalina de Médici en enero de 1562. El edicto permitía cierta libertad a los
protestantes en la católica Francia, principalmente a los calvinistas
hugonotes. Esto que daba libertad de culto privado a los hugonotes
(protestantes) y culto público de los mismos en los arrabales, descontentaron a
la Casa de los Guisa (católicos). Este recelo desembocó en la matanza de Vassy
de ese mismo año. La masacre de Vassy el 1 de marzo de 1562, donde fuerzas
católicas de Francisco, duque de Guisa, atacaron a hugonotes durante un
servicio religioso, marcó el inicio oficial de las guerras. A lo largo de
cuatro décadas, Francia se sumió en una espiral de violencia, con episodios tan
brutales como la Masacre de San Bartolomé en 1572, que dejó miles de muertos en
París y otras ciudades.
Primera
Guerra de Religión (1562-1563)
La primera
fue en 1562 y finalizó en 1563. Se desarrolló en la zona de Loira y Normandía. Los
hugonotes contaban con la ayuda de Suiza, Inglaterra y los protestantes del
Sacro Imperio Germánico, mientras que los católicos fueron apoyados por España
y los estados italianos. Los hugonotes habían conseguido refugio seguro en
algunas zonas. Las muertes fueron casi iguales en ambos bandos, destacando la
de Antonio de Borbón, el duque de Guisa y el Príncipe de Condé fue capturado
por los católicos, lo que propició el inicio de las conversaciones de paz, que
se culminarían con el Edicto de Amboise el 19 de marzo de 1563. Esta dicta la
libertad de conciencia pero existe una distinción entre nobles (con libertad de
culto) y el resto de hugonotes (culto limitado a una ciudad por provincia). El
objetivo era restaurar la armonía pero ni católicos ni protestantes aprueban
esta paz.
Segunda
Guerra de Religión (1567-1568)
El fracaso
de la aplicación del edicto en las provincias, sumado a las tensiones
internacionales y a la rivalidad entre el Príncipe de Condé con el duque de
Anjou, provocó el estallido de la Segunda Guerra de Religión el 28 de
septiembre de 1567. Comienza con el intento de secuestro del monarca Carlos IX
por parte de los hugonotes, que hace que Catalina de Medici se haga un poco más
radical en cuanto al protestantismo. Condé, es nombrado nuevo líder de los
hugonotes y los Guisa, aumentan su poder en el ámbito eclesiástico. Los hugonotes, encabezados por
Condé, intentaron apoderarse de la familia real y del cardenal de Lorena, lo
que desató una ola de venganza y batallas por toda Francia. El debilitamiento
de los dos bandos hizo que se firmara la Paz de Longjumeau el 22 de marzo de
1568, en la cual los hugonotes se comprometían a devolver todo lo conquistado,
a cambio de imponer sin restricciones el Edicto de Amboise.
Tercera
Guerra de Religión (1568-1570)
La derrota
de los hugonotes en Jarnac y la muerte de Condé, hace que se establezca un
nuevo líder: Coligny, almirante francés. Coligny formará parte del consejo de
Carlos IX con la intención de influenciarle. Su idea era colaborar con los
calvinistas de los Países Bajos (que estaba bajo la corona de la Monarquía
Hispánica) con el objetivo de restar el protagonismo a los católicos. En esta
tercera guerra, la figura de Felipe II hace renombre. Coligny intentará evitar
la guerra con Felipe por medio de un matrimonio entre Enrique de Navarra
(hugonote) con Margarita de Valois (católica y hermana de Carlos IX) en 1572. Esto
finaliza con la paz de Saint Germain en el que los hugonotes salen favorecidos
abandonando posiciones ultracatólicas.
Cuarta
Guerra de Religión (1572-1573)
Las partes
no estuvieron conformes con esta nueva organización territorial y
administrativa, por lo que pronto se retomaron las distintas conspiraciones
hasta desembocar en la Cuarta Guerra de Religión. El punto más oscuro llegó en
1572 con la Masacre de San Bartolomé, ordenada por Catalina de Médici y el
duque de Guisa, que dejó entre 5,000 y 30,000 hugonotes muertos en toda Francia,
en la que la mayoría de los protestantes fueron asesinados por las tropas
católicas, acaban con la vida de Coligny y Bunea, líderes hugonotes. Este
evento desencadenó la Cuarta Guerra y radicalizó aún más a ambos bandos. Los
hugonotes se consolidan en el Languedoc y se aproximan a los católicos
moderados (politiques) que querrán un acuerdo. Finalmente, en julio de 1573 se
firmó un nuevo tratado que debía garantizar de nuevo la libertad de conciencia
en todo el reino. En 1574 muere Carlos IX y su sucesor, Enrique III, rey de
Polonia abandona el trono polaco para instaurarse en Francia.
Quinta
Guerra de Religión (1574 -1576)
La Quinta
Guerra de Religión se produjo en 1574, cuando Condé abandonó la Corte e invadió
el país desde la frontera con el Sacro Imperio, al mando de un ejército
mercenario. Ante esto, se consolidan los politiques y se inicia la quinta
guerra en 1574 hasta 1576. Estos politiques son partidarios del diálogo y
contrarios a los Guisa. Apuestan por una tolerancia y una alianza con
hugonotes. El líder de este partido es Francisco de Anjou. Enrique III, recién
coronado rey, tuvo que firmar el Edicto de Beaulieu el 6 de mayo de 1576 para
evitar la desintegración del país. El monarca culpó a su madre y a su hermano
de semejante catástrofe, ya que el edicto fue un avance incalculable para los
hugonotes: se repartieron títulos para algunos desertores y protestantes; la
Matanza de San Bartolomé fue condenada; y las viudas y los huérfanos fueron
indemnizados por la corona. Todo esto crea un malestar en el catolicismo y se
crea la Liga Católica en 1576 que tiene como líder a Enrique de Guisa. Enrique
III anula el Edicto de Beaulieu y desarticula la Liga.

Sexta Guerra
de Religión (1576-1577)
La
humillación que supuso el nuevo tratado provocó que los católicos formaran la
Liga Católica y que forzaran al rey a actuar en la Sexta Guerra de Religión. La
sexta guerra en comienza con la convocatoria de los Estados Generales en ese
mismo año en Blois por parte de Enrique III, con la finalidad de apartar a
Enrique de Guisa de la Iglesia. El problema viene cuando el sucesor de Enrique
III, Francisco de Anjou, muere en 1584. Esta muerte hace que Enrique de Navarra
(hugonote y Borbón) sea el próximo rey a la muerte de Enrique III. Esta vez,
los católicos consiguieron un pacto mucho más favorable con el Edicto de
Poitiers el 8 de octubre de 1577, donde se restringieron las condiciones del
culto protestante y se daban por finiquitadas las humillaciones del Edicto de
Beaulieu.
Séptima
Guerra de Religión (1579-1580)
La Séptima
Guerra de Religión estalló en 1579. Fue de menor intensidad y se debió a los
escándalos sexuales de Enrique de Navarra, que llegaron a oídos del rey Enrique
III. Los católicos se burlaron de dichas noticias y provocaron un nuevo ataque
protestante. Fue un conflicto que acabó por prolongar durante 6 años las
concesiones a los protestantes y cuya paz se firmó en Fleix el 26 de noviembre
de 1580.
Octava
Guerra de Religión (1586-1598)
La octava y
última de las Guerras de Religión fue la más larga y encarnizada de todas
ellas. Empezó en 1585 con el sobrenombre de “Guerra de los tres Enriques”, a
raíz de los combatientes Enrique III, rey de Francia entre 1574 y 1589, Enrique de Navarra (hugonote)
y Enrique de Guisa (católico). Enrique III pierde contra Enrique de Navarra que
venció al ejército real. Por otra parte, Enrique de Guisa, obtiene victorias
sobre los hugonotes y esto hace que aumente su poder. En 1588, Enrique de Guisa
entra en París (tenía la entrada prohibida) ayudado por los dieciséis. Esto
provoca la huida de Enrique III de Francia. Tras gran cantidad de conflictos y
muerte, Enrique de Navarra, líder de los hugonotes, se convirtió en el nuevo
rey de Francia. Aunque hubo reticencias por parte de la Liga Católica, el
recién nombrado Enrique IV se adhirió al catolicismo en julio de 1593, lo que
le otorgó el reconocimiento de los católicos.
El 13 de
abril de 1598 se firmó el Edicto de Nantes, que puso fin al problema religioso
y otorgaba la libertad de culto a los hugonotes. Enrique IV fue asesinado por
un extremista católico el 14 de mayo de 1610, en la calle Saint-Antoine de
París.
LA GUERRA DE
ESMALCALDA
La guerra de
Esmalcalda fue un conflicto desarrollado en Alemania entre 1546 y 1547 que
enfrentó al ejército de Carlos V, mandado por Fernando Álvarez de Toledo, duque
de Alba; contra el ejército de la liga de Esmalcalda, formada por la mayor
parte de los estados luteranos del Sacro Imperio Romano Germánico y dirigida
por Juan Federico I de Sajonia y Felipe I de Hesse. Sin olvidar el importante
apoyo escandinavo a la causa protestante. Aunque el enfrentamiento fue una
guerra de religión, lo cierto es que hubo destacados protestantes en el bando
imperial; mientras que el reino católico de Francia terminó interviniendo
decisivamente en apoyo de los príncipes luteranos.

Desde que
Martín Lutero publicó sus 95 tesis en 1517, el Sacro Imperio Romano Germánico
vivía en una tensión constante. La rápida difusión de las ideas reformistas,
amplificadas por la imprenta y la protección de varios príncipes alemanes,
había dado forma a un nuevo bloque político-religioso: la Liga de Esmalcalda,
fundada en 1531. Esta alianza defensiva, liderada por Felipe de Hesse y Juan
Federico de Sajonia, pretendía proteger el luteranismo frente a cualquier
intento del emperador por restaurar la ortodoxia católica. Carlos V, cuya
autoridad abarcaba desde Castilla hasta los Países Bajos, desde Nápoles hasta
América, consideraba que la unidad religiosa era esencial para la estabilidad
de su imperio.
En la dieta
de Worms en 1521 Carlos V había proscrito a Lutero y prohibido la difusión de
sus escritos, lo que suscitó la protesta de los príncipes luteranos en la dieta
de Espira en 1529. La tensión estalló en conflicto abierto con la confesión de
Augsburgo en 1530, sobre la que Melanchton realizó su Apología, rechazada por
el emperador. Varios príncipes luteranos, liderados por el elector Federico III
de Sajonia y el landgrave Felipe I de Hesse, se reunieron en la ciudad de
Esmalcalda o Schmalkalden, en Turingia, donde formaron la liga de Esmalcalda o
de Schmalkalden en 1531, entre los príncipes protestantes alemanes y ciudades
para la mutua defensa. Formaban parte: el landgrave Felipe de Hesse; el elector
Juan de Sajonia y su hijo Juan Federico, los duques Felipe de
Brunswick-Grubenhagen y Otto, Ernest, y Francisco de Brunswick-Lünenburg, el
príncipe Wolfgang de Anhalt, los condes de Gebhard y Albrecht de Mansfeld y las
ciudades de Strasburgo, Ulm, Constanza, Reutlingen, Memmingen, Lindau,
Biberach, Isny, Magdeburgo y Bremen.

Los
príncipes católicos reaccionaron, se reunieron en Núremberg, y fundaron a su
vez la liga Católica o liga de Núremberg en 1538. Ambos bandos intentaron
evitar el enfrentamiento en la dieta de Fráncfort 1539.
La guerra de
Esmalcalda comenzó en 1546 cuando el emperador adoptó fuertes medidas contra
algunos confederados. Aunque era principalmente un conflicto religioso entre
católicos y protestantes, las líneas no se trazaron con precisión. El Papa
Pablo III ofreció asistencia militar y financiera y algunos príncipes
protestantes, el principal de ellos el duque Maurico de Sajonia, defendieron la
causa imperial y católica.
La Batalla
de Mühlberg (24 de abril de 1547) decidió el asunto a favor del emperador en el
norte. En la bruma matinal del 24 de abril de 1547, el curso del conflicto
religioso en el Sacro Imperio Romano Germánico se vio trastocado por una
victoria que no solo fue militar, sino profundamente simbólica. A orillas del
Elba, cerca de la localidad de Mühlberg, el emperador Carlos V logró una de sus
victorias más resonantes, al derrotar a las tropas protestantes de la Liga de
Esmalcalda. No se trataba únicamente de una contienda entre ejércitos: estaba
en juego el control político y espiritual de Alemania.
El elector
Juan Federico de Sajonia fue capturado y poco después el landgrave Felipe de
Hesse fue obligado a someterse. Las condiciones de paz incluían la transferencia
de la dignidad electoral del primero a su primo Mauricio, la reinstalación del
duque Enrique de Wolfenbütte en sus dominios, la restauración del obispo Julius
Von Pflug a su sede de Naumburg-Zeitz, y una promesa arrancada a los vencidos a
reconocer y asistir al Concilio de Trento. Ocurrió la disolución de la Liga de
Esmalcalda y el éxito imperial fue completo pero temporal. Unos pocos años
después estalló de nuevo el conflicto que terminó con el triunfo del
protestantismo.
LA GUERRA DE
LOS OCHENTA AÑOS
La Guerra de
los Ochenta Años (conocida en España como Guerra de Flandes y en los Países
Bajos como Guerra de independencia de los Países Bajos) fue una guerra que
enfrentó a las Provincias Unidas contra el dominio de la Monarquía Hispánica. Fue
un conflicto militar entre diecisiete provincias de Países Bajos y España, que
entonces los gobernaba, a partir del reinado del rey Felipe II de España
(1556-1598). Se concluyó en 1648 con el establecimiento de la república
holandesa. Esta guerra fue el resultado de tensiones políticas, religiosas y
económicas entre los Países Bajos y el Imperio Español, y tuvo un impacto
significativo en la historia europea. La duración de la guerra, que se extendió
por 80 años, se debió en gran medida a la resistencia y determinación de los
habitantes de los Países Bajos.

Una de las
principales causas políticas de la guerra fue el deseo de los Países Bajos de
liberarse del dominio español y establecer su propia independencia. Durante
este periodo, los Países Bajos formaban parte del Imperio Español bajo el
reinado de Carlos V y posteriormente de su hijo Felipe II. Otra de las causas
fueron la intolerancia religiosa y la prohibición de la libertad de culto por
Felipe II en los Países Bajos españoles, en particular los altos impuestos y la
persecución de protestantes. La Reforma protestante llegó a los Países Bajos a
través de los anabaptistas y después por los calvinistas. Para la década de
1560 las tensiones entre los protestantes y los católicos habían aumentado
debido a las guerras de religión francesas (1562-1598), que alentaron a los
protestantes a reubicarse en los Países Bajos.
La duración
de la guerra, que se extendió por 80 años, se debió en gran medida a la
resistencia y determinación de los habitantes de los Países Bajos. Una de las
principales causas de la duración de la Guerra de los 80 Años fue la
intervención de potencias extranjeras en el conflicto. Durante este período,
varias naciones europeas se involucraron en la guerra, apoyando a uno u otro
bando en función de sus intereses políticos y económicos. Una de las potencias
extranjeras más influyentes fue Francia, que respaldó a los Países Bajos en su
lucha contra España. Francia veía en la guerra una oportunidad para debilitar a
su rival histórico y expandir su influencia en Europa. Por otro lado,
Inglaterra también jugó un papel fundamental en el conflicto, apoyando a los
Países Bajos en su lucha contra España. Inglaterra tenía como objetivo
debilitar a la Armada Española y asegurar su dominio en los mares. Otra
potencia extranjera que intervino en el conflicto fue el Sacro Imperio Romano
Germánico, que apoyó a España en su lucha contra los Países Bajos.

Carlos I de
España (V de Alemania) heredó todos esos territorios por via paterna
(Habsburgo), y que decidió cederlos a su hijo tras abdicar en él, dos años
antes que la rebelión, en 1556. A Carlos I le respetaban, porque era un rey
políglota y de gentes, pero no hicieron lo mismo con Felipe II, pues no hablaba
su lengua y además se empeñó en convertirles al catolicismo, de manera
intransigente, cuando estaba clarísimo que eran calvinistas, no querían a su
soberano, no querían tener nada que ver con España y ni mucho menos con sus
curas. Felipe II, quien impuso un régimen autoritario y centralizado en la
región. Esto generó un fuerte descontento entre los nobles y la burguesía de
los Países Bajos, que veían amenazadas sus libertades y privilegios. Pero fue
la cuestión religiosa la que desencadenó la chispa que encendió la guerra. En
ese momento, los Países Bajos se encontraban divididos en dos grandes grupos
religiosos: los católicos, que eran la religión oficial del Imperio Español, y
los protestantes, que se habían ido expandiendo rápidamente en la región. Este
conflicto religioso se agravó cuando Felipe II intentó imponer medidas
represivas contra los protestantes, lo que generó una fuerte resistencia en los
territorios flamencos.
Así, la
guerra se convirtió en una lucha por la independencia de los Países Bajos y por
la libertad religiosa de los protestantes. Los líderes de la revuelta, como , se convirtieron en símbolos de resistencia y
lucha por la libertad. La guerra se caracterizó por una serie de
enfrentamientos militares, asedios y batallas, en los que se utilizaron
diversas estrategias y tácticas militares.

En 1558
Margarita de Parma, hija natural de Carlos V, fue nombrada gobernadora de los
Estados Generales de los Países Bajos, en medio de una difícil y convulsionada
situación, ya que el protestantismo calvinista estaba extendiéndose con fuerza
en aquellos dominios españoles. Desempeñó su cargo con diplomacia, prudencia, conciliación y
determinación. En el mes de agosto del año 1566, estallaron una serie de
disturbios y protestas (se producen disturbios provocados por los calvinistas
en los que se asaltan iglesias para destruir imágenes de santos que
consideraban heréticas). Margarita de Parma no recibió ningún apoyo por lo que
tuvo que recurrir a la diplomacia para separar a la nobleza del levantamiento
popular. Fue reemplazada en 1567 por el general Fernando Álvarez de Toledo y
Pimentel, Gran Duque de Alba, al frente de un ejército y con el cargo de
gobernador general, para aplastar los levantamientos iconoclastas. Actuó con
excesiva dureza, pese a que los disturbios ya habían sido sofocados antes de su
llegada. Con su actuación, el duque de Alba no sólo fracasó en su intento de
sofocar la revuelta, sino que la avivó.

El líder de
la revuelta fue Guillermo de Orange, estatúder de las provincias holandesas de
Holanda, Zelanda y Utrecht. Junto con su hermano Luis de Nassau y otros
miembros de la nobleza holandesa, organizó el movimiento contra la opresión
española. Guillermo escapó a Alemania y reunió un ejército y, en 1568, entró en
los Países Bajos, donde fue derrotado en la batalla de Dalen (donde sufrieron
una derrota aplastante por los tercios españoles). Sin embargo, en 1572, las
provincias del norte de Holanda y Zelanda se sublevaron contra los españoles y
lo eligieron a él, que se había convertido al calvinismo, como estatúder.
A lo largo
de los ochenta años de conflicto, se libraron numerosas batallas que marcaron
el devenir de la guerra. Entre las principales batallas destacan:
Inicio de la
rebelión (1568–1572)
Batalla de
Heiligerlee en 1568, Primera victoria rebelde, considerada el inicio formal de
la guerra .
Batalla de Jemmingen
en 1568, Victoria aplastante del duque de Alba que destruyó el ejército rebelde.
Batalla de Oosterweel
(1567) Victoria realista temprana contra los calvinistas.
Expansión
del conflicto y guerra urbana (1572–1588)
Toma de
Brielle (1 de abril de 1572) — Los mendigos del mar capturan el puerto,
reavivando la rebelión
Asedio de
Haarlem (1572–1573) — Resistencia feroz que frenó temporalmente a los españoles
Asedio de
Leiden (1573–1574) — La liberación de la ciudad se convirtió en un símbolo de
la causa neerlandesa
Asedio de
Amberes (1576 y 1584–1585) — Especialmente el de 1585, que devolvió la ciudad
al control español y provocó el éxodo de comerciantes hacia Ámsterdam.
Batalla de
Gembloux en 1578, victoria decisiva española contra los rebeldes neerlandeses
La ofensiva
de Mauricio de Nassau (1588–1609)
Batalla de
Nieuwpoort (1600) — Victoria táctica neerlandesa que demostró la capacidad
militar de las Provincias Unidas
Asedio de
Ostende (1601–1604) — Uno de los asedios más largos de Europa; desgaste enorme
para ambos bandos.
Batalla de
Sluys en 1603, victoria naval neerlandesa contra los españoles.
Fase final y
desgaste español (1621–1648)
Sitio y
Rendición de Breda (1625). En esta batalla, la ciudad fortaleza de Breda, bajo
el gobierno de Justino de Nassau, fue asediada y finalmente conquistada por los
ejércitos españoles al mando de Ambrosio Spínola el 5 de junio de 1625.
Batalla de
Rocroi (1643) — Aunque parte de la Guerra de los Treinta Años, marcó el declive
militar español y afectó directamente al desenlace del conflicto neerlandés
Estas
batallas fueron clave para el desarrollo del conflicto y tuvieron un impacto
significativo en el resultado final.

Para lograr
sus objetivos, tanto las Provincias Unidas como el Imperio Español utilizaron
diversas estrategias militares. Una de las estrategias más utilizadas fue la
guerra de guerrillas, en la que se llevaban a cabo ataques rápidos y
sorpresivos contra el enemigo, aprovechando el conocimiento del terreno por
parte de los combatientes locales. Además, ambos bandos utilizaron
fortificaciones defensivas para proteger sus territorios. Las fortalezas eran
construidas estratégicamente en puntos clave, como ciudades y ríos, para
controlar el paso y dificultar el avance del enemigo. Otra estrategia militar
utilizada fue el bloqueo marítimo. Las Provincias Unidas, que contaban con una
poderosa flota naval, bloquearon los puertos controlados por España, impidiendo
el comercio y el abastecimiento de suministros a las tropas enemigas. Esto
debilitó la economía española y dificultó la movilización de sus tropas.

En 1595
Felipe II nombró gobernadora de los Países Bajos a su hija Isabel Clara
Eugenia, esposa del archiduque Alberto de Austria los cuales se convirtieron, a
la muerte del rey en 1598, en soberanos de los Países Bajos, al heredar aquella
la Corona. Al morir le sucedió Felipe III en el trono español. Tras la muerte
de Guillermo de Orange, el mando del ejército de las provincias rebeldes pasó a
su hijo Mauricio de Orange-Nassau, que lo reformó, haciendo de él un peligroso
oponente al ejército de Flandes.
La guerra
luso-neerlandesa (1602-1663, también conocida como la guerra de las Especias)
distrajo aún más a España, que intentaba mantener sus colonias. Aun así, ambas
partes invirtieron mucho dinero en reclutar tropas y construir fuertes, lo que
agotó sus fondos, y la guerra llegó lentamente a un alto el fuego temporal
conocido como la Tregua de los Doce Años.
La tregua de
los Doce Años, también llamada tregua de Amberes, fue un tratado de paz firmado
en 1609 entre España y las Provincias Unidas de los Países Bajos; supuso un
receso pacífico en la guerra de los ochenta años que los holandeses mantenían
contra el Imperio español desde 1568 para conseguir su independencia. La firma
de la tregua fue objetivamente favorable a las Provincias Unidas: supuso el
reconocimiento de facto de la independencia de las provincias del norte de los
Países Bajos: Holanda, Zelanda, Utrecht, Frisia, Groninga, Overijssel y
Güeldres, que otros países del entorno pronto reconocieron oficialmente.
Durante los años que duró la tregua, las Provincias Unidas establecieron
relaciones diplomáticas con varios países y se expandieron comercialmente por
todo el mundo. Para España, que consideró la tregua como un acuerdo
provisional, aparte de un alivio momentáneo en el maltrecho estado de sus
finanzas, supondría un golpe al prestigio español, por cuanto las concesiones
hechas a Holanda eran mayores de las imaginables poco tiempo atrás. En 1620,
los neerlandeses intentaron tomar Amberes y sitiaron sin éxito la ciudad de
Wesel, ambas bajo control español. En 1621, España y los Países Bajos no
lograron ponerse de acuerdo para extender la tregua. Así, la guerra se reanudó
y continuó hasta 1648. Ese año, se firmó el Tratado de Münster, que finalmente
reconoció la independencia definitiva de los Países Bajos.

La Paz de
Münster fue un tratado entre las Provincias Unidas de los Países Bajos y España
firmado en 1648. Fue un tratado histórico para las Provincias Unidas y uno de
los acontecimientos claves en la historia neerlandesa; con él, la independencia
de las Provincias Unidas fue finalmente reconocida por la Corona española. El
tratado formó parte de la Paz de Westfalia la cual acabó con la guerra de los
Treinta Años y la guerra de los Ochenta Años.
El
mantenimiento de La guerra de los Ochenta años, que duró tantos años como su
nombre indica, acabó hundiendo a la economía española, provocando sucesivas
bancarrotas y dinamitando la imagen de todos los españoles. (durante esta
guerra nació la Leyenda Negra).
Los
resultados de la guerra fueron: El comienzo
de la caída del imperio español, la independencia de Portugal al perder España
el control de sus colonias, innovación en las tácticas de guerra por parte de
los protestantes neerlandeses, independencia de los Países Bajos y formación de
las Provincias Unidas de los Países Bajos; los países no necesitaban un
monarca, Países Bajos se convierte en una gran potencia europea.
LA GUERRA ANGLO-ESPAÑOLA (1585-1604)
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La Guerra
anglo-española, librada entre 1585 y 1604, fue un conflicto prolongado que
enfrentó a dos de las principales potencias europeas del siglo XVI: la
Monarquía Hispánica, bajo el reinado de Felipe II, y el Reino de Inglaterra,
gobernado por Isabel I. Este conflicto no fue declarado formalmente en todos
sus momentos, pero en la práctica representó un choque constante de intereses
políticos, religiosos, económicos y marítimos. La guerra comenzó con victorias
inglesas como la de Cádiz en 1587, y la pérdida de la Armada Invencible en
1588, pero diversas victorias españolas como la de la Contraarmada en 1589, así
como la enorme mejora en la escolta de las flotas de Indias y la rápida
recuperación de España ante las pérdidas acabaron por debilitar definitivamente
a Inglaterra y desembocaron en la firma de un tratado de paz favorable a España
en Londres en 1604. Su importancia radica en que reflejó las tensiones que
surgieron de la Reforma protestante, el auge del poder naval y el control de
las rutas comerciales y coloniales. Para comprenderlo, es necesario situarse en
el contexto de la Europa de finales del siglo XVI, donde los reinos competían
por la supremacía en los mares y por la influencia política en el continente.
España, heredera de un vasto imperio que abarcaba territorios en Europa,
América y Asia, defendía el catolicismo y buscaba preservar su hegemonía frente
al avance del protestantismo. Inglaterra, por su parte, emergía como una
potencia naval en crecimiento, con aspiraciones de expansión y un fuerte
rechazo a la dominación religiosa del Papado. La guerra no se libró únicamente
en Europa, sino que también tuvo escenarios en el Caribe, en las colonias
americanas y en los mares que conectaban los principales puertos mercantiles.

La
hostilidad entre España e Inglaterra aunaba motivaciones políticas, económicas
y religiosas. La potencia naval inglesa la convertía en el mayor enemigo de la
Monarquía española, que necesitaba comunicar por mar sus dispersos territorios.
En el aspecto religioso las desavenencias entre ambos países venían de los
tiempos de Enrique VIII de Inglaterra. El protestantismo inglés se enfrentaba
al catolicismo español;
El inicio
formal de la Guerra anglo-española se suele situar en 1585, cuando Isabel I
firmó el Tratado de Nonsuch, mediante el cual Inglaterra se comprometía a
apoyar militarmente a los rebeldes holandeses contra España. Este tratado fue
un punto de no retorno, porque convirtió a Inglaterra en un enemigo oficial de
la Monarquía Hispánica. La guerra estuvo marcada por batallas muy separadas y
comenzó con la expedición militar de Inglaterra en 1585 a lo que entonces eran
los Países Bajos españoles bajo el mando de Robert Dudley, Conde de Leicester,
en apoyo de la resistencia de los Estados Generales al gobierno de los
Habsburgo españoles. A pesar de que la guerra con Inglaterra se acabó
formalmente en 1589, el conflicto continuó con otras naciones como Francia o
Irlanda.

Felipe II,
consciente de la amenaza, comenzó a preparar una ofensiva de gran escala contra
Inglaterra, lo que daría lugar al célebre episodio de la Armada Invencible.
Entre 1585 y 1587, se produjo una escalada de ataques y contrataques: corsarios
ingleses como Francis Drake saquearon puertos españoles, incluso llegando a
Cádiz en 1587, en una acción conocida como “la singeing of the King of Spain’s
beard”, es decir, “el chamuscado de la barba del rey de España”. Estos ataques
retrasaron los planes españoles y demostraron la creciente capacidad ofensiva
de la marina inglesa. En paralelo, los combates en los Países Bajos se
intensificaron, con tropas inglesas enfrentándose directamente a los tercios
españoles. La guerra se caracterizó por no tener un frente único, sino
múltiples escenarios: los mares del Atlántico, el Canal de la Mancha, el Caribe
y las costas de Europa.
Felipe II
organizó una flota imponente, compuesta por más de 130 barcos y cerca de 30.000
hombres, con el objetivo de invadir Inglaterra y derrocar a Isabel I. Felipe II
encomendada la ejecución al marqués de Santa Cruz, don Álvaro de Bazán, el más
experimentado marino español del momento y vencedor de Lepanto. En febrero de
1588, el marqués de Santa Cruz murió de un tifus agudo. Felipe II lo sustituyó
por Alonso Pérez de Guzmán, VII duque de Medina Sidonia, un aristócrata andaluz
rico y buen organizador pero sin ninguna experiencia naval.

El plan
consistía en reunir la flota española en el Canal de la Mancha, unirse a las
tropas del duque de Parma en los Países Bajos y desembarcar en suelo inglés.
Sin embargo, la operación enfrentó múltiples dificultades. En primer lugar, la
logística resultó complicada, ya que la coordinación entre la Armada y las
fuerzas de Flandes nunca se concretó adecuadamente. En segundo lugar, los
ingleses, liderados por almirantes como Charles Howard y Francis Drake,
utilizaron tácticas navales innovadoras, como el uso de barcos incendiarios,
que dispersaron a la flota española. Además, las condiciones meteorológicas
jugaron un papel decisivo: tormentas en el Mar del Norte y el Atlántico
obligaron a muchos barcos españoles a desviarse y naufragar en las costas de
Escocia e Irlanda.

La Armada
reunida en Lisboa constaba de 130 naves organizadas en diez escuadras: los
galeones de Portugal, los de Castilla, los de Andalucía, los de Guipúzcoa, los
de Vizcaya, las naves del Levante, las urcas (barcos de transporte), los
pataches y zabras (naves de enlace), las galeazas de Nápoles y las galeras de
Portugal. Llevaba más de 30.000 hombres (20.000 soldados, 8.000 marineros,
2.000 galeotes) y 2.500 piezas de artillería. Zarpó de Lisboa el 28 de mayo de
1588.
Tras fuertes
temporales que obligaron a una parada en La Coruña, la Armada entró en el Canal
de la Mancha el 30 de julio de 1588 en formación de media luna, una disposición
defensiva que mantuvo durante toda la travesía. Los ingleses, al mando del
almirante Charles Howard y con Francis Drake y John Hawkins como segundos,
salieron a su encuentro desde Plymouth. Durante más de una semana, del 31 de
julio al 7 de agosto, la flota inglesa hostigó a la española en combates a
distancia (Plymouth, Portland, Isle of Wight) sin lograr romper su formación ni
causar pérdidas significativas.
El 6 de
agosto, la Armada fondeó frente a Calais esperando la llegada del duque de
Parma con el Ejército de Flandes. Parma no llegó: su flota de embarcaciones
ligeras estaba bloqueada por los holandeses. La noche del 7 al 8 de agosto, los
ingleses enviaron ocho brulotes —buques viejos cargados de pólvora y alquitrán
y prendidos fuego— hacia el fondeadero español.
La flota
inglesa atacó al día siguiente frente a la costa de Gravelinas (actual Francia,
entonces Flandes española), cuando los galeones españoles intentaban recuperar
la formación. Fue la única batalla frontal de la campaña. Durante varias horas
de combate cercano —ya a tiro de fusil—, los ingleses hundieron al menos tres
galeones españoles y dañaron seriamente a una docena. Medina Sidonia decidió
abandonar la invasión y regresar a España bordeando las Islas Británicas por el
norte: saliendo del Mar del Norte, rodeando Escocia, bajando por la costa de
Irlanda y retornando al Cantábrico. Durante agosto y septiembre de 1588,
tormentas sucesivas dispersaron la flota. Al menos 24 naves naufragaron en las
costas de Escocia e Irlanda. Los supervivientes que lograron alcanzar tierra
fueron, en muchos casos, asesinados por las autoridades inglesas siguiendo las
órdenes expresas de Isabel I. Se calcula que más de la mitad de la tripulación
española murió en este viaje de regreso: entre 15.000 y 20.000 hombres
perdieron la vida por naufragio, hambre, sed, disentería o ejecución. Medina
Sidonia llegó a Santander con apenas 60 naves supervivientes en septiembre, de
las 130 que habían zarpado.

Tras la
derrota de la Armada Invencible, la guerra no terminó, sino que se transformó
en un conflicto de desgaste. Inglaterra intensificó las expediciones de sus
corsarios en el Atlántico y el Caribe, atacando barcos cargados de metales
preciosos y ciudades portuarias. Francis Drake y John Hawkins realizaron
incursiones en las colonias americanas, aunque no siempre con éxito. El
objetivo inglés era debilitar el poder económico de España, que dependía en
gran medida de la llegada de oro y plata desde América. Por su parte, España
organizó nuevas flotas para intentar invadir Inglaterra, aunque ninguna alcanzó
el éxito esperado. En 1596, los ingleses lograron saquear Cádiz, lo que
representó un duro golpe para la Monarquía Hispánica. Durante más de una
década, la guerra se mantuvo en un estado de equilibrio, con ninguno de los dos
reinos logrando imponerse claramente sobre el otro.
Su
desenlace, en 1604 con la firma de la Paz de Londres, marcó un nuevo equilibrio
político en Europa y abrió el camino a la consolidación del poder naval inglés.
El fracaso de la Armada Invencible fue interpretado por los ingleses como un
signo de la protección divina sobre su reino, mientras que para España
representó un duro golpe a su prestigio naval.
LA GUERRA LUSO-NEERLANDESA
La Guerra
Luso-Neerlandesa fue un gran conflicto que ocurrió entre 1601 y 1661. En esta
guerra, las fuerzas navales de las Provincias Unidas de los Países Bajos
atacaron las colonias del Imperio portugués en América, África y Asia. Fue un
conflicto entre las fuerzas navales de los Países Bajos y de Portugal. La flota
neerlandesa invade las colonias del Imperio portugués en América, África y
Asia. Inglaterra apoya a los neerlandeses. Esta guerra coexistió con la Guerra
de los Treinta Años, la Guerra de los Ochenta Años y la Guerra de Restauración
portuguesa.
Inglaterra
apoyó a los neerlandeses en algunos momentos de la guerra. Esto les permitió
beneficiarse de la rivalidad entre Portugal y los Países Bajos en el comercio
de Oriente. Debido a que el conflicto giraba en torno a productos valiosos,
especialmente las especias, a menudo se le llamó la Guerra de las Especias.
Esta guerra
puede verse como una parte de la Guerra de los Ochenta Años, que se libraba en
Europa entre España y las Provincias Unidas. En ese momento, Portugal formaba
parte de la Monarquía Española debido a una unión de coronas. Sin embargo, la
Guerra Luso-Neerlandesa no se trató tanto de la independencia de los Países
Bajos. Su principal causa fue la necesidad de los neerlandeses de controlar el
comercio de especias y expandir su propio imperio en el extranjero, a costa de
los portugueses. Las batallas continuaron incluso después de que Portugal se
separara de España y se firmara la paz entre España y las Provincias Unidas.
Antes de la
unión de coronas en 1580, Portugal usaba los Países Bajos como un centro para
distribuir especias por el norte de Europa. Cuando Portugal se unió a España,
el comercio portugués quedó sujeto al embargo comercial que España había
impuesto a las Provincias Unidas. Esto significó que el comercio se desvió a
otras regiones, y los neerlandeses perdieron su importante alianza comercial
con Portugal. Esta alianza era crucial para financiar su guerra contra España.
Además, perdieron el control de la distribución de especias a Francia, el Sacro
Imperio Romano y el norte de Europa.
En 1595, el
explorador Jan Huygen van Linschoten, que había viajado mucho por el océano
Índico con los portugueses, publicó un informe detallado sobre cómo navegar
entre Portugal y las Indias Orientales y Japón. Esta nueva información impulsó
la expansión comercial. Así se fundaron la Compañía Británica de las Indias
Orientales en 1600 y la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC) en
1602.
El Imperio
portugués en el océano Índico controlaba las rutas marítimas clave. El Estado
portugués de la India, con base en Goa, era una red de ciudades importantes que
controlaban el comercio marítimo. Lugares como Sofala, Kilwa, Daman y Diu,
Ormuz, Cabo Comorin, Calicut, Cochin, Ceilán, Santo Tomé de Mylapore, Pulicat y
Macao eran puntos estratégicos. Estas ciudades aseguraban las rutas comerciales
y protegían los barcos que transportaban especias, seda y plata.
El 27 de
diciembre de 1601, los neerlandeses vencieron a una flota portuguesa en la
bahía de Bantam. Al año siguiente, se fundó la Compañía Neerlandesa de las
Indias Orientales (VOC) para compartir los costos de exploración y restablecer
el comercio de especias. Veinte años después, se creó la Compañía Neerlandesa
de las Indias Occidentales. El 25 de febrero de 1603, tres barcos de la
Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC) capturaron el "Santa
Catarina", un galeón portugués. Este barco era tan valioso que sus
ganancias duplicaron el capital de la VOC. La legalidad de esta captura fue
cuestionada, y los portugueses exigieron la devolución de su carga. Este
incidente llevó a un juicio público y a un debate sobre el derecho marítimo.
En 1641,
cuando comenzó la Guerra de Restauración portuguesa, se firmó el Tratado de La
Haya (1641). Sin embargo, este tratado solo se respetó en Europa, y los
enfrentamientos entre neerlandeses y portugueses continuaron en otras partes
del mundo.
Finalmente,
en agosto de 1661, Alfonso VI de Portugal y los Estados Generales de los Países
Bajos firmaron el Tratado de La Haya (1661). Este tratado puso fin a la Guerra
Luso-Neerlandesa. Al final de la guerra, las Provincias Unidas de los Países
Bajos habían logrado controlar varias zonas en Oriente, la costa africana y
América, formando así el Imperio neerlandés. La República Neerlandesa conquistó
las Indias Orientales, Ceilán, la Costa de Malabar y Malaca, transfiriendo el
control global del comercio de especias de Lisboa a Ámsterdam. Aunque Portugal
recuperó Brasil y territorios importantes en África, donde se centraría su
imperio en los años siguientes, perdió para siempre su posición dominante en el
Lejano Oriente. Portugal perdió permanentemente la columna vertebral de la red
del Estado da Índia en Asia y enclaves comerciales clave en África Occidental,
incluida la Costa del Oro. El fracaso de la Unión Ibérica en proteger las
colonias portuguesas desencadenó la Guerra de Restauración Portuguesa y forzó
el reposicionamiento del centro del imperio.
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LA GUERRA DE
LOS TREINTA AÑOS
La Guerra de
los 30 años fue un conflicto que tuvo lugar en Europa entre los años 1618 y
1648. Fue una de las guerras más largas y destructivas de la historia europea, que involucró a casi todas
las grandes potencias de la época. La
guerra tuvo su origen en la rivalidad religiosa y política entre los
estados católicos y protestantes, así como en las disputas territoriales y de
poder entre las diferentes monarquías europeas. Se considera la guerra de los
Treinta Años como la primera guerra mundial moderna y la última llevada a cabo
en Europa por motivos religiosos. Confrontó a católicos y protestantes,
participando en ella las principales potencias del Viejo Continente. Francia y
Suecia salieron reforzados de esta contienda, todo lo contrario de lo que le
sucedió a España.
Duró
exactamente 30 años, puesto que comenzó el 23 de mayo de 1618, con la tercera
defenestración de Praga, y terminó el 24 de octubre de 1648, tras la firma de
la Paz de Westfalia. Acontece dentro de la Edad Moderna. Se llevó a cabo en
Europa Central, sobre todo en el Sacro Imperio Romano Germánico (actual
Alemania). Inicialmente fue un conflicto de carácter religioso limitado al territorio del Sacro Imperio
Romano Germánico (Alemania) entre protestantes y católicos. Pero en poco tiempo
participarían los principales Estados europeos de la época: Francia,
Inglaterra, Suecia, Rusia, España y Dinamarca, entre otros. Es considerada la
primera gran guerra europea.

Uno de los
principales detonantes de la Guerra de los 30 años fue la lucha religiosa entre
católicos y protestantes. En esta época, Europa estaba dividida en distintas
confesiones religiosas y cada una buscaba imponer su fe como la dominante. Además
de los conflictos religiosos, las disputas territoriales también jugaron un
papel importante en el inicio de esta guerra. Varios estados europeos se
disputaban el control de regiones estratégicas, lo que generaba tensiones y
rivalidades entre ellos. os líderes políticos de la época también tenían
ambiciones personales que contribuyeron al estallido del conflicto. Algunos
gobernantes buscaban expandir sus territorios y aumentar su poder, lo que los
llevó a involucrarse en la guerra. Además de las causas internas, la Guerra de
los 30 años también se vio influenciada por la intervención de potencias
extranjeras. Varios países europeos apoyaron a los contendientes y participaron
activamente en el conflicto, lo que prolongó su duración y magnitud. Por
último, el descontento social y económico de la época también contribuyó al
estallido de la guerra. Muchas personas sufrían las consecuencias de la crisis
económica y las hambrunas, lo que generaba un clima de tensión y malestar
generalizado. Durante este conflicto, diferentes países y facciones se unieron
en alianzas cambiantes, luchando por el control político y religioso en Europa
Central.
La guerra de
los Treinta Años comenzó cuando Fernando II (1578-1637) fue depuesto como rey
de Bohemia y las Provincias Unidas de los Países Bajos apoyó a su sucesor,
Federico V (1596-1632), con armas y recursos. La intervención neerlandesa en
Bohemia marcó la primera entrada de una potencia extranjera en lo que en un
principio fue una guerra civil y que, con el tiempo, involucraría a toda
Europa.

Se inició
con un acontecimiento conocido como “la defenestración de Praga”, que tuvo
lugar el 23 de mayo de 1618 en el reino de Bohemia, actual Checoslovaquia. Éste
era mayoritariamente protestante, pero su rey, Fernando II (nieto de Fernando
I, el hermano de Carlos V) era católico. El rey, que había llegado al trono en
1617, aplicó los principios del absolutismo en el plano religioso y puso fin a
la tolerancia religiosa, cerrando los templos protestantes. En consecuencia, el
Palacio Real fue invadido y algunos representantes reales, arrojados por las
ventanas, salvando sus vidas porque cayeron sobre un basural que amortiguó la
caída…Allí comenzó el conflicto, se organizó un gobierno provisional que
desconoció la autoridad de Fernando II y coronó al calvinista Federico V, yerno
de Jacobo I de Inglaterra.
Los primeros
años de la guerra fueron especialmente caóticos, con una serie de batallas e
invasiones en diferentes regiones. Los principales actores en el conflicto
fueron las potencias europeas de la época, incluyendo el Sacro Imperio Romano
Germánico, España, Francia, Suecia y Dinamarca, entre otros. La participación
de España fue decisiva, dado su papel como potencia dominante en Europa bajo la
dinastía de los Austrias. La monarquía española, con su armada y su ejército,
se enfrentó en varias batallas contra las fuerzas protestantes y sus aliados, en
particular en los territorios del norte de Alemania y en los Países Bajos.

Las
negociaciones diplomáticas para evitar el conflicto de la Guerra de los Treinta
Años (1616) entre los protestantes de Bohemia y los Austrias fueron intensas y
complejas. Ambas partes intentaron llegar a un acuerdo que evitara la
confrontación armada y preservara la estabilidad en la región. A pesar de los
esfuerzos de mediación y diálogo, las negociaciones no lograron resolver las
diferencias entre ambas partes. Las demandas de los protestantes eran
consideradas inaceptables por los Austrias, quienes estaban decididos a
mantener su control sobre Bohemia.
La fase
bohemia: 1618-1625
La Guerra de
los Treinta Años inició con la Revuelta Bohemia, el conflicto entre los
príncipes protestantes de Bohemia y el emperador Fernando II. Los príncipes
rebeldes eligieron como su rey a Federico V de Palatinado, quien fue derrotado
en la Batalla de la Montaña Blanca (8 de noviembre de 1620), dos años después
de la Defenestración de Praga. En ella, un ejército de 20 000 checos y
mercenarios bajo el mando de Cristián de Anhalt se enfrentó en las cercanías de
Praga a 25 000 hombres de los ejércitos combinados del Sacro Imperio Romano
Germánico de Fernando II, dirigido por el Conde de Bucquoy, y de la Liga
Católica de Alemania, al mando de Johann Tserclaes, conde de Tilly. La batalla
marcó el fin del período bohemio de la guerra de los Treinta Años al entrar las
tropas imperiales en la capital de Bohemia y someter a los protestantes. Fernando
II y sus aliados católicos recuperan el poder en Bohemia. Tras esta derrota, el
emperador decidió confiscar las propiedades de los príncipes rebeldes y
restablecer la autoridad católica en toda Bohemia.

La fase
danesa: 1625-1629
En 1625, el
rey danés Cristián IV intervino en la guerra a favor de los protestantes. La
intervención danesa desató una nueva fase del conflicto que se extendió por
otros territorios del norte de Alemania. A pesar de algunos éxitos, Cristián IV
fue derrotado en la Batalla de Lutter en 1626. La batalla resultó en una fuerte
derrota de las tropas de Cristián IV por las del emperador Fernando II,
lideradas por el general de la Liga Católica Johann Tserclaes, conde de Tilly. Cristián
IV no fue rival para las fuerzas imperiales al mando del líder mercenario
católico Albrecht von Wallenstein (1583-1634). Después de la batalla de Lutter,
los príncipes del norte de Alemania hasta Mecklemburgo quitaron su apoyo a
Cristián IV. La victoria de Fernando II y sus aliados supuso un comienzo
desastroso para la campaña danesa en la Baja Sajonia, que llegó a su final en
mayo de 1629 con el Tratado de Lübeck y acordó una paz y la retirada de las
tropas danesas y de los mercenarios escoceses en 1629. Así, la batalla marcó el
declive de Dinamarca como gran potencia europea.

La fase
sueca: 1630-1635
En 1630, el
rey sueco Gustavo Adolfo intervino en la Guerra de los Treinta Años, a favor de
los protestantes, estableciéndose como uno de los comandantes más importantes
del conflicto. Pactó con la Francia de Richelieu el Tratado de Bärwalde, por el
que se comprometía a respetar la religión católica en los territorios que
conquistara, a cambio de recibir un subsidio anual; obtuvo el apoyo de
Brandenburgo y Sajonia. Gustavo Adolfo logró varias victorias importantes, venció
al ejército imperial que mandaba Tilly en la batalla de Breitenfels (1631),
salvando así a los protestantes del norte de Alemania de la aniquilación; y
avanzó por Turingia y Franconia, venciendo de nuevo en la batalla de Rain
(1632), en la que murió Tilly. Sin embargo, su avance hacia Viena fue detenido
por la contraofensiva imperial dirigida por Albrecht von Wallenstein. Gustavo
murió en la batalla de Lützen (16 de noviembre de 1632), a pesar de que su
desenlace fue favorable al ejército sueco. En la batalla de Lützen se
enfrentaron el ejército sueco, liderado por el rey Gustavo II Adolfo, y las
tropas del Sacro Imperio Romano Germánico, bajo el mando del general Albrecht
von Wallenstein. Ambos bandos contaban con un gran número de soldados, y la
batalla resultó en una feroz lucha cuerpo a cuerpo. Dos años después, las
tropas del Imperio y de la monarquía española aplastaban a los suecos en la
Batalla de Nördlingen (1634). La
intervención sueca desencadenó un nuevo frente en la guerra y permitió a los
protestantes obtener ventajas en el conflicto.
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La fase
francesa: 1635-1648
La
intervención francesa en la Guerra comenzó en 1635, cuando Luis XIII decidió
apoyar a los protestantes alemanes para debilitar el poder del Sacro Imperio
Romano Germánico. Este hecho marcó el inicio de una nueva fase del conflicto,
en la que Francia se enfrentó a las fuerzas del Sacro Imperio y sus aliados. Los
próximos años serán escenario de un duelo entre Francia y España, un conflicto
entre dos naciones inmerso dentro de la guerra europea que tendrá como
protagonistas a Richelieu y Olivares que se disputarán el poderío hegemónico
católico en Europa liderado por España hasta este momento.

Francia, un
país católico, luchara contra dos potencias de su misma fe, España y el Sacro
Imperio Germánico. El cardenal Richelieu, favorito de Luis XIII, dirigió su
estrategia a imponerse a estas dos Coronas, gobernadas por sus respectivas
ramas de la familia Habsburgo. Se trataba de evitar, a cualquier precio, que la
monarquía gala se viera estrangulada por vecinos demasiado poderosos. Justo en
ese momento, España, bajo la dirección del conde-duque de Olivares, se hallaba
inmersa en un intento de mantener su hegemonía en Europa, tras los años grises
del reinado de Felipe III. Tras la muerte de Richelieu y la retirada del apoyo
a Olivares por parte del rey español Felipe IV los acontecimiento se inclinan
en favor de Francia con la victoria en Batalla de Rocroi del ejercito francés. El
19 de mayo de 1643, en los campos de Rocroi, los veteranos Tercios españoles se
enfrentaron al ejército francés mandado por el joven duque de Enghien. Aquel
combate, librado en el norte de Francia durante la Guerra de los Treinta Años,
fue el último gran acto de la vieja infantería imperial. Los Tercios lucharon
hasta el final, rodeados y sin rendirse, dando a Europa una lección de dignidad
y valor que aún resuena en la historia militar. En el plano político, la
victoria francesa fortaleció al joven Luis XIV y a su corte, mientras España
entraba en una etapa de desgaste que culminaría en la Paz de Westfalia.

En 1648 se
alcanzó la Paz de Westfalia, a través de los Tratados de Osnabrück y Münster,
en los que intervinieron el Sacro Imperio, España, Francia, Suecia y Holanda.
La guerra acabó en Alemania, y en los Países Bajos se puso fin a ocho décadas
de conflicto entre las Provincias Unidas y la monarquía hispánica. Sin embargo,
España y Francia prosiguieron su lucha. El cese de las hostilidades en su caso
no se firmó hasta once años después, en el Tratado de los Pirineos. La
hegemonía hispana sobre Europa había llegado a su fin. Era el momento de un
joven monarca con grandes ambiciones, Luis XIV, el “Rey Sol”.
Tras casi
tres décadas de conflicto, la firma de la Paz de Westfalia en 1648 supuso un
cambio radical en el mapa político europeo. Para España, las consecuencias
fueron profundas y duraderas. La pérdida de los Países Bajos supuso un severo
golpe a su hegemonía económica y política en Europa occidental. Internamente,
la guerra agravó la crisis interna de la monarquía, acelerando el declive del
imperio y aumentando las dificultades fiscales y militares.
El mayor
impacto de esta guerra, en la que se usaron mercenarios de forma generalizada,
fue la total devastación de lugares enteros que fueron esquilmados por los
ejércitos necesitados de suministros. Los continuos episodios de hambrunas y
enfermedades diezmaron la población civil de los Estados alemanes y, en menor
medida, de los Países Bajos e Italia, además de llevar a la bancarrota a muchas
de las potencias implicadas. La economía española sufrió un impacto negativo,
con una disminución en la producción, el comercio y el control de territorios
coloniales, afectando también a la sociedad civil, que vivió en un contexto de
crisis y transformación.
LA GUERRA
FRANCO-ESPAÑOLA (1635-1659)
La Guerra
franco-española fue un conflicto importante que duró desde 1635 hasta 1659.
Enfrentó al Reino de Francia contra el Imperio español. Esta guerra comenzó
como parte de la Guerra de los Treinta Años, pero continuó incluso después de
que ese conflicto terminara con la Paz de Westfalia. La guerra fue costosa
tanto económicamente como en pérdidas de vidas humanas para España y Francia.
En total, cayeron más soldados franceses que españoles, aunque ambos lados
sufrieron graves daños económicos durante la guerra. El conflicto agotó a las dos
naciones en todos los aspectos, que incluso llegó a provocar una crisis
económica en Francia en 1661.

La rivalidad
entre el Reino de Francia y España se remonta ya a finales del siglo XV, en
tiempos del reinado de los Reyes Católicos. Durante el siglo XVI, tienen lugar
una serie de conflictos entre ambos países. Francia, aunque era un país
católico, rivalizaba con los Austrias de Viena y Madrid, y durante la guerra de
los Treinta años, apoyó al bando protestante. Tras la batalla de Nördlingen en
1634, el cardenal Richelieu se decidió por la guerra con España.
La guerra
franco-española, de mayo de 1635 a noviembre de 1659, se libró entre Francia y
España, cada una apoyada por diversos aliados en distintos momentos. Consta de
dos fases distintas: la primera, de mayo de 1635 a octubre de 1648, se
considera un conflicto relacionado con la Guerra de los Treinta Años; la
segunda continuó hasta el Tratado de los Pirineos en 1659.
España
también estaba en otra guerra larga contra las Provincias Unidas, conocida como
la Guerra de los Ochenta Años. La Guerra franco-española fue muy costosa para
ambos países. Causó muchas pérdidas de vidas y grandes problemas económicos. Al
final, no hubo un ganador claro, pero el Tratado de los Pirineos favoreció a
Francia.
La guerra
abierta entre España y Francia comenzó con la invasión francesa de los Países
Bajos en 1635. Un ejército francés estaba bajo el mando de los mariscales de
Francia Urbain de Maillé, marqués de Brézé y Gaspard III de Coligny, duque de
Châtillon, y con unos 35.000 efectivos avanzaron hacia el norte en los Países
Bajos. En 1636, el cardenal Richelieu convenció a Vitorio Amadeo I, duque de
Saboya acordaron lanzar una ofensiva contra el ducado español de Lombardía cuya
capital era Milán.
En 1636, el
ejército español, liderado por el Cardenal-Infante Fernando, invadió Francia.
Derrotaron a las tropas francesas en varias batallas y llegaron cerca de París.
Sin embargo, tuvieron que retirarse porque sus líneas de suministro se
extendieron demasiado.
España
sufrió importantes derrotas navales en 1639 y 1640. Además, en 1640, Cataluña y
Portugal se rebelaron contra el gobierno español. Francia se alió con los
rebeldes catalanes. En 1643, un gran ejército español fue derrotado por los
franceses en la Batalla de Rocroi. Otra derrota importante fue en la Batalla de
Lens en 1648.
Entre 1648 y
1654, la situación cambió a favor de España. En Francia, estalló una rebelión
interna llamada la Fronda. Esto debilitó a Francia y permitió a España
recuperar algunos territorios. España logró reconquistar Cataluña en la década de 1650. La prioridad de
España fue recuperar Barcelona, lo que lograron en octubre de 1652.

Inglaterra
se une a Francia en 1656. Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV, fue
nombrado gobernador de Flandes para hacer frente a la ofensiva prevista
anglofrancesa. Su ejército venció al francés en la batalla de Valenciennes, en
1656 lo que suscitó una oferta de paz de Mazarino que rechazó Felipe IV. Los
continuos envíos de dinero a Flandes entre 1656 y 1658, dada la dificultad de
expedir tropas, no bastaron para impedir la conquista anglofrancesa definitiva
de Dunquerke, que quedó en manos inglesas. Los anglofranceses habían vencido
días antes a las fuerzas españolas en la batalla de las Dunas. Sucedió el 14 de
junio de 1658 y enfrentó al ejército anglo-francés, bajo el mando del vizconde
de Turenne, contra el español conducido por Juan José de Austria y Luis II de
Condé.
El
estancamiento militar y el agotamiento económico de la guerra darían paso a las
negociaciones. En 1659, España y Francia acordaron un tratado de paz final. La
delicada situación de España en los Países Bajos y el reciente revés en
Portugal hicieron que Madrid se aviniese por fin a firmar la paz con Francia.
LA FRONDA
La Fronda
(del francés fronde) es un conjunto de movimientos de insurrección ocurridos en
Francia durante la regencia de Ana de Austria y la minoría de edad de Luis XIV,
entre 1648 y 1653. Este periodo de revueltas marca una reacción frente a la
creciente autoridad de la monarquía en Francia, que había incrementado su poder
bajo los reinados de Enrique IV y Luis XIII (este último con el cardenal
Richelieu como primer ministro). Nombre que se le dio a la rebelión
desencadenada en 1648 contra el gobierno del cardenal Mazzarino, primer
ministro durante la minoridad de Luis XIV de Francia. La oposición a la
regencia de Ana de Austria y de su todopoderoso valido se manifestó desde el
inicio de su gobierno en muy diversos frentes.
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Tras la
muerte del cardenal Richelieu , privado de Luis XIII, la aristocracia creyó
poder recuperar el poder perdido en el proceso de centralización monárquica
llevado a cabo por el cardenal y urdió continuas intrigas contra el nuevo
primer ministro. Mazzarino, que contaba con la protección inquebrantable de la
reina madre, actuó con extrema dureza contra los nobles levantiscos, lo que
acabó de enquistar la hostilidad de la alta nobleza. En las provincias, las
tendencias autonomistas de la aristocracia territorial tendieron a acentuarse
tras la desaparición de Richelieu. Mazzarino, sin embargo, puso en marcha una
política de centralización administrativa supeditada a los intereses de la
guerra con los Habsburgo de España y Viena, que tendía a incrementar el absolutismo
monárquico. Esto agravó la oposición entre las pretensiones de independencia de
los príncipes territoriales y el gobierno del primer ministro.
Primera
Fronda o Fronda Parlamentaria
Se extendió
de agosto de 1648 a marzo de 1649. El 13 de mayo de 1648 los procuradores del
parlamento de París y los de los tribunales soberanos se juramentaron para
oponerse a las medidas fiscales dictadas por el ministro de Hacienda de
Mazzarino. A pesar de la prohibición de Ana de Austria, los procuradores
permanecieron reunidos durante una semana en el palacio del Louvre. La asamblea
redactó una carta con 27 artículos cuyo contenido desmantelaba la obra de
centralización administrativa de Richelieu y Mazzarino, colocando a la
monarquía bajo el control de los procuradores. El levantamiento de París fue un
movimiento destacado que desafió los principios de la monarquía absoluta. Sin
embargo, este acuerdo quedó solo en una tregua, ya que la regente nunca
pretendió seguir adelante con el acuerdo con el Parlamento. Tras su retiro de
París a Saint-Germain en enero de 1649, ordenó el exilio del Parlamento por su
comportamiento rebelde.

El rechazo
del Parlamento provocó que tropas reales, dirigidas por el príncipe de Condé,
rodearan París, reduciéndolo a la obediencia. Los jueces organizaron la defensa
de la ciudad, encargándose de la recaudación, del reclutamiento y supervisando
una coalición de las autoridades de la ciudad. Estos fueron apoyados por el
pueblo, que se encontraba en rebeldía por los agravios políticos, fiscales y
económicos, y contra el primer ministro.
Después de
diversas disputas, los parlamentarios decidieron pactar con la regente. La Paz
de Reuil se firmó en 1649, confirmándose las reformas de 1648. Se garantizó la
amnistía a todos y Mazarino permaneció como primer ministro
Segunda
Fronda o Fronda de los Príncipes
Tras la Paz
de Reuil, se vivió un periodo de “tranquilidad” que demostró a los nobles
franceses la debilidad de las posiciones realistas y cardenalicias. Las cabezas
principales de la Fronda no quedaron satisfechas tras lo acordado en Reuil,
creándose al poco tiempo una red de intrigas políticas y una trifulca por el
poder, perdiendo poco a poco su trasfondo constitucional con que contaba la
fase Parlamentaria de la Fronda.
En el año
1649, la actitud burlona del Condé tras sus victorias, pretendiendo ser dueño
del gobierno, provocó una segunda Fronda en 1650. Tras esta actitud, la Reina
Ana y Mazarino arrestaron a Condé y a su hermano, quienes se declararon en
abierta rebelión, reanudándose la guerra civil. Su principal objetivo era la
liberación de Condé. De esta manera, los partidarios de la primera Fronda se
unieron a los partidarios de Condé en contra de Mazarino y el apoyo español.
Las tropas españolas del archiduque Wilhelm, que venían a apoyar a los
sublevados, fueron detenidas por la población civil y el ejército real,
evitando de esta manera el ataque a la fortaleza de Guise. Condé huyó de París
para refugiarse en los Países Bajos españoles y Luis XIV y su madre hicieron su
entrada triunfal en la ciudad. La represión fue moderada pero Mazzarino esperó
a diciembre para regresar del exilio.
El cardenal
recuperó fácilmente las riendas del gobierno, ya que en el país prevalecía el
cansancio de la guerra interior y exterior. Las últimas revueltas en las
provincias fueron sofocadas en los meses siguientes con facilidad. El final de
la Fronda supuso en realidad el fortalecimiento del poder monárquico contra el
que se había rebelado y la consolidación de Mazzarino como cabeza indiscutible
del gobierno. El cardenal supo así, con su política, preparar el advenimiento
del absolutismo monárquico que representó el reinado de Luis XIV.
LA GUERRA DE
LOS SEGADORES
La Guerra de
los Segadores, también conocida como sublevación de Cataluña o guerra de
Cataluña, la Revolta dels Segadors en catalán, fue un conflicto que tuvo lugar
entre 1640 y 1659 en el Principado de Cataluña, en el contexto más amplio de la
Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y las tensiones entre la Monarquía
Hispánica y sus territorios periféricos. Este conflicto no solo fue una guerra
de carácter político y militar, sino también un enfrentamiento identitario que
puso en evidencia las tensiones entre el centralismo de la Corona española y las
aspiraciones autonómicas de Cataluña. La Guerra de los Segadores fue un
conflicto complejo en el que se entrelazaron causas sociales, económicas,
políticas e internacionales.
El siglo
XVII fue un periodo de tiempo con gran movimiento político, sucediendo hechos
muy importantes para la historia de España. Algunos de estos movimientos fueron
revueltas de distintas partes de España, siendo especialmente importantes las
que sucedieron en Cataluña.
Cataluña,
que formaba parte de la Corona de Aragón, se encontraba en una situación
particular, ya que mantenía sus propias leyes, instituciones y privilegios, a
pesar de estar integrada en la monarquía de los Austrias. Este sistema generaba
tensiones constantes entre las aspiraciones centralizadoras de Madrid y el
deseo de autogobierno de los catalanes. Los campesinos, que representaban la
mayor parte de la población, vivían en condiciones de gran precariedad,
sometidos a los abusos señoriales y a las crecientes demandas fiscales.

El
Conde-Duque de Olivares valido
del rey llevó a cabo dos proyectos, uno el Memorial Secreto y el otro la Unión
de Armas. El Memorial Secreto era un informe donde se hablaba de la necesidad
de cambiar el sistema de la monarquía, uniendo las leyes e instituciones de
todas las regiones, para conseguir que el poder real aumentará. Por otro lado
la Unión de Armas, era un proyecto según el cual todos los reinos, estados y
señoríos que pertenecían a la Monarquía Hispánica debían dar soldados y dinero
a la Corona, siendo proporcionales a la población de cada región. Su proyecto pretendía
que cada provincia de la monarquía aportara un contingente de soldados y fondos
proporcional a sus recursos para sostener los esfuerzos defensivos del Imperio.
No obstante, las Cortes Catalanas se opusieron rotundamente a esta exigencia
tributaria, alegando que violaba de forma directa sus leyes fundamentales (las
Constitucions). Con la entrada formal de Francia en la Guerra de los Treinta Años en 1635, la
situación de la provincia empeoró drásticamente: Cataluña se convirtió en el
principal frente militar del conflicto, forzando al alojamiento de decenas de
miles de soldados de los Tercios reales en las humildes poblaciones rurales
catalanas.

El antecedente
del conflicto fue el malestar social y económico provocado por la presencia de
tropas reales en territorio catalán. Estas fuerzas, enviadas para luchar contra
Francia, debían sostenerse gracias a contribuciones y alojamientos impuestos a
la población local, lo que ocasionó un fuerte rechazo. Los campesinos,
conocidos como segadores, se sintieron doblemente oprimidos por la acumulación
de agravios, abusos, saqueos e incendios cometidos por los soldados de los
Tercios sobre el campesinado rural catalán generó un clima de indignación
insostenible. El detonante definitivo se materializó el 7 de junio de 1640,
festividad del Corpus Christi, un acontecimiento recordado universalmente en la
historiografía catalana como el Corpus de Sangre y que constituyó el verdadero
motor de la revolta dels segadors. Centenas de trabajadores agrícolas
temporales (los segadors), provistos de sus tradicionales hoces de siega, se
adentraron en las calles de Barcelona para alquilar su mano de obra. Estos comenzaron
a enfrentarse con las autoridades reales y con los soldados que se encontraban
en la zona. Lo que comenzó como una protesta espontánea contra los abusos
militares pronto derivó en una revuelta violenta. El ataque se centra en los
funcionarios castellanos, y acaba con la muerte del virrey de Cataluña, Dalmau
de Queralt, conde de Santa Coloma, quien era un fiel servidor del Conde-Duque
de Olivares. La revuelta terminó con 20 muertos, la mayoría funcionarios
reales, lo cual fue una de las causas de la ruptura total entre Cataluña y la
Corona. Esta revuelta, llamada Corpus de Sangre, dio inicio la Guerra dels
Segadors. Durante el verano de 1640 fue extendiéndose la revuelta social por
otras zonas de Cataluña, asesinándose a todo aquel que representase algún
poder: funcionarios reales, soldados, nobles o simplemente ricos.
El conflicto
no fue solo una guerra entre España y Cataluña, ya que la participación de
Francia fue vital para la duración del conflicto. La intervención francesa
transformó lo que había comenzado como un levantamiento popular en un conflicto
de carácter internacional.
Tras las
revueltas, la oligarquía catalana fue incapaz de detener la revolución social,
en la cual los campesinos atacaron las clases más ricas.. En esta situación los
gobernadores de Cataluña pidieron ayuda al rey Luis XIII de Francia, enemigo de
la Corona Hispánica, para detener las revueltas mientras al mismo tiempo el
Conde-Duque de Olivares formaba un ejército para recuperar la región.
Cataluña
pagó a Francia para que esta mandara hombres, al mismo tiempo que el ejército
española avanzaba, conquistando ciudades importantes de Cataluña. Poco más
tarde Luis XIII fue elegido como Conde de Barcelona, y defendió a Cataluña del
ataque del ejército español. El ejército de Felipe IV se marchó, tardando 10
años en volver a intentar recuperar la región.

Batallas
como la de Montjuïc, en 1641, fueron decisivas para contener los intentos
iniciales del ejército castellano de recuperar el control. Sin embargo, la
guerra se prolongó, y el desgaste fue enorme tanto para la población catalana
como para las arcas francesas y españolas. Francia conquistó el Rosellón,
Lleida y Monzón, pero estas dos últimas tardaron poco tiempo en ser recuperadas
por España. Poco a poco el interés francés por Cataluña fue decreciendo, y eso
fue aprovechado por Felipe IV para recuperar la zona. En 1652, las tropas de
Felipe IV lograron entrar en Barcelona, poniendo fin de manera efectiva a la
rebelión. Tras la toma de Cataluña, Felipe IV firmó obediencia ante las leyes
catalanas y dio así fin la Guerra dels Segadors, aunque no pudo impedir que
Francia se quedará con el Rosellón.
LA GUERRA DE
RESTAURACIÓN PORTUGUESA

La Guerra de
Restauración Portuguesa (en portugués: Guerra da Restauração), que se
desarrolló entre 1640 y 1668, constituye uno de los episodios más relevantes de
la historia de Portugal y de la península ibérica. Fue un enfrentamiento armado
entre el Reino de Portugal y el Reino de España. El conflicto comienza el 1 de
diciembre de 1640 con el levantamiento a favor de la Restauración de la
Independencia de Portugal y termina con victoria portuguesa poniendo final a la
monarquía dual existente en la península ibérica de los Habsburgo iniciada en
1580. Este conflicto bélico se originó como consecuencia directa de la Unión
Ibérica, un periodo en el cual la corona portuguesa había pasado a estar bajo
el dominio de los reyes de España, específicamente desde 1580 hasta 1640.
Durante esas décadas, el reino portugués perdió buena parte de su autonomía
política y de su capacidad de decidir sobre sus propios asuntos, lo que generó
un malestar creciente entre la nobleza, los comerciantes y el pueblo.
El período
de 1640 a 1668 se caracterizó por enfrentamientos periódicos entre Portugal y
España, tanto pequeñas contiendas como graves conflictos armados, de los cuales
muchos de ellos fueron ocasionados por conflictos de España y Portugal con
potencias no ibéricas. España participó en la Guerra de los Treinta Años hasta
1648 y en la guerra franco-española hasta 1659, mientras que Portugal participó
en la guerra luso-neerlandesa hasta 1663.

El conflicto
no fue únicamente una disputa dinástica entre dos casas reales, sino que
también reflejó intereses económicos, sociales y estratégicos de gran alcance.
España, bajo los Habsburgo, se encontraba en una situación crítica: su imperio
se hallaba en declive, comprometido en múltiples guerras como la Guerra de los
Treinta Años y la revuelta de Cataluña (la llamada Guerra de los Segadores).
Esto debilitó la capacidad militar de la monarquía hispánica para sofocar el
levantamiento portugués. Por su parte, Portugal contaba con un elemento clave:
el apoyo de potencias europeas interesadas en debilitar a España, como
Inglaterra, Francia y los Países Bajos.
Todo comenzó
en 1580, cuando el rey portugués Sebastián I murió en la Batalla de Alcácer
Quibir sin dejar descendencia directa. Su sucesión quedó disputada entre varios
pretendientes, pero finalmente el rey Felipe II de España, también conocido
como Felipe I de Portugal, reclamó el trono portugués a través de su abuela
paterna, la reina portuguesa Catalina de Braganza. De esta manera, se
estableció la Unión Ibérica en 1580, una unión dinástica entre España y
Portugal bajo un mismo monarca, pero conservando ambas coronas y
administraciones separadas.

El despótico
gobierno de Miguel de Vasconcelos y Diego Suárez, secretarios de Estado de la
virreina Margarita de Saboya, y ciertos agravios y exacciones violentas, fueron
la chispa que hizo explotar a los rebeldes. La mañana del 1 de diciembre de
1640, la neblina sobre el Tajo no presagiaba el terremoto político que estaba a
punto de sacudir los cimientos de la Monarquía Hispánica. En el Palacio Real de
Lisboa, un grupo de nobles decididos, hartos de seis décadas de lo que
consideraban una ocupación extranjera, se disponía a ejecutar uno de los golpes
de Estado más limpios y trascendentales de la historia europea. La ejecución
del golpe fue quirúrgica. Al grito de "Libertad y viva el Rey Don
Juan", los conjurados asaltaron el palacio de Lisboa. Miguel de
Vasconcelos, el odiado secretario de Estado que representaba los intereses de
Olivares, fue encontrado escondido en un armario y defenestrado (arrojado por
la ventana) hacia la multitud. La virreina, Margarita de Saboya, fue escoltada
a la frontera. El 15 de diciembre de 1640, el Duque de Braganza fue coronado
como Ju an IV de Portugal. La rebelión encontró un amplio apoyo popular y
rápidamente se extendió por todo el país. La confirmación del triunfo del
alzamiento llegó a Madrid el 7 de diciembre de 1640, y en la corte se prohibió,
bajo pena de vida, que se hablase del asunto. España no pudo reaccionar de
inmediato. Con frentes abiertos en Francia, los Países Bajos, Italia y
Cataluña, el ejército español estaba exhausto. Esta parálisis inicial permitió
a Juan IV organizar lo que sería una defensa numantina. Pero el mecanismo de la
guerra se puso en marcha. El conde-duque de Olivares, valido del rey Felipe IV
de España, alegando desear constituir una junta de personas notables, llama a
Madrid a los hidalgos de más alto nivel. Rápidas operaciones militares
dirigidas por el anciano duque de Alba por tierra y por el Marqués de Santa
Cruz, D. Álvaro de Bazán, por mar, fueron la respuesta de la corona española a
tal desafío. Por el norte tuvo especial importancia la compañía que capitaneaba
D. Fernando de Castro, Conde de Lemos. Los Habsburgo bautizaron a Juan IV como
«El Tirano», mostrándolo en su propaganda como a un traidor.

La Guerra de
Restauración no se caracterizó por grandes batallas continuas, sino por una
serie de enfrentamientos fronterizos en la región de Alentejo y en el norte de
Portugal, acompañados de escaramuzas, incursiones y una fuerte guerra
diplomática. Uno de los primeros enfrentamientos importantes en el conflicto
independentista portugués fue la Batalla de Montijo, en 1644, donde las fuerzas
portuguesas, dirigidas por Matías de Albuquerque, lograron una victoria
significativa sobre las tropas españolas comandadas por el Marqués de
Torrecuso. El frente se mantuvo estático y, por parte española,
fundamentalmente a la defensiva hasta 1660, dada la prioridad que la corte
madrileña otorgó a sofocar la Sublevación de Cataluña.
Esta guerra
se prolongó durante veintiocho años y tuvo altos y bajos para ambos lados. A
pesar de las dificultades, Portugal finalmente logró su objetivo de
independencia con la firma del Tratado de Lisboa en 1668, que reconoció
formalmente a Portugal como un reino independiente y soberano bajo Juan IV y
sus sucesores, marcando el final de la dominación hispánica en el país. Esta
guerra no solo fue una lucha por la soberanía, sino también una reafirmación de
la identidad nacional portuguesa, que sobrevivió en un contexto europeo plagado
de tensiones, rivalidades y cambios geopolíticos profundos. La guerra
estableció la casa de Braganza como nueva dinastía reinante de Portugal, en
sustitución de la Casa de Habsburgo. Esto puso fin a la llamada Unión Ibérica.
LA REVOLUCIÓN
INGLESA

Se denomina
Revolución inglesa (Guerra Civil inglesa), a la etapa de la historia de Gran
Bretaña comprendida entre 1642 y 1688. Se extiende desde los últimos años del
reinado de Carlos I hasta la Revolución Gloriosa, que puso fin al gobierno de
Jacobo II de la dinastía de los Estuardo, pasando por el período republicano y el
Protectorado de Oliver Cromwell. Serie de enfrentamientos armados entre los
partidarios de la monarquía absoluta y los integrantes del Parlamento, que
pretendían limitar el poder real. Fue uno de los conflictos más importantes de
la historia de Inglaterra y tuvo repercusiones políticas, sociales y religiosas
que perduraron mucho después de que los combates cesaran. Se trató de un
enfrentamiento entre el rey Carlos I y el Parlamento, con divisiones profundas
que afectaron tanto a la monarquía como a la estructura social del país. A
pesar de ser catalogada como una guerra civil, también incluyó conflictos que
involucraron a Escocia e Irlanda, lo que la convirtió en una serie de guerras
en las Islas Británicas. Este conflicto no solo transformó la relación entre el
rey y el Parlamento, sino que también dejó una huella duradera en la
configuración de las futuras monarquías constitucionales.

En 1603
falleció la reina Isabel I de Inglaterra
y el trono fue ocupado por Jacobo I (desde 1603 hasta 1625). Fue el
Primer Rey ingles de la familia Real Estuardo. El Rey Jacobo I, tuvo grandes
conflictos con el parlamento, debido a que Jacobo creía en el derecho divino de
los reyes a ejercer el poder e ignoraba los derechos del parlamento inglés, lo
cual provoco intensos conflictos entre ambos poderes. En 1625, Carlos el hijo
de Jacobo, ocupo el trono inglés como Carlos I. Este Rey compartía la creencia
de su padre sobre el derecho divino de los reyes y también tuvo graves
conflictos con el parlamento y además genero descontento religioso entre la
población del reino. La Guerra Civil Inglesa tuvo sus raíces en varias causas,
siendo una de las principales la tensión entre la monarquía y el Parlamento.
Carlos I, como su padre, creía en el derecho divino de los reyes, es decir, que
su autoridad provenía de Dios y no debía ser limitada por ninguna institución
terrenal. Esta visión absolutista chocó con la creciente demanda del Parlamento
de tener mayor control sobre la toma de decisiones, especialmente en asuntos
fiscales y militares. Los constantes enfrentamientos sobre impuestos y el
derecho del rey a gobernar sin la aprobación del Parlamento fueron encendiendo
las tensiones.
Se trató de
un enfrentamiento entre la Corona inglesa, apoyada por los partidarios del
absolutismo, y el Parlamento, que trataba de ponerle límites al poder
monárquico. La Revolución inglesa comprende las siguientes fases o etapas.
La primera
guerra civil inglesa (1642-1646).
Derrota de
la Monarquía. Escapa el rey Carlos I. Se desencadenó debido a los intentos del
rey Carlos I de imponer un estilo de gobierno absolutista y de restaurar la
liturgia católica. Enfrentó al rey y sus partidarios contra de la mayoría de
los parlamentarios, que profesaban el protestantismo. La guerra fue ganada por
estos últimos, que encarcelaron al rey y lo privaron del derecho a disolver el
Parlamento. Oliver Cromwell a partir de 1642 lideró la rebelión del Parlamento
contra el rey Carlos I. Comandó el Nuevo Ejército Modelo, venció a los
partidarios del absolutismo.
La batalla
de Marston Moor tuvo lugar el 2 de julio de 1644. Fue la principal batalla de
la Primera revolución inglesa y una de las más decisivas, que enfrentó al
ejército de la Monarquía de Carlos I de Inglaterra contra las tropas del
Parlamento británico. La victoria fue de los parlamentarios y, como
consecuencia, el rey Carlos I perdió el norte de Inglaterra.
La batalla
de Naseby es la batalla clave de la primera guerra civil inglesa. El 14 de
junio de 1645, el principal ejército del rey Carlos I fue destruido por el
Nuevo Ejército Modelo parlamentario, al mando de sir Thomas Fairfax y Oliver
Cromwell.
La segunda
guerra civil inglesa (febrero-agosto de 1648).
Es
ajusticiado el Rey Carlos I. Protectorado inglés de Oliver Cromwell. Republica
de la mancomunidad. Comenzó cuando el rey escapó de su prisión y se alió con
los escoceses, que fueron vencidos por un ejército dirigido por uno de los
líderes de los parlamentarios, Oliver Cromwell. Se produjo entonces un
conflicto entre algunos nobles del Parlamento, que deseaban negociar con el
rey, y Cromwell, que impulsó el enjuiciamiento del monarca por alta traición.
La postura de Cromwell se impuso, por lo que Carlos I fue condenado a muerte y
decapitado el 30 de enero de 1649. La monarquía fue abolida y se adoptó un
sistema republicano, que representó las aspiraciones de una burguesía que
impuso su moralidad puritana y su idea de que el beneficio individual era
beneficioso para la sociedad.

La Batalla
de Winwick se libró el 19 de agosto de 1648 cerca del pueblo de Winwick, en
Lancashire, entre parte de un ejército realista bajo el mando del general
William Baillie y un ejército parlamentario comandado por Oliver Cromwell. Los
realistas fueron derrotados y todos los que participaron en los combates, toda
la infantería de su ejército, fue asesinada o capturada.
La tercera
guerra civil inglesa (1650-1651).
Restauración
de la Monarquía. El Rey Carlos II y su sucesor (Hermano) Jacobo II (o guerra
anglo-escocesa). Enfrentó a los republicanos, liderados por Cromwell, contra
los realistas irlandeses y escoceses, que apoyaban las aspiraciones de Carlos
II, hijo del rey decapitado, de ascender al trono. Finalizó con la victoria de
los republicanos y la pacificación de Irlanda y Escocia, tras la promesa de los
emisarios de Cromwell de que se respetarían las vidas y las propiedades de los
partidarios del absolutismo. Montrose, uno de los más nobles realistas fue
derrotado el 27 de abril en la batalla de Carbisdale, y el 4 de mayo fue
apresado por sus enemigos.
La primera
batalla de Dunbar fue un enfrentamiento militar librado en el contexto de la
tercera guerra civil inglesa el 3 de septiembre de 1650 entre las fuerzas
parlamentarias mandadas por Oliver Cromwell y el ejército escocés dirigido por
David Leslie, leal al rey Carlos II, quien fue proclamado rey de Escocia el 5
de febrero de 1649. Terminó con la victoria de las primeras.
Protectorado
de los Cromwell (1652-59)
Oliver
Cromwell fue nombrado Lord Protector de Inglaterra, Escocia e Irlanda en
diciembre de 1653, por lo que se convirtió en el jefe del estado militar
conocido como la República de la Mancomunidad("Commonwealth"). Luego
de vencer a los monárquicos, Cromwell suprimió la Cámara de los Lores, que
estaba integrada por la alta nobleza y el clero. Así, su gobierno se transformó
en una dictadura, que se apoyó en el ejército y en la Cámara de los Comunes,
que representaba a la gentry, formada por la baja nobleza y la burguesía. Cromwell
realizo un intenso trabajo de control y pacificación, en especial sobre Irlanda
y Escocia. Ejerció una rígida dictadura de corte puritano, que logro mantener
al país en paz. Sus medidas más importantes fueron la tolerancia hacia los
judíos, que pudieron regresar a Inglaterra en 1655, y la sanción de las Actas
de Navegación. Estas leyes establecieron que el tráfico mercantil entre
Inglaterra y sus colonias debía realizarse en buques ingleses y a cargo de
comerciantes locales. En 1657, Cromwell aceptó la potestad ofrecida por los
Comunes de nombrar a su sucesor, pero declinó el título de rey y solo conservó
el de Lord Protector. El carácter autoritario del gobierno de Cromwell, provoco
que la república de la mancomunidad llegara a ser impopular y muchos desearan
la moderación y la tradición de la antigua monarquía. Luego de su muerte, en
1658, asumió su hijo Richard, quien no tenía el mismo carisma que su padre y
luego de un breve mandato fue obligado a renunciar al poder.
La
Restauración (1660-88)
Luego de la
renuncia de Richard Cromwell, en 1659, se reunió el Parlamento y coronó a
Carlos II. Así se restableció la monarquía y los Estuardo recuperaron el poder.
El reinado de Carlos II fue una etapa de relativa tranquilidad solo perturbada
por la conversión al catolicismo de su hermano, Jacobo. En 1673, el Parlamento,
dominado por los anglicanos, aprobó el Acta de Prueba, por la que los católicos
quedaban inhabilitados para ejercer cargos públicos. En 1679, la Cámara de los
Comunes quiso excluir a Jacobo de la sucesión real, pero sin éxito, por lo que
tras la muerte de Carlos II, ascendió al trono como Jacobo II de Inglaterra y
VII de Escocia.
La
Revolución de 1688 (Revolución Gloriosa o Incruenta).
Guillermo de
Orange destrona a Jacobo II y surge la Monarquía Constitucional. La Revolución
gloriosa de noviembre de 1688 vio cómo el protestante Guillermo de Orange, estatúder
de las Provincias Unidas (1650-1702) invadió Inglaterra y tomó el trono del
católico Jacobo II de Inglaterra (que reinó de 1685 a 1688). No hubo batallas,
y Guillermo fue invitado por el Parlamento a convertirse en rey y gobernar
conjuntamente con su esposa, la reina María II de Inglaterra (que reinó de 1689
a 1694), hija de Jacobo II. La política a favor del catolicismo y el gobierno
autoritario de Jacobo II habían sellado su destino, y a partir de entonces
vivió en el exilio en Francia. Mientras tanto, Guillermo y María gobernaron con
los poderes de la monarquía reducidos y los del Parlamento potenciados, como
parte de un nuevo sistema de gobierno conocido como monarquía constitucional,
el sistema que todavía se ve hoy en el Reino Unido.
LA GUERRA DE
LOS NUEVE AÑOS
La Guerra de
los Nueve Años, también conocida como la Guerra de la Liga de Augsburgo o la
Guerra de la Gran Alianza, fue un gran conflicto en Europa entre 1688 y 1697.
En esta guerra, Francia se enfrentó a una alianza de países llamada la Liga de
Augsburgo, que más tarde se conoció como la Gran Alianza cuando Inglaterra se
unió en 1689. Esta alianza estaba compuesta por varios estados y reinos
importantes de Europa. Entre ellos estaban España, Austria, Baviera,
Brandeburgo, el Sacro Imperio Romano Germánico, Inglaterra, el Palatinado,
Portugal, Sajonia, Suecia y las Provincias Unidas. La Liga de Augsburgo fue
creada oficialmente por el Emperador Leopoldo I. Su principal objetivo era
defender una región llamada el Palatinado. Esta zona estaba siendo presionada
por Francia.

El
enfrentamiento tuvo como protagonista central a Luis XIV de Francia, el monarca
más poderoso del continente, y a un bloque de naciones que buscaban frenar su
creciente hegemonía. En este bloque se encontraban el Sacro Imperio Romano
Germánico, Inglaterra, España, las Provincias Unidas de los Países Bajos,
Saboya y otros aliados. Fue, en esencia, una guerra europea que también tuvo
repercusiones coloniales en América y Asia, lo que muestra cómo el conflicto no
se limitó a la política interna del continente, sino que trascendió a una
escala global.
Aunque la
mayor parte de la guerra ocurrió en Europa, también hubo batallas en las
colonias de América, India y África Occidental. Algunos conflictos relacionados
incluyen la Guerra Guillermita de Irlanda y la Guerra del rey Guillermo en
América del Norte. Esta última fue una lucha entre Inglaterra y Francia por el
control de sus colonias en ese continente. El objetivo principal de la guerra
era detener la expansión de Francia en la región del Rin. Además, Guillermo III
de Orange, el nuevo rey de Inglaterra, quería evitar que Francia ayudara a
Jacobo II de Inglaterra a recuperar el trono inglés, del que había sido
destronado en la Revolución Gloriosa. La guerra terminó con la firma del
Tratado de Ryswick.

Después de
la guerra franco-neerlandesa (1672-1678), Luis XIV de Francia se había
convertido en el rey más poderoso de Europa. Él quería expandir las fronteras
de Francia y hacerlas más seguras. Luis XIV utilizó como pretexto la defensa de
los derechos dinásticos de su cuñada Isabel Carlota, pero en realidad buscaba
fortalecer sus posiciones en el Rin. Esta acción encendió la alarma en toda
Europa y precipitó el inicio de la guerra. Dos líderes importantes se opusieron
a Luis XIV: Guillermo III de Orange, de las Provincias Unidas de los Países
Bajos, y el emperador Leopoldo I del Sacro Imperio Romano Germánico. Ambos
querían detener a Francia, pero al principio no podían hacerlo porque algunos
países alemanes estaban del lado de Francia.
La guerra
comenzó con la invasión por parte de los franceses del Palatinado en 1688.
Dicha invasión era el resultado de las reclamaciones territoriales hechas por
Luis XIV en el nombre de la Duquesa de Orleans, su cuñada. El ataque produjo la
unión de los príncipes alemanes con el Emperador, el cual, sin embargo, todavía
estaba envuelto en una guerra con el Imperio otomano. Inglaterra declaró la
guerra a Francia en mayo de 1689, uniéndose así a la Liga, la cual pasó a
llamarse Gran Alianza.

Esta guerra
fue larga y desgastante, con campañas militares devastadoras, asedios
prolongados y un enorme costo humano y económico. El desarrollo militar de la
Guerra de los Nueve Años estuvo marcado por un alto grado de devastación y por
la participación de múltiples frentes. Francia, aunque poderosa y con un
ejército disciplinado, debía enfrentarse a una coalición internacional. El
teatro principal de operaciones fue el Rin y el Palatinado, pero los
enfrentamientos también se extendieron a Flandes, Italia, Cataluña, Irlanda y
los mares del Atlántico. Uno de los primeros episodios impactantes fue la quema
del Palatinado en 1689, cuando las tropas francesas aplicaron una política de
tierra arrasada para evitar que el enemigo pudiera abastecerse. Ciudades
enteras como Heidelberg y Mannheim fueron destruidas, dejando una huella de
horror que alimentó el odio hacia Francia. Mientras tanto, en los Países Bajos,
Guillermo III de Orange organizaba la defensa contra el poderío francés. Las
batallas más importantes se dieron en Flandes, región estratégica para el
comercio y la política europea. Allí se enfrentaron los ejércitos de Luis XIV
contra la coalición dirigida por Guillermo III y sus aliados. Aunque Francia
logró algunas victorias significativas, como la batalla de Fleurus en 1690, no
consiguió derrotar decisivamente a sus enemigos. El conflicto fue una serie de
asedios, movimientos defensivos y escaramuzas que mostraban la dificultad de
obtener un triunfo absoluto. En Italia, el Ducado de Saboya cambió de bando
durante la guerra, lo que complicó las estrategias francesas. En Cataluña, la
frontera pirenaica fue escenario de combates entre tropas españolas y
francesas, que reflejaban la importancia de la península ibérica en la guerra. En
el mar, la marina francesa logró algunas victorias iniciales, como la batalla
de Beachy Head en 1690, pero poco a poco la superioridad naval pasó a manos de
Inglaterra y las Provincias Unidas. Este dominio marítimo permitió a los
aliados controlar el comercio y debilitar la economía francesa. En América del
Norte, el enfrentamiento es conocido como la Guerra del Rey Guillermo, ya que
coincidió con la subida al trono de Guillermo III en Inglaterra. Colonos
ingleses y franceses, junto con sus aliados indígenas, libraron intensos
combates en la frontera de Nueva Francia (actual Canadá) y Nueva Inglaterra.

El desenlace
de la Guerra de los Nueve Años llegó en 1697 con la firma del Tratado de
Ryswick, en la ciudad neerlandesa de Rijswijk. Tras casi una década de
enfrentamientos, tanto Francia como sus enemigos estaban exhaustos y deseaban
poner fin a una guerra que se había vuelto insostenible. El tratado estableció
que Luis XIV reconocía a Guillermo III como rey legítimo de Inglaterra. Francia
devolvió la mayoría de los territorios que había conquistado, aunque retuvo
Estrasburgo y algunas posiciones en Alsacia. España recuperó Cataluña y
Luxemburgo, mientras que el Palatinado fue restaurado, aunque no se repararon
las destrucciones sufridas.
LAS GUERRAS ANGLO-NEERLANDESAS
Las guerras
anglo-neerlandesas fueron una serie de conflictos navales armados de los siglos
XVII y XVIII, entre el Reino de Inglaterra (Reino de Gran Bretaña) y las
Provincias Unidas de los Países Bajos, con el objetivo de controlar las rutas
comerciales marítimas. Son conocidas como las guerras neerlandesas (Dutch wars)
en Inglaterra y como las guerras marítimas inglesas (Engelse Zeeoorlogen) en
los Países Bajos. Tanto los británicos como los neerlandeses participaron en
los conflictos religiosos europeos del siglo XVI entre la dinastía católica de
los Habsburgo y los estados opuestos protestantes. Al mismo tiempo, al
iniciarse la Era de los Descubrimientos, tanto neerlandeses como ingleses
buscaron beneficios en el extranjero, en el Nuevo Mundo.
La primera
guerra anglo-neerlandesa entre 1652 y 1654;
La primera
guerra anglo-neerlandesa fue un conflicto armado entre Inglaterra y las
Provincias Unidas de los Países Bajos librado a mediados del siglo XVII. Por
aquella época, los neerlandeses defendían la teoría del mare liberum, elaborada
por su conciudadano Hugo Grocio, o sea el libre tránsito y comercio por todos
los mares (excepto, naturalmente, los que bordeaban sus colonias). Los primeros
enfrentamientos con la VOC fueron totalmente desfavorables para los ingleses,
como asimismo los intentos de colaboración llevados a cabo de 1619 a 1623, que
terminaron con la matanza de Amboina (27 de febrero de 1623), en la que nueve
ingleses fueron ejecutados por presunta conspiración contra los holandeses. En
el enfrentamiento entre Inglaterra y los Países Bajos, los barcos ingleses
vencen en la mayor parte de los encuentros, y esto marca el comienzo de la
decadencia neerlandesa. Los Países Bajos deben reconocer el «Acta de
navegación» ante Inglaterra, en la paz de Westminster.

La Batalla
del Gabbard fue un enfrentamiento naval librado del 2 al 3 de junio de 1653 durante
la Primera Guerra Anglo-Holandesa. Tuvo lugar cerca del banco de los bancos de
los Gabbard, frente a la costa de Suffolk, Inglaterra, entre flotas de la
Mancomunidad de Inglaterra y la República Holandesa. Resultó en una importante
victoria inglesa.
La batalla
de Scheveningen fue la última batalla naval de la Primera Guerra
Anglo-Holandesa. Tuvo lugar el 31 de julio de 1653[b] entre las flotas de la
Commonwealth de Inglaterra y la República Holandesa.
La segunda
guerra anglo-neerlandesa entre 1665 y 1667;
La segunda
guerra anglo-neerlandesa fue una guerra entre Inglaterra y las Provincias
Unidas de los Países Bajos que comenzó el 4 de marzo de 1665 y concluyó con la
firma del Tratado de Breda el 31 de julio de 1667. Las dos potencias marítimas
continuaron chocando en los mismos mares que en el anterior conflicto. Fue un
conflicto desarrollado mediante una serie de guerras navales entre Inglaterra y
la República Holandesa, impulsadas en gran medida por disputas comerciales. A
pesar de varias batallas importantes, ninguno de los dos bandos logró obtener
una victoria decisiva y, a finales de 1666, la guerra había llegado a un punto
muerto. Las conversaciones de paz avanzaron poco hasta que la incursión
holandesa en el río Medway en junio de 1667 obligó a Carlos II de Inglaterra a
aceptar el Tratado de Breda.

El ataque de
Medway, también llamado batalla de Medway o batalla de Chatham, fue un exitoso
ataque holandés contra los barcos más grandes que tenía la Marina Real
británica anclados en su base principal de Chatham y Gillingham en el condado
de Kent entre el 6 y 14 de junio de 1667. Los holandeses, bajo el mando nominal
de Willem Joseph van Ghent y el teniente almirante Michiel de Ruyter, durante
varios días bombardearon y capturaron la ciudad de Sheerness, navegaron por el
estuario del Támesis hasta Gravesend, luego navegaron por el río Medway hasta
Chatham y Gillingham, donde atacaron fortificaciones con fuego de cañón,
quemaron o capturaron tres buques capitales y diez barcos de línea más, y
capturaron y remolcaron el buque insignia de la flota inglesa, el HMS Royal
Charles.
La tercera
guerra anglo-neerlandesa entre 1672 y 1674.
La tercera
guerra anglo-neerlandesa fue el conflicto armado entre Inglaterra y las
Provincias Unidas de los Países Bajos que duró de 1672 a 1674 y formó parte de
la guerra franco-neerlandesa. La Armada Real de Inglaterra se unió a Francia en
su ataque a la República, pero no tuvo éxito en sus intentos por bloquear la
costa neerlandesa debido a cuatro victorias estratégicas por parte del
almirante Michiel de Ruyter. Asimismo, fracasó un intento en convertir a las
Provincias Unidas de los Países Bajos en un protectorado inglés. El Parlamento,
temeroso de que la alianza con Francia fuera parte de un complot para convertir
a Inglaterra al catolicismo, forzó al rey a abandonar la costosa e infructuosa
guerra.
La Batalla
del Texel fue un enfrentamiento naval librado el 21 de agosto de 1673 durante
la Guerra de los Países Bajos entre la flota anglo-francesa y la marina de la
República de las Provincias Unidas. Dos meses después de las batallas de
Schooneveltd y Walcheren (14 de junio), las flotas enemigas se encontraron de
nuevo frente a la costa de las Provincias Unidas. A pesar de su superioridad
numérica, los Aliados sufrieron otra derrota a manos de la flota del almirante
Michiel de Ruyter.
La cuarta
guerra anglo-neerlandesa entre 1780 y 1784.
La cuarta
guerra anglo-neerlandesa fue un conflicto entre el Reino de Gran Bretaña y las
Provincias Unidas de los Países Bajos que duró de 1780 al 20 de mayo de 1784.
La guerra, tangencialmente relacionada con la de Independencia de los Estados
Unidos, estalló por desacuerdos entre los británicos y los neerlandeses sobre
la legalidad y conducción del comercio neerlandés con los enemigos de Gran
Bretaña en esa guerra. La mayor parte de la guerra consistió en una serie de
operaciones británicas muy exitosas contra los intereses económicos coloniales
neerlandeses, aunque las fuerzas navales británicas y neerlandesas también se
enfrentaron una vez en el Banco Dogger, en la costa neerlandesa. La guerra
terminó en fracaso para los neerlandeses y expuso la debilidad de las bases
políticas y económicas de la República.
La batalla
del Banco Dogger acaeció el 5 de agosto de 1781, en el marco de la cuarta
guerra anglo-neerlandesa y la guerra de Independencia de los Estados Unidos.
Fue una sangrienta acción de guerra entre buques británicos bajo el mando del
vicealmirante Sir Hyde Parker y un escuadrón neerlandés comandado por el
vicealmirante Johan Zoutman. El número de bajas fue elevado y supuso una
victoria estratégica británica. Los holandeses, aunque celebraron la batalla
como una victoria, no volvieron a sacar su Armada de puerto durante toda la
guerra, y vieron su comercio naval seriamente dañado.
LA GUERRA ANGLO-ESPAÑOLA (1655-1660)
La guerra
anglo-española de 1655-1660 fue un conflicto bélico librado entre la
Commonwealth de Inglaterra bajo El Protectorado de Oliver Cromwell y España
bajo el reinado de Felipe IV, motivado por la rivalidad comercial entre ambos
países en las Indias Occidentales. El detonante de esta guerra fue el Designio
Occidental elaborado por Oliver Cromwell. Los privilegios de exclusividad que
España mantenía sobre el comercio y la navegación en las Indias desde la época
de su descubrimiento, y los ataques a los navíos contrabandistas ingleses en la
zona, considerados como contrabandistas por las autoridades españolas, fueron
considerados por Inglaterra como injustos y contrarios a su propia libertad
comercial.

Fue causado
por rivalidades comerciales. Cada bando atacó los intereses comerciales y
coloniales del otro de diversas formas, como corsarios y expediciones navales.
En 1655, una expedición anfibia inglesa invadió territorio español en el
Caribe. En 1657, Inglaterra formó una alianza con Francia, fusionando la guerra
anglo-española con la guerra franco-española más amplia, lo que resultó en
importantes acciones terrestres que tuvieron lugar en los Países Bajos
españoles.
Aunque la
guerra terminó después de la Restauración del rey Carlos II de Inglaterra en
1660, las tensiones en el Caribe mantuvieron el conflicto de forma intermitente
durante más de diez años. La guerra terminó oficialmente con dos tratados de
paz que se firmaron en Madrid en 1667 y 1670.
Conquista
inglesa de Jamaica (1655).
Jamaica fue
el casus belli que resultó en la actual Guerra Anglo-Española en 1655.
Debilitada por la fiebre, la fuerza inglesa navegó hacia el oeste hacia la
Colonia de Santiago (actualmente Jamaica), la única isla de las Antillas
españolas que no contó con nuevas obras defensivas. Desembarcaron en mayo de
1655 en un lugar llamado Santiago de la Vega, hoy Spanish Town. Vinieron y se
quedaron ante una prolongada resistencia local que fue reforzada por tropas
enviadas desde España y Nueva España (México). En 1657, el gobernador inglés
invitó a los bucaneros a establecer su base en Port Royal en Santiago, para
disuadir a los españoles de recuperar la isla. Para Inglaterra, Jamaica iba a
ser el “puñal apuntado al corazón del Imperio español”, aunque en realidad era
una posesión de poco valor entonces. Las nuevas tropas españolas, que zarparon
de Cuba, perdieron la batalla de Ocho Ríos en 1657 y la batalla de Río Nuevo en
1658, fracasando en sus intentos de retomar Jamaica. Sin embargo, el temor a
otra invasión hizo que el gobernador inglés de Jamaica, Edward D'Oyley,
sintiera que su nuevo deber era organizar la defensa de la isla contra los
españoles. Utilizando la táctica de atacar en lugar de defender, envió a
Christopher Myngs a atacar ciudades y bases coloniales españolas.

Batalla de
Cádiz (9 de septiembre de 1656)
En 1656,
durante el transcurso de la guerra que la Commonwealth inglesa bajo el gobierno
de Oliver Cromwell había declarado a España el año anterior, la flota inglesa
del vicealmirante Richard Stayner acechó y atacó la flota de Indias española,
que regresaba de América bajo el mando de Juan de Hoyos. En el ataque, ocurrido
frente a la costa de Cádiz, los ingleses hundieron dos naves españolas, y
capturaron uno de los galeones, apoderándose de una cantidad de riquezas
valoradas en dos millones de pesos. Las otras cuatro naves españolas
consiguieron llegar a puerto.
Ataque naval
a Santa Cruz de Tenerife (30 de abril de 1657)
La armada
inglesa al mando del almirante Robert Blake y el contraalmirante Richard
Stayner penetró en el puerto de la ciudad y atacó a la flota de Indias que el
general Diego de Egües y su segundo José Centeno tenían allí amarrada tras
haber llegado desde Veracruz y La Habana. En el transcurso del combate, que se
prolongó durante todo el día, hubo 300 muertos en el bando español y resultaron
destruidas ocho de las naves allí fondeadas, aunque la carga que transportaban,
desembarcada antes de la batalla, logró mantenerse a salvo. Por la parte
inglesa se reportaron 50 muertos y 120 heridos. Empujadas por un viento
favorable, todas las naves inglesas consiguieron salir del puerto maltrechas.
Las
hostilidades perdieron fuerza tras la muerte de Oliver Cromwell en 1658. Tras
la paz hispano-francesa de 1659 y la restauración de la monarquía en Inglaterra
en 1660, el nuevo rey inglés Carlos II firmó la paz con España, lo que no
detuvo las hostilidades en las Indias en los años siguientes.
LA GRAN
GUERRA DEL NORTE
Conflicto
bélico entre el Imperio sueco y el Imperio ruso junto a sus respectivos aliados
entre 1700 y 1721. Se desarrolló en el norte, centro y este de Europa. El siglo
XVIII comenzó con un fuerte temblor político en el norte de Europa. Durante el
siglo anterior, el imperio sueco se había consolidado como una de las grandes
potencias del continente. A base de victorias militares frente a Dinamarca,
Noruega, Rusia y Polonia, y gracias a su decisiva participación en la Guerra de
los Treinta Años, Suecia había construido un auténtico imperio en torno al mar
Báltico. Sus dominios se extendían por territorios estratégicos como Estonia,
Livonia, Finlandia e incluso zonas del norte de Alemania. El control de estas
regiones no solo le daba poder político, sino también el dominio de las rutas
comerciales del Báltico, clave para la economía europea de la época. Después de
conseguir sus objetivos Carlos XI de Suecia optó por una política neutral.

En el año
1697, accede al trono sueco el joven Carlos XII, trono de un imperio que
chocaba con los intereses de Polonia, Rusia y Dinamarca. Pero en 1700, durante
la regencia de Carlos XII —que entonces solo contaba con 14 años de edad—, sus
enemigos crearon una alianza, cuyo primer movimiento fue atacar Riga y los
territorios de Livonia.
El día 12 de
febrero de 1700 comenzó la Gran Guerra del Norte, la lucha por la supremacía en
el Mar Báltico. En febrero de 1700, el
ejército sajón invade la Livonia sueca; en marzo, son los daneses los que
acceden a Gottorp y sitian Tønning. Carlos XII decide ocuparse primero de
Dinamarca ya que acaba de firmar el Tratado de La Haya con Inglaterra y
Holanda, principales potencias marítimas. El ejército sueco emprendió una
campaña contra los daneses, mientras reforzaba las posiciones en la frontera
con Noruega y preparaba la respuesta contra Sajonia. El Reino de Suecia
combatió, al principio de esta contienda, contra una alianza formada por
Dinamarca, Sajonia, Rusia y la Mancomunidad de Lituania y Polonia. A pesar de
la inferioridad numérica, Suecia sorprendió al inicio del conflicto. Carlos XII
demostró ser un brillante estratega militar, logrando importantes victorias
frente a sus enemigos. Uno de los primeros episodios clave fue la batalla de
Narva (1700), donde el ejército sueco derrotó de forma contundente a las
fuerzas rusas.

Durante la
primera década de la guerra, Suecia
logró mantener a raya a la coalición enemiga, consolidando la imagen de
invencibilidad de su ejército. Carlos XII invade la isla de Zealand, por lo que
Federico de Dinamarca firma la Paz de Tarvendal en agosto. Tras las campañas de
los meses anteriores, Suecia consigue sacar de la guerra a Noruega y Dinamarca.
En enero de 1702, Carlos XII de Suecia invade la Mancomunidad polaco-lituana y
vence en Kliszow, consiguiendo que Estanislao Leszczynski sea proclamado rey en
1705.
Hasta 1709
las tropas de Carlos XII consiguieron mantener su hegemonía en los territorios
bálticos y también en Polonia, pero todo cambió cuando el imperio ruso
intervino con todo su potencial. La Batalla de Poltava (1709) fue un duro revés
para los suecos que acumulaban una larga lista de victorias contra daneses,
sajones y polacos. El zar Pedro I consiguió con esta victoria cambiar el curso
de la Gran Guerra del Norte.
Tras
numerosas batallas y altercados, Carlos queda atrapado en Turquía por una plaga
desde 1709 hasta 1714, acontecimiento que Federico de Dinamarca y Augusto de
Polonia aprovechan para retomar sus puestos en la guerra. Dinamarca aprovechó
este momento para preparar un nuevo ataque, y en los años siguientes los
enemigos de Suecia se multiplicaban: Prusia, Hanover, Ucrania y el imperio
otomano —que al principio apoyó a Carlos XII pero luego se rebeló contra él— y
Noruega se sumaron a la alianza. En la batalla de Helsinborg, en marzo de 1710,
Suecia vence a los daneses.

El 11 de
diciembre de 1718, Carlos XII de Suecia muere de un disparo al frente de la
vanguardia sueca en el avance hacia Oslo, dejando el trono vacío y sin heredero,
el cual será ocupado en 1720 por Federico de Hesse. En 1719, se firma la paz
con Hannover y con Prusia; y, al año siguiente, con Dinamarca, aunque forzada
por Gran Bretaña. La Gran Guerra del Norte finalizó con la derrota sueca,
ratificada en el Tratado de Nystad, septiembre de 1721. El reino sueco no solo
cedió diversos territorios, sino que perdió su hegemonía en el Mar Báltico a
favor de Rusia, con la que luchó en diversas ocasiones a lo largo del siglo
XVIII. Terminada la época conocida como “Era de Grandeza”, Suecia quedó excluida
del nuevo orden continental dominado ahora por Gran Bretaña, Rusia, Francia,
Austria y la incipiente Prusia. Nystadt convierte a Rusia en la sustituta de
Suecia, convirtiéndose en la potencia hegemónica en el Báltico.
LA GUERRA
TURCO-PERSA
La guerra
turco-persa de 1730-1736 fue un conflicto militar entre las fuerzas del Imperio
safávida y las del Imperio otomano entre 1730 y 1735/1736. Durante el siglo XVI, el Imperio otomano y el
Imperio safávida protagonizaron una de las rivalidades más intensas del mundo
islámico, marcada por una serie de guerras por el control de regiones
estratégicas.
En 1726
Nader, un caudillo de la tribu afshar, entró al servicio de Tahmasp II y fue
nombrado gobernador general de la región del Jorasán. Nader aceptó el título de
kan, como servidor de Tahmasp, como prueba de lealtad al shah safávida.En la
primavera de 1730, Nader atacó a los otomanos y recuperó la mayor parte del territorio que se había
perdido durante el colapso del Imperio safávida en los últimos años de la
década anterior. Durante 1729, Tahmasp uno de los últimos gobernantes de la
Imperio safávida de Persia mantuvo el control en gran parte de su reino.
Inmediatamente después de su imprudente campaña otomana de 1731 durante la
guerra turco-persa de 1730-1736, fue depuesto por el futuro Nader Shah en 1732
en favor de su hijo, Abbas III; ambos fueron asesinados en Sabzevar en 1740 por
el hijo mayor de Nader Shah, Reza-qoli Mirza.
Nader
decidió que, mientras continuaba la guerra, podría recuperar el territorio de
Armenia y Georgia si capturaba Bagdad y la ofrecía a cambio de las provincias
perdidas, pero su plan fracasaría al ser derrotado su ejército por el general
otomano Topal Osmán Paşa cerca de la ciudad en 1733. Se enfrentó nuevamente a
Topal con un ejército más grande, derrotándole y matándole en la batalla de
Kirkuk. Seguidamente asedió Ganyá en las provincias del norte, aliándose con el
Imperio ruso por el tratado de Ganyá, firmado en marzo de 1735, por este los
rusos se comprometían a retirar sus tropas del territorio persa. Nader
obtendría así una victoria sobre las tropas otomanas, superiores en número, en
Yeghvard, recuperando Armenia y Georgia para verano de 1735. El Imperio otomano
fue incapaz de soportar la guerra en dos frentes, y a finales de 1735 comenzó
unas negociaciones de paz separadas con Nader Kan. En 1736, como resultado de
las mismas, se firmaba en Estambul un tratado de paz por el que se restablecía la
frontera entre los persas y los otomanos de 1722.
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LA GUERRA DE
SUCESIÓN ESPAÑOLA
La guerra de
sucesión española es un conflicto internacional entre julio de 1701 y el 2 de
julio de 1715 entre las dinastías europeas de los borbones y austriacos. Tiene como causa fundamental la muerte sin
descendencia de Carlos II de España, último rey de la Casa de Habsburgo. La
guerra estalla cuando sube al trono español el francés Felipe de Borbón a la
vez que el archiduque Carlos de Austria reclama sus derechos sucesorios en
España. Por otra parte existía un interés de Gran Bretaña y los Países Bajos,
enemigos de España, de repartirse los territorios españoles y derrotar a
Francia. La guerra de Sucesión española (1701-1714) fue la primera de varias
guerras importantes libradas entre las grandes potencias de Europa en el siglo
XVIII.

El rey
Carlos II de España era débil y enfermo, no tenía hijos y, evidentemente, se
estaba muriendo. No estaba claro quién le sucedería. Para evitar este problema,
Luis XIV de Francia y Guillermo III de Inglaterra se reunieron en secreto en
septiembre de 1698 para discutir el futuro de la sucesión española. En lo que
se conocería como el Primer Tratado de Partición, ambos acordaron apoyar a un
candidato de compromiso, José Fernando de Baviera, cuya ascensión probablemente
sería la menos destructiva para el equilibrio de poder. Sin embargo, José
Fernando se murió menos de un año después, lo que obligó a Luis y Guillermo a
volver a empezar desde cero. En junio de 1699, acordaron el Segundo Tratado de
Partición, en el que decidieron, literalmente, dividir el Imperio español. El
archiduque Carlos de Austria, descendiente de los Habsburgo, recibiría el
propio Reino de España, mientras que el delfín francés obtendría las posesiones
españolas de Nápoles, Sicilia y Milán.

Por
supuesto, a la nobleza española no le gustó la idea de ver su imperio dividido
y convenció al moribundo Carlos II de que nombrara a un único heredero en su
testamento. Carlos, que murió en 1700 , sin descendencia, nombró sucesor a
Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia y bisnieto de Felipe IV
(predecesor de Carlos II en el trono de España). Felipe de Anjou fue coronado
con el nombre de Felipe V, y así terminó el reinado de la dinastía de los
Habsburgo en España, reemplazada por la dinastía de los Borbones. El ascenso al
trono español de Felipe V, de la Casa de Borbón, representaba la hegemonía
francesa y abría la posibilidad a la unión de España y Francia bajo un mismo
monarca. Este peligro llevó a Inglaterra y los Países Bajos a apoyar al
candidato austriaco, el archiduque Carlos, que era sustentado por los Habsburgo
de Austria. El bando borbónico de España y la corona francesa quedaron
enfrentados a las otras potencias europeas, que buscaban evitar que los
Borbones concentraran poder y unificaran en el futuro los reinos de España y
Francia bajo una sola corona. Estas potencias se aliaron a los austracistas
españoles, que apoyaban al archiduque Carlos. De este modo, Inglaterra, los
Países Bajos y el Sacro Imperio Romano-Germánico firmaron el Tratado de La Haya
(1701), en el que acordaron enfrentar militarmente a los Borbones y realizar un
reparto territorial de los territorios españoles. Así comenzó la guerra. Así
pues, a principios de 1701, comenzaron a cernirse las nubes de la guerra cuando
Inglaterra, la República Holandesa, el Sacro Imperio Romano Germánico, Prusia y
las demás naciones de la Gran Alianza movilizaron sus ejércitos. Aunque en 1701
la guerra parecía un enfrentamiento franco-austriaco, pronto se transformó en
un conflicto generalizado en el que se implicaron múltiples estados europeos.
Inglaterra y las Provincias Unidas reforzaron sus alianzas, mientras que
Francia y España consolidaron sus propios apoyos.
A Felipe V
lo apoyaron, además de Francia y el bando borbónico en España, algunos Estados
del Sacro Imperio Romano-Germánico (Colonia, Mantua y, hasta 1704, Baviera).
La
pretensión del archiduque Carlos fue defendida por el bando austracista en
España y por Austria, Prusia, Hannover, los Países Bajos, Inglaterra, Portugal
y Saboya.

La guerra de
sucesión española arrancó con el enfrentamiento entre las tropas austriacas al
mando del príncipe Eugenio de Saboya y las tropas francesas lideradas por el
mariscal Nicolas Catinat, algo que sucedió el 9 de julio de 1701 en la
localidad italiana de Carpi d’Adige, situada en la provincia de Verona. El 15
de mayo de 1702, Inglaterra, la República Holandesa y el Sacro Imperio Romano
Germánico le declararon simultáneamente la guerra a Francia. Mientras tanto, un
ejército anglo-holandés bajo el mando supremo del general inglés John
Churchill, duque de Marlborough marchó con su ejército multinacional hacia los
Países Bajos españoles y tomó las fortificaciones clave de Venlo, Roermond y
Stevensweert antes de poner fin a la campaña con la captura de Lieja. En Italia
también estaban haciendo progresos, donde el ejército imperial del príncipe
Eugenio se enfrentó a los franceses en la sangrienta batalla de Luzzara (15 de
agosto de 1702). En la batalla de Ekeren (30 de junio de 1703), un ejército
franco-español frenó a los aliados y Marlborough se vio obligado a abandonar
toda esperanza de capturar Amberes. Batallas emblemáticas como Blenheim y Höchstädt
(1704) o las campañas en el norte de Italia y Flandes demostraron que la guerra
no era un episodio aislado, sino un teatro que redefiniría estrategias
militares, diplomáticas y de poder en toda Europa. Los aliados obtuvieron una
victoria decisiva sobre los franceses en la batalla de Ramillies (23 de mayo de
1706). El 7 de septiembre de 1706, los aliados atacaron a los franceses al sur
de Turín, rompiendo sus líneas y obligándolos a retirarse. La batalla
decisiva en el frente peninsular fue Almansa (25 de abril de 1707), en la que
el general franco-borbónico James Fitz-James duque de Berwick, derrotó
aplastantemente a las fuerzas austracistas del general inglés Galway. Tras la
sangrienta batalla de Malplaquet (1 de septiembre 1709), Marlborough y el
príncipe Eugenio querían invadir Francia y tomar París, pero una vez más sus
aliados, más reacios al riego, se opusieron. En España, el archiduque Carlos
llegó a ocupar Madrid dos veces (1706 y 1710), pero en ambas ocasiones la
población castellana le fue abiertamente hostil. a Francia de Luis XIV, agotada
militar y económicamente, parecía cerca de la derrota.

El punto de
inflexión estratégico llegó en 1711, cuando el emperador austriaco José I murió
sin descendencia y su hermano, el archiduque Carlos —candidato austracista al
trono de España—, se convirtió automáticamente en emperador Carlos VI del Sacro
Imperio. Inglaterra dio un giro brusco: inició negociaciones secretas con
Francia y firmó la paz con Felipe V (la Paz de Utrecht de abril de 1713),
abandonando al archiduque y a sus aliados catalanes.
A pesar de
ello, la gran espiral de conflictos bélicos ocasionados por dicha contienda
continuaría en territorio español debido a la negativa de Cataluña y Mallorca
de aceptar la voluntad de Felipe V, ya que ello implicaba perder sus fueros e
instituciones. Finalmente, la guerra de sucesión española terminaría con la
toma borbónica de Mallorca y su posterior rendición el 2 de julio de 1715. Sin
embargo, en términos políticos la guerra acabaría oficialmente con el Tratado
de Viena de 1725, en el que Carlos VI del Sacro Imperio Romano Germánico
renunciaba de forma definitiva al trono de España.
LA GUERRA DE
SUCESIÓN POLACA
La guerra de
sucesión de Polonia en 1732 fue un conflicto bélico que tuvo lugar en el
contexto de la disputa por el trono polaco. Tras la muerte del rey Augusto II
de Polonia en 1733, se desató una lucha de poder entre diferentes potencias
europeas que buscaban influir en la elección del nuevo monarca. En este
escenario, Austria y Rusia se enfrentaron a Francia y España, quienes
respaldaban a diferentes candidatos al trono polaco. Esta guerra, además de ser
un conflicto político, también tuvo implicaciones territoriales y económicas
para las potencias involucradas. Augusto III recibió durante estas luchas la
ayuda del Imperio ruso y del Sacro Imperio Romano Germánico, con el archiducado
de Austria y Sajonia especialmente (territorio del que además era soberano),
mientras que Estanislao I fue apoyado por Francia, Baviera, el Ducado de
Saboya, el Reino de Cerdeña y España.
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La muerte de
Augusto II, el 1 de febrero de 1733, precipitó los acontecimientos. Pronto
quedaron destacados dos candidatos, Estanislao Leszczynsky, apoyado por
Francia, y Augusto de Sajonia, hijo del anterior y casado con la sobrina del
emperador, propuesto por Austria y Rusia después de reconsiderar su postura y
la conveniencia de un nuevo rey sometido a sus criterios que restablecería su
deteriorado prestigio. Con tales planteamientos, el problema alcanzó
dimensiones internacionales y tanto Luis XV como la zarina Ana se enfrascaron
en una lucha por la aceptación de su candidato en la Dieta. En esta guerra,
Austria y Rusia se unieron para apoyar al candidato electo por la Dieta Polaca,
el cual estaba respaldado por la facción pro-rusa, mientras que Francia y
España respaldaron a un candidato rival. La elección del nuevo monarca polaco
era de suma importancia para todas las partes involucradas, ya que Polonia era
un país con una ubicación estratégica clave en Europa y su control permitiría a
cada potencia expandir su influencia en la región.

El 10 de
octubre de 1733, el rey Luis XV de Francia, constatando que no podía llegar en
sus ataques a Rusia, decidió declarar la guerra contra el Sacro Imperio Romano
Germánico, cuyo emperador era Carlos VI, el mismo que había disputado con
Felipe V la corona de España. El escenario del conflicto fue múltiple, pero dos
fueron los lugares que fueron escenarios de combates: la propia Polonia y la
península italiana, aunque especialmente fue esta segunda la más afectada por
los enfrentamientos bélicos.
El escenario
de los primeros combates fue la propia Polonia, ya que Estanislao I se había
refugiado en la ciudad costera de Gdansk (Danzig en alemán) el 22 de septiembre
de 1733, en espera de recibir ayuda desde Francia por vía marítima, dando lugar
así a la batalla conocida como Sitio de Danzig.
Francia
lanza una ofensiva en Renania contra el Imperio. El asedio de Kehl (12-28 de
octubre de 1733), fortaleza estratégica a orillas del Rin frente a Estrasburgo,
se confía al mariscal de Berwick. Después de dos semanas de bombardeos
metódicos, los austriacos capitulan.
La batalla
de Bitonto 25 de mayo de 1734 es una victoria decisiva para las fuerzas
franco-españolas en el sur de Italia. Bajo el mando de Villars, el ejército
combinado ataca a las tropas austriacas que defienden la ciudad de Bitonto.
Después de intensos combates, los austriacos son derrotados y obligados a
retirarse, lo que permite a los Borbones consolidar su control sobre el Reino
de Nápoles.
La batalla
de Guastalla (19 de septiembre de 1734) es un importante enfrentamiento entre
las fuerzas franco-sardinas y el ejército austríaco. Los combates tienen lugar
en la llanura del Po, cerca de Guastalla. Después de varias horas de intensa
lucha, las tropas francesas, apoyadas por sus aliados sardos, logran flanquear
las líneas austríacas, infligiendo grandes pérdidas y obligando al enemigo a
retirarse.
El asedio de
Philippsburg es la principal operación de la campaña de 1734. Tras cruzar el
Rin, el ejército francés rodea la fortaleza de Philippsburg, posición clave en
la margen derecha. El asedio se lleva a cabo metódicamente pero dura más de dos
meses. El mariscal de Berwick muere mientras inspeccionaba las trincheras. El
asalto final se lanza bajo el mando del marqués de Asfeld y la plaza cae el 18
de julio.
, el
ejército francés se encuentra con las fuerzas austriacas cerca de Parma. Los
combates son feroces, especialmente en los alrededores del pueblo fortificado
de San Pietro. La tenacidad de la infantería francesa y de la caballería sarda
permite a los austriacos ser rechazados después de varias horas de lucha (29 de
junio de 1734).
El asedio de
Gaeta es una de las últimas grandes operaciones militares de la Guerra de Sucesión Polaca. La fortaleza, en
poder de los austriacos, está sitiada por las fuerzas franco-españolas al mando
del mariscal de Villars. Después de una larga resistencia y varios intentos de
salida, la guarnición finalmente capitula en agosto de 1735.
En octubre
de 1735 se acordó una paz provisional, los Preliminares de Viena, que puso fin
a las hostilidades, pero no ratificados hasta el 2 de mayo de 1738, en el
tercer Tratado de Viena, por Francia, España, Gran Bretaña, Holanda, el
emperador y Saboya. Se confirmaba a Augusto III en el trono polaco, ahora
comprometido por anteriores promesas hechas a Austria, Rusia y la Santa Sede,
como la renuncia a los derechos polacos sobre Livonia, el traspaso de Curlandia
a Rusia, el juramento y respeto de las tradiciones del país y la defensa del
catolicismo.

LA GUERRA DE
SUCESIÓN AUSTRÍACA
La guerra de
sucesión de Austria de 1738 fue un conflicto que tuvo lugar en Europa y que
enfrentó a María Teresa de Austria con una coalición de naciones europeas. Este
conflicto tuvo sus raíces en la disputa por la sucesión al trono de Austria
después de la muerte del emperador Carlos VI. María Teresa, como hija mayor de
Carlos VI, reclamó el trono, pero su ascenso al poder fue desafiado por otras
potencias europeas que no estaban dispuestas a aceptar a una mujer como
gobernante. Este conflicto se desencadenó tras la muerte del emperador Carlos
VI del Sacro Imperio Romano Germánico, cuyo fallecimiento dejó un vacío
político importante en la monarquía de los Habsburgo.
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La cuestión
central giraba en torno a la sucesión de su hija, María Teresa de Austria, a
quien su padre había intentado asegurarle el trono mediante la famosa
Pragmática Sanción de 1713, un documento que garantizaba su derecho a heredar
los dominios de los Habsburgo. Sin embargo, a pesar de que muchas potencias
europeas habían reconocido este acuerdo, en la práctica no todas respetaron
dicho compromiso. Las potencias europeas, como Prusia, Francia, Baviera y
Sajonia, no estaban dispuestas a aceptar la sucesión de María Teresa y
aprovecharon la oportunidad para intentar obtener beneficios territoriales y
políticos en la región. El panorama político de Europa se vio entonces sacudido
por una lucha de poder en la que participaron casi todas las grandes potencias
del continente: Austria, Prusia, Francia, Gran Bretaña, España y los Países
Bajos austríacos, entre otros. La guerra no fue únicamente un asunto de
sucesión dinástica; en realidad, fue un enfrentamiento por el equilibrio de
poder europeo, donde cada reino buscaba ampliar sus territorios, asegurar sus
influencias y limitar la supremacía de los demás.
Este
conflicto, que duró ocho años, fue testigo de batallas decisivas, de
intrincados tratados diplomáticos y de transformaciones políticas que marcaron
profundamente la segunda mitad del siglo XVIII.
La muerte de
Carlos VI en 1740 fue el detonante inmediato de la Guerra de Sucesión de
Austria, pero sus raíces se encuentran en la cuestión sucesoria que el
emperador había previsto años antes. Consciente de que no tenía un heredero
varón, Carlos VI promulgó en 1713 la Pragmática Sanción, un decreto que
establecía que, en ausencia de hijos varones, sus hijas podrían heredar los
vastos dominios de los Habsburgo. Para consolidar esta disposición, el
emperador dedicó gran parte de su vida a conseguir que las potencias europeas
reconocieran el derecho de su hija, María Teresa, a gobernar.
Una de las
causas que originó la guerra fueron los intereses de Prusia, los conflictos
italianos, la rivalidad colonial entre franceses y británicos así como por la
enemistad entre ingleses y españoles en 1739 que se originó debido al
contrabando de los navíos ingleses en el continente americano.Alemania se
convirtió en el eje de la diplomacia del momento por la prematura muerte de
Carlos VI y la crisis sucesoria, que afectaba a numerosos países
interrelacionados por una red de alianzas.
La guerra se
precipita cuando el rey de Prusia Federico el Grande invade y ocupa Silesia en
1740. De esta forma se conformo un bando en el que estaban Baviera, Prusia,
Sajonia, Francia, España y Cerdena. Por otra parte estaba Austria que estaba
apoyada por las Provincias Unidas y Gran Bretaña. En sucesivas campanas Prusia
conquisto Silesia en dos etapas tras lo cual se firmo un tratado de paz. Esto
fue entre 1740 y 1745.
Fue en la
batalla de Dettingen en junio de 1743 que el ejercito que formaron Austria,
Gran Bretana, Hesse y Hannover derrotaron a los franceses y en la batalla de
Fontenoy en mayo de 1745 los franceses vencen a los británicos bajo el mando
del Gran Mauricio de Sajonia así como a los austriacos que estaban al mando del
duque de Cumberland. La batalla de Rocourt (11 de octubre de 1746 )es una
importante victoria estratégica para Francia. Maurice de Sajonia logra rechazar
al ejército aliado que intenta recuperar la iniciativa en Bélgica. Así se
inicio la conquista de los Paises Bajos de Austria. Esto culminó con el triunfo
de los franceses en Flandes en el año 1746, mes de octubre.
Durante el
conflicto, el papel de las alianzas fue crucial. Francia, al aliarse con
Prusia, buscaba debilitar a Austria y expandir su influencia en Europa. Por
otro lado, Gran Bretaña, al apoyar a Austria, intentaba contrarrestar el
poderío francés y proteger sus intereses coloniales.
El Tratado
de Aquisgrán, que puso fin a la guerra en 1748, no solo devolvió las conquistas
a sus dueños originales, sino que también estableció un precario equilibrio de
poder en Europa. Sin embargo, este tratado no resolvió las tensiones
subyacentes, lo que eventualmente llevó a la Guerra de los Siete Años. María
Teresa de Austria se mantuvo en el trono, pero tuvo que reconocer la
independencia de Silesia para evitar mayores pérdidas territoriales. El
equilibrio de poder en Europa se vio afectado, fortaleciendo a Prusia y
debilitando a Austria. El Reino de Inglaterra fue beneficiado al obtener
importantes ganancias territoriales y económicas.

LA GUERRA
FRANCO-INDIA
La Guerra de
Franco-India (1756-1763), fue una disputa territorial entre Gran Bretaña y
Francia, junto con los aliados indígenas nativos americanos. Esta guerra formó
parte de la Guerra de los Siete Años cuyos contendientes principales eran
Francia e Gran Bretaña y se llevó a cabo en Europa y en Norteamérica. La guerra
iba a poner fin a la agresión entre los dos países por tierras en disputa en
América del Norte y eventualmente ayudaría a establecer los límites del
territorio conocido. Las muchas tribus nativas americanas que habitaban el área
antes de la colonización también se unirían a la guerra para ayudar a luchar
por sus propias tierras ancestrales.
Tan pronto
como comenzó la colonización del Nuevo Mundo, las potencias imperiales del
mundo estaban en guerra por territorio, recursos y rutas comerciales. El más
significativo de estos conflictos que involucran a Estados Unidos comenzó en la
actual Pensilvania en 1753. Pero lo que comenzó como una disputa entre
gobernadores coloniales se convirtió en una guerra mundial. En dos años, la
Guerra de los Siete Años involucró a todas las potencias europeas, con batallas
o territorios en juego en Europa, África, India, América del Norte, América del
Sur y Filipinas. Los colonos la llamaron la Guerra Francesa e India , y cambió
permanentemente el equilibrio global de poder. El control británico del este de
América del Norte comenzó con una expedición en 1607 que condujo a la colonia
de Jamestown en la actual Virginia. Aunque la colonia fue finalmente un
fracaso, las autoridades británicas creían en el potencial de la tierra para
generar ganancias masivas debido a la posibilidad de oro y otros minerales
valiosos, junto con grandes cantidades de tierra para producir cultivos. El
descubrimiento del tabaco en las colonias, y la popularidad del cultivo entre
los ciudadanos británicos, hizo que Gran Bretaña no se rindiera en el
continente a pesar del fracaso de varias expediciones.
La mayor
parte de los colonos británicos eran protestantes. Había tanto seguidores de la
fe oficial anglicana como otros reformistas que, huyendo de la persecución en
Europa, se trasladaron al Nuevo Mundo. Por otro lado, la fe oficial en Francia
era la católica, y la mayor parte de los colonos y misioneros que llegaron al
Nuevo Mundo intentaron transmitir e imponer sus creencias.
De 1660
hasta 1763 colonos franceses y británicos vivieron una feroz rivalidad ya que
cada una de ellas luchaba por expandir sus territorios en la comercialización
de pieles. Estas dos potencias y sus aliados indígenas compitieron y formaron
parte de este conflicto que culminó con la guerra franco- india.

A mediados
del siglo XVIII, tanto británicos como franceses querían extender sus colonias
norteamericanas a la tierra al oeste de las Montañas Apalaches, conocida
entonces como el Territorio de Ohio. Cada lado ya tenía comerciantes de pieles
haciendo negocios con nativos americanos allí y pioneros que vivían en la
frontera. Un grupo de ricos colonos ingleses incluso había formado una empresa
de inversión para vender tierras agrícolas en Ohio. Los franceses creían que
tenían derechos exclusivos sobre la tierra ya que sus exploradores habían
estado allí primero. Intentaron expulsar a los ingleses capturando varios de
sus puestos comerciales y destruyendo una aldea india que apoyaba a los
comerciantes ingleses en 1752.
El valle del
río Ohio fue de gran importancia para los franceses, los nativos americanos y
los británicos. El control del valle del río Ohio también proporcionó acceso al
río Mississippi y los Grandes Lagos. El país que controlaba el valle del río
Ohio tendría acceso al muy rentable comercio de pieles de la zona y el control
final del transporte marítimo que se produciría desde Canadá hasta el Golfo de
México.
La milicia
de Virginia, bajo el mando del mayor George Washington, se movilizó para pedir
a los franceses que abandonaran pacíficamente el territorio de Ohio. Se
negaron, pero Washington no tenía una fuerza lo suficientemente grande como
para dominar a Fort Duquesne. Washington regresó al año siguiente con más
hombres y procedió a construir su propia empalizada cerca, llamada Fort
Necessity. Los franceses capturaron el nuevo fuerte, y cuando llegó la noticia
a Inglaterra, el rey Jorge II declaró la guerra. Era el año 1756.

Entre 1747 y
1754 se sucedieron diversas expediciones y escaramuzas que fueron sentando las
bases de la contienda. La guerra inició en 1754, en suelo norteamericano, y en
1756 se extendió a Europa en donde se involucraron varias naciones, con
consecuencias a nivel mundial, sobre todo en el reparto de las colonias. El 28
de mayo de ese mismo año George Washington emboscó una fuerza francesa, el
ataque duró apenas 15 minutos, murieron 11 franceses y capturaron a otros 21,
entre los fallecidos se encontraba Joseph Coulon, que estaba al frente del
grupo francés. Con este hecho da inicio la guerra franco – india. Los franceses
respondieron la agresión con un ejército formado por 700 hombres, al mando de
Louis Coulon hermano de Joseph, llegó al fuerte de Furt Necessity, lo atacó de
manera feroz, la batalla duró menos de un día, George Washington se rindió
entregando el fuerte. En 1758, un gran ejército británico de más de 16.000
hombres atacó el Fuerte Carillon. Pese a la abrumadora superioridad numérica
los ingleses fueron derrotados en la batalla por una coalición franco-indígena.
La primera victoria la obtuvieron en la batalla de Ticonderoga en 1759. Una
fuerza militar británica de más de 11.000 hombres bajo el mando del general Sir
Jeffery Amherst trasladó la artillería a un terreno elevado con vistas al
fuerte, que estaba defendido por una guarnición de 400 franceses bajo el mando
del general de brigada François-Charles de Bourlamaque. A finales de ese mismo
año, a manos de una coalición de guerrilleros acadios e indios Micma (son una
tribu indígena algonquinos), les infringieron una nueva derrota a los colonos
británicos.
Los
británicos obtuvieron definitivamente el control de Canadá con la rendición de
Montreal en 1760. Se firma el Tratado de París para poner fin a la guerra en 1763.
Francia perdió las tierras situadas al este del río Mississipi y todo Canadá.
Los británicos no tenían un rival colonial.
LA GUERRA DE
LOS SIETE AÑOS
La Guerra de
los Siete años fue una serie de conflictos armados que se extendieron desde
1756 hasta 1763, en los que participaron las principales potencias del siglo
XVIII y varias de sus colonias en Asia, América y África. A menudo se la
considera el primer conflicto mundial moderno, ya que involucró a las
principales potencias europeas y sus colonias en América, India y África. Esta
guerra, de proporciones épicas, no fue simplemente una disputa territorial; fue
el resultado de una compleja red de rivalidades, ambiciones y, en última
instancia, de la creciente competencia entre las naciones emergentes por el
dominio mundial. El conflicto dejó un legado duradero, remodelando el mapa
político del mundo, sentando las bases para la Revolución Francesa y,
crucialmente, influyendo en el desarrollo de la independencia de los Estados
Unidos.

Los dos
principales oponentes fueron Francia y Gran Bretaña, pero implicó a la gran
mayoría de las grandes potencias de la época y se desarrolló en Europa,
Norteamérica, Centroamérica, en la costa occidental de África, la India y las
Filipinas. La guerra franco-india (1754–1763), la guerra anglo-española
(1761-1763) y la Guerra Fantástica (1762–1763) fueron todas parte de la guerra
de los Siete Años.
En esta
guerra se enfrentaron dos grandes bandos:
Gran
Bretaña, el reino de Prusia, el reino de Portugal, Hannover y otros Estados
alemanes: este bando era liderado por el emperador prusiano Federico II el
Grande, el rey Jorge II de Gran Bretaña y
su primer ministro británico William Pitt el Viejo.
Francia, el
Imperio austríaco, España, Suecia, Nápoles, Piamonte-Cerdeña, el reino de
Sajonia, el Imperio mogol y el Imperio ruso (que cambió de bando en 1762, tras
la llegada al trono del zar Pedro III): los líderes de este bloque fueron la
emperatriz austríaca María Teresa I, el rey de Francia Luis XV y la emperatriz
rusa Isabel I.
Las causas
de la Guerra de los Siete Años son complejas y multifacéticas, arraigadas en
las ambiciones expansionistas de las potencias europeas y en las tensiones
coloniales que surgieron a lo largo del siglo XVIII. En el corazón del
conflicto se encontraba la disputa por el control de Silesia, una región en el
Imperio Austriaco, que fue reclamada tanto por Prusia como por Austria.
Federico II el Grande, el rey de Prusia, vio la adquisición de Silesia como
crucial para el fortalecimiento de su reino, tanto en términos de poder
económico como militar. Además de la disputa por Silesia, la rivalidad entre
Gran Bretaña y Francia jugó un papel fundamental. Ambas potencias buscaban
establecerse como la principal potencia mundial, y su competencia se manifestó
en una serie de conflictos coloniales y comerciales. Francia, bajo el reinado
de Luis XV, tenía como objetivo desafiar el dominio británico en el comercio
mundial y expandir su influencia en América del Norte y la India. Esta disputa
territorial se sumó a la rivalidad entre Gran Bretaña y Francia por el control
del comercio mundial y el dominio de la India, Canadá y la Luisiana. Como Gran
Bretaña era aliada de Prusia y Francia, de Austria, se desencadenaron varios
conflictos bélicos simultáneos, a los que también se sumó España, como aliada
de Francia. La voluntad de Gran Bretaña de debilitar el Imperio colonial
español. El deseo de Rusia y Suecia de frenar la expansión de Prusia en las
costas del mar Báltico. La rivalidad entre España y Portugal por el control de
ambas márgenes del Río de la Plata y la región de las misiones jesuíticas.

La guerra de
los 7 Años se peleó en cuatro frentes distintos:
Frente
europeo: en el cual Prusia se enfrentó a Sajonia, Austria, Rusia y Suecia,
mientras Francia luchaba contra Gran Bretaña y Hannover. Por su parte, España,
reforzada por tropas francesas, invadió Portugal.
Frente
americano: en América del Norte, Francia y Gran Bretaña lucharon en Canadá y la
Luisiana en un conflicto que involucró también a los iroqueses; en América
Central, los británicos atacaron Cuba y ocuparon La Habana; en América del Sur,
España y Portugal lucharon por el domino de la Banda Oriental y Río Grande. Los
españoles lograron tomar Colonia del Sacramento, Maldonado y las fortalezas de
Santa Teresa y San Miguel.
Frente
asiático: en la India, Gran Bretaña luchó contra Francia, que fue apoyada por
el Imperio mogol, mientras los británicos atacaron la colonia española de
Filipinas y se apoderaron de Manila.
Frente
africano: Gran Bretaña se apoderó de Senegal, que era colonia de Francia, para
hacerse del comercio del caucho y de esclavos.
En Europa,
la guerra se centró en el frente belga, donde Prusia, con sus tropas altamente
disciplinadas y su estrategia de "tormenta" (una táctica que
implicaba ataques rápidos y concentrados), logró obtener victorias importantes
contra Austria y sus aliados. La Batalla de Rossbach (1757) y la Batalla de
Leuthen (1757) fueron dos de las victorias más destacadas de Federico II, que
demostraron la superioridad militar prusiana.
En América
del Norte, la guerra se libró entre las fuerzas británicas y francesas por el
control de la región de Luisiana. Los colonos iroqueses, que habían mantenido
una relación de paz con los británicos, se aliaron con los franceses,
proporcionando apoyo militar y logístico. La Batalla de Quebec (1759), en la
que las fuerzas británicas, lideradas por General James Wolfe, derrotaron a las
fuerzas francesas lideradas por General Louis-Joseph de Montcalm, fue un punto
de inflexión crucial en la guerra.

En la India,
la guerra se libró entre los británicos y los franceses por el control de la
Compañía Británica de las Indias Orientales. Los británicos, con su
superioridad naval y su control de las principales rutas comerciales, lograron
establecer su dominio sobre la Compañía, que se convirtió en la principal
potencia comercial en la India. La Batalla de Plassey (1757), en la que los
británicos derrotaron a las fuerzas bengalíes, marcó el comienzo del dominio
británico en la India, que eventualmente se convertiría en el "Imperio del
Té".
Además de
estos frentes principales, la guerra también se libró en África y América
Central. En Senegal, las fuerzas británicas y francesas se enfrentaron en una
serie de batallas por el control de las fortalezas y puertos estratégicos. En
América Central, los británicos, con el apoyo de los colonos españoles,
lograron expulsar a los franceses de la región.
El Tratado
de París fue el acuerdo que puso fin a la Guerra de los 7 años, un conflicto
que tuvo lugar entre 1756 y 1763 y que involucró a varias potencias europeas,
incluyendo a Francia, Gran Bretaña, España y Prusia, entre otras. La firma del
Tratado de París (1763), entre Gran Bretaña, España y Francia, por el cual: Francia
debió entregar a España la Luisiana al oeste del río Misisipi junto con Nueva
Orleans y ceder a Gran Bretaña Senegal, Canadá, la Luisiana oriental, casi
todas sus colonias en la India y las islas de Menorca, Dominica, Granada, San
Vicente y Tobago. España recibió la Luisiana occidental, recuperó La Habana y
Manila y debió entregar la Florida a Gran Bretaña. También tuvo que devolver
Colonia del Sacramento, Santa Teresa y San Miguel a Portugal. Gran Bretaña, la
más beneficiada, recibió Senegal, Canadá, la Luisiana Oriental, Florida, parte
de la India, Menorca y varias islas del Caribe.
La firma del
Tratado de Hubertusburgo (1763), entre Sajonia, Austria y Prusia, consagró el
fortalecimiento de Prusia, que conservó a Silesia y se transformó en el Estado
más fuerte de la cuenca del Báltico y del Sacro Imperio Romano Germánico.
El impacto
de la Guerra de los 7 años en las colonias americanas fue significativo.
Durante el conflicto, las colonias británicas en América del Norte jugaron un
papel crucial en el enfrentamiento contra las colonias francesas y sus aliados
nativos americanos.

LAS GUERRAS
ANGLO-MYSORE
Las cuatro
guerras anglo-mysore (1767-1799) se libraron entre la Compañía Británica de las
Indias Orientales y el estado de Mysore. Haidar Ali y su hijo Tipu Sultan, el
"Tigre de Mysore", fueron enemigos implacables de la expansión
británica en el sur de la India, pero finalmente fueron sometidos por la triple
alianza de la Compañía, la Confederación Maratha y el Nizam de Hyderabad. Las
Guerras Anglo-Mysore son los mayores conflictos militares en la historia de la
India. Estas batallas se libraron entre los británicos y los monarcas de Mysore
por el control de los territorios de Mysore.

El reino de
Mysore fue un reino en la zona sur de la India, que se cree fue fundado en 1399
en proximidades de la actual ciudad de Mysore. El reino que era gobernado por
la familia Wodeyar, inicialmente era un estado vasallo del Imperio
vijayanagara. Al declinar el Imperio vijayanagara (c.1565), el reino se
independizó. En el siglo XVII el reino expandió mucho su territorio y durante
los gobiernos de Narasaraja Wodeyar I y Chikka Devaraja Wodeyar, el reino anexó
grandes extensiones en lo que actualmente es el sur de Karnataka y trozos de
Tamil Nadu hasta convertirse en un estado poderoso de la zona sur de Deccan. El
reino alcanzó la cima de su poderío y dominio en la segunda mitad del siglo
XVIII bajo el gobernador de facto Haider Ali y su hijo Tipu Sultan. Durante
esta época, tuvo conflictos con los Marathas, el Nizam de Hyderabad, el Reino
de Travancore y los británicos lo que dio lugar a las cuatro guerras
anglo-mysore.

Hyder Alí,
Comandante en Jefe del ejército del Reino de Mysore, un reino independiente al
suroeste de la India, aprovechó el vacío de poder que existía en dicha nación
tras la muerte del maharajá Krishnaraja Wodeyar II en 1760 para convertirse en
el gobernante de facto del reino y destronar a la dinastía Wodeyar, única
dinastía reinante en la nación desde comienzos del siglo XV. Bajo su reinado,
comenzó a expandir el territorio, conquistando Bednore, Sundra, Sera, Canara y
Guti. De igual manera, tuvo control sobre los poligar del sur de la India. La
influencia creciente de Hyder Alí era considerada peligrosa para los reinos
vecinos de Hyderabad, de los Marathas y de las colonias inglesas establecidas
en las costas de Bengala y Madrás, al oeste de la India y que estaban bajo la
administración de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Es así que en
1766 los británicos hacen una alianza militar con los reinos de Hyderabad y
Marathas y declaran la guerra contra Mysore.

Primera
Guerra Anglo-Mysore (1767 – 69). Los británicos, el Nizam Ali de Hyderabad y
los marathas establecieron una alianza tripartita contra Haider Ali. Haider Ali
rompió la alianza comprando los marathas y tentando al Nizam con ambiciones
territoriales. Al salir a las puertas de Madrás con el Nizam, lideró una
invasión contra Arcot y luego contra los ingleses. El gobierno de Madrás,
desesperado, aceptó firmar el Tratado de Madrás el 4 de abril de 1769, bajo la
premisa de una restitución territorial mutua y una alianza defensiva, en la que
los ingleses se comprometían a ayudar a Haider si otro estado lo atacaba. El
Nizam de Hyderabad firmó una Alianza Subsidiaria con los británicos para
protegerse de Haider Ali. Los británicos obtuvieron el control de los Sarkars
del Norte como resultado de esto. Haider Ali se enfrentó entonces a los
marathas, el Nizam de Hyderabad y los ingleses. Estuvieron en guerra casi más
de un año sin que se vislumbra el final. El Tratado de Madrás, firmado el 4 de
abril de 1769, impulsó a los británicos a poner fin a la guerra. Las
estipulaciones para el intercambio de cautivos y regiones conquistadas estaban
acordadas en el tratado. Si otra potencia atacaba a los gobernantes de Mysore,
los británicos accedían a ayudarle.

Segunda
Guerra Anglo-Mysore (1780 – 84). La Segunda Guerra Anglo-Mysore fue provocada
por la animosidad mutua entre Haider Ali y los británicos. Cuando los marathas
sitiaron Mysore en 1771, Haider Ali acusó al Gobierno de violar las condiciones
del Tratado de Madrás al negarse a ayudarle. Además, los franceses ayudaron a
Haider Ali cumpliendo con sus necesidades militares. Mahe, una colonia francesa
bajo la protección de Haider, fue conquistada por los británicos. En 1779,
Haider Ali se alió con los marathas y el Nizam de Hyderabad para combatir al
Raj británico. Las Segundas Guerras Anglo-Mysore comenzaron en julio de 1780,
cuando Haider entró en el Carnatic y derrotó a un ejército inglés liderado por
el coronel Baillie para tomar Arcot. Haider murió en 1782, dejando a su hijo,
Tipu, para terminar el trabajo. Tipu mantuvo la dificultad con el inglés al año
siguiente. El conflicto terminó con el Tratado de Mangalore, que acordó la
devolución recíproca de tierras.
Tercera
Guerra Anglo-Mysore (1790 – 92). En 1790, Tipu atacó Travancore porque no
estaba de acuerdo con el Raja de Travancore, lo que resultó en la Tercera
Guerra Anglo-Mysore. Los británicos declararon la guerra a Tipu por apoyar al
monarca de Travancore. Contaron con la ayuda de las tropas del Nizam y
Marathas, que marcharon hacia Seringapatam con el ejército inglés liderado por
Cornwallis (1792). El Tratado de Seringapatam se firmó en 1792 tras el
conflicto. La mitad del territorio de Mysore debía ser entregada al Nizam,
británicos y marathas bajo este pacto. La Tercera Guerra Anglo-Mysore consolidó
el control británico sobre el sur de la India.

Cuarta
Guerra Anglo-Mysore (1798 – 99), Wellesley, el gobernador de Inglaterra, le
pidió a Tipu Sultan que renunciara a su relación con los franceses. Durante la
Cuarta Guerra Anglo-Mysore, Tipu Sultan falleció. En el campo de batalla, los
ingleses lucharon contra el ejército del Nizam y los marathas, así como con sus
hombres de Bombay y Madrás. La fuerza británica de 60.000 soldados derrotó al
ejército de Mysore. En el sitio de Seringapatam, los británicos obtuvieron una
victoria crucial.
LA
INDEPENDENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS

La Guerra de
Independencia de los Estados Unidos fue un conflicto que enfrentó a las trece
colonias británicas originales en América del Norte contra el Reino de Gran
Bretaña. Ocurrió entre 1775 y 1783, finalizando con la derrota británica en la
batalla de Yorktown y la firma del Tratado de París. El conflicto se libró en
América del Norte, el Caribe y el océano Atlántico. La guerra terminó con el
Tratado de París, que dio como resultado que Gran Bretaña finalmente
reconociera la independencia de los Estados Unidos. La Independencia de los
Estados Unidos es un acontecimiento
histórico de gran relevancia. Este proceso marcó el nacimiento de una
nueva nación, separada del dominio colonial británico, y sentó las bases para
el establecimiento de la democracia en América. Fue impulsado por una serie de
causas que llevaron a las colonias americanas a buscar su libertad y separarse
del dominio británico. Una de las principales causas fue el descontento de las
colonias ante los abusos y restricciones impuestos por Gran Bretaña. Otra causa
importante fue la difusión de los ideales ilustrados en las colonias
americanas. Las ideas de libertad, igualdad y derechos individuales propuestas
por filósofos como John Locke y Montesquieu influyeron en el pensamiento de los
colonos y los llevaron a cuestionar la autoridad británica.

El liderazgo
de figuras clave como George Washington, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin
fue fundamental para el éxito de la independencia. Estos líderes políticos y
militares inspiraron y guiaron a las colonias en su lucha por la libertad.
Las
principales causas de la Independencia de los Estados Unidos fueron las que se
detallan a continuación:
La guerra de
los 7 años (1756-1763), en la que los colonos norteamericanos participaron en
la lucha contras las posesiones francesas en Canadá y la Luisiana. Los colonos
quedaron decepcionados por la prohibición de Gran Bretaña de que pudieran
ocupar los territorios arrebatados a los franceses.
La
imposición por parte de Gran Bretaña de impuestos a las importaciones de
diversos productos para que los colonos solventaran los gastos provocados por
la guerra.
La masacre
de Boston, que en 1770 terminó con el asesinato de varios colonos por tropas
británicas. Los colonos baleados exigían la eliminación de los nuevos
impuestos.
La negativa
del gobierno británico a aceptar el argumento de los colonos de que no era
justo que les impusieran nuevos impuestos ya que ellos no tenían representantes
en el Parlamento londinense.
La Masacre
de Boston se reconoce como un punto clave que impulsó el movimiento
revolucionario y, en última instancia, la independencia de los Estados Unidos. El
5 de marzo de 1770 tuvo lugar la Masacre de Boston, en la que murieron cinco
personas por los disparos de soldados británicos durante un tumulto.
El Motín del
Té de Boston, fue la chispa de la Revolución Americana. Fue una protesta masiva
de los colonos contra los impuestos británicos impuestos sin representación
parlamentaria. Los colonos, cansados de los agresivos impuestos hacia sus
productos, manifestaron su desobediencia civil hacia la autoridad y el
monopolio de la Compañía Británica de las Indias Orientales. La noche del 16 de
diciembre de 1773, varios hombres, muchos de ellos miembros de los llamados
Hijos de la Libertad, se disfrazaron de indígenas mohawk, abordaron tres barcos
británicos en el puerto de Boston. arrojaron al mar el cargamento de té de
varios barcos. Esos buques pertenecían a la compañía a la que la Corona otorgó
el comercio monopólico de ese producto. La respuesta represiva de Gran Bretaña
mediante las Leyes Intolerables, acelerando la independencia de EE. UU.

El conflicto
entre la Corona británica y sus colonias norteamericanas se inició en 1763, al
finalizar la guerra de los 7 Años. Para financiar los gastos provocados por la
guerra, la Corona adoptó un conjunto de medidas que afectaron los intereses de
las trece colonias: prohibió el avance de los colonos hacia las tierras
conquistadas a los franceses (Canadá y la Luisiana), implantó el monopolio
comercial sobre el té y otros productos y estableció diversos impuestos.
Tras la
reunión de 1775 a la que asistieron los representantes de la 13 colonias
británicas de América del Norte parecía que las cosas estaban a punto de
cambiar para el imperio británico. Indignados por los tratos y condiciones que
les ofrecía la Corona Británica, los norteamericanos estaban dispuestos a
luchar por una mejora de las condiciones económicas respecto a las relaciones
con Gran Bretaña.
Después de
reclamar infructuosamente por la derogación de estas medidas, los colonos
iniciaron un movimiento independentista, que culminó el 4 de julio de 1776,
cuando el Segundo Congreso Continental, reunido en Filadelfia, proclamó la
Independencia de los Estados Unidos. Esta no fue reconocida por Gran Bretaña,
que envío tropas a América del Norte para recuperar los territorios perdidos.
La
Declaración de Independencia de los Estados Unidos fue un documento histórico
redactado el 4 de julio de 1776 por el Segundo Congreso Continental. Este
documento proclamó la separación formal de las Trece Colonias del Reino de Gran
Bretaña y estableció los Estados Unidos de América como una nación
independiente.
Liderados
por George Washington y convencidos de la justicia a la que apelaban, la guerra
estalló alrededor de un primer conflicto en Boston (en 1775), y no finalizaría
hasta 1781, cuando las milicias americanas derrotaron al ejército británico en
Yorktown.
Así se
inició la guerra de la Independencia, durante la cual los Estados Unidos fueron
apoyados por España y Francia, que buscaban recuperar los territorios perdidos
durante la guerra de los 7 Años.
Durante la
guerra, Francia ayudó a los revolucionarios estadounidenses con tropas
terrestres comandadas por Rochambeau y por el Marqués de La Fayette y por
flotas bajo el comando de marinos como Guichen, de Grasse y d’Estaing. España,
por su parte, lo hizo inicialmente gracias a Bernardo de Gálvez y de forma
abierta a partir de la batalla de Saratoga, mediante armas, suministros y
abriendo un frente en el flanco sur.
La guerra
comenzó el 19 de abril de 1775, cuando las tropas británicas intentaron
confiscar armas y municiones en Lexington y Concord, Massachusetts. Esto llevó
a un levantamiento armado por parte de los colonos, que formaron milicias para
luchar contra las fuerzas británicas.
La batalla
de Bunker Hill tuvo lugar el 17 de junio de 1775, como parte del sitio de
Boston durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos. El General
Israel Putnam estaba a cargo de las fuerzas revolucionarias, mientras que el
General de división William Howe mandaba las fuerzas británicas. Bloqueados en
Boston por las milicias americanas, los británicos intentaron romper el sitio
en Breed's Hill y Bunker Hill, perdiendo 230 hombres durante la ofensiva. En su
tercer asalto, las fuerzas británicas superaron las trincheras en las colinas
Breed y Bunker.
La Batalla
de Trenton fue una batalla pequeña pero fundamental de la Guerra Revolucionaria
Estadounidense en la mañana del 26 de diciembre de 1776 en Trenton, Nueva
Jersey. Expulsados de Nueva York por los ingleses, Washington y su ejército se
trasladaron a Nueva Jersey. Unos meses después cruzaron el río Delaware para
asaltar una guarnición británica en Trenton, formada por mercenarios alemanes
que se rindieron tras una breve lucha. La batalla impulsó significativamente la
moral menguante del Ejército Continental e inspiró los reenganches.
La batalla
de Princeton, que se libró cerca de Princeton, Nueva Jersey, el 3 de enero de
1777 y terminó con una pequeña victoria para los coloniales. El general Lord
Cornwallis había dejado 1.400 soldados británicos bajo el mando del teniente
coronel Charles Mawhood en Princeton. Tras la batalla de Trenton, Cornwallis
condujo un fuerte ejército contra Washington. Alertados, los americanos se
retiraron hacia Princeton. Tras una escaramuza en la que fue herido mortalmente
el general americano Mercer, se libró una batalla que fue un nuevo triunfo de
los independentistas.

La batalla
de Saratoga fue uno de los enfrentamientos bélicos más importantes librados
durante el transcurso de la guerra de Independencia de los Estados Unidos. Su
desenlace contribuyó, en gran medida, a decidir el resultado final de la
contienda a favor del ejército continental. Esta batalla tuvo lugar entre el 17
de septiembre y el 17 de octubre del año 1777 en Saratoga, una región ubicada
entre Boston y la zona de los Grandes Lagos, en las proximidades del río
Hudson. En junio de 1777, el general británico John Burgoyne lanzó desde Canadá
una gran ofensiva contra las colonias del norte. En el trayecto los ingleses
fueron hostigados por milicianos americanos y tropas de Washington. Tras ser
derrotado en Saratoga, Burgoyne se rindió al general americano Horatio Gates.
La batalla
de Yorktown fue el último de los conflictos bélicos que ocurrieron durante la
guerra de Independencia de los Estados Unidos de América, en Yorktown,
Virginia. Sucedió entre el 28 de septiembre y el 19 de octubre de 1781,
provocando la derrota de los británicos frente a los colonos. En septiembre de
1781, al saber que el principal ejército británico, al mando de Cornwallis, se
había concentrado en Yorktown, Washington estableció un sitio sobre el lugar
junto al general francés Rochambeau. Un contingente de 11.000 franceses al
mando del conde de Rochambeau, en combinación con 6.000 estadounidenses al
mando de George Washington, harían frente en Yorktown a un contingente
británico de 8.000 hombres al mando de lord Charles Cornwallis. Los británicos
sufrirían una aplastante derrota en la batalla de Yorktown, por lo que, luego
de seis años de enfrentamiento en contra de los estadounidenses insurgentes,
estos propondrían la paz, mediante la rendición, a los revolucionarios
estadounidenses La rendición de Cornwallis marcó el fin efectivo de la guerra.

El 3 de
septiembre de 1783 se firmó en París el tratado de paz definitivo entre Gran
Bretaña y los Estados Unidos. Unas semanas después de la evacuación inglesa,
Washington dimitía de su cargo de comandante ante el Congreso de la
Confederación, reunido en Annapolis. En 1789, Washington era nombrado primer
presidente de los Estados Unidos.
Entre las
principales consecuencias de la Independencia de los Estados Unidos se pueden
destacar las siguientes:
El
debilitamiento de Gran Bretaña que, tras la pérdida de sus colonias
norteamericanas, reorientó las bases geográficas de su Imperio colonial hacia
Asia, África y Oceanía.
La sanción
de la constitución estadounidense de 1787, que estableció la forma de gobierno
republicana, representativa y federal; y la creación de tres poderes
independientes entre sí: ejecutivo, legislativo y judicial.
La
consagración de derechos elementales, inspirados en las ideas de la
Ilustración: libertad de expresión, de prensa y de reunión, además del derecho
a peticionar a las autoridades y a la posesión de armas. Pero, ninguno de esos
derechos regía para los esclavos.
LA
REVOLUCIÓN FRANCESA

La
Revolución francesa fue un proceso histórico que atravesó Francia entre 1789 y
1799 a partir del cual se transformó la política, la sociedad y la economía.
Fue la primera revolución liberal que derrocó a la monarquía y disolvió los
privilegios de la sociedad estamental del Antiguo Régimen. Esta revolución
estuvo protagonizada por un conjunto social integrado por la burguesía, el
campesinado, los artesanos, los profesionales de oficio y otros trabajadores
urbanos, y el bajo clero. A través de una serie de eventos, este conjunto
social logró derrocar a la monarquía del rey Luis XVI e imponer un gobierno
revolucionario. La Revolución francesa fue influida por las ideas de la
Ilustración y el liberalismo, así como por circunstancias económicas y
sociales, y tuvo tal impacto político e ideológico que influyó en episodios
revolucionarios de otros países (como en Hispanoamérica) y se la suele
considerar el inicio de la Edad Contemporánea. Los ideales que guiaron la
revolución fueron la libertad, la igualdad y la fraternidad. Sin embargo, fue
un proceso marcado por la violencia y la imposición de diferentes grupos
sociales sobre otros. El proceso revolucionario acabó con el Antiguo Régimen y
consagró la libertad y la igualdad ante la ley, bases del actual Estado de
derecho. Con ella se inicia la Edad Contemporánea. Las principales
consecuencias de la revolución fueron la caída de la estructura social feudal y
de la monarquía francesa, la expansión de los ideales ilustrados por Europa y
el inicio de las Guerras Napoleónicas.

Entre los
hechos destacados de la Revolución francesa se cuentan la abolición del
feudalismo, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, la
redacción de una Constitución y la instauración de una república. También
fueron importantes la formación de clubes políticos, la implementación de
medidas contrarias a privilegios nobles y clericales, y la oleada de violencia
que llevó a la decapitación del rey (Luis XVI) y la reina (María Antonieta).
Entre los
líderes revolucionarios más importantes estaban Maximilian Robespierre, Georges
Danton, Jean-Paul Marat, Louis de Saint-Just y Camille Desmoullins.
Antes de que
estallara la revolución, la sociedad francesa estaba compuesta por tres
estamentos denominados estados:
Primer
estado. Era integrado por el clero, tanto alto (de origen noble) como bajo (de
origen plebeyo). No pagaba impuestos y recibía de los campesinos un diezmo o
contribución, que consistía en un 10 % de sus cosechas. La enseñanza era
impartida y controlada por la Iglesia, que también podía censurar
publicaciones.
Segundo
estado. Era conformado por la nobleza, propietaria de tierras y cuyos
privilegios eran hereditarios. Tampoco pagaba impuestos y recibía, en cambio,
tributos señoriales de los campesinos. También ocupaba cargos cortesanos y
administrativos.
Tercer
estado. También llamado “estado llano”, era integrado por la burguesía
(comerciantes, banqueros, profesionales, intelectuales), el campesinado
(pequeños propietarios, arrendatarios o jornaleros) y el artesanado urbano (en
ocasiones agrupado en gremios). Pagaban impuestos y carecían de poder y
derechos políticos.
El primer y
el segundo estado conformaban una casta privilegiada que representaba
aproximadamente el 3 % de la población. El tercer estado representaba alrededor
del 97 % de la población, pero debía mantener con sus impuestos a los otros dos
estados.
Las causas
que desencadenaron la Revolución francesa fueron múltiples. Entre ellas, se
destacan:
Las causas
de la Revolución francesa tienen su origen en la falta de libertades
individuales, la pobreza extrema y la desigualdad que existía en Francia
durante el reinado de Luis XVI y María Antonieta. Pero también el clero y la
aristocracia gobernaban con un poder despótico y sin límites. A todo ello
debería añadirse la cantidad de privilegios sociales y económicos de que
disfrutaban la aristocracia y los estamentos religiosos a costa de una
ciudadania que apenas podía mantenerse.
Los cambios
en la estructura social. La sociedad del Antiguo Régimen seguía atada en buena
medida al feudalismo, un sistema implementado desde la Edad Media en el que los
nobles eran dueños de tierras trabajadas por jornaleros o usufructuarios.
El aumento
de la población. La sociedad francesa había alcanzado una mejor calidad de
vida, incluso entre sectores plebeyos que, en algunos casos, tuvieron acceso a
la educación. La reducción de la tasa de mortalidad y el aumento de la
expectativa de vida generaron un importante aumento de la población, que en
1789 llegó a los 26 millones de habitantes, lo que hizo de Francia el país más
poblado de Europa. La creciente demanda de alimentos se tornó difícil de
satisfacer, sobre todo cuando una mala cosecha afectó al campo en 1789.
La difusión
del pensamiento ilustrado. En aquellos años, cobró vigor un movimiento cultural
e intelectual llamado Ilustración, que consideraba que el único camino para
explicar el mundo era el uso de la razón, que permitía “iluminar” la verdad
allí donde antes se imponía la oscuridad de la ortodoxia religiosa. Las ideas
de la Ilustración (como las obras de Montesquieu, Voltaire o Rousseau)
influyeron en sectores burgueses, e incluso nobles, que cuestionaron el
“derecho divino” a gobernar que se arrogaban los monarcas absolutos (como Luis
XVI).

La crisis
económica. Entre 1788 y 1789 se agravó una crisis económica que fue el
resultado de dos hechos: la deuda contraída por la corona francesa a raíz de su
participación en la guerra de independencia de los Estados Unidos (1775-1783),
que profundizó los problemas financieros que ya atravesaba el reino; y una
sucesión de heladas y malas cosechas, especialmente en 1788 y 1789. Esto generó
escasez de alimentos, aumento de precios de la harina y el pan, disminución de
la actividad comercial, empobrecimiento, desempleo y malestar social.
La
Revolución francesa atravesó diferentes etapas: la Asamblea Nacional
(1789-1791), la Asamblea Legislativa (1791-1792), la República (1792-1795), el
Directorio (1795-1799) y el Consulado/Imperio (1799-1815). Durante estas
etapas, diferentes sectores que se habían unido en contra de la monarquía
accedieron al poder e influenciaron el rumbo de la revolución.
Los Estados
generales de 1789 fueron los únicos Estados generales de Francia convocados con
posterioridad a 1614 y los últimos del antiguo régimen de Francia. Se
desarrollaron en Versalles, donde residía el rey Luis XVI, en las afueras de
París. Se trató de una asamblea general extraordinaria convocada por el rey
para encontrar una solución a la grave crisis financiera que padecía el país.
Se componía de representantes de los tres estamentos de la sociedad francesa:
el clero o primer estado, la nobleza o segundo estado y el pueblo llano o
tercer estado. La independencia que demostraron los diputados del tercer estado
con respecto a los dos primeros estamentos y a la Corona marcó el verdadero
inicio de la Revolución francesa.
El proceso
revolucionario duró aproximadamente diez años y atravesó distintas etapas:
17 de junio
de 1789. Asamblea Nacional. una asamblea no de los Estados, sino "del
pueblo". Jean Sylvain Bailly fue elegido primer presidente. La Asamblea
invitó al resto de estamentos a que se les unieran, pero dejando claro que
pensaban ocuparse de los asuntos nacionales con o sin ellos. El rey mandó
cerrar la sala donde se reunía la Asamblea Nacional, por lo que esta se mudó a
un campo de juego de pelota y sus integrantes juraron proseguir unidos hasta
proclamar una Constitución. A ellos se unieron algunos nobles y miembros del
bajo clero. Dentro de las mismas facciones había dos bandos enfrentados entre
sí: los jacobinos, más radicales, y los girondinos, que planteaban postulados
más moderados. Ambos competían ferozmente por hacerse con el control de las
acciones revolucionarias, y sus diversos protagonistas desempeñarían un papel
crucial en el devenir de los acontecimientos.

20 de junio
de 1789. Juramento del Jeu de Paume. Tras haberse constituido como Asamblea
Nacional, los representantes del tercer estado (el pueblo llano) se reúnen y
juran solemnemente no separarse hasta dotar a Francia de una constitución.
9 de julio
de 1789. Asamblea Nacional Constituyente fue la primera asamblea constituyente
de Francia. Formada a partir de la Asamblea Nacional. La Asamblea tomó
innumerables medidas que cambiaron profundamente la situación política y social
del país. Entre ellas, destacan la aprobación de la declaración de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano, la supresión del feudalismo, la apropiación de los
bienes de la Iglesia y la Constitución Civil del Clero y, por supuesto, la
redacción de la Constitución francesa de 1791. Fue sustituida por la Asamblea
Legislativa el 30 de septiembre de 1791, una vez finalizados los trabajos de
redacción de la Constitución.
14 de julio
de 1789. Toma de la Bastilla. Asalto popular a una fortificación real ubicada
en la ciudad de París que marcó el inicio de la Revolución francesa. La
destitución de Jacques Necker como ministro de Finanzas y los rumores sobre
preparativos militares provocan el levantamiento armado de los parisinos. La
toma de la Bastilla se produjo en París, Francia, el martes 14 de julio de
1789. Consistió en la toma por asalto de una antigua fortificación militar que
era utilizada como prisión de los enemigos del absolutismo. Esa fortificación
había sido construida durante la Guerra de los Cien Años para defender la
entrada oriental de la ciudad de París. Desde ese entonces, se la utilizó,
además, como arsenal y prisión estatal. Con el paso de los años la Bastilla se
constituyó en un símbolo de la autoridad de la monarquía francesa, por lo que
su toma por parte de civiles armados, significó un cuestionamiento al
absolutismo y al poder de los reyes.

El 14 de
julio de 1789 la Bastilla estaba defendida por 32 soldados suizos y 82
inválidos de guerra, que disponían de cañones y de municiones en abundancia. El
asalto a la fortificación, que tenía muros de 25 metros de altura, fue
protagonizado por una multitud armada dirigida, entre otros, por el soldado
Pierre-Augustin Hulin. Después de una intensa lucha, durante la cual un
batallón de infantería se cambió de bando, los insurrectos lograron penetrar en
la fortificación y tomarla por asalto.
26 de agosto
de 1789. Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. La Asamblea
Nacional aprueba esta Declaración, cuyo primer artículo establece que “los
hombres nacen y viven todos iguales en derechos”.
5 de octubre
de 1789. Marcha sobre Versalles. Liderados por las mujeres que trabajaban en
los mercados de París, una multitud de más de 7.000 parisinos marcharon hacia
Versalles exigiendo pan y reformas políticas.
21 de junio
de 1791. Huida de Varennes. La familia real emprende la huida desde las
Tullerías, pero son descubiertos y detenidos en la localidad de Varennes y
desde allí devueltos a París.
10 de agosto
de 1792. Derrocamiento de la Monarquía. Tiene lugar una insurrección que pone
fin a la monarquía absolutista de Luis XVI. La multitud, compuesta por
insurgentes, miembros de las secciones parisinas y los llamados sans-culottes
asalta el palacio de las Tullerías.
2 y 3 de
septiembre de 1792. Masacres en las prisiones. Aunque el objetivo de los
asaltantes era el de asesinar solo a “contrarrevolucionarios” la realidad es
que aquel día murieron entre 1.100 y 1.400 presos comunes, incluida la princesa
de Lamballe, cuya cabeza fue exhibida en la ventana de la torre de la prisión
del Temple.
21 de
septiembre de 1792. Instauración de la República. La Convención se reúne para
declarar abolida la Monarquía y proclama la República. La Convención Nacional
fue una asamblea legislativa que gobernó Francia durante uno de los períodos
más convulsos de la Revolución Francesa, entre 1792 y 1795. Surgió en un
momento crítico, cuando la monarquía constitucional establecida por la
Constitución de 1791 colapsó debido a las presiones internas y externas.
La Primera
República francesa fue el nombre dado al regímen parlamentario y republicano
que se inició el 21 de septiembre de 1792, durante la Revolución francesa.
Empezó oficialmente el día en que los diputados de la Convención Nacional
aprobaron la abolición de la monarquía, confirmando así la destitución del rey
Luis XVI que había sido suspendido en el transcurso de la Jornada del 10 de
agosto de 1792.
21 de enero
de 1793. Ejecución de Luis XVI. Tras ser juzgado y condenado por la Convención,
Luis XVI es guillotinado ante una multitud expectante en la plaza de la
Revolución. Aquel día las monarquías inglesa y española se sumaron a los países
que estaban en guerra contra la República francesa.
10 de marzo
de 1793. Creación del Tribunal Revolucionario. El Tribunal fue impulsado por la
Comuna insurreccional de París con el objetivo de perseguir a todos aquellos
que opusieran a la insurrección y a defender el palacio de las Tullerías.
31 de mayo a
2 de junio de 1793. Golpe de Estado jacobino. La alianza entre jacobinos y los
enragés (grupo radical) con apoyo de la Comuna moviliza a las secciones de
París contra los líderes moderados de la Convención. Tras el arresto
domiciliario de 29 de sus miembros y dos ministros se aprueba la Constitución
republicana, que finalmente nunca entrará en vigor.
27 de julio
de 1793. Robespierre entra en el Comité de Salud Pública. Con la renovación
casi total del Comité a principios de julio, Danton es reemplazado por un
Gobierno jacobino y la incorporación de Robespierre al Gobierno supone el
inicio del Terror. El Terror (francés: la Terreur) fue un período caracterizado
por un estado de excepción de la Revolución Francesa. Tuvo lugar entre 1793 y
1794. En este período de la Revolución Francesa, que suele situarse tras la
creación de la República, se produjo una serie de masacres y numerosas
ejecuciones públicas en respuesta al fervor revolucionario, el sentimiento
anticlerical y las acusaciones de traición por parte del Comité de Salvación
Pública. Cesó con la caída de Robespierre.
16 de
octubre de 1793. Ejecución de María Antonieta. La reina es guillotinada tras un
juicio público en el Tribunal Revolucionario en el que se la llega a a acusar
de mantener relaciones incestuosas con su hijo.
5 de abril
de 1794. Ejecución de los dantonistas. Los llamados "indulgentes",
con Danton a la cabeza y Camille Desmoulins como portavoz periodístico, son
guillotinados junto al revolucionario de origen español Andrés María de Guzmán.
8 de junio
de 1794. Fiesta del Ser Supremo. La Convención rinde homenaje a Robespierre, en
calidad de presidente de la Asamblea. Llega a ejercer como “pontífice” para
escándalo de los sectores partidarios del ateísmo.
28 de julio
de 1794. Golpe de estado de Termidor. la Revolución Francesa vivía sus momentos
más difíciles y trágicos. Robespierre fue acusado de “tiranía”. Al haber sido
declarado hors la loi (fuera de la ley) tanto él como sus aliados son
arrestados y guillotinados sin juicio previo.
26 de
octubre de 1795. Directorio. El Directorio fue la penúltima forma de gobierno
adoptada por la Primera República francesa y constituye el último periodo de la
Revolución francesa. Regido por la Constitución del Año III que aprobó la
Convención termidoriana, se inició el 26 de octubre de 1795 y terminó con el
golpe de Estado del 18 de brumario (9 de noviembre de 1799) que instauró el
Consulado. Tras el período del «Terror» impuesto por el ala más radical de los
jacobinos, se produjo un retorno hacia posiciones más moderadas.
9 de
noviembre de 1799. Napoleón toma el poder. Tiene lugar el Golpe de Estado en el
que Napoleón Bonaparte, recién llegado de Egipto, derroca al Directorio y toma
el poder como primer cónsul.
Entre las
principales consecuencias de la Revolución francesa se destacan:
La supresión
de los privilegios feudales y de la servidumbre personal, que tuvo efectos
duraderos en Francia luego de su promulgación en 1789 y que permitió la
modernización política y económica de la nación, a pesar de las reacciones
absolutistas que la sucedieron.
La
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), cuyos principios
incidieron en las constituciones que se redactaron en Francia y en otras
naciones a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, y que es el documento
precursor de las políticas de derechos humanos.
La
inspiración de las revoluciones de 1830 y 1848, así como de otras experiencias
revolucionarias y republicanas en Francia y el mundo, a pesar de que las
transformaciones políticas de la Revolución francesa habían sido frustradas
tras la coronación de Napoleón como emperador (1804) y la restauración
absolutista (1815).

LAS GUERRAS DE
LA REVOLUCIÓN FRANCESA
Las Guerras
Revolucionarias Francesas fueron una serie de conflictos bélicos que tuvieron
lugar en Europa desde 1792 hasta 1802. Estas guerras comenzaron en el contexto
de la Revolución Francesa, un período de cambios políticos y sociales que tuvo
lugar en Francia de 1789 a 1799. La Revolución Francesa dio lugar a la Primera
República Francesa y a una nueva era en la historia de Francia y Europa. Las
guerras revolucionarias francesas o guerras de Coalición fueron una sucesión de
conflictos bélicos y políticos entre el gobierno revolucionario francés y
Austria hasta la firma del Tratado de Luneville en 1801. Normalmente, se
dividen entre la Primera Coalición (1792-1797) y la Segunda Coalición
(1798-1801), aunque Francia estuvo constantemente en guerra con Gran Bretaña
desde 1793 hasta el Tratado de Amiens (1802). Estuvieron marcadas por el fervor
revolucionario francés y por las innovaciones en el ámbito militar.

Las guerras
revolucionarias Francesas (1792-1802) fueron una serie de conflictos que
surgieron de las tensiones en torno a la Revolución francesa (1789-1799). Las
guerras se libraron entre la Francia revolucionaria y varias potencias
europeas, especialmente Austria, Prusia, Rusia, España y Gran Bretaña. Diez
años de conflicto resultaron en una victoria francesa y el ascenso de Napoleón.
Las guerras
revolucionarias suelen dividirse en dos etapas: la guerra de la Primera
Coalición (1792-1797) y la guerra de la Segunda Coalición (1798-1802).
Inicialmente, las guerras se libraron en defensa de la Revolución francesa; sin
embargo, pronto se convirtieron en guerras de conquista. Para 1802, la
República francesa había conquistado los Países Bajos, el norte de Italia y
partes de Renania. Algunas de estas tierras se incorporaron directamente a
Francia, otras se convirtieron en estados clientes franceses conocidos como
"repúblicas hermanas".
Las guerras
también llevaron al poder al popular general Napoleón Bonaparte (1769-1821),
quien tomó el control de Francia en 1799 y llevó a los franceses a la victoria
contra la Segunda Coalición. El Tratado de Amiens, firmado el 25 de marzo de
1802, marcó el fin de las guerras revolucionarias, pero las hostilidades
estallarían una vez más, dando inicio a las guerras napoleónicas (1803-1815).
Ante los
eventos de la Revolución francesa y la caída del antiguo Régimen monárquico en
Francia, las tensiones e implementación de un nuevo régimen, los monarcas de
Europa observaron con inquietud la situación. Con cada nueva ley la Revolución
se volvió más radical y muchos creían que era solo cuestión de tiempo antes de
que se desbordara más allá de las fronteras de Francia. En agosto de 1791 los
monarcas de Austria y Prusia emitieron conjuntamente la Declaración de
Pillnitz, donde llamaron a las potencias de Europa a unirse contra la Francia
revolucionaria.
Las Guerras
Revolucionarias Francesas comenzaron cuando otros países europeos declararon la
guerra a Francia en respuesta al cambio político que estaba teniendo lugar. Las
monarquías europeas temían que los ideales de la Revolución Francesa pudieran
extenderse a sus propios países y derrocar sus sistemas tradicionales. Además,
muchos países querían aprovechar la oportunidad para expandir su territorio y
aumentar su poder.
Las primeras
batallas de las Guerras Revolucionarias Francesas tuvieron lugar en 1792,
cuando Prusia y Austria declararon la guerra a Francia. Aunque los franceses
ganaron algunas batallas tempranas, comenzaron a sufrir pérdidas significativas
cuando las fuerzas prusianas y austriacas avanzaron hacia Francia. En 1793,
Francia adoptó una política de terror para contrarrestar las amenazas internas
y para unificar al país frente a sus enemigos externos.

La Guerra de
la Primera Coalición fue una importante guerra europea que se libró entre 1792
y 1797. Esta guerra tuvo sus orígenes en la Revolución Francesa, en la que
revolucionarios republicanos radicales derrocaron a la monarquía y crearon la
Primera República Francesa. Las siguientes fueron las fuerzas principales en la
guerra:La Primera Coalición: La República Holandesa, Gran Bretaña, el Sacro
Imperio Romano (controlado por Austria), el Papado, Portugal, Prusia, España y
varios otros países menores. La Alianza Francesa: Francia y sus repúblicas
títeres
La Guerra de
la Primera Coalición se desarrolló durante un período prolongado. Sin embargo,
la guerra no tuvo el mismo aspecto a lo largo de este período, con diferentes
facciones uniéndose y saliendo de diferentes teatros de guerra.
La batalla
de Jemappes 6 de noviembre de 1792 es una importante victoria de los ejércitos
revolucionarios franceses que permite la conquista de Bélgica y marca un
importante avance en la guerra contra las monarquías de coalición.
En la Batalla
de Valmy ,20 de septiembre de 1792, en las alturas de Valmy, en Champaña, los
generales Kellermann y Dumouriez detuvieron el avance prusiano del duque de
Brunswick hacia París. El 'Cañoneo de Valmy', un duelo de artillería de horas
de duración, obligó al ejército de coalición a abandonar su ofensiva sin una
batalla campal decisiva.
De
septiembre a diciembre de 1793, las fuerzas republicanas recuperaron Toulon,
entregada a los británicos por los realistas. Bonaparte, entonces capitán de
artillería, jugó un papel decisivo al apoderarse de los fuertes que dominaban
el puerto y permitir el bombardeo de la flota angloespañola. El 18 de diciembre
los aliados evacuaron la ciudad; La victoria salvó la Revolución y lanzó la
carrera de Bonaparte.
La Guerra de
la Primera Coalición fue una gran victoria para Francia. Con el Tratado de
Campo Formio, Francia aseguró el control de nuevas tierras y su gobierno
revolucionario. Francia ganó gracias a generales hábiles como Napoleón
Bonaparte y a una nueva táctica de reclutamiento masivo,
La Guerra de
la Segunda Coalición fue una gran guerra europea que se libró entre 1798 y
1802. Por un lado estaba la República Francesa, que pronto fue dirigida por el
carismático y hábil general Napoleón Bonaparte, junto con España y los demás
títeres de Francia. Por otro lado estaba una coalición de monarquías europeas
que se oponían al poder ascendente de Francia. Estos países incluían el Sacro
Imperio Romano Germánico, Gran Bretaña, Rusia, el mperio Otomano y Portugal.
Finalmente, Francia ganó la Guerra de la Segunda Coalición.
La batalla
de Stockach. Derrota francesa el 25 de marzo de 1799 en Stockach
(Baden-Württemberg): Jourdan fue derrotado por el archiduque Carlos en la
reanudación de la Segunda Guerra de Coalición. La decisiva intervención de
Carlos y la superioridad austríaca obligaron al ejército del Danubio a
retirarse hacia el Rin.
La batalla
de Elchingen, 14 de octubre de 1800, a menudo llamada batalla de Höchstädt, fue
una victoria decisiva para las fuerzas francesas al mando del general Ney,
rompiendo las líneas austriacas y renovando la ofensiva en el sur de Alemania.
La batalla
de Marengo, 14 de junio de 1800 (25 Prairial Año VIII), cerca de Alessandria en
Piamonte, Bonaparte, entonces primer cónsul, revirtió un ataque sorpresa del
ejército austríaco del mariscal de campo Melas. Después de una mañana difícil
en la que Víctor y Lannes cedieron terreno, llegó el cuerpo de Desaix y un
contraataque al final del día convirtió la inminente derrota francesa en una
victoria decisiva.
LA GUERRA DE
LA VENDÉE
La guerra de
la Vendée fue un conflicto armado que se llevó a cabo en Francia durante el año
1793, en plena Revolución Francesa. Esta guerra civil enfrentó a los
monárquicos, conocidos como los "vandeanos" o "chuanes",
contra los republicanos, representados por las fuerzas revolucionarias. La
Vendée, una región ubicada en el oeste de Francia, fue el escenario principal
de esta contienda, que se extendió por varios meses y dejó un saldo de miles de
muertos y una gran destrucción en la zona.
En 1789
estallaba la Revolución Francesa al grito de «libertad, igualdad, fraternidad o
muerte». Con ella llegó la creación de un nuevo concepto de Estado y sociedad
que significaron el paso definitivo para la completa secularización de Europa
pues a Iglesia Católica conformaba una institución vital para el pueblo galo y
pilar fundamental para el sostenimiento de la Monarquía.
Desde hace
tiempo Francia dejó de reconocerse a sí misma como la «hija primogénita de la
Iglesia», hasta tal punto que en 1790 la Asamblea Constituyente aprobó una
Constitución Civil para clérigos que pretendía reorganizar en profundidad la
Iglesia de Francia transformando a los sacerdotes católicos parroquiales en
«funcionarios públicos eclesiásticos» desvinculándolos de Roma y el Papa.
Inmediatamente casi todos los obispos diocesanos, así como la mayor parte del
clero urbano, se negó a pronunciar el juramento de lealtad a la Revolución.

A partir de
1791 se endureció el odio a todo aquel que se opusiese a jurar la nueva
constitución, provocando la persecución y muerte de muchos. La situación
empeoraría cuando, tras suprimir las congregaciones seculares, en 1792 un nuevo
decreto establecía la deportación de cualquier sacerdote refractario. Estas
medidas causaron la salida de más de 40 mil exiliados de condición religiosa
pues la Revolución dejó tras de sí una parte del país que ni entendía ni quería
estos cambios.
En 1793, la
región de la Vendée, en el centro-oeste de Francia, fue escenario del
alzamiento de todo un pueblo contra la Revolución. Los detonantes a esta
«contrarrevolución» fuero, en primer lugar, la ejecución del Rey Luis XVI que
significó la ruptura total entre el Antiguo Régimen, con el que estaban de
acuerdo los campesinos de La Vendée, y la República había puesto en marcha el
proceso para terminar con todos los pilares tradicionales que habían conformado
la sociedad hasta entonces. Esto provocó las iras en distintas comarcas de
Francia, pero en la Vendée se produjeron con más intensidad a la vez que los
nobles y el clero, se sumaban a la revuelta, esperando obtener algún tipo de crédito.
En junio de
1793, las ciudades de Burdeos, Marsella, Toulouse, Nîmes y Lyon, así como
Normandía desarrollan revueltas federalistas y monárquicas. La pequeña nobleza
que se había quedado en el país lo único que hizo fue seguir la insurrección
campesina, antes de tomar sus riendas y darle un matiz claramente realista y
católico a partir de julio de 1793.

Cuando el
Comité de Salvación Pública de la Convención revolucionaria se enteró de la
insurrección ordenó «arrasar la Vendée», una directriz que conllevaría el
asesinato de miles de mujeres y niños. Los contrarrevolucionarios de La Vendée
consiguieron reunir 8.000 hombres, aunque muy mal equipados y poco entrenados:
muchos solo estaban armados con guadañas y picas. Mientras que los
revolucionarios consiguieron movilizar alrededor de 80.000 soldados que
saquearon y quemaron todo a su paso. Se trató de un exterminio organizado con
el objetivo de despoblar la región. Al norte del Loira, las revueltas se
reprimen con eficacia pero con brutalidad.
La guerra
tuvo varias partes, una primera de guerrillas campesinas, sin instrucción ni
objetivo claro, salvo evitar el alistamiento. Sería un tiempo después cuando
algunos nobles se sumaron a la revuelta, cuando la organización aumentó , se
pudieron obtener victorias en campo abierto e incluso sitiar ciudades.
A pesar de
que tienen puntos comunes, hay que diferenciar las guerras vendeanas de las
acciones de la chuanería. En el primer caso, al sur del Loira, los rebeldes
toman ventaja sobre las tropas republicanas y se organizan como «Ejército
Católico y Real» dentro del territorio bajo su control; las diversas guerras de
la Vendée oponen a dos ejércitos. En el segundo caso, las tropas republicanas
triunfan en primer lugar sobre los rebeldes. El rebrote del conflicto a finales
de 1793, se hace en forma puntual de guerrilla en Bretaña, Maine y Normandía.
Sin embargo, los motivos de la revuelta son los mismos
Ejército
católico y real de Vandea fue la unidad militar en que se agrupaban los
contrarrevolucionarios vandeanos durante la guerra de la Vendée. Sus
generalísimos y caudillos fueron, más destacados fuern, Jacques Cathelineau,
Charles de Bonchamps, Maurice d'Elbée, Antoine-Philippe de La Trémoïlle, François-Athanase
de Charette de La Contrie y Henri de La Rochejaquelein. En el Ejército Revolucionario
o Ejercito Republicano, destacaron sus comandantes Jean Baptiste Camille de
Canclaux, Lazare Hoche y Jean Baptiste Kléber.
Al principio
los realistas vendeanos tuvieron ciertos éxitos en la batalla de Entrammes (26
de octubre de 1793) y en la de Dol, entre el 20 y el 22 de noviembre de 1793, pero
después son derrotados en el sitio de Granville, y en las batallas de Le Mans
(12 y 13 de diciembre de 1793) y Savenay el 23 de diciembre de 1793, donde los
restos del ejército monárquico fueron interceptados y masacrados por los
republicanos.
Es posible
que la guerra de la Vendée haya sido la más cruel de las que han asolado
Francia, pues se sabe que los prisioneros rebeldes eran embarcados maniatados
en lanzas y estas eran hundidas en medio del río Loira a su paso por Nantes.
Estos métodos represivos recuerdan prácticas actuales juzgadas como genocidas,
pues buscan el exterminio absoluto de un pueblo o grupo de oposición.
La paz
formal se acordó en 1795, con un acuerdo que incluía una amplia amnistía A
pesar de ello, el irreductible carácter Bretón hizo que volviera a haber nuevos
levantamientos durante las siguientes décadas, pero ya con menor violencia que
la primera guerra la Vendée.
LA GUERRA
DEL ROSELLÓN
La Guerra
del Rosellón, conocida también como la Guerra de los Pirineos o de la
Convención aunque en realidad los enfrentamientos se produjeron a lo largo de
la frontera desde Cataluña al frente vasco-navarro pasando por el Pirineo
aragonés, fue un conflicto que enfrentó a la monarquía de Carlos IV de España y
a la Primera República Francesa entre 1793 y 1795, dentro del conflicto general
que enfrentó a Francia con la Primera Coalición. La guerra se libró en los
Pirineos orientales, los Pirineos occidentales, en el puerto francés de Tolón y
en el mar.

El Rosellón es
una provincia histórica de Francia, cuya región oficial actual que abarca gran
parte de dicho territorio es el departamento de los Pirineos Orientales.
Corresponde al antiguo condado de Rosellón y parte del condado de Cerdaña.
Ambos fueron parte de España hasta el Tratado de los Pirineos (1659), con el
que se dio fin a las hostilidades abiertas desde 1635 entre España y Francia,
en el contexto de la guerra de los Treinta Años. En 1790, cuando tras la
Revolución francesa, la Asamblea Nacional decidió dividir todo el reino en
departamentos y suprimir las antiguas provincias, la antigua provincia del
Rosellón quedó englobada en el departamento de los Pirineos Orientales. El
Rosellón había pertenecido a la Corona de Aragón hasta 1648, sus habitantes
eran de cultura catalana y muchos veían con buenos ojos volver a formar parte
de la católica España en vez de continuar en una Francia sumida en el caos y la
violencia de la Revolución.
La
Revolución Francesa de 1789 supuso un estallido social y político que hizo
temblar los cimientos del Antiguo Régimen. Este ataque al orden establecido y a
la figura del monarca hizo que los distintos reinos olvidasen sus rencillas
personales y se unieran para que la monarquía retomara el poder. Las monarquías
europeas, entre ellas España se unen para combatir el temor revolucionario, es
así como comienza la guerra del Rosellón 1793-1795.
El monarca
español Carlos IV tras la detención del rey francés Luis XVI y observando las
nuevas políticas anticlericales del gobierno republicano de la Convención,
decidió unirse a la Primera Coalición. España da un giro total en su política
exterior al unirse a su tradicional enemigo para luchar contra Francia, con la
que había mantenido una larga alianza gracias a los Pactos de Familia.
Francia ya
estaba en guerra con la Monarquía de los Habsburgo, el Reino de Prusia y el
Reino de Cerdeña-Piamonte. Después de ganar la batalla de Jemappes, el ejército
francés ocupó los Países Bajos austríacos. Envalentonado, el gobierno francés
decretó la anexión de ese territorio, la actual Bélgica, provocando una ruptura
diplomática con Gran Bretaña. Francia declaró el 1 de febrero de 1793 la guerra
a Gran Bretaña y a la República holandesa. El 7 de marzo hizo lo mismo con su
antiguo aliado, el Reino de España.
España no se
sumó a la Coalición porque Godoy prefería esperar a que los coligados
debilitaran a Francia para entrar en el conflicto. Pero la Convención no le dio
esa oportunidad, el 7 de marzo de 1793 declaró la guerra a España con la excusa
de un supuesto tratado secreto hispano-británico.
Declarar la guerra
a España fue un acto de soberbia desmedida de los jacobinos ya que tenían
frentes abiertos contra Austria y Prusia, eran inminentes desembarcos ingleses
y debía hacer frente a rebeliones internas en La Vendeé y Lyon, por lo que sólo
había 10.000 soldados franceses en los Pirineos, frente a 60.000 soldados
españoles: 36.000 en Cataluña bajo el mando del general Ricardos, 19.000 en
Navarra con el general Castelfranco, y 5.000 en Aragón con el general Caro.
A pesar de
que fue Francia quien declaró la guerra en 1793, fue el Ejército español quién
invadió el Rosellón en los Pirineos orientales y se mantuvo en suelo francés
hasta abril de 1794. Godoy había tenido el buen juicio de nombrar Capitán
General de Cataluña al general don Antonio Ricardos Carrillo de Albornoz. El
general Ricardos quería aprovechar su superioridad numérica antes de que se
desvaneciera, e inició laconquista. Ricardos prosiguió su avance por el valle
del Tech, tomando una serie de poblaciones a lo largo del río. El 17 de abril
tomó Arles sur Tech. En París Robespierre, alarmado por la inesperada
penetración española, decreta la formación del Ejército de los Pirineos
Orientales, bajo el mando del general Louis Charles de La Motte-Ango, marqués
de Flers, con Claude Fabre como “representante en misión”. El 19 de mayo el general
franc´s, Dagobert de Fontenille, con 15.000 hombres, se decidió a cortar el
paso a Ricardos, que avanzaba con 12.000 soldados. Se produjo el mayor
enfrentamiento hasta aquel momento, pero es derrotado por Ricardios en la
batalla de Mas Deu y Trouillas. En la región de Aspres, logró derrotar a las
fuerzas de la Convención, asegurando Port-Vendres, Santelme y Colliure. El
español demostró su valía como estratega. A pesar de todo, su decisión de no
atacar Perpiñán provocó una fuerte controversia.
Finalmente el
Ejército francés hizo retroceder al español a Cataluña y le infligió una seria
derrota en noviembre de 1794. Después de febrero de 1795, la guerra en el este
de los Pirineos se estancó. En los Pirineos occidentales los franceses
comenzaron a ganar en 1794 y llegaron a controlar gran parte del País Vasco
Español. En 1795 el Ejército francés controlaba una parte importante del
noreste de España cuando se firmó la Paz de Basilea.